–¿Entonces cuál sería el mejor ambiente para un escritor?– El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ése es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo le da cierta posición social; no tiene nada que hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.
Jean Stein Vanden Heuvel – Entrevista a William Faulkner (1956)
Borrada la confidencia periodística, sería una máquina de escribir Underwood como otras tantas, pero la de arriba fue la de William Faulkner. La encontraron y confiscaron a beneficio memorialístico en Rowan Oak, la casa de los Faulkner, una especie de Tara libresca, en Oxford, Mississippi. El Faulkner rural, ebrio, emprovinciado, demiurgo de Yoknapatawapha, el que reivindicaba la bondad de la escritura pero renunciaba a la memoria del escritor: en ese Faulkner me siento a gusto como lector. Porque hay muchos escritores dentro del escritor o muchos lectores dentro del lector. No hay ocasión en que no vuelva a Faulkner sin que me descubra absorto en un pasaje que pasé por alto o en el que no entreví nada relevante. Faulkner es a la literatura como Charlie Parker al jazz. A los dos les encantaba el pirriaque, el bendito éter de los alambiques. Ya lo dice bien a las claras: papel, tabaco, comida y un poco de whisky.











