4.8.17

La llamada de Cthulhu



Uno se pone la ropa de siempre, sin que esa falta de novedades le ocupe ni un leve pensamiento. A veces, cuando algo no cuadra con la tradición, sale a la calle con una brizna de pudor, como si su desatino textil pregonara a los cuatro vientos otro interior. En cierta ocasión, viendo un señor muy mayor vestido con absoluta impericia, me dijo quien andaba conmigo que si a esa edad no podía ponerse lo que se le antojara cuándo. Con las otras edades, con las menos precipitadas al desenlace, bien podría valer ese argumento irrefutable. Porque de alguna forma somos lo que comemos, somos lo que leemos o lo que no leemos o lo que hablamos o dejamos de hablar, somos todas esas cosas consecutivamente y sucesivamente, pero somos también lo que nos ponemos encima. Es esa manera de ofrecernos a los demás la que probablemente más se apreste a no caer en el olvido. Se puede ser obeso, flaco, apuesto o abstracto, pero todas esas cosas, inevitables unas y muy difíciles de enmendar otras, se compensan si la vestimenta con la que nos cubrimos luce, reclama la mirada de los demás, seduce hasta hacer olvidar todo lo negativo que podamos exhibir sin que lo apreciemos. Aceptado el hecho de que la ropa anda cara, está ahora de moda la camiseta veraniega estampada con diferentes imágenes o textos. No es algo nuevo, pero no sé por qué, abundan más en estos días. La de hoy, la que abdujo mi atención en una calle céntrica de mi pueblo, ofrecía la cara de Marilyn con la gorra característica del Che, la de la estrellita en medio. A Marilyn no le faltaba un grueso puro, por supuesto. En este hilo castrista, he visto también monos ocupando la cara del Comandante. En esos casos, siempre acabo pensando lo mismo: lo que pensaría si pudiese ver en qué quedó su errática épica, su revolución doméstica y tropical. A Lovecraft le sobresaltaría ver que un tentáculo de una de sus criaturas mitológicas pasea las calles. Pensaría en eso de que al miedo se le combate haciéndole mofa, plantándole cara, en fin, mirándole a la cara y todo eso. O no pensaría nada de eso. En lo que puedo contar por mí, diré que anduve durante un tiempo con una en la que estampé el puente mítico de Manhattan, la película de Woody Allen. Sí, el puente que lleva diez años como imagen de cabecera de este blog, ese mismo. Me sentía raramente feliz cuando me la ponía. De algún modo me entusiasmaba mostrar que es una de mis películas favoritas, igual que el que se coloca una camiseta con el diez de Messi a la espalda le está contando al mundo que es culé o que adora al delantero argentino, pero lo de Cthulhu es distinto. Ahí entramos en consideraciones más sórdidas, en dioses primigenios, en los arquetipos, en caos cósmico, en los profundos, que eran mitad humanos, mitad batracios. Quien no haya entrado en esas turbias aguas, no se pondrá jamás esta camiseta. Incluso estoy por pensar que igual tampoco se la pone. No vaya a ser que despierte los terrores ocultos, la semilla del mal, la locura misma. Ah, queda también en mi  fondo de armario la camiseta de Heisenberg, regalo de un amigo e icono de los mejores veranos a pie de playa.

1 comentario:

Pedro Gómez dijo...

Si la miras bien, da miedo, mucho miedo. Yo tuve una camiseta con la cara del payaso Pennywise, el de It de Stephen King. Me la ponía y la gente me miraba raro. Como si se me hubiera ido la cabeza. Y muchas veces, mi mujer también piesna eso, se me ha ido pensando en el jodido payaso, jeje. Buen verano, Emilio.