16.12.13

Escotes



Se empieza abriendo una zanja donde amontonar muertos y se termina tapando el escote de Sara Montiel. Lo uno conduce a lo otro o quizá sea al revés. Hay un hilo conductor en la perversidad. Consiste en la creencia de que al débil, el que no detenta la investidura soberbia de la autoridad, no le incumbe la formulación de las leyes que lo gobiernan. En muy resumidas cuentas, reduciendo la trama censora a sus más elementales ingredientes, se trata de eso, de que no exista voluntad en el gobernado, de que se le aplique (sin su consentimiento o sin el que deriva de sana mecánica de las urnas) una vara de medir caprichosa, que no obedece al sentir del pueblo ni emana del criterio democrático.

El escote de Sara Montiel es el abismo por el que se despeñó España en la época gris en la que no fuimos nada o lo fuimos de un modo precario, absolutista, cainita, represor, infame, perverso también. No sé si se puede levantar cabeza después de las miserias que padeció el pueblo. Siempre queda una rémora, un reducto fiel al pasado cercenado por la muerte del dictador, por la venida gloriosa de la libertad, con su hermoso carro de oro. No se nos quería libres. Tampoco ahora hay una libertad de la que podamos presumir enteramente. Solo hay que abrir la prensa y asistir al bochornoso espectáculo de la vida mundana, la que abarrota las calles de gente dolida, exprimida hasta el desmayo, convertida en otra cosa, pero no en ciudadanos, no en individuos protegidos por ese soberbio cuadro de derechos y de deberes que es la Constitución, tan zarandeada últimamente, tan cuestionada, tan amiga de algunos, en ciertas circunstancias, y tan hostil a los demás, en otras. Lo de cubrir los pechos de la Montiel rivaliza con otras barbaridades desgajadas de la cabeza del catón, un señor elegido entre otros, afín al régimen, concienciado de que la carne ofende. No hemos cambiado mucho. Sigue el espíritu censor. Quizá han cuidado de que no sea tan evidente, pero se advierte a poco que uno observa con atención que no se ha ido del todo. Lo traen emboscado porque ahora hay más que ver y entre tanto asunto no se aprecia cómo nos birlan lo real, de qué taimada manera consiguen que todo parezca espléndido y sean éstos los mejores tiempos. No lo son. De ninguna manera lo son. Ahora no le tapan a ninguna montiel la carne alegre. Dejan que alguna distraiga. El hurto del canalillo, tan sugerente, de tan hondo pálpito, fue una de esas atrocidades de las que no nos hemos repuesto. Porque representa una forma de pensar o porque glosa un modo de evitar que se piense.

5 comentarios:

Pedro Orenga dijo...

En todo de acuerdo con usted, en su manera de contar cuarenta años de vida en prisión que tuvimos, aunque saliésemos a las calles y cantáramos y todo eso. Era distracción. Yo lo viví y yo sé que fue así. Un saludo.

Wílliam Venegas Segura (DW) dijo...

He venido por primera vez a su blog. Me gusta, tanto en su diseño como en lo que escribes. Me apunté como seguidor suyo y lo invito a que venga a mi blog, se apunte de seguidor para quedar enlazados y seguirnos comunicando.

Manuel Balcells dijo...

Tiran más dos tetas... La censura estaba al corriente de los pecados porque los ejercía en primera persona. Los censores eran cobayas de sí mismos. Un placer venir por aquí y leer lo que nos cuenta.

Joselu dijo...

Vista en perspectiva, no deja de ser graciosa el ansia censora de aquellos años en que había que luchar con la inteligencia contra las barreras que imponía el poder. Y así los años cincuenta y sesenta no dejan de ser de pugna por decir más allá de lo permitido por medio de símbolos, metáforas, alusiones que terminaron por ser comprendidos por el público a que se dirigían. Recuerdo aquellos años de represión y nuestras argucias y experimentos para poder decir y expresar.

José Luis Martínez Clares dijo...

Dejando a un lado el debate ético, me pregunto cómo podían hacer esos "trabajos" sin tener photoshop. Abrazos