31.12.14

Dos mil catorce / Fin





Tengan ustedes una noche antológica, una noche sublime, una a salvo de la pesadumbre, una con colmo de júbilo, una festiva hasta el desmayo, una que no deseen que acabe, pero no caigan en el error de olvidar el mañana gris, el día con todas sus luces, el año que entra con su vértigo y con su fiebre. Hoy, no obstante, desfóndense. Sean felices sin otro dios que les guíe. Miguel Brieva, el autor de la imagen que traigo todos los años, en esta fecha, a mi blog, se lo dice muy claro. El texto no cambia. Los últimos años entran a trompicones, amenazando con llevarse todo por delante. Así que hoy, si pueden, bailen.

Las palabras, el insomnio, la familia, Bergman

Cada insomnio es distinto al resto y ninguno se parece a otro. En eso coincide con la idea de familia. Quizá ambas cosas compartan cierta sensación de fragilidad y de intimidad, de asunto muy personal que no puedes airear sin que algo tuyo, íntimo también, acabe revelándose, adquiriendo rango público. En el insomnio urge proveerse de distracciones. Como en la familia. No puede estar uno expuesto absolutamente. No sé si hay insomnios felices e insomnios infelices. Todos los males que devastan el mundo provienen de no saber aprovechar las horas de insomnio. Pesan como una condena, duelen como una condena. El insomnio tiene mala prensa. En ese hilo de las cosas, la misma vida podría tener mala prensa también. Si no se sabe ocupar, la vida pesa y duele como una condena. Si conciliamos el sueño, si tenemos el cuerpo lo suficientemente cansado, la vigilia es dulce y no andamos en el temor de que caiga la noche y no sepamos qué hacer con ella. Eso me dicho K., me ha confesado que duerme mal o que duerme a trozos o que duerme sin tener la certeza de que está durmiendo en verdad, como si le contaran que lo hace, como si todo perteneciese a una trama que no es suya, ni a la que puede acercarse y convenir a su antojo. A K. le conmueven todos esos conflictos interiores. Ingmar Bergman y él se habrían caído bien, habrían dejado unas cuantas cosas claras en la barra de un bar, en una mesa apartada de un bar, en la confianza de que no hay mejor evasión que la de hablar, decir uno esto y luego lo otro, escuchar y dejarse convencer o escuchar y no dejarse convencer en absoluto. Las palabras que usamos son también una cosa frágil e íntima, le digo. Las que usas hablan de ti por encima de lo que las mismas palabras cuentan. Como si usar ósculo en lugar de beso dijese exactamente en qué momento te perdiste, cuándo decidiste no seguir por el camino marcado y tomar el que nadie esperaba. Son las palabras las que no te dejan dormir por las noches. Se te van acumulando, se van inclinando, diciendo de ti lo que ni siquiera conoces. No sé el porqué de traer a Bergman en el último día del año. Las palabras, que tiran. 

29.12.14

4 del 2014

Antes, por estos días, solía recopilar por aquí lo mejor, nunca lo peor, que acarreó el año vencido. Era divertida esa labor de pesquisa, de quien ha visto o ha escuchado o ha leído mucho de lo que el mercado ha ido dejando, pero ya no veo, ni escucho, ni leo como solía. No es un lamento, no lo pretende. Hay años en los que prevalecen otras cosas o en donde uno no está tan alerta de las novedades y no para de coger de aquí y de allá, procurando no decaer, en la idea de que hay que consumir placeres mientras están en el aire, conforme toman vuelo y se dejan ver, no cuando se han dejado vencer y se han aposentado en la tierra. Es un asunto formidable el de los vicios. Daría para escribir un blog entero que se titulase  algo así como Mis vicios. De hecho este mío no deja de ser una rendición caótica de ellos, pero rendición al cabo. Así que no dejaré el post de rigor, el del ranking, el recopilatorio. Leeré el de los demás. Tengo amigos que no flaquean en esto y se dejan el pellejo (literalmente, doy fe) en ocupar el ocio ajeno con el ocio propio. Solo pondré aquí el disco del año, el libro del año y la película  y la serie del año. Algo he escuchado, he leído y he visto, claro. Espero que el año que viene, por bien propio, por buena salud cultural, haga una entrada completísima, como las de antaño, en donde el trasegar del año dejaba huella en mí y lo difundía a modo de confesión. 

Libro
Galveston, Nic Pizzolatto


Demoledora primera novela del guionista de True Detective, en la que se resuelve por la vía épica el relato del ocaso de un matón, uno eficiente y violento, al que un cáncer le aparta del negocio, pero no de su dignidad. Escrita con un desparpajo narrativo que crea adicción, página a página, regalando una trama sólida, pensada para que el lector la recree en su cinemascope particular, restituida con una confianza absoluta en el estilo. Uno cree que no puede estar escrita de otro modo, la sigue con fe, cae en la cuenta de que es una historia que probablemente le han contado antes o que ha visto antes (hay ecos de la serie) pero no puede evitar rendirse a la evidencia de un talento mayúsculo. Únicamente su comienzo hace que paladeemos de gusto. Habla Roy Cody, el matón, en una sórdida primera persona: "Un médico me fotografió los pulmones. Estaban repletos de copos de nieve. Al salir de la consulta me pareció que todos los presentes en la sala de espera se alegraban de no ser yo. Ciertas cosas se notan en la cara de la gente". El resto de la esplendorosa trama es un viaje hacia la muerte. Quizá la muerte en abstracto, no la suya, vaticinada, ni la de los que lo acosan, sino de la muerte como idea, como sustantivo rotundo. 

Disco
Nostalgia, Annie Lennox, 



El sexto disco en solitario de la cantante de Eurythmics es un tributo a los más grandes standards del jazz de todos los tiempos. Habrá alguno que falte, imposible que alguno importante no esté en esta lista privada, deliciosa, acometida con un sentido de la responsabilidad enorme y ejecutada con un respeto absoluto a los cánones, a la memoria de los grandes maestros que parieron estas canciones inmortales. Annie canta como nunca, hace que uno llore (yo lo he hecho alguna vez, escuchando piezas de este disco memoraable) y sienta que la música expresa a veces lo que las palabras no alcanzan. El jazz es un biombo tras el que esconderse, pero aquí el jazz es asequible, está en forma, se enseña, orgullos, para que los nuevos lo conozcan y los viejos, ay, lloremos. 



Película
Nebraska, Alexander Payne




En Febrero, cerca de los Oscars de Hollywood amenizaran el comienzo de año con sus galardones, Nebraska ocupó toda la mi atención. La vi un poco sin empeño, porque quizá no eran los días para ver una película triste que podía hacer que yo mismo, sin necesidad de entristecerme, adquiriese una tristeza más honda, pero a veces el arte va a lo suyo, la belleza va a lo suyo, y Nebraska es hermosa, es triste y hermosa. Hace que uno sienta que todo lo que sucede le incumbe. Hay pocas historias que nos incumban de verdad, y ésta se hace nuestra de un modo indeleble. La historia del viejo que busca su eldorado, su mina de oro, su billete para ingresar en la felicidad, es enternecedora, de una sensibilidad a la que pocos directores están al alcance y Alexander Payne, padre de la enorme Entre copas, filma con un pudor sobresaliente la historia de Woody, un Bruce Dern pletórico, íntimo, trascendente, en un papel goloso como pocos. Al acabar, uno cree que está feliz con la vida, con la armonía del cosmos. Sí, ya sé que desvarío, que una película no llega a eso, pero ésta se acerca mucho, lo juro por el frío de Nebraska y por la austeridad de su paisaje. 



Series
True Detective, HBO / Fargo, FX.





No ha sido posible elegir entre dos series antológicas, Fargo y True Detective. Las dos compiten con oficio con el mejor cine que yo haya podido ver. Y he visto mucho cine, lo aseguro. Son grandes porque respetan al espectador y le hacen creer que no hay menoscabo en el esfuerzo y en la manera en que se puede contar una historia. Y las dos parten de una historia fastuosa, de las que pueden contarse como clásicas cuando pasen treinta años. Soy feliz porque existan. Porque haya gente que se involucre en proyectos que tienen miras muy altas y buscan la excelencia en cada fotograma, en cada línea del guión, en cada pequeña brizna de partitura que asista a la representación pictórica, series que sabes que verás más adelante, cuando el recuerdo te pide el peaje habitual y necesites aplicarte una nueva sesión de inteligencia y de belleza. Atrás, por no meter tres en donde solo debía haber una, incluiría Hannibal, que es grande, muy grande, y que merece atención posterior, que prestaré con mucho esmero.




28.12.14

No mires a los ojos de la gente / Un cuento de ciencia-ficción





Ralenticé mi metabolismo por ver si no me coscaba de lo duro que es vivir en estos tiempos. Pensé que si vivía como si no viviese, yendo y viniendo por las cosas, sin detenerme mucho en nada, no sufriría pesadillas, no tendría la conciencia enferma como la tengo y disfrutaría más de los pocos días que me deben quedar en este mundo. Consumir una energía mínima sin que las funciones vitales se deterioren y se colapse el sistema. Eso fue lo que le dije a Máquina 2 antes de darle al botón del panel y empezar el proceso. La noche de antes, sentados frente al Gran Ordenador Central, el GOC, en adelante, me refirió la historia de otro de nuestra raza que perdió toda identidad genética y se volvió uno de ellos. Nada nuevo, le dije. No digo ya el aspecto, que en eso no se aprecia variación alguna, salvo algunos momentos en que nuestros ojos permanecen minutos enteros sin parpadear, sin que podamos hacer nada al respecto. Eran los sentimientos, la forma de abrazarse, el modo en que se dicen algunos palabras que a nuestro entender carecen de todo significado. El problema es ese, el significado. Hacemos las cosas sin entender bien para qué se hacen. Máquina 13 se enamoró de una terrestre y todavía lleva una doble vida en un dúplex a las afueras de Madrid. Le visitamos la Navidad pasada, le saludamos en la puerta, le dijimos que si iba todo bien, pero parpadeó más de lo deseable y no mostró interés en saber de Casa, en que le contáramos novedades sobre la familia que dejamos allí. Ahora soy feliz, ahora vivo como ellos, hasta me he metido en una cofradía del barrio, nos confesó en la puerta, sin invitarnos a pasar, temeroso quizá de que reveláramos su naturaleza. En cierto modo envidié su confort, su pijama con asteroides y la barba de tres días, el olor que provenía de la cocina. Tarta de queso, me dijo Máquina 2. Fue esa envidia la que me hizo mirar el Manual y buscar un modo de no sufrir más de lo necesario. Llevamos mucho tiempo en este planeta como para echarlo todo a perder por un acceso de sentimentalismo o de solidaridad, no sé. En Casa vigilan que no caigamos en la tristeza, en la melancolía, en ese estado cercano a la hibernación del que a veces no se sale. Hay por ahí compañeros que no son ni una cosa ni otra, ya me van entendiendo. Hablan como hombres, pero el corazón no es humano. Aman como hombres, pero el amor no es sincero. Si nos afectamos mucho de lo que vemos, acabaremos derrotados. Esa es la premisa de la que partió toda la expedición a la Tierra. No os involucréis demasiado, no miréis a los ojos de la gente, te dan miedo, siempre mienten. No salgas a la calle cuando hay gente, ¿y si no vuelves? ¿Y si te pierdes? Escóndete en el cuarto de los huéspedes

Ninguna recomendación es fiable, cualquier consideración sobre lo humano puede venirse abajo si te rozan en un descuido, si te buscan el lado tierno y lo encuentran y atacan por ahí hasta que te desarman. Son increíbles. Es una raza como no he visto otra en mis viajes, que no son pocos. Han debido sobrevivir porque el amor que se profesan es muy fuerte, aunque se odien y se destrocen a la menor oportunidad. Nosotros no tenemos esos comportamientos. No nos amamos. Desconocemos absolutamente el grado de fiabilidad emocional del amor. Nos vale un cierto afecto, que casi nunca llega lejos y, por supuesto, jamás deriva en amor. Tampoco nos odiamos. Desconocemos también el odio. Nos vale un cierto desapego, una especie de desafecto por otros congéneres que casi nunca (hay casos registrados, anomalías conductuales) fomenta el odio. Hemos sobrevivido porque no nos dejamos influenciar por la realidad que nos circunda. Vivir como si no viviésemos, yendo y viniendo por las cosas, sin detenernos mucho en nada, no sufriendo pesadillas, no teniendo jamás conciencia exacta de lo que nos rodea, disfrutando de un modo elemental, pero puro y muy ameno, de la vida, que es un concepto que compartimos con ellos. No nos emociona el olor de una tarta de queso, por decirlo de un modo prosaico. Nada, en realidad, nos emociona mucho. Pequeñas oleadas de emoción, dice Máquina 2. De alguna, bien analizada, podría deducirse que acabaremos como Máquina 13, que no es ni por asomo la deserción más notable de nuestras filas. Máquina 23 se afilió a un partido político y hasta fue concejal de un municipio de menos de cinco mil habitantes. Llevaba la corporación de fiestas, creo. Máquina 43, uno de los más leales a la causa, se enamoró de un taxidermista que le intentó vender una urraca disecada. La tienen encima del televisor, en recuerdo del momento en que sus miradas se cruzaron. La suya, que dura más que la del resto, al no parpadear, fue interpretada como una evidencia manifiesta de amor sincero y directo. Siguen juntos. Tenemos un par de vigilantes que los tienen controlados. Por si se va de la lengua, por si revela nuestra situación y los planes que tenemos. No siendo violentos, no hacemos nada con la disidencia. No los acorralamos en un callejón oscuro y los molimos a palos. Eso lo hacen los humanos, que aman y odian a partes iguales y son capaces de dar la vida por los suyos y de arrebatársela, sin que en ninguna de esas circunstancias extraordinarios se entiendan las causas. Tienen incluso una especie de Dios, que murió por ellos y resucitó y les mira desde una lejanía inargumentable. Llenan los templos y se arrodillan para rezar. Nosotros no hablamos con nadie a quien no veamos, carecemos de ese fervor, no tenemos fe, pero escuché que un Máquina, el 67 puede ser, se hizo sacerdote y lleva una congregación de fieles en un departamento apartado del Perú, haciendo una labor evangélica. Imagino que no mostrará su lado alienígena, Porque es uno de ellos y es uno de los nuestros. Y no sé qué pensará Dios de todo esto que cuento, si es que lee mis palabras conforme las escribo. Quién sabe. Uno nunca sabe. 

Yo soy Máquina 1, llegué el primero, me instalé solo, no importa cuándo. Los demás vinieron sin prisa, no les entusiasmé con lo que fui contando. No entra el entusiasmo en nuestras emociones. Les pareció bien, sin más, me dijeron que vendrían. Solemos vernos alrededor del GOC, que está bien custodiado, disimulado entre otros ordenadores, controlado por uno de los nuestros. Recibe incluso un sueldo por tenerlo a punto. Carecemos de sentido del humor o lo tenemos poco acentuado, pero nos hace echar unas risas, nada escandaloso, esa inocencia de los humanos, tan antigua, que no desaparece por muy lejos que lleguen cuando se ponen violentos. Y juro que se ponen. Dan miedo, ya lo he dicho. Un miedo que nos hace reconsiderar nuestra estancia en este planeta. Pero se vive bien, se deja uno llevar por la bonanza del clima. Nada comparado a los extremos de Casa, en donde el frío y el calor absoluto lo rigen todo. Madrid es una ciudad maravillosa. A Máquina 2 le gusta pasear por la Gran Vía y ver escaparates. No compramos nada. Nos alimenta el GOC. Basta que miremos cierta pantalla durante un periodo muy corto de tiempo. Las Máquinas desertoras deshabilitaron esa función nativa y han obligado al cuerpo a crear órganos como los de los humanos y he visto a algunos comer con fruición, beber escandalosamente y coger peso de un modo atroz. Máquina 6 sostuvo en una reunión que fornicar es una actividad muy gratificante, pero no le prestamos atención, no quisimos escuchar su conferencia sobre el placer. Nos decimos Máquina porque no sabemos qué nombre usar en este planeta. Los nuestros solo nos valen para comunicarnos con Casa y son impronunciables en ningún idioma terrestre. La fonética humana no es capaz de articular el sonido con el que nos reconocemos cuando nos llamamos. El español es sencillo. Los verbos cuestan un poco más, pero aprendimos rápido. Carecer de emociones nos hace tener una inteligencia muy práctica, muy precisa. Máquina 11 aprendió chino en un bar, en una hora, mientras uno de ellos le vendía unas películas porno. 

Tenemos un trabajo remunerado por no desentonar mucho en el barrio, pero hay compañeros que no han trabajado nunca, y tampoco eso desentona mucho. Está la cosa mal, dicen en el supermercado en donde compro algunas cosas para aparentar que las consumo. Me encanta coger alimentos que no he probado nunca. Los escojo por el aspecto, por el color, por el olor que desprenden. Me he aficionado a la carne roja, que me parece muy hermosa. Pensar que los humanos son así por dentro me produce una zozobra que no sabría explicar. Si yo comiese carne, me sentiría muy mal. Como si me comiese a uno de los míos, como si arrebatase una vida para no hacer que desfallezca la mía. Vivo en una casa muy austera. Tengo un televisor por cable y paso casi todo el día viendo cine. He descubierto que es un arte hermoso el de la cinematografía, como dicen ellos. Me gustan las películas de espías y las de ciencia-ficción. En algunos de esas, me divierte (en lo que yo puedo divertirme, claro) el modo en que imaginan a los de nuestra especie. Tienen cientos de películas que hablan de seres de otros mundos que vienen y les invaden. Las hay en blanco y negro, de poco espectáculo visual, pero muy imaginativas. Esas me parecen las mejores. Hay una en la que unas esporas provenientes del espacio exterior dan réplicas exactas de seres humanos a los que pretenden reemplazar por completo. Sobra decir que los humanos resultantes de esa duplicación carecen de sentimientos. No me he visto reflejado en ninguna de ellos. Lo nuestro es muy especial. Hemos venido, pero a veces pienso que siempre estuvimos aquí. Que los humanos son consecuencia de Máquinas desertoras. Que toda la especie humana es la evolución de una serie de criaturas como yo, que vinieron aquí hace miles de años, más tal vez, no tengo manera de comprobar todo esto que barrunto ahora, en mi habitación, contemplando el cielo desde mi ventana. Por eso Máquina 2 pasea la Gran Vía y ve escaparates o Máquina 43 se enamoró de un taxidermista o Máquina 13 lleva una doble vida en un dúplex, oliendo a tarta de queso y fornicando los fines de semana. Como si una memoria antigua nos contara cosas que sabemos y que no admitimos del todo. O como si el humano tuviese una memoria también de cuando fue Máquina y llegó a esta Casa y agradeció el cielo azul y el bullir del aire en la tormenta y el aroma de las flores en primavera. Me estoy volviendo un sentimental. Pronto le daré al botón y me convertiré en uno de ellos. En el Manual no hay nada que confirme mis sospechas. Los humanos tienen teorías rocambolescas sobre el origen de su especie, pero la mía cobra fuerza a día que pasa. No la confiaré a nadie. La dejaré aquí. La guardaré en un archivo en la GOC. No dejaré que dejen de amarse y de matarse. Llevan así milenios para que un torpe invasor como yo les arruine la costumbre y les explique lo que no les conviene saber. Se vive bien en el misterio, se está bien en la ignorancia. 


27.12.14

Cien películas: 6 Retorno al pasado, Jacques Tourneur, 1946




Los detectives del cine negro beben mucho whisky porque se tarda muy poco en apurar un vaso. Pasa lo mismo con las caladas a un cigarrillo. Hay algunos que duran un par de minutos. Se puede estar una noche entera bebiendo y fumando sin que parezca que estás haciendo algo a lo que debas entregarte, a lo que debas aplicarte con esmero. Nunca se bebe o se fuma mal, por otra parte. No es una actividad que uno ejecute con la precisión que requiere otras, con el mimo incluso con la que despacha otras. Todo el cine negro descansa sobre la hipótesis de que beber y fumar son parte del atrezzo; a veces parte considerable de la trama. No hay femme fatale que haya prosperado en el imaginario popular que no tenga un cigarrillo en la boca o en la mano o que el galán de turno no le eche el humo en la cara. El humo da un juego enorme para los directores de fotografía. Pasa lo mismo con los tugurios de mala muerte. Es una expresión curiosa ésa. Siempre hay uno en donde ocultarse o en donde pensar qué se va a hacer con la vida. He aquí la catedral del noir, el templo absoluto en el que se encuentran o se pierden las respuestas. Las preguntas las da la calle, que es otro escenario mítico. Las calles se reconstruyen en la memoria de quien las ha pisado. Sabe a qué huelen, qué luz las baña de noche, cómo se aman y cómo se odian. El pasado, el pasado amargo, vive en las calles. El detective Jeff Bailey bebe y fuma y tiene un pasado que no desea recordar. La memoria tiene esa virtud: uno puede malograr que triunfe un recuerdo y alentar que otro, menos doloroso, prospere, se instale en primera línea y acabe aflorando. La memoria está llena de mujeres hermosas. Jeff acaba de encontrar uno, la que le piden buscar y de la que se enamora, a sabiendas de que es falsa, de que va a conducirlo al caos y tendrá que dejar que los recuerdos malos salgan a la superficie y lo arruinen todo. O peor, acabarán con él muerto, tiroteado en una calle oscura, tendido de mala manera sobre un charco sucio de alquiltrán, lluvia y sangre. Jeff es listo, el condenado; listo como para encontrar a cualquiera y cobrar su parte, pero el corazón es un cazador solitario, dijo alguien. Al corazón le pertenece el cierre de la trama. La mujer va a hacer que lo maten. O algo peor. El cine negro, el cine negro fácil, está lleno de muertes rápidas, que en nada contribuyen a la riqueza moral de la historia. Para que sea rotunda, para que se impregne adentro y no salga, debe emular las grandes pasiones shakesperianas, sin que falte el amor imposible, el desenlace trágico, la traición, la fatalidad. Yo creo que todo el cine negro es un monumento enorme a la fatalidad, esa niebla de presagios que acaban confirmándose, ese manto de inevitabilidad con la que el azar nos marca. A Ann y a Jeff no les pueden ir bien las cosas. Todo está en su contra, nada bueno les concierne. En el cine negro, en el buen cine negro, los muertos mueren siempre muy despacio, y los mejores son los que no acaban de morir del todo, los que viven para contar a los demás lo mal que lo pasaron, el dolor que sufrieron y las heridas que lo cuentan. Luego están los bares, el gesto de beber el whisky de un trago, pero repetido las veces suficientes; el humo del tabaco; los faros de los coches a lo lejos; las mujeres fatales, rubias o morenas, pero con el veneno dentro; los trajes impecables cubiertos de polvo; los ojos tristes; las camas vacías;  las conversaciones shakesperianas. Porque si William Shakespeare viviera hoy, de haber vivido en el siglo XX, habría escrito el mejor cine negro, lo habría bordado. 

26.12.14

La rubia de ojos negros





Constato el afecto que le profeso a los personajes negativos, a los que no hay manera de salvarlos, los que se arrastran y medran con artes infames, los que viven o mueren conforme a su voluntad, aunque esa voluntad no sea la que la buena educación y las normas de convivencia proclaman como las aceptables. Al mal se le tiene un respeto que el bien no consigue casi nunca. Toda la literatura que amo está cimentada con personajes malvados, gente ruin a la que cerca la sociedad o acorralan los buenos, hasta que les dan su merecido, como se dice. Si se extrae de una novela al malo, queda poco o incluso no queda nada. En el hipotético caso de que no haya malo, de que ningún personaje granjee la animadversión del lector, la novela flaquea, se engurruñe (me encanta ese verbo) y acaba convertida en un adorno, algo presentable, comúnmente aceptado, confirmado en el canon, en el gran canon de la literatura aséptica, linda de aspecto, susceptible de ser sacada a paseo y presentada sin rubor en las reuniones de sociedad.

Leyendo a Banville, pienso en el libro primero, en el libro de los libros, en la Biblia canónica. No hay mejor libro que éste para refrendar todo lo que expongo. No porque sea alta literatura, que lo es, a su modo, en su ficción, en su interesado registro de unos hechos sobrenaturales, Prefiero a Benjamin Black que a John Banville, la mente que lo creó. En cierto modo está bien que un escritor cree un alter ego, uno capaz de bajar a donde él no podría o donde no querría. Habría que tener un seudónimo, un alias, un yo escindible con el que poder salir a calle y hacer cosas y decir cosas que no estarían bien hechas o bien dichas con la autoridad del yo primario. 

Acabé anoche En busca de April, un monumental ejercicio de precisión moral, por decirlo de alguna manera, en el que los personajes ofrecen una doblez maravillosa: un lado visto, remarcable, y otro oscuro, en donde se advierte la calidad de la trama, el formidable vuelo que adquiere el argumento. Las herramientas con las que cuenta Black son más afiladas que las Banville contaría: siendo otro, enmascarándose, la escritura fluye de otra manera, se da rienda suelta al mal con más comodidad. Debe ser consecuencia del pudor católico-irlandés del propio Banville, que de sí mismo nunca dice gran cosa, se deja invitar de vez en cuando y da cursos de novela negra, habla de la literatura y de su amor profundo por Chandler y por todos los que hicieron que el cine negro no fuese únicamente un género cinematográfico sino, y muy contundentemente, uno literario, de pleno derecho. Su detective favorito, Quirke, es un tipo entrañable. Yo a veces me he imaginado siendo Quirke, el buen patólogo forense, pero no soy yo realmente, sino el otro yo, el Emilio Calvo de Mora que podría agenciarse un alias, un alter ego, una máscara. Quirke bebe mucho y no piensa que haya posibilidad de dejar de beber. Vive solo, ha tenido una vida familiar, pero se truncó todo, se malogró la felicidad conyugal (no hagamos spoilers) y ha terminado arruinado, condenado en vida, haciendo las pesquisas de rigor, fundamentado el aura de malditismo que todo detective de raza requiere para que su leyenda prospere o para que, en vida, no acaba de redimirse nunca, no termine jamás de curar sus heridas. Un poco como los detectives prodigiosos de George Simenon, de quien bebe también, a tragos largos, sin embucharse. 





Irlandés venido a menos, admite que no es bien recibido en su país, del que raja más de lo que debería, siendo los irlandeses un pueblo muy endogámico, de escaso afecto por quienes renuncian a las raíces, pero ¿qué son las raíces?. Banville / Black es un francotirador, uno bueno. He disfrutado esa forma de escribir incluso cuando lo que ha escrito no me ha entusiasmado (El lémur) Es prodigioso el oficio de este hombre, la manera con que arma la estructura estrictamente novelística, seduciendo a cada página, invitando a seguir, a no dejarse embelesar con la trama, que es muy buena, sino ofreciendo la insinuación de que es la escritura, el poder de las palabras y de las frases, la que obra el milagro. Bilocación, canibalismo puro, doppelgänger bizarro, da lo mismo: Banville, o Black, son un lujo en los escaparates de las librerías. Es un honorable premio Príncipe de Asturias John o Benjamin, da lo mismo. Los dos están de acuerdo en lo fundamental: en la belleza y en la importancia de la literatura. En un rato, después de que eche mi siesta, me pongo con La rubia de ojos azules. Marlowe ha vuelto. Viva Marlowe. 

25.12.14

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2014


No hay navidad sin que tres amigos, hoy cuatro, escribamos un cuento. Son solo cuentos, pero a mí me sigue emocionando leerlos. Feliz Navidad en la Antártida, que es una casa para quien se pase..
Los cuentos están disponibles aquí

24.12.14

Viajes

Debe ir con la edad, con las certezas que se van adquiriendo con los años, pero últimamente me inclino más a desoír lo que no me incumbe, a involucrarme poco o nada con lo que antes me causaba profunda adhesión. Luego están las incertidumbres. Sé mucho más de ellas. Curiosamente disfruto más con lo que no sé que con lo conocido, se deja de otear lo muy lejano y se esmera uno en lo que está a mano, debajo, en las cosas cercanas, a las que no siempre se les ha prestado la atención suficiente, por saberlas familiares, por creer que no iban a desvanecerse, por verlas a diario y no imaginar que faltasen. Pasa con los seres amados, pero también con ciertas rutinas, con hábitos domésticos que se echan en falta cuando hace días que no los practicas. Hoy, sin ir más lejos, escribir a media tarde, escuchando música a un volumen muy tenue. Suelo escribir de noche, que es cuando ando más desocupado y el trasegar del día ha finalizado, o primera hora de la mañana, cuando todo está por hacer y todavía no te has puesto a funcionar. Me detengo en los pasajes más difíciles del texto, en las partes más delicadas de la música, en el ruido que afuera hace la tarde, nada que incomode: coches yendo y viniendo, y no muchos; las voces de la charla de los vecinos, animada a veces, muy liviana otras. Constato que todo tiene un valor y que a todo puede uno prestarle la consideración más alta. Como si todo trascendiera, como si todo formase parte de una trama más noble que no nos concierne, pero de la que formamos parte y que modificamos con lo que hacemos o con lo que dejamos de hacer. Como siga así voy a parecer un coelho vulgaris. En todo caso, entra en lo razonable que uno ande a diario descubriendo su sitio en el mundo. No sé si volcarlo aquí hace que se encuentre antes. Tal vez. 

22.12.14

Joe Cocker / El perro loco ha muerto



Bajó al infierno y se codeó con el diablo, le habló de tú, le dijo que no iba a encontrar en su casa nada que le escandalizara, así que el diablo le dejó salir. Se bebió Escocia entera antes de entrar en razón y hacerse un señor mayor, un hombre serio, un profesional que grababa sus discos, hacía sus giras y volvía a casa a pasear a sus perros y a escuchar soul. Porque Joe Cocker era negro. Le nacieron en la Inglaterra minera, en la parte pobre recién salida de la guerra, pero podía haber sido un negro de Detroit, un devoto de la Tamla Motown, un siervo de las plegarias de iglesia de los barrios pobres de la gran ciudad. No habrá canciones memorables, versiones de temas que sonaban mejor en su voz que en la del padre que la trajo al mundo. Era un obrero cualificado en interpretar los sentimientos ajenos, un gourmet exquisito, un crooner único al que no le traicionó jamás la voz. Supo rearmarla, renunciar al huracán de antaño (hacía que el grito puro fuese melódico) y modularlo, adaptarlo a los nuevos tiempos. Envejeció muy bien, creo. Nadie le perdió el respeto. Hoy mismo Eric Clapton llora que un amigo se haya marchado en su twitter y en su facebook. Yo también, a mi manera, lo lloro.With a little help from my friends hizo que Lennon y McCartney descubriesen la joya que había compuesto. You are so beautiful es una canción que me ha salvado la vida varias veces. Yo soy de esos sentimentales a los que una canción puede salvarles la vida. Quienes no entienda de qué estoy hablando no llorarán la pérdida del maestro como yo la lloro ahora. Hasta mi hija, cuando le he dicho que Joe Cocker había muerto, me ha mirado como si fuese una pérdida personal. Lo es. Ha muerto el perro loco. 

Cien películas: 5 Días sin huella, Billy Wilder, 1945



Creo que el del escritor es el oficio más duro del mundo. Quien no escribe, no puede llegar a entenderlo. Incluso hay quien escribe y no comparte que sea duro de verdad. No sé si siempre hay algo de lo que hablar y tampoco sé si hay que contarlo todo. Lo cómodo es leer, aunque algunas lecturas duelan como si las hubieses escrito. Lo que sí hay siempre a mano es una botella. Una en la que perderse. El alcohol es un demonio barato. En su bruma, el mundo corrige sus errores, los tolera mientras el demonio hace su camino por la sangre. Lo malo sucede cuando el trayecto acaba y la resaca ocupa la entera extensión de los músculos. Entonces uno es capaz de vender su máquina de escribir para recuperar la bruma. Es hermosa la bruma, no hay quien desmienta esa afirmación políticamente incorrecta. El peaje a pagar es el reverso de la belleza. A él le importa poco el precio. Paga lo que haga falta (el amor, la salvación, la armonía) por sentir una nueva resaca. Y es la primera vez, que este cronista sepa, en donde el cine no hace mofa del borracho, ni lo usa para la chanza. Pienso en Walter Brennan, mi borracho preferido, o en Dean Martin. Lo que no se me ha ido de la cabeza desde que anoche, tarde, puse Días sin huella es el momento en que vende la máquina de escribir. No sé qué vendería yo para pagarme una botella. Alguna vez he rascado el bolsillo por ver si podía pagarme un tercio más, pero no ha llegado uno nunca a ese nivel de penitencia. Don Birnam es un héroe. Lo son todos los que tienen que lidiar a diario con estas servidumbres del alma. Esta noche no creo que me sirva Días de vino y rosas, la otra gran película sobre el alcoholismo. La de gladiadores está esperando todavía. 




21.12.14

Cien películas: 4 La palabra, Carl Th. Dreyer, 1955


I
No hay modo de saber si uno está muy cerca de Dios o no lo está en absoluto, si ni siquiera tener un buen corazón hace que seamos buenos o hace falta algo más, quizá la fe, la creencia en que hay algo más allá de lo que nos confían los sentidos. No basta con creer: hace falta ser un hombre bueno, le dice la mujer al marido, mientras le toca el pelo y lo mira como si no hubiese ninguna fuerza en el mundo que pudiera hacer que el amor se desvaneciese de pronto. Creo que Ordet (La palabra) es la película más austera que he visto. De una austeridad que te hace pensar en la austeridad misma, en la idea pura de austeridad. Y te traspasa y andas después por la calle pensando en el hombre sin fe y en el hombre creyente, en la beatitud, en el pecado. Ah el pecado, ah esa invención diabólica. Porque no la inventó Dios y le pasó el hallazgo moral a sus voceros en el mundo: el pecado es una construcción moral de una dureza apabullante. Al mismo diablo es a quien debemos el pecado, por supuesto. En Ordet, en La palabra, pues las dos maneras de nombrarla me gustan por igual, no hay una advocación directa al mal, aunque está impregnando toda la trama; si es que hay trama, trama tangible, de cosas que van pasando y conducen a otras hasta una última a la que ya no le sigue otra. La trama en La palabra es muy directa, muy cotidiana, de poco asiento en la ficción narrativa clásica.

II
Cuando terminé de ver la película de Dreyer, en la confusión, pensé que era un pecador y que de alguna forma debía expiar mis culpas. Dreyer me hizo ver lo que no han podido todos los profesores de religión que he tenido, las misas a las que he asistido y cierta voluntad muy apreciada de algunos amigos por hacerme ver la bondad de la fe y lo buen creyente que yo, siendo como soy, podría ser, pero yo no sé cómo soy, así que no es posible que lo sepan ellos. Dreyer me conoce mejor. Es posible que hiciese Ordet pensando en una criatura como yo, una fascinada por el misterio. Porque la fe es uno de los misterios más impenetrables. Ah la fe, Dreyer, no hay mejor tema de conversación. La fe es un milagro. En sí misma, la fe es la verdadera dimensión del milagro de que Dios exista o no. Mi amigo K. no ha visto Ordet. No hay que ser nórdico para entrar en esa austeridad moral. A veces pienso que la condición del sur hace que afrontemos la fe (o su ausencia) con condicionamientos que no la hacen impregnarse como debiera. O no impregnarse en absoluto. Un ateo del norte lo es en un grado más intenso que uno del sur, pensé al acabar el metraje. Un creyente del norte lo es en un grado más intenso que uno del sur. Aquí nadie se cree Jesucristo, aquí nadie estudia teología como Johannes, K. Es mejor que se así, me responde. Estos del norte son tan extremos. No se puede pensar la fe si se la viste de fanatismo, Emilio. Si Dios predicara ahora, sería tomado por un loco. Si viniese en este instante y hablara y supiésemos que es Dios, ¿entonces qué? Pero no ocurre tal cosa, no puede ocurrir, no va a ocurrir nunca, ninguna circunstancia hará que eso que estás diciendo se produzca: no habrá nadie que tomemos como Dios y nos escuche y le escuchemos. En todo caso, le digo a K., puedes tener la idea de que si crees en Dios la vida será más tolerable. Porque es muy puta la vida de vez en cuando. Estás solo, estás desamparado, estás hambriento. La fe conforta, la fe ampara, la fe alimenta. Ordet cuenta la historia de un hombre que no podrá perderlo todo nunca. Lo asiste la fe, lo mira Dios, le guía Dios. Dios es el personaje invisible. No se ve en ninguna escena, pero está en todas. Se le escucha incluso cuando no hablan. Creo que incluso se le escucha más, con más fuerza, cuando no se percibe diálogo alguno. De verdad que estas películas religiosas danesas te hacen irte a la cama con un bienestar espiritual increíble en el cuerpo. Es duro ser un descreído después de una sesión hardcore como la de esta noche. Pero es todo tan puritano, tan austero. A lo mejor conviene verla, lo digo en serio, si se desea entender lo que no se entiende nunca. La veo de vez en cuando. Sigo pensando que es maravillosa. Y el final, K, ese final. Dan ganas de llorar con el final. Anoche lloré otra vez. Me sorprendí llorando. El cine hace que llore a poco que me descuide. Así es como habla la fe en quienes no creemos. Ya digo que todo es muy confuso. Si volvéis a crucificarme, malditos seáis. Lo dice el nuevo Jesucristo en un punto de la película. Lo dice sin hacer dramatismo. No predica. Es Jesucristo hablando lo primero que se le ocurre. No es un texto, no suena a texto, no hay un protocolo. Quizá la fe, en sus primeros tiempos, fue un decir sin alcanzar a prever el destino de las palabras. Creo que me voy a la cama. Mañana veré una de gladiadores. 

19.12.14

Cien películas: 3 El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972




Hay que llenar los pisos vacíos, le dice el que regresa a la que está llegando. Un piso vacío es un poema al que todavía no le han puesto ningún adjetivo. Luego los pisos se van ocupando con butacas y mesas, pero la verdadera medida de lo que de hogar hay en ellos procede de lo que pensamos cuando deseamos llenarlos. El hombre ha querido retirarse, pero no tiene el valor de matarse. Ha estado en muchos sitios y no pienso que haya ninguno al que le apetezca ir. El piso es un refugio en el que dejarse consumir, pero ella se ha cruzado. Desea que no le nombre, le pide que no desee saber nada de lo que hizo antes de conocerla. Él tampoco expresa la voluntad de conocer. Como si fuesen personajes de una novela que uno lee y disfruta, pero que acaba olvidando, sin saber cómo se llamaba el protagonista, si tenía una madre a la que echaba de menos o una mujer a la que amó y que acabó detestando. El amor está en el aire y no nos han enseñado a respirarlo. No sabemos cómo apresarlo, con qué empeño aspirarlo y mantenerlo adentro. Se acaba escapando, terminamos por dejarlo ir y abrimos la boca para que entre otra bocanada y los pulmones reciban, en trance, el aire nuevo. Por eso el hombre la mira sin que le afecte, se la folla sin que le duela, la enjabona y la seca sin que piense en que pueda hacerlo mañana y el otro, hasta que el amor se rompe o el tiempo los fulmine. En el piso que han fundado no existe el tiempo. Está la mantequilla, el suelo duro y las ganas de encontrar alguna respuesta a todas las grandes preguntas que se han ido los dos formulando. Ella tiene el pubis hirsuto y la cara bonita. Él es un viudo nihilista, él es un cabrón al que no le falta nunca una buena historia que contar. Se van queriendo a su manera, pero eso no lo apreciamos, podemos pensar que es una obra de teatro lo que representan. El escenario. Los distintos decorados. Las palabras yendo y viniendo. El sexo hueco y profundo. El sexo es amargo. Sabe a amargo. No es verdad todo lo que dicen sobre cómo sabe. Da igual que hayas probado cien y todos tengan un sabor distinguible. El sexo es de un amargor enorme. Las palabras también huelen a sexo. Paul le cuenta a Jeanne una novela aplazada, una historia muy dispersa, una trama triste. Uno con Dios y sin Dios. Paul le grita y le dice puto. No suena a insulto. No se le ve blasfemo. Es una manera íntimo de haberle. Hay rezos en los que te crispa que no se te escuche. No sé muy bien todo esto. Creo que no me acuerdo de la última vez que recé. De todas maneras, quizá rece a diario y no tenga conciencia de que lo haga. Días de palabras elevadas a Dios. Paul es un feligrés desencantado, un nihilista que tiene miedo a serlo de verdad. Jeanne no sabe lo que es y anda buscando a quien la guíe. Paul es bueno en eso, en hacer que el mundo deje de tener sentido completamente. Porque nadie le ha contado a Jeanne ninguna historia que le explique el mundo y él la ha instruido en confundirla. La muerte no está a la vista. Está el dolor, está el vacío, está la pérdida, pero la muerte no es una consideración remarcable. Es de la pureza de lo que hablan. Son puros. No sabemos cómo, pero desprenden pureza. 



17.12.14

Cien películas: 2 Blade Runner, Ridley Scott, 1982




"Me gustaría pensar que detrás de todos los grandes gobiernos del mundo no está la Tyrell, la compañía que fabrica replicantes. Los Nexus 6 son los mejores. Algunos de los ingenieros genéticos que los crearon enloquecieron al no saber distinguir quiénes eran humanos y cuáles robots. Algunos humanos, fascinados por la inteligencia de las máquinas, decidieron retirarlas. Yo soy al que pagan por ese trabajo. Me llamo Rick Deckard. Sé que no es una historia creíble la que voy a contaros, pero no tengo otra opción. Enloquecería si no dejase registrado lo que viví y a lo que me expuse. Imagino que no es tan malo enloquecer. Lo peor es no tener emociones. He distinguido replicantes al no advertir emoción alguna en sus ojos, en lo que hablaban, en los gestos con los que se explicaban al mundo. Sin embargo, he conocidos otros con una vida interior mucho más rica que la mía, que es una vida que no importa ahora o que, en todo caso, podría importar más adelante, cuando comprendan mejor la historia. Una parte de ella empezó cuando el replicante Roy Batty no me dejó caer al vacío. Nunca me sentí cómodo con la idea de que un replicante tuviese un nombre idéntico al pudiera tener un humano, pero hay algunos que no merecen serlo. Humanos que no han visto lo que los replicantes. Momentos que se perderán en el tiempo. Lágrimas en la lluvia. Naves en llamas más allá de Orion. Rayos-C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. No hay forma de no sentirse arrastrado por las palabras. Uno cree estar delante de un dios, y probablemente haya replicantes que hayan adquirido el rango de dioses y estén por encima de la vida y de la muerte, haciendo que nos hagamos las grandes preguntas, las que no encuentran ni siquiera las más elementales respuestas. Todo es frágil, todo es impreciso. No saber a qué atenerse. Si a la locura de no saber qué es uno mismo o a la inocencia de no poseer deseo alguno de saberlo. Es hora de morir. A todos nos llega. A Roy le concedieron cuatro años. La Tyrell colocó esa orden en la maquinaria que lo movía. La mía, la que tiene consignada la fecha de mi cese, estará escrita en alguna línea de mi corazón. Alguien tendría que hacerme el test. Medir la velocidad de mis ojos. Registrar el pulso cuando me hablen del amor. Me dejaría convencer de que no soy lo que creo. No tengo empeño en ser nada en especial. En todo caso, querría desvanecerme en paz, contarle a alguien todo lo que he visto, confiarle la belleza del mundo y no llevarme las imágenes de toda la felicidad que he conocido. No soy un detective. Soy un filósofo. Todos los que indagamos en la naturaleza del alma humana somos filósofos. He escuchado cosas que no creeríais. He visto llover en los mercados de las calles. En la lluvia, en la lluvia mansa y tóxica, están las lágrimas de los condenados. Contengo las mías. Cuando muera ocuparán el aire y se perderán con el agua. De mí dirán que hice lo que pude o no dirán nada. Quizá mejor que sea así. Me llamo Rick Deckard, soy un humano, soy un replicante, soy un ángel caído, soy un esclavo, soy un dios. No ha sido suficiente el tiempo que me ha tocado vivir. Como Roy, como todos, quisiera disponer de un plazo mayor para escuchar todas las historias que no me han contado, por ver rayos-C brillar en la oscuridad a las puertas de Tannhäuser. Soñaré con unicornios"



                                                                                            

16.12.14

Cien películas: 1 La naranja mecánica, Stanley Kubrick, 1971



Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquél a quien se le impone el bien

En el Dorova Milk Bar. Pete, George y Dim, los drugos. Luego Alex. Beben leche plus con venloceta o con drencomina. A partir de ahí el vértigo. Las calles. La oscuridad absoluta. Beethoven. La ciudad sucia con el cielo encapotado. Los drugos buscan mendigos. Tienen sus palos. Los palos rítmicos. Los ondean, los hacen bailar. El aire se encoge, el aire se asusta. Alex sabe que va a terminar traicionado por sus drugos. No se ejerce el poder todo el tiempo. Al rey se le corta la cabeza en algún momento de la trama. Las cárceles están llenas de reyes decapitados. Una cabeza de rey es aleccionadora. Abran los ojos, miren lo que hemos hecho, hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Ludovico: van a reventar a Alex. Va a flipar en neutrones. El método Ludovico, ya saben: reprimir la ultraviolencia con una terapia de aversión a la propia violencia. Como si cayese uno en un barrica enorme de cerveza y nadara en cerveza y no se le fuese el olor a cerveza, de modo que nunca volviese a pedir una y ni quisiese oírla mentar, saber que alguien bebe una. Alex va por los bosques. Recuerdo a Alex vagando por los bosques. Está aturdido. No es Alex. Ni un drugo es. Otra cosa, pero no un bebedor compulsivo de leche plus. El bosque. Una pena que cantaras Singin' in the rain, hermanito. Te han cazado. Te van a hacer que odies a Beethoven. Te saldrá Beethoven por las orejas. Estarás curado. Te hemos curado, pequeño hijo de la gran puta. No podrás volver a beneficiarte a ninguna muchacha. No tendrás drugos con los que ronronear de fenómenos. Serás nuestra imagen más convincente. Estás en la carrera otra vez, pero no vas a correr nunca más. 



15.12.14

El árbol de las palabras



Al principio fue el verbo, que sonó como un disparo en mitad del silencio. No sabemos qué verbo fue ni quién lo pronunció. En el inventario de cosas que desconocemos está también el destinatario fabuloso de esa primera orden. Lo que no deja de producirnos asombro (y con el asombro juntamente la fascinación y el agradecimiento) es la belleza de las palabras, su magisterio. Aceptamos que incluso no sean capaces de contar lo que deseamos y que a veces exhiban flaqueza o que enfermen o que mueran, pero no tenemos mejores instrumentos con los que descerrajar la tapa de lo real. No hay día en que no piense en lo maravillosas que son y en lo poco que las veneramos. No hay religión que no las mime y ninguna ha llegado a gobernar el alma de sus fieles sin mirarlas muy de cerca y tocarlas y apreciar cuáles son las más válidas y qué efecto, contadas como si fuesen un bálsamo o un paliativo contra el dolor. Las palabras son el germen, el embrión de la idea. Lo que sucede al escucharlas o al leerlas es pura magia, por mucho que la lingüística las pese y las mida, las haga entrar en un matraz y las exponga al riguroso método de la ciencia. Las palabras están conectadas con el alma. De hecho podríamos pensar que el alma está formada por todas las palabras que hemos ido usando, las que hemos dicho, las que hemos escuchado, las escritas, las leídas. Todas se buscan y se abrazan y forman el alma, que es la que los creyentes dicen que se salva cuando el cuerpo desaparece. Por eso fue al principio la palabra, la palabra como un soplo de vida. Y hay días en que desearía uno que valiesen más de lo que valen y sirviesen más de lo que sirven. Que las palabras cuenten el mundo y zanjasen la inclinación del hombre a que lo cuenten los gestos. Y eso que hay gestos maravillosos que valen más que muchas palabras juntas. No hay palabra que tenga el tamaño de un abrazo o de un beso. Las palabras son abrazos invisibles, besos que no rozan los labios. Quien sabe esto, abraza y besa sin que nadie se escandalice de lo cariñoso que es o de lo necesitado que está de amor. Hay quien se siente abrazado y besado cuando escucha las palabras adecuadas y advierte que le penetran y se quedan adentro, como si fuesen la residencia en la que van a vivir en adelante. 

En este mundo de ahora, problemático y febril, como reza el tango, no hay llave que abra más puertas que la de los idiomas. No cabe que todos hablemos el mismo, así que hay que fomentar la utópica idea de que podamos hablarlos todos. El enemigo deja de serlo cuando conoces el idioma en que te acusa. Las guerras son, en realidad, una extensión de la falta de comunicación entre los pueblos. No hay conflicto entre quienes usan las mismas palabras para nombrar al mundo. Y los que hubo, todas esas infames guerras civiles que el amable lector puede contar, fueron porque las palabras que se usaron no fueron las precisas ni llegaron al lugar al que pretendían. Decía Borges que el escritor, al principio, es vanidosamente barroco y que luego devenía en una suerte de fabulador impreciso, que sin conocer la trama completa, la iba arañando, requisando los elementos que la componen, hasta que consigue entenderla y la hace suya, sin retorcimientos, sin caer en la espesura. Hablamos también con esa idea de barroquismo en la mente. Las palabras que no entendemos, las que no dominamos, al pronunciarlas, emborronan el mensaje, lo fatigan, lo conducen al lugar en el que no deben estar. Y las que no entendemos, pronunciadas de cierta forma, escritas en cierta manera, manipulan, engañan, hacen de quien las lee o las escucha un adepto, un cómplice, un votante, un enamorado. 

14.12.14

Los creyentes

El perro hambriento sólo cree en la carne.
Los amantes sólo creen en la yema de los dedos.
El político sólo cree en la amnesia del votante.
Edgar Allan Poe sólo cree en Annabel Lee.
El poeta sólo cree en las metáforas.
La catedral sólo cree en los siglos.
El cubito de hielo sólo cree en la ginebra.
El zombi sólo cree en George A. Romero.
Edgar Allan Poe sólo cree en la absenta.
La placenta sólo cree en la Conferencia Episcopal.
El mono sólo cree en Darwin.
Miles Davis sólo cree en su quinteto del 63 en Monterrey.
El naúfrago sólo cree en el horizonte.
Las musas sólo creen en los artistas.
El fakir sólo cree en la industria metalúrgica.
Charles Baudelaire sólo cree en el spleen.
K. sólo cree en mí.
Algunas personas solo creen en Dios.
El proxeneta sólo cree en las erecciones ajenas.
El okupa sólo cree en el estallido de la burbuja inmobiliaria.
Dios sólo cree en el séptimo día.
El suicida sólo cree en los títulos de crédito.
El metafísico sólo cree en la metalingüística.
El ebrio sólo cree en el vómito.
El sonámbulo sólo cree en las paredes.
El sonetista sólo cree en las sílabas.
El pesimista sólo cree en los pájaros de mal agüero.
El erudito sólo cree en la nomenclatura.
El afrancesado sólo cree en el Sena.
El casto sólo cree en el agua fría.
Mi disco duro sólo cree en los torrents que le echo.
El libidinoso sólo cree en el semen.
John Wayne sólo cree en John Ford.
Los fantasmas sólo creen en nosotros.
Adán sólo cree en la manzana.
Noé sólo cree en la industria de la madera.
Jack Bauer sólo cree en los perímetros.
Las cebras creen en los semáforos.
El censor cree en lo que oculta.
El astronauta sólo cree en la melancolía.

El sacerdote sólo cree en el pecado.

El carpintero sólo cree en la savia.
La hormiga sólo cree en el infinito.

El tarado sólo cree en su tara.

El lunático sólo cree en los vampiros.

Los cadáveres sólo creen en los tiempos muertos.

Pablo Iglesias sólo cree en los errores ajenos.
El pornógrafo sólo cree en la letra equis.

El aburrido sólo cree en el color gris.

El funambulista sólo cree en el yeso.
El hacker sólo cree en la banda ancha.


El cinéfilo sólo cree a veinticuatro fotogramas por segundo.
El bibliotecario sólo cree en Borges.

Leonard Cohen sólo cree en las habitaciones de hotel.

El Papa Santo de Roma sólo cree en la eficacia de su detergente.

El alumno sólo cree en los recreos.

El tecnófobo sólo cree en los cortocircuitos.
El refugiado sólo cree en las fronteras.

El feligrés sólo cree en las campanas.

El hippie sólo cree en la jardinería.

El ahorcado sólo cree en la sangre

Audrey Hepburn sólo cree en los escaparates.

El melancólico sólo cree en las biografías.

El escéptico sólo cree en sí mismo.

El charlatán sólo cree en los sintagmas.

El borracho sólo cree en las resacas.

El líder sindicalista sólo cree en las pancartas.
Ernst Lubitsch sólo cree en las puertas.

Marilyn Chambers sólo cree en las puertas verdes.

El pez piloto sólo cree en el tiburón.

El descreído sólo cree en Nietzsche.

El crítico de cine sólo cree en José Luís Guarner.
Kafka sólo cree en Samsa.

Russ Meyer sólo cree en la lactancia.
El Papa Santo de Roma sólo cree en Dios.

Stephen Hawking sólo cree en su editor.

Los jóvenes de hoy sólo creen en rapidshare.

El alucinado sólo cree en lo que le asombra.

El feligrés sólo cree en los domingos.

La puta sólo cree en la líbido ajena.

Paulo Coelho sólo cree en los aforismos. 
Roberta Pedon sólo cree en la genética.

Papa Nöel sólo cree en Bedford Falls.
Bruce Banner sólo cree en su sastre.
Humphrey Bogart sólo cree en los alambiques.
Los piquetes sólo creen en los esquiroles.
Gallardón solo cree en  el feto.
Algunos viejos sólo creen en Canal Sur.
Walter White sólo cree en la adrenalina.
La curia sólo cree en los concordatos.
Crusoe sólo cree en Viernes.
Paco de Lucía sólo cree en los luthiers.
Los jóvenes de hoy sólo creen en la nube.
Marilyn Monroe sólo cree en sus pezones.
Robert Johnson sólo cree en los cruces de caminos.
Buffalo Bill sólo cree en la talla catorce.
The Knack sólo creen en My Sharona.
La literatura nórdica reciente sólo cree en los muertos.
Franco Battiato sólo cree en los cigarrillos turcos.
Rocco Siffredi sólo cree en la sangre.

13.12.14

Unas Sonus Faber y unas vistas al mar




Hay cosas que están lejos y a las que uno renuncia. Tengo amigos que veré muy pocas veces o ninguna. Tengo paisajes en la memoria que no veré de nuevo. Tengo libros que no leeré otra vez a pesar de que me hicieron disfrutar e incluso produjeron en mí lo que solo a veces consigue el trato con las personas: cierto tipo de afecto, una forma de comportamiento, incluso el amor, perdurable y puro. Luego están las que cosas que no se tienen y la manera en que uno renuncia también a ellas. No tengo recuerdos de las calles de Nueva York, aunque las registró mil veces distintas mi memoria y sé encontrarlas en todas las películas que he visto. No tengo unas Sonus Faber de estantería de las que me prendé escuchando a Miles Davis. No tengo un apartamento en un paseo marítimo con una terraza en la que quepa anchurosamente una mesa y unas cuantas sillas y desde donde el mar me mire y yo lo mire a él. Tengo, sin embargo, un trabajo que me apasiona, con sus días buenos y sus días de menor bondad. Este rubor primario que tengo para hablar de lo mío impide que exponga aquí a mi familia y me extienda en cómo son y en qué cómo hacen que mi vida esté completa (o todo lo completa que alguien difícil como yo pueda conseguir). Me dijo K. que está bien hacer esta especie de diario, pero que no entre en los detalles. Joselu, que viene por aquí de vez en cuando y una vez me confesó algo parecido a esto, sostiene que se puede escribir de uno mismo sin que en ningún momento estén al descubierto las intimidades, las cosas de verdad íntima, todo lo que no es posible airear, ni siquiera mostrar un breve fragmento de tiempo. Hasta he llegado a pensar que hay una parte de literatura en lo que voy trayendo. No una literatura seria, bien compuesta, de las que ocupan las páginas de los libros de texto y los suplementos de los diarios, sino una hecha de ficción, marginal o periféricamente adornada con trasuntos reales, pintada con colores fiables, pero emborronada más tarde. Lo de las Sonus Faber y el apartamento en el paseo marítimo es absolutamente cierto.

12.12.14

Ruidos II

Al principio debió ser el silencio, una sustancia levísima de la que no se puede decir nada, un concepto ajeno al discurso de las palabras. De Dios, de lo que quiera que Dios pueda ser, se podría pensar que estuvo ahí, en ese inasible soplo y que después, aquí no sabemos usar los adverbios y después y antes o incluso ahora no valen para fijar un momento en el tiempo, llegó todo lo demás. No a la vez. Ni siquiera de un modo previsible. Sabemos que se podría inferir un relato, pero tendríamos la certeza de que es la ficción el que lo gobierne, la ficción canónica, la pura, El silencio como un poema en el que se contuviese toda la belleza posible del mundo, la de las cosas que nacen y la que tendrán cuando la vida inicie su singladura. Me parece que es la primera vez que uso la palabra singladura. Suena a viaje, me hace pensar en Kavafis, en una longitud maravillosa de ríos y de nubes, de montañas y de océanos. Todo lo que alcanzo a imaginar está en blanco. Como si fuesen fotografías. No les pone sonido mi cabeza. No hay música ni sé pronunciar las palabras con las que registrar todos esos prodigios. Después del estallido primero, del bang fundancional, el silencio ocupó un lugar secundario. Hace poco leí que unos científicos habían grabado el sonido del cosmos. Eran, al escucharlos, pequeñas explosiones sostenidas, una especie de teclado korg expandiéndose sin concierto, liberado de toda intención, Anoche acerqué el oído a la calle. La ventana, recién abierta, solo era una invitación a pensar en el frío, en la soledad de afuera, pero no aprecié el silencio. Aun siendo tarde, quizá las dos de las mañana, sin que ningún coche malograra mi propósito, no supe encontrar el silencio. Perceptibles, livianas evidencias de que la vida fluía por todos lados. Convine que el problema era enteramente mío. Pensar, probablemente, producía una diminuta interferencia, la precisa para que yo no pudiese adquirir mi silencio deseado. Después (volvemos a usar las palabras, regresamos al cómputo de las horas, al insobornable trasegar del tiempo) encontré un atisbo de esa plenitud acústica (o de su ausencia completa) cuando conciliaba el sueño. El cansancio me restituyó esa voluntad absoluta de silencio. En la quietud, en la franja perfecta en la que no estás despierto ni dormido, creí percibir a lo lejos los ruidos de la casa. No lo puedo asegurar. No soy capaz de escuchar el motor del frigorífico, en la cocina; tampoco el tic tac de los relojes, algunos hay, en las habitaciones. Lo último que recuerdo fue el ruido que hice al acomodar el cuerpo entre las sábanas. El edredón nórdico estaba confabulado para desbaratar mi empresa. Poco después de despertarme, ya a punto de salir al trabajo, escribí sobre el ruido. Ahora que el día se va acabando, escribo sobre el silencio. 

Ruidos

Primero fue el bang, el big bang. No importa en realidad que fuese grande. Pudo ser pequeño y adquirir tamaño y consistencia conforme lo hacen el resto de las cosas propias de la naturaleza, como los árboles, los ríos o los obispos de la Santa Madre Iglesia. Me fascina el silencio de ese crecimiento oscuro. O me lo han contado mal y no hubo silencio sino un ruido. Como cuando se pone a funcionar una máquina. Un ruido que hacía pensar en algo trascendente. Hay ruidos que nacen con su apagado incorporado, pero el ruido que me estoy imaginando debió ser descomunal. Un ruido insoportable. De hecho no dudo de que todavía siga y ahora, en este instante en que escribo, cuando son las ocho y veinticinco de la mañana del viernes doce de diciembre de dos mil catorce, continúe su orgía dodecafónica, su mantra de decibelios y caos. Yo creo que no se han estudiado a fondo los ruidos. No me refiero a que una disciplina de la física, la acústica, por ejemplo, haga tablas y establezca protocolos matemáticos y formule ecuaciones y todo eso. Hablo del ruido como sustancia espiritual del mundo. Al silencio lo tenemos arrinconado. Hay quien lo endiosa y lo convierte en una especie de religión y quien no sabe qué hacer con él y se dedica toda su vida a encontrar con qué someterlo.

11.12.14

Esbirros


esbirro.
(Del it. sbirro).

1. m. Oficial inferior de justicia.
2. m. Hombre que tiene por oficio prender a las personas.
3. m. Secuaz a sueldo o movido por interés.


El mundo está lleno de esbirros. Años sin escuchar esa palabra, esbirros, y ayer la encuentro por dos ocasiones y luego una tercera, ya consciente de esa constatación semántica, cuando de noche en la radio escucho que un político los tiene y hasta que están mejor pagados que él mismo. Y ahora, en el blog de un amigo, me percato otra vez de su presencia, referida a una escena de una película. No sé si esbirro conviene a la condición del que obedece a ciegas lo que se le manda, aunque no tercie la violencia a la que acude al diccionario para acotar el término. Las palabras tienen su vaivén, adquieren con el tiempo extensiones físicas con las que no se contó cuando se instalaron en el acervo léxico de un pueblo; hay palabras que se desdicen continuamente, palabras que mutan sin acabar de perder del todo la esencia que las parió, palabras que se acomodan mejor a la nueva residencia que se les fija más que a la antigua, en la que languidecían, temiendo desaparecer. Está tan viva la lengua que no hay manera de que la sintamos siempre a mano: medra a su capricho, escoge la vía que más le place. Tiene esbirro la sonancia ruda del que está diciendo algo que le duele adentro. No se es esbirro con facilidad. Se imagina uno un escalafón en ese rango, una especie de concurso de méritos hasta que el candidato es merecedor de ese título. Habré sido yo esbirro en alguna ocasión que no recuerdo ahora. Siempre hay una situación en la que se actúa esbirramente. No habiendo prendido a nadie, en el sentido literal del término, imagino que habré seguido a alguien, cobrando a veces por ello o movido sencillamente por los sentimentalismos o por esa vaga idea de liderazgo que a veces se tiene. Advierto, sin embargo, esbirros en abundancia, esbirros en la alta política, esbirros de patio de colegio, esbirros de la línea editorial de un periódico o de los cánticos en los estadios de fútbol. Desconozco el tipo de esbirro en que me he convertido. Si uno ciego, juramentado, fiel o, bien al contrario, seré, en fin, el típico esbirro ocasional, de fácil captación, que colabora en un evento como se espera que lo haga y luego desaparece sin ruido, sin que nada de lo hecho le ocupe en la cabeza más del tiempo empleado en desempeñarlo. Está la figura del esbirro de plena actualidad. Le están rebajando todo el peso oscuro. Pronto ser esbirro será una actividad de la que presumir. Quizá malogre que no funcione más rápido la redención absoluta del término su fonética, esa doble erre sin posibilidad de maquillaje. Hay palabras que nacen condenadas. No hay manera que se las rehabilite. Ninguna posibilidad de que le perdonemos todo lo terrible que dicen. Si yo hubiese nacido alemán, no me preocuparían estas frivolidades ociosas. 

10.12.14

A love supreme / Cincuenta años de una plegaria / Redux



I
La música tiene una elocuencia absoluta: todo lo sabe decir y todo lo expresa de la forma más convicente. No hay emoción que no pueda ser contada por la música. Ninguna de las adquisiciones intelectuales a las que ha accedido el hombre escapa al dominio instrumental de la música. El poeta es siempre un músico disminuído, aunque el el músico precisa de la poesía para serlo completa y satisfactoriamente. El músico, a su modo, es también un arquitecto del aire. Este texto tendrá una forma músical que lo cuente al modo en que ahora las palabras lo hacen y tal vez incluso de una manera más contundente, rebajada de la distracción semántica, encomendando a las notas la restitución exacta de la belleza contenida en el pensamiento.


II
John Coltrane fue un músico con un don. Y fue adiestrando su talento a la sublimación de ese don al servicio del mensaje de su música. A love supreme es una suite hecha de jazz que John Coltrane grabó en una formidable noche con el pianista McCoy Tyner, el bajista Jimmy Garrison y el batería Elvin Jones. A su conclusión, cuando estos cuatro músicos superdotados guardaron los instrumentos y salieron del estudio de grabación, Coltrane confesó a su mujer que había llegado a una especie de extraño cénit de plenitud y de dominio absoluto del lenguaje del jazz. Los exégetas de ese jazz, los críticos inflamados de palabras y los hippies intoxicados con esas complejas tramas de saxofón que Coltrane soplaba hicieron que A love supreme ascendiera a un status totémico que transpiraba, al tiempo, amor cósmico, conciencia de una espiritualidad global. Era lo inexpresable expresado, todo lo inaprehensible que de pronto alcanza una dimensión tangible, un punto de fricción con la realidad en la que el oyente, extasiado, contempla una versión mundana de la trascendencia a la que la música propende cuando los que la ejecutan o los que la componen acceden a cierto estado de gracia. Coltrane era un sacerdote de esa espiritualidad, un hombre con un propósito: escribir la fe que lo consumía.






III
Escuché A love supreme encima de un barco, el achacoso Castilla, gloria del Tercio de Armada de la Infantería de Marina. Mi amigo K. lo descubrió en un pub que amenizaba tardes de lluvia enormes con un fondo basado en el blues y en el jazz. Me dijo que le asombró la consistencia del saxo de Coltrane, me dijo que le condujo directamente al interior de la música. Yo no sé si logré ese acceso místico, si mi ingreso en el meollo de la cuestión, en la verdad de la música, en su belleza. La cubierta del Castilla no era un escenario especialmente cómplice con el jazz. Guardo, sin embargo, un entrañable recuerdo (por una vez dejen que entrañable y recuerdo se alíen para expresar justamente lo que pretenden) de esa primera vez en la que abordé consciente, deliberada y hasta gozosamente la escucha íntegra de las cuatro piezas del disco de Coltrane. Recuerdo con extraña claridad (hace casi veinte años) la urgencia de la música, toda esa mantra de sonidos que fluían con una magia que me parecía una revelación. Yo era el iniciado, Coltrane era el dios rudimentario de aquella religión improvisada. La precaria cinta de cassette (TDK o Basf o Sony, esas marcas compraba) no era el soporte idoneo y mi sensibilidad estaba amodorrada, anestesiada, contagiada de la funesta mecánica de la vida militar. Coltrane, en el Castilla, en alta mar, de noche, en la cubierta vacía y fría de una noche cercana a la Navidad fue uno de esos extraños prodigios que algunas veces recibimos y de los que no deberíamos desprendernos jamás. Luego he escuchado A love supreme en condiciones idílicas y he leído la información de la que antes no disponía. He descubierto el carácter religioso del autor, he entrado en esa feliz feligresía de amantes del jazz que necesitan un extra libresco, un texto al que agarrarse para sentirse aún más cómplice del prodigio que la música crea de la nada. Al contarle todo esto a K. me confesó una sana envidia (dejen que sana y envidia se alíen para expresar justamente lo que pretenden) y me pidió que le prestara la cinta de marras. Debió quedarse en el Castilla o en cuartel del TEAR en San Fernando o en algún bar a los que iba para perderme en las brumas de la birra y en la soledad perfecta de mi walkman Aiwa, siempre bien alimentado de buena música. Lo que sí debe andar todavía por el cuartel es el vinilo del que hice yo mi cinta. Bendito gasto del Ministerio de Defensa, absurdo, en su fondo: la libertad absoluta de un creador frente a la clausura gris de un recinto consagrado a cohibirla. 




 IV
A love supreme cumple hoy cincuenta años. La gran obra del jazz, junto con A kind of blue de Miles Davis, ocupará hoy (ojalá) pequeñas cuñas culturales en los medios de comunicación. Habrá periódicos que le dediquen una atención mayor. Todo vale si alguien de pronto aprende el nombre. Un amor supremo, un amor supremo, un amor supremo. Es el jazz seminal o, si se prefiere, por no ser tan taxativo, una de las semillas (da igual en qué tierra se vuelquen) sobre las que crece el género. Coltrane se rehizo como músico con este disco. Se postuló como evangelizador y sacó a la calle su libro de salmos. No era fácil el credo, eso lo sabía. Tampoco creía poder ganarse muchos nuevos adeptos a la causa: le bastaban con los fieles habituales y algún alucinado que, en la brutalidad espiritual del mensaje, captara la voz de adentro, la suya, la de Dios, ambas, y creyese en el mensaje y lo expandiese por el mundo. La fe religiosa, de la que carezco, debe ser eso, en esencia. Publicado dos años antes de que muriera, justo antes de otra maravilla conceptual, Ascension, Coltrane llegó a una cima absoluta en la creación. En palabras de Coltrane, A love supreme era su carta de amor a Dios, el agradecimiento por haber despertado a la espiritualidad, de la que no disfrutaría lamentablemente mucho tiempo. La adicción (enorme) al alcohol y a la heroína, que cesó en cuanto comprendió el poder de la fe, le hizo ver el mal del mundo (concedió en una entrevista) y agradecía que Dios le hubiese inclinado al mal para que luego (atravesado por su luz, confesaba) le concediese la gracia de la redención. Era un pastor el gran Coltrane. Tenía a sus fieles a pie de escenario. Los tiene hoy, cincuenta años más tarde. Estarán dentro de cincuenta años. Contarán la misma vieja historia. El jazz. El amor. La luz. La comprensión. La esperanza. No hay un Dios en el libro de salmos de Coltrane: no, al menos, uno reconocible, de fácil asiento en la cultura o en alguna cultura concreta. Es un amasijo formidable de creencias, una voluptuosa compilación de dioses, todos íntimos, cómplices, atentos al susurro de la música. No creo en ninguna religión, creo en todas. Coltrane era un experimentado comunicador de su nueva vida revelada. Entra el Coltrane predicador, al que se le encomendó salvar las almas, aunque él tenía bastante con salvar la suya. No sabremos nunca si lo consiguió. A los cuarenta años se fue definitivamente. Cáncer. La plegaria estaba servida. Dios estaba satisfecho.










Texto publicado anteriormente en El Espejo, remozado para la ocasión. Grande ella.