18.2.17

Ventanas / 2



                                                              Fotografía: Pedro del Espino


Alguien me dijo una vez que amaba las ventanas. No le hice entonces el aprecio debido, pero he pensando en eso que me confesó y he tratado de comprender cómo se puede profesar amor por ellas. No es que me extrañe. El amor es un prodigio al que se acerca uno siempre a tientas, balbuceando, novicio y feliz. Se puede amar a un extraño o dejar de amar a quien vemos a diario. No hay asunto que haya ocupado más páginas en el cine o en la literatura. No todas las ventanas inducen a que las amemos. No existe un prontuario al que aferrarse, ningún protocolo fiable. Creo que no hay ni bibliografía al respecto. No, al menos, la bibliografía que yo desearía: la sentimental, la que anhela ahondarse, la que se impregna o la que perdura. Se ama una ventana cuando se ama mirar. Lo que fascina de ellas es que surten de miradas nuevas. No se agotan, no incurren en la repetición. Que sean discretas o indiscretas no depende de lo que exhiben sino del ojo que las escruta. Que engolosinen o hastíen estriba en la voluntad de quien se adueña de ellas y las interroga. Fotografiar ventanas es un acto filosófico: obliga a olvidarse de lo que ofrecen y hacer que el observador se fije en la ventana misma, en la ventana tautológica, en su ubicación, en el modo en que se abre al exterior o se pliega hacia adentro. En cierto modo, la ventana exige que pensemos en ella al modo en que un fotógrafo, al encuadrar, desestima lo que no le interesa y se aplica en atrapar una de las partes, sólo una de las muchas posibles, que le convidan a mirar. Decía Borges que todos éramos teólogos. También somos fotógrafos. Al mirar, en el hecho de fijar la vista en algo y esmerarse en lo observado, barremos los objetos, los pesamos, les damos la coherencia que no tienen. Cada vez que alguien mira por una ventana está haciendo una fotografía. Somos polaroids, locas, incansables polaroids buscando la fotografía perfecta.