3.4.08

Resident Evil:Extinction: El virus total


Es imposible (en ciertas ocasiones) comprender la realidad. A lo sumo uno alcanza a percibirla. Llega incluso a entender la naturaleza de sus manifestaciones, pero este empeño naufraga en el carácter onírico, caótico, errático o absurdo de sus significados. La realidad elude cualquier subrayado dramático. Nada es cándido ni es perverso ni triste: todo se cifra, todo se encripta, todo se ajusta al mecánico código lingüístico. ¿Y si el lenguaje fuese un instrumento corto para descerrajar los usos y los hábitos de la realidad?¿Y si expresar un sentido es, en todo caso, negar los otros, los que no están más nítidamente visibles pero tal vez mejor convienen? Tal vez sea el cine y la fotografía las disciplinas artísticas que con mayor eficacia registran el caos, el luz, el vértigo fabuloso de lo real: ambas pueden permitir el lujo de carecer de lo lingüístico ( como la música) para forjar un universo bien armado de significado y autónomo enteramente. Bien, hasta aquí la plasta teórica, el ungüento metafísico o metalingüístico o tóxico. El resto es la verdad incontestable, la magra realidad escasamente avenible a disquisiciones, ontologías y análisis hondos como la inocencia de un niño. Y entonces es cuando vengo a hablar de la película que vi anoche. Se trata de Resident Evil: Extinction, y juro que mientras que iban cayendo zombies y me iba embruteciendo la mente (como un mecanismo de defensa ante la avalancha de gilipolleces) pensaba en Ferdinand de Saussure y en Chomsky. Recordaba la Obra abierta de Umberto Eco, hoy por cierto en Granada en unas charlas, y hasta un tocho escandaloso de ensayos de Kierkeegaard que un amigo (no es K.) tuvo el detalle de prestarme en una época de mi vida en la que todo lo que sonara a raro y a críptico me entusiasmaba. Pensé en el mundo como una pastilla masticable y en la crisis de los Balcanes. A la vez que Milla Jokovich desmembraba desdichados, repasé planes para el verano y hasta concebí una inconcebible novela sobre Lázaro, el primer zombi de la Historia, metido a psiconalista en la Galilea bíblica. También está el inabarcable proyecto de imprimir todas las entradas de cine de esta página y hasta adjuntarles fotos y detalles enciclopédicos como el nombre del director de fotografía o hasta el guionista. Creo que me levanté cuatro o cinco veces. Ninguna para nada importante. Incluso llamaron por teléfono y mi mujer contestó a la vera de la televisión sin que la conversación (qué voy a contarles) estorbara el normal entendimiento de lo narrado en la película.
La obrita está exenta por completo de aciertos: es cine por eso de los 24 fotogramas por segundo. La saga de videojuegos alumbrada por Shinji Mikami tal vez sea una referencia en su verdadero ámbito de acción, pero en cine, en la pantalla grande, establece un diálogo muy parco en significados (nulo, si me apuran). El espectador se siente incomodado por la gratuidad de la oferta, por su mediocridad a medio camino entre el insulto a la creatividad y la ofensa a la inteligencia. No es únicamente la insípida trama o el previsible y mortecino despliegue de acción real: es que la anécdota argumental escandaliza por lo rutinario, por lo funcionarial. No hay sorpresas: no existen esos tenues apuntes estilísticos (más estando detrás un director serio como Russell Mulcahy) que otros sí han sabido impregnar para que la función se salga de la vasta, ruda y torpe maquinaria del cine concebido como una ingesta masiva de caramelitos pasados de fecha pero cubiertos de una adictiva capa de colores vistosos y un envoltorio chic que nos impide el raciocinio, sea esto lo que quiera que pueda ser. Por todo esto, al ver anoche esta Resident Evil, pensé que la heroína apocalíptica necesita de un público sonado, confortablemente insensible, como decía la canción de Roger Waters, acorralado por la costumbre de no ver jamás otro cine que no sea éste. Y tal vez hasta eso deba ser agradecido en estos tiempos de fuga de las salas y de menguados ingresos en las arcas de las distribuidoras.
Da igual que uno conceda un extra de confianza (lo hice, lo hice, lo hice), rebaje hasta la pura naúsea la mínima exigencia requerible. Llega un momento en que la luz chirría, los párpados caen como si acabasen de sufrir una tunda de palos cromáticos y el cerebro (víctima siempre) grita, a su modo, una amnistía, un receso, quizá un pacto bien trabado. La más que cazurra coreografía de saltos, disparos y proezas físicas varias nos sumergen en un limbo de estulticia perfecta. Sin más.
Autoindulgentes, los creadores de este portensoso tsunami de atropellos narrativos y dantescas estocadas al sentido común y a la limpia mirada de las cosas se interesan más por la caja y por el tintineo jubiloso y bendito de las monedas en la bolsa que por innovar o crear desde la libertad y desde la dignidad. El sueño viril de la adolescencia tiene en esta fanfarria de torpezas un campo abonado para el desquiciamiento. Tal vez yo, en mi inevitable adolescencia imbécil, recurrí a infamias como ésta. Mi cerebro, adiestrado para olvidar lo prescindible y lo que me sonroja, busca ahora caramelos más nutritivos. Los hay. Están ahí afuera. Esperan. Nos llaman. Qué bonita es la vida.

1 comentario:

ethan dijo...

Algunas veces suele ocurrir: "venga, vamos a concederle un rato de nuestro tiempo a esta peli que tan mal pinta".
Pero claro, sucede lo esperado.
Eso sí, siempre queda la venganza de la palabra escrita.
Bien hecho!