3.1.11

Hemos visto mucha televisión

No será, pobres poetas, pésimos inventores, un Apocalipsis espectacular, una gran fiesta con fuegos artificiales místicos y revelaciones trascendentales, en un cielo digitalizado, sino una caída completa en la banalidad, un ocaso de la grandeza, un hundimiento total de la vida en su sentido moral y un eclipse de la inteligencia en las simas de la trivilialidad más absoluta y absorbente, como un programa de televisión eterno.

Juan Francisco Ferré, Providence


Coincido en que el fin del mundo tal y como lo conocemos (oh adorados REM, cómo echo en falta un disco de verdad) será como el que programa Ferré en su novela Providence. Un vaciado de lo que una vez fue noble y hermoso y culto en tarros vulgares en donde merodean las moscas. La forma en que el mundo hará clic y se cerrará en un espasmo cósmico no tiene nada que ver con el cine de Michael Bay: está más en sintonía con los reality show, con Belén Estebán ocupando la portada del suplemento dominical de El País, con el afecto que el capital le tiene a la mediocridad, con el abrazo pervertido con el que algunos medios sellan la fidelidad de los adolescentes y frenan la invasión de abrazos más limpios, con toda esa penosa evidencia de que están vendiendo mierda pero la visten con oropeles, le dan formato digital, la codifican con un carrusel hipnótico de golosinas que, una vez desencriptadas, saboreadas, masticadas y digeradas, son evacuadas con unánime ardor por todos los poros del cuerpo.
El hambre, la guerra, la sed y la peste, los cuatro jinetes del apocalipsis clásico, están al alcance: basta coger el mando a distancia. Hambre de arte, guerra contra la belleza, sed de metáforas (ay qué quemazón dejan dentro) y peste catódica atufando la sala de estar familia, en donde se reune la familia y subscribe el pacto tácito de silencio frente a la pantalla, consumiendo bazofia, dejándo que la intuición y la inteligencia y el asombro se atrofien, entren en un estado entre la catatonia y la estulticia pura y dura. Porque hay que dejar esto claro: la imagen inocula su toxina con pasmosa rapidez, se aloja en el córtex e invade la personalidad entera, dejando a observadores poco combativos, vaciados, complacientes. Y hasta la muerte en los telediarios la patrocina un sponsor. Lo decían Cadillac, un grupo de pop formidable, de los que ya no hacen, en los llorados (ay) ochenta: hemos visto mucha televisión.



4 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Excelente texto,amigo.
Yo nací con la televisión (años setenta)y en ella me cultivé a través de programas que me sirvieron de germen para buscar otros contenidos.Vi Estudio 1 y me aficioné al teatro,a Ibsen,a Mihura,etc.Vi la serie de grandes relatos y corrí a comprar esos libros.Vi A fondo (colección que adquirí hace poco)con Cortázar,Borges,Vázquez Montalbán,Rulfo,etc.También veía a los payasos de la tele.El circo no era el mismo,pero Gaby,Fofó,Miliki y Fofito me enseñaron a reir.Me encantaba Pippi Calzaslargas y después me aficioné a la obra de la maravillosa Astrid Lindgren.Pasé miedo con las series Historias para no dormir y La dimensión desconocida.Como vivía en una provincia de tedio y plateresco,descubrí el buen cine en la televisión y sus maravillosos ciclos:Luís Buñuel,Billy Wilder,Los hermanos Marx,etc.

Hoy puedo decir con toda sinceridad que en mi casa no tengo televisión.Hoy,las televisiones digitales dan miles de programas a la carta.La era del zapping,del aburrimiento.Tantos canales de veinticuatro horas de imágenes anestesiantes.La gente y el sofá,mirando la pantalla y pasando de ella a la vez.
Por cierto,Providence es una novela magnífica y además cuento con la amistad de Francisco Ferré.

Un abrazo,amigo.

zim dijo...

Se diría que es ella la que 'nos ve' de continuo porque ha logrado introducirse en el mejor rincón de nuestra casa , como uno de esos huéspedes que alargan impertinentemente su estancia en nuestro hogar, se arrellanan en nuestra butaca preferida, aceptan nuestros mimos y cuidados, engullen nuestras mejores viandas, se apropian de nuestros momentos de intimidad y acaparan nuestras conversaciones, haciéndose protagonistas de todas las historias, sellando nuestras voces y nuestras voluntades ... haciéndonos olvidar qué día y por qué les invitamos a venir. Habría que tirar de 'mala educación' e invitarles a regresar al sitio del que vinieron, para que a casa regrese también el silencio -o el bullicio- propios.
Un saludo (de, casi, 625 líneas -perdón-)

EMILIO CALVO DE MORA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Siempre pensé en eso, en esconder la televisión, en arrumbarla en el trastero, en no comprar una nueva cuando la vieja se estropea, pero no soy capaz. Uso la televisión como un objeto absolutamente cómplice con mis vicios. Me da fútbol (que me gusta mucho) y me da cine. Es una pantalla que no se deja querer por la metralla fétida que la amenaza. En el fondo es un buen objeto, pero lo han convertido en una peste, Francisco.
Yo ando entre los cuarenta y los cincuenta y sé bien de todo eso que hables. De Antonio Soler y su A fondo, de Balbín y su La Clave... Ay cómo la echo de menos, qué delirio de comentarios, qué tribuna más educativa la de La Clave. Ahí aprendí también a ver cine. En la 2 bendita de la pública, cuando era algo sencillamente maravilloso, vi el cine que me ha hecho amar el cine ahora. Todo eso he pensado al leer tu sentido post.
Me encanta Providence, me encata Ferré. Díselo cuando lo veas.

Parece un cuento, Zim. Pero me veo en él. La televisión es imprescindible y deberíamos reconducir su forma de pensarla, de poseerla, de sentirla, para poder vivir conforme a cierto código ético del que ahora estamos bien alejados.
Un saludo.