26.8.17

Miedos


No hay miedo que el tiempo no derrote. El del tiburón de la película de Spielberg, observado con detalle, destripado, explicado para quien no alcanzara a entender, no impone, no eriza el vello, ni hace que, como entonces, abramos la boca y sintamos una punzada en la nuca y la amenaza de sueños terribles en los que, no se entiende bien por qué, se nos deja en alta mar y el monstruo nos ronda hasta que decide dar el ataque letal. La realidad siempre se explica a sí misma. Primero amedrenta, intimida, le busca la vueltas a nuestra cabeza para encontrar con qué apariencia nos vencerá. Conforme crecemos, canjeamos unos miedos por otros. Lo que antes nos aterrorizaba, ahora nos hace sonreír. El miedo es el mismo, no ha mutado, ni se ha adornado con otros trajes más espeluznantes, ni se ha sofisticado su puesto en escena: somos nosotros los que no somos los mismos. Nunca lo somos. No sé qué tengo en común con quien fui hace todos esos años o si el de ayer, sólo ese plazo corto de tiempo, no habrá cogido una senda inédita y se esté alejando, dejando atrás la parte mía que yo consideraba irreducible, íntima y sólida. Somos de forma incesante muchas personas embutidas en una sola. No se elige a cuál recurrimos, no hay voluntad en esa deriva vital. Podremos elegir, decidir con qué esperanzas viviremos, pero el azar es el que nos asigna el miedo y el que nos lo retira, ocupando otro nuevo el hueco desalojado. Ahora el tiburón terrible no causa pavor, se queda en un objeto sentimental, adquiere el peso de las cosas vencidas, las que no duelen, no hieren. 

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