28.11.11

Papel, tabaco, comida y un poco de whisky / Leyendo cuentos de William Faulkner





–¿Entonces cuál sería el mejor ambiente para un escritor?
– El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ése es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo le da cierta posición social; no tiene nada que hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

Jean Stein Vanden Heuvel – Entrevista a William Faulkner (1956)





Borrada la confidencia periodística, sería una máquina de escribir Underwood como otras tantas, pero la de arriba fue la de William Faulkner. La encontraron y confiscaron a beneficio memorialístico en Rowan Oak, la casa de los Faulkner, una especie de Tara libresca, en Oxford, Mississippi. El Faulkner rural, ebrio, emprovinciado, demiurgo de Yoknapatawapha, el que reivindicaba la bondad de la escritura pero renunciaba a la memoria del escritor: en ese Faulkner me siento a gusto como lector. Porque hay muchos escritores dentro del escritor o muchos lectores dentro del lector. No hay ocasión en que no vuelva a Faulkner sin que me descubra absorto en un pasaje que pasé por alto o en el que no entreví nada relevante. Faulkner es a la literatura como Charlie Parker al jazz. A los dos les encantaba el pirriaque, el bendito éter de los alambiques. Ya lo dice bien a las claras: papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

El sillón de las noches



No soy metódico. Tampoco encuentro nada que envidiar a quienes lo son y me rodean. Prefiero cierto tipo de desorden. Soy de los que cree firmemente en la bondad del azar. Incluso soy capaz de creer en su maldad. En que no sabemos nada y nada está ahí afuera dispuesto a ser conocido. El incrédulo vive mejor porque todo le asombra con más fiereza. El crédulo es un incrédulo con fe en la bondad de las cosas y de las personas. Se trata en el fondo de irse uno sinitiendo hospitalario consigo mismo.

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24.11.11

R.E.M. / Part cash, part History


Uno entiende las debilidades ajenas a sabiendas de que a veces no se comprenden enteramente las propias. Por eso no sé escribir reseñas discográficas. Al final siempre terminan en una declaración de amor o de odio o en un arrebato más o menos lírico en donde se suceden, a modo de pequeñas muescas sentimentales, las impresiones relevantes y también las que no lo son en absoluto. He escrito en este blog sobre R.E.M. las veces suficientes como para que no se precise una reseña más, pero cuesta substraerse de un disco póstumo, sin que concursen cadáveres en el adjetivo, y no dejar caer la idea de que lo he escuchado entero un par de veces y he disfrutado como siempre de las piezas antológicas de toda la vida. Treinta años son muchos y en esa extensa discografía caben las piezas redondas, lo sublime (It's the end of the world as we know it, The one I love, Losing my religion, Everybody hurts, Radio Free Europe, Nightswimming...) y los bodrios indefendibles que, por amor a la banda, por delicadeza testimonial, he pensado no ofrecer por aquí. Lo que no admite mi devoción es la ausencia de Drive, una canción mayúscula entre las canciones mayúsculas no únicamente de R.E.M. sino de los noventa. El oyente novicio, el que descubrió a la banda de Athens en Collapse into now, advertirá, a poco que se involucre en la historia, que existen dos R.E.M. y que Out of time fue el trampolín con la gogó desnuda en la fiesta de los sábados. Tener Best of the IRS years o In time puede evitar el gasto de este doble ejercicio de mercadofilia y de nostalgia. Tener todos los discos, incluso algunos prescindibles, es el verdadero acto de amor ahora que no están. Son una debilidad, una de las más preciadas. Además hay tres piezas inéditas. Ninguna remarcable, pero eso entra también en el capítulo de las flaquezas.

23.11.11

La felicidad



Hay pocos sitios en este mundo en donde esté mejor que dentro de una librería. Está uno a cobijo. A salvo del caos y del vértigo y de la fiebre. Se sabe privilegiado en mundo sin privlegios. Piensa uno que tiene a mano la salvación y que solo precisa escoger la forma en que dispensársela. La mía anoche la extraje de un anaquel muy alto de mi librería particular, la de mi casa, y tenía grabado en el lomo un nombre, José Ángel Valente. El fulgor. Edición de la Galaxia Gutenberg. Me dio placer una hora infinita al amparo de la prudente luz del flexo de mi mesita de noche. Luego caí en un sueño de desiertos sin nombre, en un júbilo dulce, en una fuga perfecta. Ahí está. Esperando. Pidiendo que lo descubra otra vez.

22.11.11

Dietario

Llevo casi un año sin ver cine con la asiduidad con la que solía. Eso malogra el sentido bautismal de este blog, volcado al limbo con la intención de rendir cuenta de las películas que iba viendo, contándolas a mi manera, escribiendo sobre el séptimo arte. No sé al término de cinco años de escritura blogosférica importa que me vaya apartando del cine y me arrime a otra cosa, que no sé bien qué es, pero a la que me siento unido y en donde, en cierto modo, me siento también libre. Hay en esto de escribir casi a diario un placer que tiene poco que ver con otros que buscada o accidentalmente me puedan acompañar. Está el júbilo absoluto de acudir a este atril y contar o contarme lo que se me vaya ocurriendo, pero está sobre todo no perder el hábito de la escritura. Llevar más de cinco años escribiendo a diario no hace que uno escriba mejor. Solo escribo más. E incluso esa certeza inconmovible me es grata. Como si algo bueno que no se advierte a primera vista fuese saliendo conforme el blog va creciendo.

Recuerda uno el aforismo de Rilke. Eso de que que se va haciendo rico a lo que me entrego y a mí me deja pobre. Como el que acomete la incómoda empresa de llenar de aire una colchoneta en la playa sin la maquinaria doméstica precisa. Vacío: un vacío a menudo pulcro y bien compartimentado, una trama deslavazada de asuntos sin el orden y sin la mesura exigibles. Un blog hueco y en su mitad hendido. Hacia ese dudoso final acude este blog caprichoso. Nada distinto a lo que se ve en otros en donde me presento como lector a menudo, pero ésos no se quejan como me quejo yo y ésos no son ni por asomo tan prolijos y cansinos como el mío. En lo que difícilmente podrá reprochárseme nada es en la adquisición de una disciplina. Lástima que no la aproveche. Y tengo, en fin, que ver más cine. Esta noche me he reservado Melancolía, ese extremoso y teatral arrebato apolíptico del Lars Von Trier. La reseño mañana. Supongo. En el reino del caos, no hay discurso previsible. Se dan conjeturas, se expresan deseos.



21.11.11

El bienestar


Recurro al título de una novela que no he leído: constata uno brutalmente el presente en días como ayer domingo. Se le vienen encima la prima de riesgo, el déficit, el paro, los rescates financieros, la enferma Europa y sus envenenadas provincias del sur. Llevo todo este lunes de lluvia cansina pensando en España como una sirena gorda que se ha ido quedando en la orilla, a remolque de sus vicios, varada sin apenas conciencia del trabajo que cuesta levantarse después. No pienso en Rajoy como el remolcador del fardo abandonado en la arena. No porque no considere que pueda lograrlo sino porque no está en manos de un partido, el que sea, sacar a un país del atolladero. No pienso en términos políticos como no me manejo bien en la literatura económica y el ahora de España y de medio mundo (medio, ay, qué inocente) es una cábala de números que, al bailar, hunden negocios, mandan gente al paro y hunden familias enteras, que vagan alrededor de la sirena, mirándola sin saber qué hacer. Quizá esa angustia explique el vuelco electoral, ese castigo infligido al gobierno ya saliente. Pero insisto en que prefiero perderme en las páginas culturales de la prensa, en los recortes deportivos, en las columnas cuando encuentro armonía en los textos, en los libros de ficción a los que he dado de lado porque la cabeza estaba en el runrún de los partidos, en lo que unos decían y lo que los otros replicaban, en el febril discurso de los políticos, que hablan en el fondo de lo nuestro y a los que hay que escuchar bien de cerca para que sepamos a qué atenernos. Sin prestarles oído no se puede después despotricar como en ocasiones solemos, pero la trama, al menos la de fuste, la electoral, ha cerrado su pequeño escenario de deseos y de esperanzas y la rendición de los resultados nos ha devuelto a la realidad, al presente brutal, al hoy funesto que huele a mañana nefasto. Sí, está el lunes un poco plomizo y le sale a uno el yo apesadumbrado que anda siempre por ahí abajo, agazapado, a la espera de que lo jaleen desde afuera y salga, bramando.
Últimamente leo solo sueltos de algunos columnistas a los que admiro. En adelante, habida cuenta de lo que se ve venir, no podré evitar dejarme caer en otros temas. Leeré el apunte económico como el que de pronto lee el prospecto de una medicina y razona que la solución a sus males está en la prosa farmaceútica, en todo ese guirigay técnico que se escapa siempre y no nos deja entenderlo. Leeré la crónica del resucitamiento con la misma desconfianza con la que leí la crónica del fallecimiento. Descreído uno no va bien, descreído (bien lo sé) se agría, se encapsula en sus vicios domésticos y luego cuesta salir y dejarse llevar por la rutina normal de las cosas. Ya digo: constato el presente brutal y me abruma y me aturde y me dan ganas de dejar correr un poco las cosas. Como no tengo creencias espirituales no rezaré ni tampoco imploraré misericordia al cosmos, que un poco laico, ahí en el infinito, en el azul sin provincias ni ministerios. Está la srena perpleja, modélicamente perpleja. España, que es una gran nación, como decía el flamante capitán de la nueva nave, saldrá adelante. Pero lo de ayer no es en modo alguno una medicina santa, un ungüento milagroso, una inyección de brío. Ojalá lo fuese. En eso estamos todos de acuerdo. En bajar la infamia de una estadística que provoca espanto. En regresar a un estado del bienestar que yo nunca he sabido bien qué es ni cómo se gestiona, pero que ahora, visto lo que hay y sospechando lo que viene, me parece una bendición de estado. El bienestar. Suena bien. El bienestar.

17.11.11

UnHate / Benetton sin brújula moral


Mazazo de trending topic, una irreverencia viral, una falta de respeto calculada con mecánica y artera precisión, arde facebook, no da abasto twitter, el Vaticano sostiene que el fotomontaje es lesivo para la dignidad del Santo Padre, los blogs hacen publicidad velada de la marca italiana, las charpas de amigos debaten animadamente (mañana es viernes por la noche) sobre la idoneidad de la empresa, si la auspicia un motivo noble y la corrompe un procedimiento bastardo, si con las cosas de la iglesia no se juega, y en este plan ad nauseam.
Hubiese estado bien, en un orden natural de las cosas, que la marca acudiese al permiso de los representados para montar la campaña. Parece que así fue en otras polémicas propagandas. Habida cuenta de que el no lo tenían fijo, obraron a capricho. Y uno, poco sensible en ocasiones al brillo de lo místico, ajeno en la mayoría al descarrío que la falta de fe provoca en quienes la practican, opina que no es lo mismo fantasear con un piquito entre Obama y Chávez, líderes políticos, personajes reemplazables, obreros de una causa administrativa, que retratar al Papa Benedicto XVI o a Ahmed Mohamed el-Tayeb, líderes espirituales, signados por la providencia divina o, al menos, investidos con esa gracia en opinión de sus fieles. A lo único a lo que puede llevar este deliberado (legítimo hasta cierto punto) acto de provocación es a enfrentar más a grupos religiosos habitualmente enfrentados. No es precisamente Egipto un país que sepa sobrellevar esta especie de pseudoterrorismo gráfico. Sólo hay que observar, sin entrar en detalle, sin entender ni siquiera en demasía lo que se cuece entre coptos y musulmanes en ese rincón de África.



La forma en que el pueblo abraza la figura de un líder espiritual no se parece en nada a la forma en que se siente identificado con un líder político. No es lo mismo arrojar un zapato a Bush, epifanía mediática de un exaltado sin más trascendencia que el pase por los medios y su registro en youtube, que manipular imágenes que los pueblos configuran como trascendentes. Hablo de erotizar vírgenes, exaltar la masculinidad de Jesucristo o cualquier otra ocurrencia del estilo. No es lo mismo que uno tenga su credo y sus convicciones, que no son religiosas en absoluto, y otra bien distinta, a modo de razonamiento casi panteísta, que no comprenda la vulnerabilidad moral de quienes no piensan como uno y se toman totalmente en serio la dignidad de sus iconos. 
A Benetton le encanta el guirigay, el trending topic y la madre que parió al ideólogo del photoshop. Lo adorna de amor, lo hace pasar por un amoroso acto de entrega entre distintos, lo razona como una especie de armisticio con intercambio de fluídos sin caer en la cuenta (o cayendo a conciencia) de lo impúdico del atrevimiento, de que la sensibilidad, incluso a nivel de empresa, es un ingrediente más en el tráfico de las relaciones sociales. Malogran iniciativas formidables al vestirlas con hostilidad pura y dura. Se podían haber ahorrado el beso y dejar que se abrazaran mansa y dulcemente. El odio que desean borrar, ese unhate contundente que preside los piquitos, no sería menos batallado. Bien al contrario, quizá ganara en hondura. Somos animales espirituales a pesar de los dogmas y de los templos. Incluso lo somos ignorando esos dogmas y esos templos, desoyendo la admonición del sacerdote de turno al acometer (ay cuán felices a veces) los pecados que nos alejan del cielo. Vivimos en un infierno y no merece la pena avivarlo con estos innecesarios recursos gráficos. En fin. Que en el fondo no es verdad que se quieran ninguno de éstos aquí retratados. No hace falta ni siquiera que se abracen: vale conque no la jodan con sus provocaciones. Ellos, qué creían, también las producen.


15.11.11

Vote

                                     
                                                                      Gil Elvgren




Nunca tuve lazos fuertes con ningún partido político, pero jamás he dejado de ir a votar. Lo aprendí en casa y lo ejerzo con orgullo en la mía. Supongo que es la forma de entender que estoy entre los míos y de no sentir después, una vez se cierran las urnas, congoja o arrepentimiento por no haber expresado mi opinión acerca del estado de las cosas. Uno vota por lo hermoso en sí de ese acto sencillo. Hay una épica en elegir un partido en el que depositar las esperanzas de bienestar público. No hace falta simpatizar en exceso con un candidato u otro. De entre las opciones se elige a veces la menos mala. Se vota, en ese caso,ignorando la apatía hacia lo político, incluso el hastío puro, pensando en ese bien compartido de la democracia, en su limpia maquinaria de ajuste social, en la irreprochable voluntad de reparto que exhibe. Luego está el desencanto, el desafecto por el oficio de gobernar, la idea de que el que causa el mal se postula para procurar el bien. Por eso votar siempre es una fiesta. Porque están algunas cosas en juego y uno se siente, en el fondo, el que decide quién las administra. Da lo mismo que la campaña sea una ficción, un juego de voluntades interpuestas para socavar la incredulidad y granjearse el afecto del votante. Mienten porque saben que en estos momentos la verdad, a pesar de lo honesta que sea, no conviene. Mienten, en campaña, en su oferta de píldoras. Quizá lo hacen en nuestro bien. ¿Quién se lee un programa de un partido? Nos bastan los trozos sueltos, los párrafos entrecomillados, las partes que se subrayan. Y votamos con esa felicidad inargumentable de quien se sabe una parte de la trama infinita y no desea que se le excluya del cásting. Sí, soy un cándido, un romántico, un tipo con suerte en estos días de vértigo electoral. Además disfruto (es un decir) viendo cómo se enseñan, qué cartas ofrecen, cuáles callan.

14.11.11

A ver quién llega más alto...El algoritmo infalible II


Lo confieso: veo a mi candidato brincar en un escenario y  se me pone el alma a brincar  a mí. Veo al hombre, contemplo la naturaleza que lo hace cercano y entiendo que la política no es un arte tóxico sino un cuerpo a cuerpo del hombre con las adversidades que malogran el bienestar, desarman a la justicia y encabronan, ya por último, el sueño. El mío es recurrente: veo a mi candidato alegre y campechano, abrazando niños en los parques, riendo sin pudor en las cafeterías, alegremente departiendo con el pueblo llano, el suyo, el que va a confiar en sus promesas. Le veo a salvo de los malos augurios, exento del mal fario de las encuestas contrarias, de todos esos tóxicos estudios demoscópicos. Veo al hombre, insisto: al que se emociona si yo me emociono, al que padece si yo padezco, al indignado cuando yo me indigno. Y eso, ay, está en el brinco, en ese acto entre lo heroico y lo naïf, en la posiblidad de que en un gesto limpio, escrutado y conservado en el olimpo de los grandes gestos de las grandes figuras, se advierte la verdad que bulle por ahí adentro y que la política no permite a veces ofrecer al votante. Porque yo soy un votante y me gusta saber qué colonia uso mi candidato, si es del Bilbao o del Madrid, si fuma puros en la intimidad o se mete su chupito de anís seco con el café. Están todas esas cosas en el brinco. Y los que tenemos alma y sabemos lo que sufren los candidatos apreciamos este striptease sentimental. Ahora sólo me falta ver cómo salta Rubalcaba para tener definitivamente claro en quién deposito mi confianza para sacarme de este revés, de este agujero, de este no sé qué me pasa que ni yo mismo me entiendo. En fin...Todo menos la indigna e insensible mano de hierro de esos funcionarios sin corazón a los que a menudo se les entrega la salvación de la patria. Todo menos eso, of course...

El algoritmo infalible


Habrá quien se emocione al ver a su candidato brincar en un escenario, jaleado por los acólitos, en la creencia de ese gesto espontáneo lo baja al terreno de lo más acendradamente humano. En el fondo no se tiene casi nunca una idea emocional del candidato. Los asesores, al saberlo, le susurran gestos casuales, le confían la mecánicade los afectos y le certifican, a pie de escenario, la bondad de su credo. Se tiene del candidato una impresión a menudo lejana, de intermediario necesario entre la política, es decir, el Estado, y la calle, es decir, el pueblo. El desafecto entre lo uno y lo otro no se palia a saltos, brincando en un estrado mediático, pinchando la señal el youtube y los tuentis, el facebook, Antena 3 y el boca a boca, que funciona siempre de maravilla y hace que un gesto casual, insistimos, un detalle más o menos improvisado, cale en el electorado y extraiga el voto del indeciso y se lo reafirme al simpatizante o al que militan en las filas del que brinca, a mayor gloria de Eva Nasarre




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8.11.11

España, que es un gran país, faltaría más



No me cabe duda de que algunas personas nacieron para creer las mentiras que cuentan otras. Se nace limpio, sin contaminar, puro al modo en que lo es un ojo al abrirse por primera vez, pero la mentira hace su colecta de acólitos y recluta un entusiasta ejército de embusteros. Se miente para no contar la verdad o se miente porque la mentira, bien contada, hilada con esmero, funciona en  el texto (hablado o escrito) mejor que las más redonda de las verdades. Sobre este pilar se ha levantado la historia de la Literatura, en este insobornable afecto por la impostura reside la vigencia de esa Literatura, que es una ficción estabulada, un poco orgullosa de su condición de engaño y otro poco ocupada en disculparse.

En lo político, en la administración de la cosa pública, la ficción deberia prohibirse por ley. Tendría que escrutarse con mimo quirúrgico las palabras que se vuelcan en los discursos, las frases que se van ensamblando unas a otras hasta formar un grumo verbal compacto, sin aparente vínculo con lo real, desgajado de la realidad. Escucha uno las grandilocuencias de los que se intuyen como destacados en la carrera monclovita y se envenena. Lo digo muy sinceramente. No es un envenenamiento letal, téngase esto claro. Lo que aturde los sentidos y los emborrona, lo que en todo esto hiere más que otra cosa es la previsiblidad de lo contado. Está la política tan hueca que cuesta imaginar cómo rellenar los vacíos. No deben ser palabras, imagino, las que colmen los espacios sin ocupar. Quizá las palabras (las que ayer se izaron como armas de convencimiento masivo en el debate que sostenido por Rajoy y Rubalcaba) empujan los gestos, pero uno sospecha que también se puede dejar a las palabras solas, sin mano que las guíe, incapaces de ir más allá de la sencilla fonética, inútiles a la hora de crear algo nuevo que alivie o sane los males que esos políticos se esfuerzan por borrar. Desafección absoluta, escribe alguien a quien acudo de cuando en cuando como el que se aplica un tónico o un ungüento literario o incluso estético. La creencia de que hay quien nace para convencer o otros que están ahí para ser convencido; la firme creencia de que no se puede hacer caer en la corbata, ay la corbata azul bien planchada, el azul como centro absoluto del cosmos, el peso de un país.

Y en cierto modo, a pesar de la contundencia de los argumentos esgrimidos, del interés que se les sospecha en hacer su oficio como deben, los candidatos claudicaron ante la vampírica telegenia y midieron la altura de las sillas, la temperatura del salón y hasta la conveniencia o no de que un público (no hubo ninguno) jaleara, interrumpiera o chiflara las interpelaciones, los comunicados breves, esas frases antológicas con las que vender la salvación de la patria. Y no hay quien la salve. Al menos no en un breve plazo. Lo de ayer no fue un volcado de ideas sino una puesta a punto emocional, un enseñarse, un pavonearse entre sus acólitos, un querer que el voto vacilante acabe por escorarse a su baraja ya de una forma definitiva. Por eso, contrariamente a lo que me pedía la razón, vi anoche el debate como si fuese una ficción y lo tratado no pasase de ser una cosa novelesca. Vi a dos autores esgrimiendo su estilo. Dos actores (uno con más raza y otro con más oficio) que buscaban la empatía de un público quemado, al que le interesa a dia de hoy cada vez menos los driblings dialécticos y que no consiente más dilaciones en la acometida del rescate. Mentir, lo que se dice mentir, no sé si mintieron mucho o poco. Verdades las hubo escasas. Cosas de políticos.

3.11.11

Del tiempo que va y viene / Conrado Castilla


Mañana mi buen amigo Conrado presenta en Lucena libro de poesía. Festejo doble: la poesía en un libro, bien editado encima, y que lo haya escrito un amigo. Quedáis todos invitados.

2.11.11

Elogio brevísimo e irrelevante de la alegría

Tengo una visión hedonista de la vida. No es una confesión hiriente hacia quien posea una visión distinta. Me inclino siempre a pensar que quien busca a cada instante la alegría la acaba encontrando y la incorpora a sus palabras y a sus gestos con la comodidad de quien sabe que hace algo bueno para él y para los demás. Porque la alegría, al compartirse, se expande y alcanza a quienes no la ejercen. La alegría, la que defendía enfáticamente Benedetti, no se parece a nada y es el motor que lo mueve todo. Está hecha de júbilos pequeños, irrelevantes, júbilos que al arrimarse unos a otros construyen la felicidad, que es lo que se esconde debajo del amor y que movía, en opinión del hadado Dante, el sol y también la estrellas. Se trata, en fin, de que el tiempo no nos hiera en exceso o nos dañe escoradamente.Se trate, en fin, de que ya que no es posible la felicidad absoluta (porque de entrada tal cosa no existe) sí que podamos granjearnos la amistad de la alegría. Verla acudir de vez en cuando, merodear nuestras cosas, arrimarse a lo más íntimo de uno y saberse privilegiado por esa visita. Una vez que se acepta la alegría y se mecanizan sus posturas lo demás viene por añadidura. Ninguna recomendación más higiénica que ésta: buscar la alegría, inclinar el cuerpo y el alma a su centro exacto y sorberla sin decoro, abrevar la testuz, libarla, perder en la libación todas las formas, caso de que tengamos alguna y haya sido útil en algo. 
Un amigo me dijo hace poco que me notaba alegre últimamente, como achispado y ocurrente. Que te digan cosas así te hace pensar en el estado previo al cambio. Como si antes hubieses estado triste, huidizo, depresivo.. Hasta un anónimo lector dominicano me escribía ayer que nota el dolor en lo que escribo. Oscuro, apostillaba. Algo así como un bloguero de temperamento oscuro. No supo o no quise entenderlo. Que te digan oscuro me hizo pensar. La oscuridad es algo muy serio. Más si llevas adentro, como me indicó el amable (a pesar de la revelación) lector. Y ahora digo alegre sin poso de congoja, alegre sin semántica ni argumentos que estropeen la sencilla convocatoria de esa alegría. Luego asiste uno al espectáculo de la vida y la alegría se abruma de luto y cambia el júbilo por la pena, pero hoy estoy alegre y me explotan (como escribió un poeta) cien sonetos en el pecho. Mañana me escalarán cien lagartijas y me contarán al oído las miserias del mundo. Mañana volverán las (oscuras) golondrinas, en fin, será uno de esos días rutinarios, mercenarios del color gris, hecho para ser recorrido sin detenerse uno casi nada en sus bancos, en sus miradores. Los días tienen miradores desde donde es posible pensar en la belleza infinita de las horas que los surcan. No tenemos tiempo (ay paradoja) para detenernos y desplazar sin prisa, con arrobo, mimando la mirada, los ojos por el paisaje. El del alma está a veces inextricablemente zaherido. Sale uno a trompicones, si es que sale. Hoy, bien al contrario, pienso como Benedetti. Me parezco un poco a él, cuando miraba de frente la mañana y le levantaba, picarón, las faldas.

1.11.11

Solanum tuberosum


Perdonad que empiece a degüello: no sé qué coño es la espuma de patata. Entra en lo posible que no me desagrade, caso improbable de que el azar me la sirva en un plato, si es que la espuma se sirve en platos, que tampoco lo sé, pero hay un obstáculo semántico en el asunto. La patata, al espumarse, se desangela. Igual el espumado es la condición más aristocrática del rey de los tubérculos y he aquí a este ignorante tragoncete, al Emilio de buen yantar, demostrando su falta de cintura culinaria. La alta cocina, vuelvo con cuchillo en la boca, con pañuelo a lo Rambo en la frente, me aturde considerablemente. Prefiero la austera frugalidad de la patata sin el atrezzo estrambótico de la espuma y de la deconstrucción. A mí me deconstruyen una patata y entro en un estado de catarsis contemplativa, en un marasmo metafísico que pone en duda la mecánica celeste y las leyes de Newton. Soy de placeres sencillos porque mi habilidad en lo complejo es casi nula. Admito que aprecio lo barroco, la pompa que se enseñorea y se lame en impúdico y hermoso onanismo, pero la patata me la dejan quieta. Al menos dejen en paz a la patata, señores de la alta cocina. No vaya  a ser que ese noble producto de la tierra pierda su sencilla ofrenda telúrica y se convierta en un objeto encriptado, en un efímero trending topic de la cuisine digital.
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