21.3.21

En el Día de la Poesía + Poema

 



(hoy) 

Hay que contar el mundo, no se le pude dar la espalda, creer que no es cosa nuestra; quizá de ahí proviene la literatura, el bendito manejo de las palabras, que son el instrumento con el que podemos descerrajar el rigor de lo real, esa cárcel a la que no se le puede arrebatar un solo barrote, ni un muro siquiera. No hay modo más eficaz que la poesía. Quienes no la leen no podrán asentir, no se les puede pedir que asientan y concedan esa licencia a partir de la cual todo lo demás concurre sin fricciones, limpia y eficazmente. Cuanta más poesía se lee, más alejado está uno de lo que anhela, pero la paradoja consiste en que, en el caso de no leerla, no hay manera de rozar el significado de la realidad, el modo en que la realidad nos arrastra y nos ciega. Porque lo real es un engañoso, no se puede prever, siempre produce asombro. Lo único que le pido al año venidero es que mi capacidad de asombrarme no mengüe. También que haya mucha poesía, no ya la que uno lee o de cuando en cuando, menos de lo que quisiera, le da por escribir. Me pregunto qué mundo tendríamos si la poesía se le incrustara de verdad, si cualquier contingencia estuviese impregnada de poesía. De pronto pensé hoy en qué deseo para el año que empieza mañana y esa palabra ocupó toda mi atención. No es el verso, ni es la rima, ni la trama que las palabras concitan: es el ánimo que la impulsa, el hechizo que la poesía produce, esa transgresión sublime, inasible a veces, que explica el mundo como únicamente ella puede explicarlo, pero no va a ser verdad, será un año en el que la poesía no será relevante, nunca lo fue, a pesar de todo. Pensamos sin metáforas, actuamos sin ellas. No nos arrebata la belleza, son otras cosas las que nos interesan. 

(ayer)

En la celebración de la poesía está la celebración del amor. No hay que anteponer nada al amor. Él está por encima de todas las demás consideraciones, pero una de sus herramientas más hermosas es la poesía. De hecho, la poesía lo impregna todo, hace suya cualquier circunstancia, no se arredra ante ningún obstáculo y subsiste a su maravilloso modo, a pesar del arrimo de trabas que la entorpecen y hasta la apartan. No son buenos tiempos para la lírica, menos estos que ahora vivimos, pero no los ha habido mejores. Es el tiempo en que hay más poetas que lectores de poesía. No es malo que así sea. El poeta escribe para sí mismo, cosa que no hace el que hace novelas o cuentos. Una vez ha hecho el poema, el poeta lo arroja el mundo, por si alguien lo acoge y entra dentro. En la poesía se entra, también en el amor. Es una cuestión física. Ambas disciplinas requieren de esa voluntad orgánica. Que celebremos en estos días de zozobra el día mundial de la poesía es conveniente, a pesar de que la poesía siga siendo un bien menor, una sustancia sentimental, un producto que vende poco. No se hace caja de ella y hoy en día a todo se le saca provecho monetario. Los poetas no bajan la guardia. Conozco a muchos, he tomado cervezas con ellos y no hemos hablado ni una palabra de poesía. Incluso prefiero a los poetas que no evidencian su oficio, ni a la primera citan a Baudelaire o a Luis Cernuda. Se descubre que son poetas sin mucho esfuerzo. No es preciso que hayan escrito poemas, ni que tengan libros publicados. Ni siquiera es necesario que declamen de memoria los versos fundamentales, todos tenemos algunos en la cabeza. Es poeta el que es sensible. Lo de la sensibilidad es condición sin la que no habría poesía, ni poetas. En cierta ocasión, vi cómo lloraba alguien de quien no tenía yo noticia de que leyese poesía, por más que la conociera. Es más, recuerdo que confesaba no tener la poesía entre sus (muchos) hábitos poéticos. Lloró sin consuelo. Siempre hay un poema que nos abre en canal, como si fuésemos animales en una mesa de despiece. Es un acto salvaje esa penetración, aunque las palabras acudan con mansedumbre y se cuelen con dulzura. La poesía es vaselina que mengua la brusca fornicación de las horas. Una vez acogidas y templadas, escuchadas con mimo y guardadas, ya no se pierden, son nuestras las palabras, forman parte de nuestra condición humana más íntima, hacen que vivir sea más gozoso. Quien lo probó, lo sabe.




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