28.7.18

A ghost story / El fantasma lento



No tengo la costumbre de leer nada sobre el cine que elijo ver. Lo hago a posteriori, adrede, abierto a confirmar alguna opinión o rechazar otra, por escuchar de quien la ha visto y tiene el predicamento previsto, una visión inédita o, en algún caso, redundar la propia. No siempre ha sido así, ha habido ocasiones en que no es evitable tener cierto conocimiento, haberse dejado convencer por la publicidad o por el enfático empeño de alguien cercano. De la película de David Lowery había leído, sin entrar en mucha sustancia, que era lenta y poco comercial. Se subrayaba la existencia de varios planos fijos inusualmente largos, como si se congelara la imagen y no hubiera nada que la forzara a avanzar. La sustancia de A ghost story es delicada, no es del gusto de la mayoría y, puesto a ser sincero, salvo que uno se haya armado de muchísima paciencia, puede llegar a exasperar e invitarnos a que no la acabemos o a que se tenga de ella la idea de que no es un cine popular. No lo es, no lo es en absoluto. Tampoco es una historia de fantasmas al uso, ni cómica, a la vista de su protagonista, un músico que, muerto en un accidente, regresa al mundo de los vivos cubierto con la sábana de la Morgue, abiertos dos agujeros como es preceptivo, en la que lo instalan y deambula la vida de los demás y, con más dedicación, la de su mujer, devastada por su ausencia. No hay terror en lo que se cuenta, no más allá del que impone la muerte, representada por este fantasma que ocupa casi todo el metraje y sufre (creemos que sufre, imaginamos que sufre) debajo de esa sábana icónica a la manera de la imaginería gótica o de los cuentos infantiles. No hay, entre otras muchas cosas, agilidad narrativa, no interesa que la haya, es de más interés el avance lento, la creación de una sensación de reposo o de irrealidad o de ensoñación, como si fuese el propio fantasma, el muerto, el narrador omnisciente, el que discurre para sus adentros las razones de la existencia y pasea inadvertidamente, sin que se le aprecie, como buen espectro, la rutina de los que quedaron. Es una de esas películas fascinantes en donde cada cual se fascina por un aspecto diferente de su provocadora propuesta o por todo el conjunto, que es premioso en demasía, abundando en planos fijos en donde lo que sucede funciona a un ritmo pausado, demasiado pausado en ocasiones. Si alguien decide dejar de verla en la escena en la que la protagonista regresa a casa tras la muerte de su pareja (marido, novio, no interesa eso, no es lo relevante) y David Lowery, el director, atrevidamente, se entretiene en filmar los más de cinco minutos en que se come una tarta. Es uin plano fijo en que sólo se escucha el ruido que hace el tenedor en el plato. No ocurre nada más. No hay nada que pueda añadirse a ese acto irrelevante en apariencia, pero que ocupa una parte considerable del metraje y se incrusta en la cabeza del espectador. De ahí que no podamos clasificar A ghost story, no hay ningún asidero fiable al que aferrarse para entender a la primera qué se nos cuenta. Hay que dejarse llevar, no se puede renunciar a las primeras de cambio, pero una vez se alcance cierto tramo, la película se hace fuerte y avanza a su manera, sin ningún golpe de efecto narrativo remarcable, salvo tal vez el del fantasma tirando los platos en la cocina al ver cómo su pareja ha rehecho su vida y le ha sustituido pronto (a su parecer) en la cama.

A ghost story habla de un fantasma, que es una memoria sin camino de regreso, una especie de tesoro clausurado y sin futuro ni dueño. Habla de la pérdida y de la posibilidad de que, una vez muertos, tengamos la tristísima certeza de que no nos pertenece el tiempo, pero estamos todavía incrustados en su fluir, observando lo que acontece, sin que podamos interferir. Rodada en formato 4:3, A ghost story huye de los formalismos, no se deja influir por nada, parece que inaugura un género (el de fantasmas filosóficos, el de fantasmas poéticos) y, a la misma vez, permite que otros la conduzcan en ciertos tramos y creamos (es una ilusión) que es una cinta de terror o, a la manera de Malick o Tarvoski, una historia oscura y extraña, que funciona mejor cuando han pasado días tras su visionado y de la que no se sale indemne. Lowery fija las imágenes, las detiene morosamente, hace creer que no hay movimiento, pide (a gritos) que seamos nosotros los que elaboremos un mensaje y formemos un discurso, anticipándonos al relato, indagando en cómo avanzaría, en si podríamos aventurarnos en su interior, en su propuesta tenebrista, íntima hasta lo indecible. En su contra, la película peca de ensimismada. Cuando un relato se encapsula, pierde el fuelle narrativo. Al cine le exige cada uno lo que le viene en gana. A mí, anoche, me sedujo muchísimo este atrevimiento, me desconcertó, me hizo reconocer que en el cine quedan maneras de contar las cosas, aunque alguna, por evidente falta de práctica, pueda exasperarnos, pueda (en definitiva) alentarnos a no entrar en la historia y buscar otra de factura más rutinaria (que no quiere decir mala), una de esas en las que hay mucho diálogo, las escenas fluyen con cierto ritmo y suceden cosas. Aquí sucede el amor, sucede su finiquito, sucede la memoria.

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