24.8.11

Pequeña borgiana de arena





El tigre, ebrio de rayas y de hondura,
el laberinto de los efectos y de las causas,
el azogue en el infinito espejo,
el alba en una quinta porteña,
el fuego que purifica,
la conversación entre jazmínes,
los nombres de los libros no leídos,
Whitman en un bosque, pensando en Dios al mirar un árbol,
los arduos alumnos de Pitágoras,
el tiempo feliz de las espadas,
la delicadeza del ocaso en un desierto,
el Ganges, donde todos los seres humanos nos hemos bañado,
el Golem, la arcilla primordial, el poeta vacío,
la trivial creencia de que moriremos enteramente,
el jardín que senderos que nos bifurcan,
la rosa de Milton, su tacto al despertar,
todas las permutaciones invisibles de la ficción,
los poetas menores de una perdida casta de poetas,
los reyes antiguos en sus tronos de odio,
la espléndida bondad de los adjetivos,
el hoy fugaz y el ayer ya eterno,
el olor acre de la sangre en la noche,
Homero y todos los griegos cabales,
la alquimia secreta que inventa un dios en el oro más puro,
los arquetipos y los esplendores,
el destino de ser siempre uno mismo y saberlo,
los ángeles hablando con Swedenborg por las calles de Londres,
la ilusión de que existió un principio para todas las cosas,
la muerte de un hombre en el campo de batalla,
el épico sueño de soñarse,
la gloria inversa del traidor en su postrer patíbulo,
un libro entre los libros,
un río inconcebible ahondando su cauce en la memoria,
los días persiguiéndose,
la fiera en el negro crepúscula, acechando,
el otro en un banco a la vera de un río, fabulando,
la Inglaterra tejida en pesadillas y en torres gloriosas que miran al mar,
la custodia preciosa de las palabras,
el eco de Virgilio en el Ulises,
la luz encendida que nadie ve salvo Dios
la ardua escritura de un evangelio apócrifo,
el elogio de la sombra,
el secreto centro del cosmos, que es una sílaba de la divinidad,
el álgebra hermosa y la cábala dramática,
el consabido y no apreciable manejo de unas destrezas al coronar la vejez,
el plano del universo bosquejado por Schopenhauer,
la triste lluvia en el frío mármol,
la luna ajena y la que te persigue,
los haikus del amado Japón,
Abel o Caín dictando un cuento infinito,
Shakespeare descendiendo al corazón del hombre,
el alma cautiva en el frágil cuerpo,
el hidalgo hechizado por caballerías y por amores,
el ciego indice de cosas que no alcanzó,
el amor, del que se ocultó o del que huyó,
la sangre gaucha, su fe en el mate, la patria más íntima,
la métrica metálica de las sagas normandas,
la fantasía de Coleridege con una flor como prueba,
el eco marcial del apellido paterno,
la cierva que cruzó un segundo el sueño y no volvió jamás,
los prólogos y los epíligos monumentales de los libros,
el goce interminable de la memoria, que trae batallas antiguas y trae oro en un cuenco,
el puñal impaciente de Marco Junio Bruto en la pluma del bardo inglés Shakespeare,
un escritorio de caoba que guarda unas cartas de amor que nunca se mandaron,
las comunes frivolidades del vivir y la certera brasa de la muerte,
el convergente, divergente y poliédrico aleph en un sótano en la calle Garay,
el emperador chino que mandó quemar todos los libros anteriores a él,
la línea de Verlaine en la memoria de un bibliófilo,
el mar registrado en una runa,
el imposible fervor del sexo,
la historia íntima de la infamia,
la felicidad que precede al caos,
la diversa enumeración de prodigios del mar,
la clepsidra en un cuento antiguo,
la memoria y el olvido de los muchos días,
el sur para velar a un muerto,
la sórdida noticia de una venganza leída en un periódico,
el eclesiastés recitado en la oscuridad,
el hierro de los clavos del judío,
la errancia y el refugio de un poeta,
la patria en su pompa de mármol,
el Islam, siglos de espadas, disciplina y agua,
el hábito de un aljibe,
los ayeres como si fuera uno solo,
el goce de los laberintos,
las trompetas del día final escuchadas por un teólogo,
la música, en donde es posible que estén las demás artes,
las vastas enciclopedias de los hombres,
el panteísmo, ah el inevitable panteísmo,
la ballena blanca en la oscuridad de su dueño,
los pulcros hexámetros latinos que tutelan el ingreso en un sueño,
la suma de todas las cosas que hacen al hombre ser un hombre,
el peso de la moneda en la boca del muerto,
el cofre de joyas en el patio del soñado,
las sílabas en las que se esconde el nombre de Dios,
todas esas sutiles cosas, y otras que no sé y otras que no nombro,
son las que le hicieron ser Borges.


Marbella, 20 de Agosto de 2.011




Escribí esta borgiana en un patio encalado, emboscado de pinos, y a la vera del mar, hambriento de libros, gozoso en todo lo demás, perdido en mi memoria y en un deseo absoluto (no más adjetivo, ninguno es bueno) de volver a leer todo Borges. Empiezo hoy. Pido (como Kavafis) que el camino vuelva a ser largo. No me importa no llegar a la última línea. No se acaba nunca el libro. Es de arena. Eso es. Es de arena.



13 comentarios:

Tomás Fdez. dijo...

En tu segundo idioma: Welcome Back, my friend.
De Borges, tieso. Pero es precioso el lenguaje que utilizas y preciosas las imágenes que revelas.
Un saludo un poquito borgiano ahora.

Miguel Cobo dijo...
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Miguel Cobo dijo...

Y el zahír (que sigo buscando) en una veta de mármol de una columna de la aljama de Córdoba.

Genuflexo ante este sanctasantórum del borgianismo ilustrado.

Juan José Abad dijo...

Borges es para mi el poema del ajedrez, que perdonablemente no cita.
Asombra lo demás.

Anónimo dijo...

Serás borgiano...

Anónimo dijo...
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Juan Herrezuelo dijo...

Se queda uno sin palabras ante esta enumeración poética que es en sí misma un aleph donde todo Borges se da al mismo tiempo y sucesivamente, grano de arena a grano de arena, a través de tu evidente admiración por el inmortal segundo Homero: lo que ayer fue Borges hoy es Emilio Calvo, y uno tiene la sensación de que girando el sentido de los versos de cristal lo que hoy ha sido Emilio Calvo volveré a ser Borges, otra vez grano a grano, infinitamente. Nomás le falta a tu borgeana el sánscrito del que Borges confesó saber, en fin, ché, el que sabía todo el mundo. Sin duda está entre las cosas que no nombras. Un saludo y mi admiración sin ficciones.

Anónimo dijo...
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Tomás Fdez. dijo...

Obra de tu post, he ido a Borges. No sabía a dónde acudir y he pedido consejo a un amigo docto. Me ha dicho que algunos relatos de Ficciones. No sé si necesita tiempo. Lo necesitará, no me cabe duda, en serio, pero caerá. El caso es que cuesta ir de Stephen King (La cúpula, tocho veraniego soberbio, no creas) a la metafísica de Borges. Lo estoy intentado muy, muy, muy en serio. Te cuento después el resultao de la contienda. De momento, voy a tientas, sorteando obstáculos. Alguna recomendación para ir mejor y no caer en agujeros? uF

alex dijo...

Soberbia borgiana, Emilio. Emocionante. Las musas han acampado a tu lado...

José Manuel Canales dijo...

Borgiana, borgeana, lo que ustedes manden, pero yo que soy borgista desde los tiempos en que el mar muerto estaba simplemente herido, lo escuché anoche y yo aprovecho así las cosas, he sentido la voz del Padre en el oído por boca de Emilio Calvo de Mora. Señores y señoras, he aquí el tributo más sentido que yo he leído en mucho, mucho tiempo. He leído libros enteros, hagiográficos, llenos de rastros filólogicos, escritos con la pasión del académico, pero esto... esto es sencillamente genial. Un aplauso grande, y otro grande después por si no lo han escuchado bien. Borgianos del mundo, uníos.

Emilio Calvo de Mora dijo...

Me da pudor, grande, el que no tengo para otros asuntos, escribir sobre Borges, hacer borgianas, como he titulado. Leo con placer y con pudor también los comentarios (los buenos no se pueden entender salvo sabiendo que salen de la amistad o del afecto).
Gracias por eso.

Anónimo dijo...

Sin habla, emocionado.

Pablo Márquez