9.2.22

40/365 George Kaplan

 



Tendremos por ahí un George Kaplan con el que nos confundan y que nos arruine la vida, seguro.  En cierto modo, todos somos Roger O. Thornhill, un buen hombre con una vida tranquila, ocupada en vestir trajes buenos y lucirlos con una percha impecable mientras sale y entra de los taxis o discute con su madre (la actriz que la encarnaba en la película de Hitchcock tenía menos edad que el propio Cary Grant) sobre asuntos irrelevantes o levanta la mano cuando alguien, en un cafetería, pregunta por un tal Kaplan, y ese gesto, el de levantar la mano casual y ajenamente, hace que lo crean Kaplan y le secuestren y acabe escapando y el mundo parezca por unos instantes un escenario de una trama del agente 007. Por otra parte, ser Kaplan es una bendición. No hay día en que la idea de que me tomen por otro no recorra la extensión entera de mi asombro. La de aventuras que tendría, qué entretenidos serían los días. Ojalá una habitación del Plaza de Nueva York estuviese a mi nombre y me sacaran a punta de pistola de mi apacible realidad para conducirme a una mansión fuera de ella en la que un tipo serio (puede llamarse Van Damn, puede ser James Mason) con unos secuaces más serios todavía me preguntaran el paradero del verdadero Kaplan, que no soy yo, cómo voy a ser Kaplan, tienen que creerme. Harán que me maten. Ni tengo la cara de Kaplan ni se me cruza por la cabeza a qué podrá dedicar el tal Kaplan su talento, si es que lo tiene. Tendré que conducir ebrio por esas carreteras y me detendrá la policía. No sabré explicarme, quién podría. Me llamo Roger O. Thornill, soy un publicista. Me confundieron. De verdad que no soy mala persona. A todas esas malas personas es a las que les pasan las cosas terribles, aunque si me fuerzan a sincerarme diré que me lo estoy pasando en grande. Conoceré a una mujer en un tren y me enviará a la muerte, de la que me libraré sin arrugar el traje. Ella será una espía. Trabajará para el enemigo o será un agente doble, sí, será eso más probablemente. Una rubia en los dos bandos. Le diría: estaba yo en mi oficina ayer y hoy he corrido delante de una avioneta fumigadora en un campo de maíz y antes, creo recordar que antes, pero hace tiempo que no retomo la trama, Kaplan o Thornhill (tiene que ser uno de los dos) pide que todo vuelva a la normalidad, pero no lo pide en serio.  En el fondo, le gusta el ajetreo, esas peripecias ante la adversidad, que ha sido convocado por el azar, como casi siempre. Agradece que todo se resuelva en el monte Rushmore. Hará lo que los héroes: salvará a la mujer, arruinará el triunfo del mal. Cuando tome aliento y piense en los acontecimientos en que se vio envuelto y cómo se desenvolvió (gracias, Mastropiero) aceptará que Kaplan es tan real como él mismo. Que no haya nadie que responda por él no es obstáculo a que su presencia sea tangible y su influencia, por mucho que le pese, alargada. Lo heroico en Thornhill es que desempeñe con absoluta solvencia el papel del espía impuesto a la realidad, el falso, el fantasma. Avanza a trompicones,  con perplejidad, incluso avanza con la muerte en los talones (mal título el usado aquí por el más críptico y hitchcockniano North by Northwest, que tampoco es un gran título, pues no tiene un significado claro) pero nunca deshace la hechura cabal de su traje. Todos somos Thornhill o, en ocasiones, en esos trampantojos narrativos de la realidad, podemos ser Kaplan, pero quién se atreve a ser Cary Grant. A propósito del traje: cuando Roger  se pone el traje de Kaplan en la habitación del hotel (piensen que Kaplan es de verdad, pero no existe) se percata de que le queda corto. La realidad, podría inferirse, es una talla más pequeña que la ficción, por lo menos. Lo de llevar años obsesionado con un fotograma es un asunto que no afecta al desempeño de todas las demás cosas que hacemos en el decurso de una jornada, pero hay ocasiones en que crees estar corriendo por un campo de maíz con la amenaza de una avioneta a tus espaldas con malas, malas intenciones. No tendré, caso de que el peligro se cierna sobre mí, esa aristocracia ante el miedo, ese porte perfecto, esa compostura de héroe inalterable. 




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