4.12.14

Educar para ver



A la belleza también se le debe respeto. La juventud que ignora que a sus espaldas, en la pared del museo en el que están, se exhibe Ronda de noche, el inmortal cuadro de Rembrandt, es la que en el futuro gobernará los países y hasta alguno de ellos dirigirá un museo o estudiará Historia del Arte. Quizá no hayan sido educados para que muestren ese respeto al que aludo. Se les ha contado cuándo fue pintada la pieza, en qué momento de la línea histórica del tiempo, bajo qué circunstancias y hasta con qué materiales se hizo, pero no se les ha involucrado en la fascinación por el arte, en la rendición sin excusa ante la contemplación de la belleza. No la conocen, no la valoran más que el pitido de un whattsap en sus teléfonos inteligentes. Creo que la inteligencia de algunos ha sido abducida por el ingenio electrónico que manejan. Y lo dice quien no se aparta del suyo y lo usa por trabajo y por ocio. La fotografía, cuyo autor no conozco, es un indicio de algo, una evidencia de que son malos tiempos para la lírica, por supuesto. Nunca han sido buenos, pero éstos son los peores. Ante la presencia de la belleza, uno debe sentirse débil, vulnerable, frágil, a la manera que se sienten los que creen y los que no cuando entran en una catedral. Los jóvenes de hoy no tienen catedrales, nada a lo que aferrarse y a lo que venerar. Será verdad que faltan valores y que esa ausencia está mandando Europa a la mierda. Primero ignoramos a Rembrandt, y después nos juntamos a la vera de los estadios (esas nuevas catedrales) para darnos de hostias a ver qué facción sale victoriosa. Es el vacío el que ronda el futuro. Está planeando, seguro de su vuelo, sobre los países, sondeando sobre cuál dejarse caer, manejando la posibilidad de hacerlo sobre todos a la vez. No habrá resistencia. Estamos siendo colonizados por las tecnologías. En el fondo de las máquinas está el vacío. Serán útiles y no podremos vivir sin ellos, quién lo niega, pero debajo de la carcasa, entre los ceros y los unos, está el vacío, el horror, la nada terrible. Quizá podamos vencer en esta liza si desde abajo educamos para que la imagen, a la que tanto se aferran los alumnos, sea una asignatura en el aula. Educar para ver. Encontrar el modo de que las palabras expliquen lo que vemos. Si no, el vacío caerá sobre nosotros y nos vaciará por dentro. 

2 comentarios:

Joselu dijo...

Este es el futuro, Emilio. Raramente hay sosiego o capacidad de observación de la belleza que surge como algo aburrido o incómodo o tal vez como incomprensible. Vivimos sin dejar huella y nada deja huella en nosotros, aunque tal vez los que somos mayorcitos hemos vivido un tiempo en que todavía había algo de poso en las cosas y se vivía con menos velocidad. Pero tampoco nuestras generaciones son ejemplo de nada. Ahí tenemos el mundo y la sociedad que hemos construido. Pero ser joven es atroz si uno es sensible. Acabo de escribir en el blog de una joven que posee esa sensibilidad y sé de su sentimiento de aislamiento en medio de la vorágine que le rodea. Me gustaría que le dieras un vistazo:
SOBRE EL DEBATE Y LA REFLEXIÓN

Nosotros estamos algo descolocados, pero imagínate ser joven y darte cuenta, porque tienes sensibilidad e inteligencia, de lo que te rodea y debes mimetizarte con ello para sobrevivir.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Lo leo después, más en calma.
El futuro es la huella del pasado. Vivimos sin dejarla, qué cierto.
La atrocidad de la juventud, bendita ella, es que deja de existir y da paso a otra cosa, José Luis, no sé bien qué cosa, pero distinta, con otros rigores, hecha con otra materia.
Volver a los diecisiete después de vivir un siglo.
Qué gran frase.
Ojalá pudiéramos.
Leo lo que me has mandado.
Un abrazo grande.