10.2.22

41/365 Cary Grant

 






Archibald Alexander Leach era un inglés de Brighton nacido a comienzos de siglo que antes de ser Cary Grant fue acróbata y actor de pantomimas. Frecuentaba los muelles y miraba el mar como una liberación. Dejaría Inglaterra, se convertiría en otro, borraría las penurias de la pobreza y se labraría un porvenir. Se dice eso casi siempre, pero hay quien no ceja en esa empresa universal: la del que anhela, más que cualquier otra cosa, prosperar, ser alguien, como si se supiese nadie. Sin cultura, dejó la escuela a los catorce años, Archie tenía que formarse, adquirir una fonética limpia, reformar ese inglés arrastrado con el que creció y del que íntimamente se avergonzaba. Ansiando una vida mejor, pues la sobrevenida era de desempeño precario y Archie tenía grandes esperanzas y una autoestima desbocada, decidió poner un océano de por medio y triunfar en la floreciente industria del celuloide (tal vez entonces la única verdaderamente sólida) del lejano Hollywood. A mediados de los años 20 llegó a Nueva York como secundario de un grupo de cómicos para sentar plaza en Broadway. Nada del otro mundo lo que ofrecen para incluso un advenedizo de buena planta como él, pero medra con más determinación que el resto de la troupe. Tiene el empaque del que otros carecen, cierta altanera manera de saber qué puede dar de sí y, sobre todo, son especulaciones, confianza y chulería, esas dos cosas juntamente, como una bomba de alta precisión. Tarda en prosperar como ansía, por lo que dedica su talento a menesteres de escaso pedigrí. Ahí ejerció de proxeneta y de scort de mujeres ricas (generalmente talluditas) y probó el teatro de vaudeville sin excesiva suerte. Era demasiado alto para cualquier papel y demasiado apuesto para ser objeto de burla. Los biógrafos sitúan en esta etapa sus primeros escarceos homosexuales. Incluso yo quiero ser Cary Grant, dijo Archibald en cierta ocasión, muchos años más tarde. Hedonismo y narcisismo a raudales. En 1930, despliega con la elocuencia de un dandy todo su oficio (tal vez ninguno más allá de la prestancia personal y un infatigable deseo de democratizarla) y se gana un puesto en las listas de invitados a las fiestas y en los castings de más lustre. 

 

Labró su pose de galán sin que mediara esfuerzo. Fue el actor favorito de Hitchcock y representó durante tres decados el cine en estado puro, la interpretación sofisticada, la elegancia y el objeto de deseo más erguido que ha pisado un plató de cine. Si pienso en una cara que represente el séptimo arte es la suya la que me parece más idónea. Cary Grant fue portada de infinidad de revistas del corazón. Respetado por compañeros, anhelado por directores, actuaba con una economía de recursos tan asombrosa que irritaba. El Hollywood glamouroso encontró en el actor carne para la máquina. Sus romances fueron innumerables. Grant no era un gay ortodoxo: rehuía exhibir cierta elocuencia en . Tampoco un hombre equilibrado: se ha escrito hasta el aburrimiento que un psiconalista serio se hubiese puesto las botas con su tortuosa vida. Descubrió que su madre, a la que creía muerta desde que tenía 6 años, estaba recluida en un manicomio en Inglaterra. Su figura, la ausencia tangible, le marcó al punto de ir de un matrimonio a otro sin que ninguna alianza fuese estable ni le reportase la paz y el amor que jamás tuvo. Casado cinco veces y divorciado cuatro, nunca se sintió verdaderamente vinculado a una familia. No hubo mujer que reemplazara a la madre perdida. Tampoco lo fue la de la farándula. En un sentido estricto, no fue un actor enamorado de su profesión e interesado en el cine como representación artística. Podía haber sido cualquier cosa y podía haber hecho de Cary Grant en todos esos trabajos. Daría igual que fuese maitre de un gran restaurante o embajador de Inglaterra en Zambia. 


Era un fumador y un bebedor empedernido, un amante de la ropa cara y un habitual de las frívolas fiestas de la alta sociedad de la ciudad por consolidar una amistad o un amor. No tuvo nunca suerte en expresar sus sentimientos. Extendía su oficio delante de la cámara (ser profesionalmente otro) a la realidad no sometida al escrutinio de esa cámara. Qué más daba. Tenía con qué disimular o con qué aparentar. Es cosa de actores, los buenos, recurrir a la impostura para no hacer ver a nadie sus adentros, la posible intimidad, cualquier posibilidad de que una emoción trascienda y acabe cobrándose un peaje. Compartió con Randolph Scott once gloriosos años de amistad y pasión, aunque ambos declararon que en el terreno amatorio no eran particularmente fogosos, sintiéndose más a gusto en el compartido gusto por la moda o por las variadas adicciones que rebajaban la pesadumbre de la fama como ir de picnic o sentarse en un restaurante discreto y tomar alguna especialidad del chef. Cary Grant no hacía ascos a nada que pudiera hacer sentir mejor. Se aficionó al LSD, que tomó a diario durante años. Lo llamaba "mi hora del té". Según dijo, así comprendía mejor, era más humano. Su adicción fue también una militancia: hasta que en 1966 el LSD fue declarado ilegal en los Estados Unidos y prohibido su consumo, Grant se dedicó a recomendar públicamente su uso. Hay quien se droga para negar la realidad y quien lo hace por arrimarse con más sensibilidad a ella. Lo único que le hizo no desbocarse en sustancias caras fue su tacañería. Uno de los actores mejor pagados de Hollywood fue el más roñoso. Le gustaban las carreras de caballos y apostaba con asiduidad, pero nunca más de un par de dólares a la vez. Tuvo al fisco como enemigo personal toda su vida. "El gobierno se queda con 81 centavos de cada dólar que gano, pero soy uno de esos tipos afortunados que ganan muchos dólares, todos con una marca que indica que 19 centavos son para Grant. No está mal."


Durante la Segunda Guerra Mundial, Cary Grant fue espía para los ingleses y para el FBI y descubrió simpatizantes de la causa nazi en el Hollywood más chic: hasta llegó a vigilar a una de sus esposas (Barbara Hutton) de la que se creía que enviaba dinero a Alemania. Su protector en los pasillos de Washington era Edgar J. Hoover, el pez más gordo del FBI y el que le preparó su nacionalidad estadounidense y le limpió un sucio asunto financiero en el que andaba enfangado. La sartén (Hoover) le dice al cazo (Grant): "Apártate, que me tiznas".  Hitchcock no hizo otra cosa que ponerle en bandeja de oro puro el papel de su vida, uno de ellos, realmente: el espía T.R. Devlin, el que besa a Ingrid Bergman como un alucinado que no hubiese besado en la vida y le fuese la misma vida en la intensidad del beso, uno beso como probablemente no se ha filmado otro en la larga historia del cine. Devlin era Grant o era Archibald. En realidad siempre se dijo que Cary Grant no era un actor con muchos recursos y que, a diferencia de otros mitos de la época, jamás precisó estudios profundos de sus personajes. Bastaba un esfuerzo mínimo, un dejarse llevar hasta conseguir el gesto exacto y la composición dramática óptima. Precisaba mínimos aderezos para conseguir el efecto buscado. Que estuviese magníficamente dotado para la comedia no le restaba desparpajo para componer papeles dramáticos, pero a Capra (Arsénico por compasión) o a Hawks (Me siento rejuvenecer, Luna nueva, La fiera de mi niña, que recuerde) lo que buscaban era un cómico, alguien capaz de parecer idiota o incluso serlo, pero sin que se notase ningún forzamiento (no es el caso de Jim Carrey o de Jerry Lewis). Grant podía pasar de ser un perfecto imbécil a un depravado en el mismo carrusel de tomas. Hawks y Cukor construyeron al actor, aunque mucho venía de fábrica.  Lo que Hawks o McCarey o Cukor habían engendrado - cual monstruo de Frankenstein - fue pulido por decenas de directores, pero ninguno tan reveladoramente influyente como Hitchcock, que siempre lograba entusiasmarle y retirarle de la comedia dulce (en la que brilló como nadie) y darle papeles de una enjundia dramática menos escorada a lo liviano. George Kaplan, en Con la muerte en los talones, ejemplifica a la perfección la dualidad actor-persona que, en una suerte de prestidigitación, se convierte en la dualidad actor-actor. La cosa es que Cary Grant nunca tuvo la idea clara de quién era. Ahora sé quién soy, solía decir en los momentos bajos o en las depresiones (abundantes) derivadas de sus pasiones tóxicas.


El zarandeo sentimental le llevó hasta Betsy Drake. En 1.946 Grant decidió, a instancias de su nueva esposa, retirarse. Fue ella quien lo inició en el esoterismo, en la hipnosis, en la experimentación lisérgica, en la parte lúdica de los alucinógenos, en el psicoanálisis y también en el uso de LSD (para redirigir mi errática vida emocional, decía), aunque ella era más de ácido y de poetas renacentistas, a decir del propio Grant. Toda esa farmacia doméstica para superar el trauma de una madre que lo abandonó cuando tenía once años. Todos esos matrimonios (cinco, ninguno satisfactorio) para buscar  en la esposa el regreso de esa madre desaparecida. El tabaco y las ingestas masivas de alcohol (daba igual cual fuese, daba igual la marca: nunca fue un bebedor sibarita, sino uno estrictamente práctico) no desmontaron el mito. Cuando Hitchcock lo reclutó para Atrapa un ladrón, Grant estaba perfecto. Había conseguido aceptarse. Abandonó Palm Springs, dejó a su esposa y recuperó el porte del cabellero perfecto para engolosinar a la mujer perfecta, una Grace Kelly en la cúspide de su corta y fastuosa carrera.


Sus no disimuladas inclinaciones levógiras en materia política le granjeó la antipatía de los gerifaltes de la Academia de las Artes Cinematográficas y se le ninguneó sistemáticamente en premios y en reconocimiento. Ganó una estatuilla por su trabajo en Serenata nostálgica, en 1.941. Sólo al final de su vida recibió un Óscar honorífico (en 1.972) que poco hizo para compensar los errores históricos cometidos en su persona. Los hagiógrafos grantianos sostienen que Cary nunca ganó un gran Óscar o varios (méritos hubo) porque a la Academia le encantan los papeles de tullido o de psicópata o de homosexual y él no estaba dispuesto a interpretar ninguna de esos roles, patéticos todos. Billy Wilder, el maestro de tantas cosas, el director investido con los atributos de Dios (Trueba dixit), nunca trabajó, por más que quiso, con Cary Grant. Sí le dio a Tony Curtis un papel goloso que, a su manera, le rendía tributo en Con faldas y a lo loco. Años después el propio Grant, al coincidir con Curtis en Operación Pacífico, le confió su admiración: "Tony Curtis es capaz de imitar a Cary Grant mejor que yo". Era mentira: nadie era Cary Grant salvo el escondido y neurótico inglés que llegó a Nueva York con la sonrisa perfecta y el porte de un caballero curtido en los mejores salones de la aristocracia británica. Raymond Chandler, como aficionado al género negro, dijo que su Philip Marlowe debía haber sido Cary Grant. Humphrey Bogart hizo lo que pudo por ser más alto y por dar un porte más distinguido, pero lo de Grant era un negocio redondo. Si solo tienes un traje, algo que sea bueno, le escribió su padre en cierta ocasión. Debió hacerle caso. Siempre fue el mismo traje, aunque fuesen cientos los trajes. Él era el traje. Tal vez por eso nunca hizo un western, ni una película de época en la que le colocaran mallas o la indumentaria de un gladiador. 

A diferencia de James Stewart, el otro actor fetiche del Hitchcock, su preferido para ser Kaplan, en un principio, agradezcamos que no se decantara por él, Grant nunca hizo un western. En cierto modo no es posible que lo hiciera: sus ademanes, su estilo, excluían el perfil rudo y escasamente elegante del pistolero que masca polvo y se baja del caballo de un ágil salto. Fue un hombre viril al que no se le exigía demostrarlo. Grant era el anti Wayne. Para este cronista de sus vicios, Cary Grant es la imagen más indeleble del cine.Y en ocasiones tiro de DVD y me quedo enganchado a su metro noventa de elegancia y perfecto estar. Anoche reví (qué mal se conjugan algunos verbos, qué antifónicos) Charada, un Grant ya talludito, pletórico, hipnótico. Murió a los 83 años de una apoplejía. Yo creo que ni se agachó. Murió de pie y no arrugó el traje con el óbito. Hizo más de setenta películas; algunas, por derecho propio, joyas de la cinematografía. Tuvo lo que quiso, salvo a Sofía Loren, su declarado gran amor. El romance fue en el rodaje de Orgullo y pasión, la cinta de Stanley Kramer de 1957 rodada en España. La italiana le rechazó, a pesar de que Grant le prometió dejar a su mujer y reformarse. Ahora lo veo subiendo unas escaleras con una bandeja que porta un vaso de leche. Arriba espera una mujer muy enferma. Es obvio que la va a envenenar. Así cobrará el seguro. Ella le dice que eche mañana en el buzón la carta que acaba de escribir. Lo que Hitchcock quiso fue que ella muriese y que el propio asesino cumpliese su último deseo, echar la carta al buzón, sin saber que en ella cuenta que su marido planea matarla. No hubo tal final. Hasta Hitchcock tenía quién lo refrenara. Fue Grant el que nunca lo hizo. Su secreto, el de su trabajo, era no tener secreto alguno: se dejaba llevar, no hacía nada especialmente espléndido ante la cámara. Hubo un tipo de cine hecho a su medida. "No tengo nada que ver con los personajes que he hecho. No estoy dentro de nadie", dijo al final de su vida, ya retirado, pero mentía. Qué bien hizo eso. Decir lo que alguien desea escuchar. Fue un impostor maravilloso. 



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