19.12.14

Cien películas: 3 El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972




Hay que llenar los pisos vacíos, le dice el que regresa a la que está llegando. Un piso vacío es un poema al que todavía no le han puesto ningún adjetivo. Luego los pisos se van ocupando con butacas y mesas, pero la verdadera medida de lo que de hogar hay en ellos procede de lo que pensamos cuando deseamos llenarlos. El hombre ha querido retirarse, pero no tiene el valor de matarse. Ha estado en muchos sitios y no pienso que haya ninguno al que le apetezca ir. El piso es un refugio en el que dejarse consumir, pero ella se ha cruzado. Desea que no le nombre, le pide que no desee saber nada de lo que hizo antes de conocerla. Él tampoco expresa la voluntad de conocer. Como si fuesen personajes de una novela que uno lee y disfruta, pero que acaba olvidando, sin saber cómo se llamaba el protagonista, si tenía una madre a la que echaba de menos o una mujer a la que amó y que acabó detestando. El amor está en el aire y no nos han enseñado a respirarlo. No sabemos cómo apresarlo, con qué empeño aspirarlo y mantenerlo adentro. Se acaba escapando, terminamos por dejarlo ir y abrimos la boca para que entre otra bocanada y los pulmones reciban, en trance, el aire nuevo. Por eso el hombre la mira sin que le afecte, se la folla sin que le duela, la enjabona y la seca sin que piense en que pueda hacerlo mañana y el otro, hasta que el amor se rompe o el tiempo los fulmine. En el piso que han fundado no existe el tiempo. Está la mantequilla, el suelo duro y las ganas de encontrar alguna respuesta a todas las grandes preguntas que se han ido los dos formulando. Ella tiene el pubis hirsuto y la cara bonita. Él es un viudo nihilista, él es un cabrón al que no le falta nunca una buena historia que contar. Se van queriendo a su manera, pero eso no lo apreciamos, podemos pensar que es una obra de teatro lo que representan. El escenario. Los distintos decorados. Las palabras yendo y viniendo. El sexo hueco y profundo. El sexo es amargo. Sabe a amargo. No es verdad todo lo que dicen sobre cómo sabe. Da igual que hayas probado cien y todos tengan un sabor distinguible. El sexo es de un amargor enorme. Las palabras también huelen a sexo. Paul le cuenta a Jeanne una novela aplazada, una historia muy dispersa, una trama triste. Uno con Dios y sin Dios. Paul le grita y le dice puto. No suena a insulto. No se le ve blasfemo. Es una manera íntimo de haberle. Hay rezos en los que te crispa que no se te escuche. No sé muy bien todo esto. Creo que no me acuerdo de la última vez que recé. De todas maneras, quizá rece a diario y no tenga conciencia de que lo haga. Días de palabras elevadas a Dios. Paul es un feligrés desencantado, un nihilista que tiene miedo a serlo de verdad. Jeanne no sabe lo que es y anda buscando a quien la guíe. Paul es bueno en eso, en hacer que el mundo deje de tener sentido completamente. Porque nadie le ha contado a Jeanne ninguna historia que le explique el mundo y él la ha instruido en confundirla. La muerte no está a la vista. Está el dolor, está el vacío, está la pérdida, pero la muerte no es una consideración remarcable. Es de la pureza de lo que hablan. Son puros. No sabemos cómo, pero desprenden pureza. 



4 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

A la luz de estos tiempos, implacables en lo económico y mogigatos en la moral privada, esta película incomoda. Obliga a reamueblar emociones.

He leído exégesis que subrayan el Brando alfa, eco del violento patriarcado; o el Blando a modo de maestro de un proceso iniciático. En ambas tesis se rebela la imposibilidad de que ambos sexos se entiendan. Ella acabará por lógica desechando más tarde una relación que se revela como insana, pero de la que se sirvió mientras fue reveladora, fundante de una sgultez inminente. Otros verán solo a un hombre impresentable y una mujer subyugada, cautiva de su inocencia. Y quienes ven la vida en vena, la raíz perversa, pero inevitable, de su naturaleza.

Julia Cëspedes dijo...

Soy tímida para los ha,agos, pero escribes como un ángel.

Joselu dijo...

Ahora es moda bastante extendida los coños depilados. ¡Qué espanto! Sobre todo viendo el de Maria Schneider. Siempre me fascinó.

Manolo dijo...

Sin que tu estupenda reflexión derive donde no debe.
El pubis, depilado, no me motiva, como a Joselu.
Y no hace falta que hagamos una discusión sobre un asunto tan personal, pero donde hay pelo...
Jeje, Emilio, que sé que piensas como yo...