27.8.11

Habla el descarriado

1
Austeros y firmes en la fe, en la fe de salir adelante y no volver a caer en la avaricia, en todos los vicios financieros que han mandado al mundo al carajo mismo, pero no hay fe a la que asirse, dijo K. El nihilismo, ah el nihilismo, el nihilismo está a la vuelta de la esquina si es que no está ya en la cola del pan y en los sms de los chavales cuando se cuentan las cosas que los que no tenemos su longitud de onda mental no entendemos. Lo que pasa es que antes teníamos al nihilista leído, al que lo era por vocación libresca. El de ahora es uno  corrido a golpe de tedio, sacado de una mala novela sin un ningún final con la que se recuerde. No tener valores es una forma de tenerlos, muy retorcidamente argumentado. Se carece de valores porque no se precisa tenerlos. Porque el vacío que producen llena como el llenado de antaño. Porque se vive bien en cueros, sin ropaje sentimental que nos proteja. Eso deben pensar en los adentros los que no ven el futuro sino el asfixiante hoy. ¿Y qué es el hoy? Un erial, un cosa sin milagros ni prodigios, un mapa de la tristeza. Eso no lo dice K. Lo digo yo. Uno tiene en ocasiones estos arrebatos negativos. No es malo tenerlos. Leí hace mucho que no se es feliz. Que la felicidad es un ahora, un aquí, una aprehensión momentánea del júbilo o de la alegría o de la manutención más primaria del hecho mismo de sentirse armónico y hasta melódico. Hoy no estoy melódico. Hay mil razones. Ninguna va a ser aquí contada. No es el post destrozado del que escribe con el alma (alma debe haber ahí abajo) fragmentada, fugada, convertida en un collage naïf. En un collage naïf.

2
Lo dicen los políticos y los banqueros. Primero uno y luego otros, no sé en qué orden. Lo dice también de puntillas (le interesan más otros asuntos de su hilo moral) Ratzinger en su tour hispano, en esas explanadas reventonas de peregrinos, infartados de sol, comidos por la fiebre de Dios y convertidos, por obra de algunos insensatos, en víctimas, en pobre carne inocente expuesta a una vil tunda de palos de verdad y de palos teóricos. Pero todo ha terminado bien y la marabunta clerical ha desaparecido de la parrilla de televisión a beneficio del fútbol, que es otra horda (no sé tampoco si infame o gloriosa) de feligreses puros, tomados a la fuerza por el veneno de la pelota y de los colores. Se va el Papa y viene Messi. Es así de sencillo. El asunto es tener un héroe en la recámara. En tiempos difíciles hacen falta héroes. Lo versificaban los griegos y lo cantaba Bonnie Tyler. Los héroes, sin embargo, se van siempre: dejan su cántico, su épica, su huella entre las huellas, pero terminan yéndose. Un héroe que no se va deja en poco tiempo de serlo. Hace falta ser héroe a tiempo completo y no hay en este mundo (ni siquiera Messi, mucho menos el Papa romano) individuos con madera de héroe completo. Se hacen cosas hermosas que el pueblo corea y registra en sus libros de gestas, pero no se hacen cosas hermosas todo el tiempo. Por eso el Papa viene un cuarto de hora y se despide entre sonrisas y confesionarios. Por la misma razón deslumbra el Barcelona de Guardiola: porque lleva mucho tiempo procesionando, metiendo muchos goles y encajando los justos. El vil es Mourinho y su dedo canalla. Está bien entretenido el pueblo con este combate absurdo entre estos dos púgiles inverosímiles. Y mientras haya circo, importa menos la falta de pan. El argumento es antiguo. Distracciones, al cabo. Formas de evitar mirar de frente a las cosas. O se miran a ratos o se miran sin prestar atención. Hoy, por ejemplo, manda la Liga, qué le vamos a hacer. Ayer me llamaron para que me abonara a un canal futbolero. Les di largas, no escuché lo que me dijeron, pero terminaré cayendo en sus redes. Soy un pecador. No tengo Ratzinger a quien mirar y en quien depositar la poca o ninguna fe que tenga, pero el fútbol repara estas fracturas del cosmos. A falta de confianza en los mensajes del más allá, relativo como soy, pagano a tiempo casi completo, me enfango con distracciones frívolas. Los demás que hociquen su sensibilidad en los altares que deseen. Lo hermoso de todo esto es que cada uno obre a su antojo y no se violente con lo que obren los otros. Ay si eso fuese así y nos nos acorralaramos en las calles. Soy uno de esos descarriados que se abisman a diario en la tiniebla del desencanto. No soy, lo sé, el único. Otros lo son y no se aventuran a pronunciarlo. Será cosa del pudor con que cada uno maneja sus trasuntos diarios. Estoy condenado y convivo placenteramente con la condena.Voy de cabeza al desmayo teológico absoluto. Ni Messi me asiste cuando entro en uno de esos benditos trances metafísicos. Viva el verso libre.

7 comentarios:

Ana dijo...

Descarriado tú? Me rio...

Miguel Cobo dijo...

La metafísica hamletiana está agotada. Lo de ser o no ser , no sé. La duda se ha hecho certeza. No hay duda de que nos vamos al p.c.(me resisto a escribir las palabrotas, pero todo el mundo sabe que me refiero al puto carajo). Y hoy el fútbol es la metáfora de Stevenson: El Dr. Jeckyll es Guardiola. Mr. Hyde, Mouriño. ¿No os habiais dado cuenta de que en realidad son el mismo?

Ramón Besonías dijo...

Se nota que tu espíritu intuye los estertores del estío y sus placeres. Se nota en tu prosa cascarrabias un tono de melancolía otoñal adelantada, como la moda de El Corte Inglés.

Quizá ya instalados en los fríos del invierno soñemos historias felices de un verano por llegar. Somos posaderas de mal asiento, amigo Emilio.

Fabiano dijo...

Pesimismo ilustrado, sr. Calvo.
Se ponen las cosas difíciles y no sale el jovialismo por ningún lado. Estamos tristes, pero cómo estar de otra manera.
De acuerdo en lo que expresa, tan hermosamente, por cierto.
Pudor hay que tener, pero cuando te aprietan, hay que soltarlo y decirlo. Los que lo gritan son los que no lo saben expresar, lo digo por su post (estupendo, siempre) del otro día.
Un saludo lejano.

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Joselu dijo...

La tristeza también puede ser creativa en dosis homeopáticas, y una mirada escéptica frente a la realidad, aderezada con algo de ácido resulta estimulante. En esa diatriba entre el bien y el mal que representan Guardiola y Mourinho, me cae mucho mejor el pecador que el santo, sobre todo porque donde resido hay demasiado sahumerio a las glorias y virtudes nacionales que se tienen por méritos excelsos. Me revienta la santurronería y los aromas de Montserrat, aunque cada año voy caminando hasta la montaña mágica. Ratzinger ha sido una buena distracción del mes de agosto que he considerado no sin cierta benevolencia viendo a esos centenares de miles de peregrinos que se resisten a aceptar que dios ha muerto y no ha resucitado… Y sí, es difícil ser católico en un ambiente en que el templo supremo son el centro comercial y el estadio de fútbol. Siento cierta ternura hacia los que van a misa y creen en un Jesús crucificado aunque sea una imagen que a mí no me conmueve, salvo el llamado cristo de Carrizo en León, cuya faz perpleja y necesitada de consuelo me llena de ganas de hacerme amigo suyo.

El nihilismo se ha hecho carne entre nosotros, y tienes razón cuando dices que lo hace entre los que previamente ya no tenían nada dentro, otros tuvimos que desaprender intentando comprender y pasamos nuestras crisis de fe a la que no renuncio, a pesar de mi pasado sombrío dentro del catolicismo infantil, y del que huí a mis veinte años. Pero ese periodo de accesis, de metamorfosis no deja de ser productivo y fecundo en una contemplación más amplia de la realidad que, sin dimensión, parece condenada al vacío de las chuches rosas y los canales para adolescentes que no tienen un padre que les haga ver el veneno cinematográfico que les puede llevar a alzarse en rebeldía contra el adornamiento. Y viva también el verso libre. Messi es grande pero que con su pan se lo coman, igual que Ronaldo. Me quedo con los que se miran las manos pensando que tal vez debiera haber sentido y se sonríen escépticamente y guiñan un ojo con toda la intención del mundo. Salud.

Joselu dijo...

Ha aparecido "adornamiento" cuando quería escribir "adocenamiento". No sé por qué el corrector me lo cambia.