13.6.13

Lovecraftiana


1
Dicen de Lovecraft que fue el maestro absoluto del terror cósmico materialista. Siempre que veo The thing, La cosa, la obra clásica de John Carpenter, pienso en las deudas que Lovecraft jamás cobró en vida, el escaso reconocimiento que tuvieron sus cuentos. En La cosa no importan los muertos que va dejando la criatura del espacio. Tampoco, aunque parezca lo contrario, el modo en que las va eliminando. Importa el hecho de que hay una criatura y de que procede del espacio. También la certidumbre de que está aquí antes que nosotros mismos. Que hay una especie de derecho sideral a hacer y deshacer en su casa como bien le plazca. John McTiernan, dirigiendo Depredador, no se opone a esta idea: el alienígena es el hombre. Él es el sacrificado.

 2
De Lovecraft, el misántropo, cuenta esa impresión ancestral de que la Historia que nos han contado no ofrece los datos fundamentales y se limita únicamente a cierta parte visible, contrastable sin dificultad, esquivando sin pudor lo que la forja, evitando involucrar en su fundación fuerzas telúricas, atávicas, terroríficas siempre; fuerzas que, larvadas, solo esperan que se las despierte y ocupen el lugar del que nunca debieron retirarse y el caos, a través del linaje de los dormidos, reine en la tierra y la someta a la voluntad de sus dioses. Precisamente Lovecraft aparta a Dios, al cristiano, de toda su maquinaria narrativa con el solo objetivo de dejar al hombre, la criatura que alumbró ese Dios en el principio arquetípico de los tiempos, abandonada a su suerte, desamparada completamente. En el terror, Dios juega un papel primordial, pero el enfermizo autor de Providence, asqueado del mundo, incapaz de integrarse en la realidad, lo mata de un modo fulminante. Nadie ha matado a Dios como Lovecraft, sin que en ninguna de sus tramas haya una evidencia explícita de esa osadía literaria. Pienso en Sartre, en Camus, en Nietzsche o, más en la actualidad, Onfray, Hitchens o Dawkins, autores que acojen a Dios en su pensamiento para hacerlo eje absoluto de sus escritos y hacerlo trizas. Lovecraft, el huraño, el solitario, el aquejado de todos los males del hombre, es un puritano reconvertido en cronista de los infinitas abominaciones que la realidad esconde. En ese cosmos no hay lugar para la divinidad. Lovecraft tira de un ejército de oscuros dioses, de indecibles dioses que espolean hasta el paroxismo la inquietud del lector. Entonces y ahora.

 3
No sé las veces que he leído Los mitos de Cthulhu. Aplazo a veces su relectura porque no puedo evitar sentirme abducido por lo que cuenta al modo en que casi ningún otro autor (incluso autores cuyo estilo y tramas me fascina más) logra embaucarme. Hay una trampa hermosa en esos mundos primitivos. Yo los admiro por lo tenebroso y por lo fantástico. Lovecraft es un Poe avanzado, uno de esos alumnos estupendos que retoman la senda del maestro y, sin copiarla abiertamente, la merodean, la reformulan y extraen de ella la parte nuclear, su atomismo limpio. Las limitaciones de Poe son, en Lovecraft, caudal sin fondo. Lo que había en Poe de poeta es en Lovecraft un descenso al materialismo más cruel. Mi entusiasmo procede de la sensación de pérdida que produce ese materialismo. Lo que busco en lo impredecible de su tramas es esa decadencia mórbida, tan del gusto de la época, con toda la herencia del miedo anglosajón, como razonaba Rafael Llopis en su prólogo a los Mitos, en la canónica edición de Alianza. Me siento confortado cuando Lovecraft me perturba. Vuelvo a Lovecraft en peregrinaje. Y de vez en cuando caigo en la cuenta de que hace mucho que no escribo sobre Lovecraft y busco dentro lo que todavía no he sacado. Temo repetirme. Tampoco me importa.    

4
Me ha venido hoy a la memoria un amigo al que ya no veo. Importan poco las razones. Hay ocasiones en las que los caminos se separan y es el azar el que administra los afectos. Leyó a Lovecraft porque le presté Los mitos en un bar de San Fernando. Lo leyó a regañadientes hasta que no se pudo desprender de la atmósfera nauseabunda de algunos cuentos, que releía más que buscar los nuevos. No sé si leyó el libro, un tocho grueso en la edición de Alianza, la barata. Sé que me lo devolvió un par de semanas después. Estaba entusiasmado. Me invitó a cerveza hasta que no apreciamos el sabor. De eso, de la charla en la barra del bar, fumando descosidamente, es de lo que aquí quiero hablar ahora, de la sensación de plenitud absoluta, de confianza en los placeres compartidos. Creo que el arte sirve, en última instancia, para eso. Que la literatura, la buena y también la mala, no pongo objeciones, despliega un dulce entramado de códigos fiables sobre los que edificar un momento de júbilo pleno. Desconozco si fue volunto castrense. Si aquel arrebato lovecraftiano fundó una filiación eterna. La mía lo es de un modo absolutamente inquebrantable. Es quizá el autor al que más vuelvo, junto con Borges o con Chesterton. Los releo con reverencia. Me amoldan a los nuevos tiempos. Me cuentan cómo estoy conforme voy creciendo. Porque sigo creciendo. Echo de menos alguna que otra charla tabernaria con Howard Philip de invitado. Eso guardo de aquel día. Espero que no se me olvide nunca. Bares, qué lugares tan gratos para conversar...
                   

3 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Para definir a los Innombrables, las palabras no bastan porque lo importante de ellos no son sus formas, su color, su número de cabezas o la materia de que están hechos, sino el conjunto de pasiones atávicas que simbolizan, los presagios amenazantes o el pasmo fatídico que en ellos encuentran cifra y conjuro. Es en la descripción de esos movimientos del alma en lo que destaca Lovecraft, en la creación de un clima hecho de sentimientos y zozobras; cuando la Bestia por fin aparece, ya no hace falta describirla, porque no es más que lo que el lector está sintiendo en ese preciso momento de su lectura. Cualquier precisión verbal, cualquier detalle mal venido sólo logrará distraerle del espacio terrible, infinito y helado que se abre en él mismo y donde hunde sus raíces la verdad de todos sus cuentos. Como le ocurrió al desventurado "extraño" de Lovecraft, el monstruo que alza su forma abominable frente a él no es sino su reflejo especular: distinto para cada uno, sólo uno podríamos, en su susurro osado, describir el rostro irrepetible de nuestro miedo.

Abrazos mil

Ramón Besonías dijo...

Lovecrafttiano, soy. Como a mi hijo Ulises, me seducen los monstruos tanto como me asustan. Temor y temblor.

Lo del bar me recuerda que debo una copa en Córdoba. Espero poder corresponder.

Juan Herrezuelo dijo...

Los mitos de Cthulhu, en mi caso, forman también parte de una mitología personal, la de las raíces de mi pasión por la lectura, no porque lo leyera entonces, en mi infancia, sino porque quien tanto ayudó a que me adentrara en los excitantes laberintos de la ficción literaria -a través, entre otros, de El gato negro, de Poe- hablaba constantemente de aquel libro, y lo tenía siempre cerca de sí, y yo miraba la portada y me daba tanto miedo como una puerta cerrada hacia lo temible.