17.3.21

Conciencia, sombras, fantasmas, Dios

 Si no tienes tu fantasma, reclámalo, pide que te lo envíen, no pares hasta que lo tengas en casa y los dos tengáis idea de cómo es el otro. Hay gente que no tiene un fantasma propio y recurre a fantasmas prestados. Un fantasma prestado puede llevarte la contraria, hacer que equivoques el camino. Los fantasmas en propiedad no fallan jamás. Basta con tenerlos a mano, con cuidar de que estén en los momentos importantes. Si no sabes a dónde acudir, déjate llevar, no te preocupe que tarde, al final lo tendrás y ya no podrás renunciar a él. Algunos a los fantasmas les llaman sombras. Con mucha más delicadeza, quienes han recibido una educación religiosa, dicen que son ángeles y hay quien va más arriba y sostiene que es Dios y que le escucha y atiende. Nacemos con el anhelo de Dios y caminamos con su certeza o sin ella, pero nadie puede asegurar que el camino se haga en soledad o en compañía. Los descreídos, pero con pequeñas briznas de creencias por ahí, en algún fondo de alambique y sótano, dicen que es la voz de la conciencia. Se supone que todos tenemos una, pero sólo hay que salir a la calle y comprobar que esa aseveración no es enteramente cierta. Hay quien no la tiene, se ve a las claras, sólo hace falta una breve exposición. La gente sin conciencia o sin sombra o sin fantasmas  o sin Dios tiene una vida de menor calidad que los que disponen de ella, da igual cómo se las llame. Conciencia, sombras, fantasma, Dios. El nombre es lo de menos. Todos los nombres carecen de importancia. A veces no es fácil reclamar un fantasma, desear con toda tu alma (el alma es otro apósito frágil, una incomodidad si no tienes las ideas claras) tener el tuyo, presumir de él, tener su abrazo y su comprensión, sentir que cuenta contigo y no podrías vivir sin sus atenciones.

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