14.1.14

Fue el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos...


"Fue el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, fue la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, fue la época de la fe, era la época de la incredulidad, era la estación de la Luz. Era la época de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotros, todos íbamos directo al cielo, todos íbamos directo al revés - en breve, el plazo era hasta el momento como el actual período, que algunas de sus más ruidosas autoridades insistieron en que fuera recibido, para bien o para mal, en el grado superlativo de comparación."
Charles Dickens, Tiempos difíciles




Debo ser victoriano donde otros son románicos o del ala kitsch. Percibo en esa suntuosa declaración de empaque mobiliario una invitación al recogimiento que no encuentro en otro atrezzo de menor fuste óptico. Hace un momento, al levantarme, he recordado el sueño que ha atravesado mi descanso. Una especie de violenta acometida de gacelas penetraba, sin que hubiese un motivo evidente, en uno de esos jardines británicos, a los que los mayordomos dispensan enormes atenciones y que sirven para celebrar el amor al te y a las cotilleos de sociedad. De lo sueños, a lo sumo, extrae uno gacelas, jardines primorosos, la sensación de que ha sido una travesía alocada de la que no podemos contar nada de modo fiable. La única condición indispensable es la de imprecisión. En mi caso, una imprecisión a veces un poco turbia, como de cuento invertido, colocado cabeza abajo y sometido a un alocado forcejeo. No se sabe realmente qué hacer después con las briznas de sueño aprehendidas nada más abrir los ojos. Si confiarlas a la mujer, que duerme al lado, y lo conoce a uno más que uno mismo o si, en cambio, reservarlas, aceptar que no dicen casi nada o que, diciéndolo todo, no hay manera de que podamos sacar beneficio, una utilidad con la que negociar después las cosas de la vida. Se irán a lo largo del día mis gacelas victorianas. Se perderán en un remanso del ajetreo de la mañana, entre la clase de inglés y la de lengua española, en un pasillo, inverosímilmente, con la misma fantasmal capacidad de hechizo con la que acudieron. Esta noche no sabré ni siquiera a qué vino este escrito. Nada que no suceda a diario, por otra parte. Esto último me ha quedado francamente muy inglés, por cierto. En lo demás, en lo que no responde a ninguna cosa razonable o sostenible, amo la literatura victoriana. Soy muy de Dickens o de Conan Doyle o de Carroll o de Stoker o de Stevenson o de las hermanas Brönte o de Collins. Junto con la revelación metafórica y fundacional del realismo mágico sudamericano, no hay probablemente periodo que me fascine más. Amo incluso su sensiblería, toda esa inclinación a lo folletinesco. El mejor de los tiempos, o el peor, no sabemos, pero esta mañana de martes me he levantado victoriano. Como si me hubiesen sentado en un sillón de orejas, bien apoltronadito, a la vera de una chimenea historiada que crepita troncos recios de árboles de la fronda de un mimado jardín inglés y tuviese en mis manos, qué digo yo, las aventuras de Sherlock Holmes, en una edición noble, de tomo recio y páginas amarilleadas ya por el rigor de los años. O como si (acabo yo, déjenme este explayarme) James Ivory me hubiese fichado como figurante para una película de época, victoriana, por supuesto. En fin, nada más que un volunto irrelevante. Eso he tenido esta mañana al levantarme. 

3 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Le dice Holmes a Watson en El signo de los cuatro y allí subidos en un simón:

"No puedo vivir sin hacer trabajar el cerebro. ¿Qué razón hay para vivir? Mire por esa ventana. ¿Alguna vez ha sido el mundo tan lúgubre, triste e improductivo? Mire esa niebla amarilla que hace remolinos por la calle y se desliza ante esas casas grises. ¿Puede haber algo más desesperadamente prosaico y material? ¿De qué sirve tener talento, doctor, si no se tiene campo en el que aplicarlo? Los delitos son vulgares, la existencia es vulgar, y en este mundo no hay sitio para lo que se salga de la vulgaridad..."

Te entiendo tanto,amigo mío.

Un fuerte abrazo

Laura Rodríguez dijo...

Me encanta, me encanta negociar, sobre todo, las cosas de la vida, como indicas; me encanta, aparte, alguna cosa de la que hablas, como la literatura victoriana, no tanto el mobiliario, el apagamiento de luces (yo soy muy mediterránea y necesito, necesito luz ) pero adoro el clima intelectual, el lingüístico, esa manera de expresarse, de comprometerse con el mundo y de encontrar, en las personas, juegos (verbales, las más de las veces) que aquí no sabemos ni siquiera percibir. Seré muy inglesa, lo seré, imagino. Y no lo soy.

Magnífico texto.

Rosa María A. dijo...

La literatura es uno de los negocio más hermosos que existen. Siempre sale ganando el espíritu.