9.8.17

El niño gusano / Redux

El niño gusano en su caja de zapatos ha pedido que un punzón agujeree la tapa. Quiere ver qué hay afuera. Una vez al día la abren y lo miran o le cambian las hojas mordidas por las enteras. A veces ve el azul del cielo o el negro, cuando la noche. La mayor parte de las veces sólo alcanza a ver el techo o, en días contados, una lámpara enorme con muchos brazos. La caja es roma en las aristas. Por los golpes. Por el abandono también. El día en que abrieron un agujero el niño gusano sonrió. No por que le invadiera una alegría repentina, sino por repetir todos los gestos que había pensado que haría si le concedían ese deseo. Por el agujero el niño gusano se deja ver de cuando en cuando y de esa forma percibe el mundo. El amo, en la perspectiva abierta, es un gigante o un dios a los ojos del niño gusano. Es el amo mundo, el amo Dios y el amo del agujero. Un amo todo ojos y boca. Un amo que mima al niño gusano con hojas limpias de lechuga y piensa que estaría bien cambiarle la caja o abrir en la antigua otro agujero. Al niño gusano no se le ocurre escapar, no hay nada que hacer fuera de la caja, no es su mundo, no lo podría ser en ningún caso, además ya está mayor para aventuras. El niño gusano respira ya penosamente si se mueve a lo loco. Hará falta otro agujero, le oye decir al niño. O dos. O un ciento. Y si hacer agujeros no beneficia la respiración y el bienestar del niño gusano, hasta podría volarse la tapa. En un gesto rápido. Un manotazo. El niño gusano vería menos enorme al amo mundo. Advertiría que también su amo tiene una tapa. Azul o gris o negra según se tercie. Hay quien no percibe su cautiverio, no lo nota porque es feliz en su prisión grande sin agujeros ni lechuga. Dios reconforta así a sus criaturas y las libera de respiraciones costosas.


(Cuentos del astronauta zurdo, Emilio Calvo de Mora, Editorial Juan de Mairena, y de Libros, Lucena, 2.008)

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