16.7.22

197/365 San Agustín de Hipona

 



San Agustín de Hipona me cautivó por una frase. Tal vez fueron varias. Todas ellas sueltas, sin que se precisara hilvanarlas a otras que las apuntalaran o terminaran de explicar o impidieran que, leídas sin esa trabazón, pudieran malinterpretarse o no comprender enteramente su significado. El santo de la iglesia, el obispo, el hombre, al final de esa nomenclatura de cargos, cinceló una plegaria magnífica, embutida en una de sus homilías: "Dame Señor la castidad, pero aún no". Era también hombre para todo lo que la naturaleza recomienda, aunque en la búsqueda de la verdad y del amor encontrase la paz del espíritu en la contemplación de la Divinidad, pero eso es un estadio posterior. El Santo, antes que doctor en virtudes, fue pecador, quién podría eliminarse de esa acusación. Con todo, el amor carnal no le satisfizo. Era tan alta su empresa y tan dotado para su empeño se consideraba, que recorrió los caminos de la tierra en la idea de que alguno le condujera al camino del cielo. Podría decirse así, aunque tal vez todo fuese más sencillo, menos literario. Comienza su estudio de la vida en Cartago y por esa época. Según costumbre de la época, no se le bautiza tras nacer, sino que se espera a que la criatura conozca las bondades y las maldades de la existencia y pruebe de unas y de otras. Cuando ha acumulado las faltas necesarias, se le impone la señal de la cruz en la frente y se le procura la sal bendita. Ese tardío abrazo a la fe cristiana lo marcó de un modo singular. Fue la irrupción del mal lo que devastó su alma sensible. Su mayor vocación consistió en registrar la naturaleza de ese mal, la sustancia misma del pecado. Se pueden leer sus Confesiones sin comulgar con el espíritu de fe que las anima. En ese aspecto, San Agustín es un precursor de cierta literatura panteísta, un adelantado a su tiempo. Concibió un interrogante pagano a lo que otro sólo compondría una duda cristiana: cuenta en sus Confesiones que de joven robó con unos amigos unas peras. No lo empujó el hambre, ni siquiera la lujuria del apetito, sino el placer del acto mismo de incurrir en un delito (o en un pecado). "Era el pecado lo que daba sabor a las peras“. Añadir que el acopio de peras fue a parar al delirio de una piara de cerdos. Medra el alma en la fe si se la pone a prueba o si abiertamente se la arroja al festín de la falta. Toda esa investigación teológica culminó cuando el obispo Ambrosio, su mentor y su báculo en la Italia en la que enseñó Retórica, le propuso leer las Sagradas Escrituras figurativamente, no con el corsé de la literalidad. Y qué hallazgo le regaló. Agustín, todavía sin la aureola de santidad, encontró una luz en el marasmo de la fe. Leyó y creyó bajo la intendencia de las metáforas: ellas lo ocuparon de convicciones nobles y fiables. Caigo mientras escribo en la cuenta de que el gobierno de nuestra existencia, la física y la espiritual, obedece a patrones líricos. Todo lo mece la literatura; a todo se le puede aplicar una capa de festiva inverosimilitud. Cuanto no se ve (esto lo especulo yo) tiene la virtud de hacer comprender mejor lo visible. El santo Agustín nos increpa desde la eternidad, que son los libros. Pidió la castidad o la bondad o la armonía, pero apeló a la templanza y a la mesura. Dame la luz, concédeme la sombra. No sabremos calzar esa dualidad en ninguna apologética: ninguna declaración de fe contendrá esa solicitud inverosímil, pero el hombre es luz y es sombra, debió pensar San Agustín, y en él todo fluye y todo recala. No hay mayor triunfo de la religión que la que continuamente la cuestiona. San Agustín, una vez recala en las dolencias que padece, las ofrece a los ojos de Dios, herido y llagado el corazón, dice. Deslumbrado, continúa, no pudiendo soportar ese fulgor divino, acepta que vive en una avaricia, que lo fuerza a perder cualquier esperanza para que la verdad de la fe lo inunde. Lo que el libro de las Confesiones muestra está plagado de todas esas concupiscencias (él las nombra así) con las que se tienta al hombre. Cuenta con su admirable memoria, a la que da prestigio y de la que se solaza varias veces, pero también es falible y los sentidos pueden confundirlo. Para que no desfallezca el recuerdo y todo él anhele el mismo objeto de devoción, San Agustín confía en su escepticismo, pero una vez que lo abate y resuelve su seguro camino hacia Dios, da su confianza en las palabras, en la posibilidad de alcanzar con su elocuencia al débil o al reacio, haciendo que el manjar del vino o de la carne que suele entretener la travesía de la vida no emboten los sentidos, sino que los afinen. Todo es un milagro, parece decirnos. La inquietud y la desazón que le causaban los lazos "del vivo deseo de mujer", encendido de amor, como la Santa Teresa más adelante, le consumían. Enfermo de lascivia, escribe. Sáname, le solicita al cielo. Expulsa la congoja que me seca el alma. No sabemos si en esta ocasión requirió presteza (dame la castidad, pero no hoy, como pregonó en su día). Probablemente no puede el hombre confirmar cada convicción que tuvo. Se van cubriendo unas con otras. Como un palimpsesto de vida. A este lector enriquecido por la lectura de este hombre de letras, pues eso fue por encima de cualquier otra consideración religiosa, se le ocurrió no estar atravesando la vida de un señor que vivió hace casi dos milenios, sino que creía leer un texto actual, sacrílego y blasfemo a la vez que piadoso y evangélico. Me falta retirarme a un huerto, como cuenta él en uno de sus capítulos, por ver si allí todos los desasosiegos se dulcifican. Si al final encontramos en las palabras, en su figuración, en sus metáforas, algún tesoro inesperado, una cierta conmoción, un destello breve, quién sabe, pero intenso. No pediremos que se nos libere de la servidumbre del vino y de la carne, pero tal vez podamos encontrar un regazo de armonía en la contemplación de la armonía que otros alcanzaron. Como sabios espectadores. Como lectores cómplices. Eso quería Umberto Eco. No creo que no disfrutara leyendo este libro. 



15.7.22

196/365 Oscar Wilde


 

Oscar Wilde miente, pero es el primero que lo hace con deliberada voluntad y ansia de oficio. Recurre a mentir por mero placer intelectual o estético. Ese vacío ético le condujo a mentirse a sí mismo. Adujo razones estrictamente sensuales. Se dio el festín de la vida para conminar el estrago extremo que le produjo. Compareció ante sus semejantes como un esteta, es decir, un bicho raro en idilio continuo con sus rarezas, un extravagante cualificado, una anomalía feliz en una sociedad pacata, invariablemente hostil con las especies díscolas y con ese gremio de intelectuales que la cuestionan y con la que entablan un diálogo hueco las más de las veces, estéril con colmo. Ninguna de esas adversidades redujo su vivo interés en la belleza, a la que dio el festejo más alto, sin que el ostracismo o la enfermedad lo apartaran de esa vocación, que podía ser, más que una gran pasión, un capricho. De ellos dejó escrito Wilde que tenían más firmeza que las pasiones y duraban más. Tenía Wilde esa condición sublime de hacer frases memorables, sentencias, aforismos de fácil dicción cuando la circunstancia los reclama y uno desea epatar. Nada podía molestar más a sus enemigos, muchos y muy dispuestos a arruinarle, que perdonarlos. Arruinado al final de sus días, pidió en el hotel en que se alojaba el champán más caro. "Estoy muriendo por encima de mis posibilidades", dijo. Hay que ser incisivo hasta en la derrota, pudo haber dicho también. Su ingenio sobresaliente, su mordacidad, su capacidad para extraer de cualquier circunstancia un agasajo al lenguaje, uno de esos festejos de la locuacidad humana que no sabemos si en el fondo le aliviaban, pero que causaban en quienes lo escuchaban una mezcla de admiración y de rechazo. Los santos tienen un pasado; los pecadores, un futuro. Él no tuvo mucho del último. Murió antes de cumplir los cincuenta. Lo devastó una sífilis mal curada a la que se añadió la humillación de la cárcel, la de Reading en la que escribió la famosa Balada, en la que entró por la homofobia victoriana y por su tozuda defensa de sus vicios, que eran una aberración a los ojos de la ley y de sus conciudadanos, poco acostumbrados a que alguien abiertamente homosexual (sodomita, le insultaban) pregonara su condición y alentara a que otros la probaran. Incapaz de esgrimir una defensa sólida, su juicio público fue un espectáculo hilarante en el que se le abucheó. La expectación era máxima, habida cuenta de la condición de renombre del autor, que confió en ella para aminorar la culpa o, contando con el sufragio de los fieles, cancelarla. 


Impertinente hasta el cansancio, a decir de los cercanos, preocupado de que su imagen pública coincida con la privada sin que ni la una ni la otra flaqueen ni se arredren, Wilde se acicala como un dandy y actúa como el más refinado de ellos. Su educación clásica, cincelada en un promisorio viaje a Grecia y en su paso por la bautismal y ecléctica universidad de Oxford, hacen de él un personaje del que la fatalidad y el engolamiento, ambas cosas con abundancia, revisten de grandeza. Se curte en las contrariedades que le surgen conforme su naturaleza despreocupada y sensible ocupan los cenáculos de la literatura y de la vida social, no sabemos en qué orden colocar esos dos escenarios. Lo que más tenía como suyo era ese don para la escritura. Se puede ser sublime sin interrupción, sentenció Baudelaire: Wilde era extremadamente consciente de su talento y alardeaba de él con absoluta naturalidad. También exhibía su inclinación a frecuentar ambientes abiertamente promiscuos (de hombres esos locales) y a no justificar nada que él mismo no considerara ilegítimo. Casado y padre de dos hijos, Wilde no esconde su condición sexual. Toda esa vida disoluta se cierra cuando es encarcelado. Los dos años de trabajos forzados retiran al genio y traen al hombre que nunca volvió al refinamiento y a las costumbres licenciosas, al vivir alegre y a la costumbre de no caer jamás en la superficialidad, en esa mediocridad de los que le juzgaron y condenaron. Arrastró esa tragedia más tarde lejos de Reino Unido. Tal vez deseara por tierra y gente de por medio. Es legítima esa separación. Dolorosa también. Murió el autor a poco de que se dictara sentencia, pero atrajo la demolición pública del arte, de un tipo de conducta que matrimoniaba la belleza y el dolor (como escribía a su adorado amante y causa de todos sus quebrantos, el joven Lord Alfred Douglas, a quien escribió encendidas cartas y, sobre todo, De profundis). Confiesa al final de su vida que valió la pena consagrar sus días a la consumación del placer. Que él guiara sus pasos. Que sólo su presencia lo animara y alimentara. Wilde creó mundos que no existían. Sabía, como todo buen escritor, que "el hombre está más alejado de sí mismo cuando habla a cara descubierta. Dale una máscara y te dirá la verdad". La suya fue su inagotable deseo de contarse el mundo como si no hubiese máscaras con las que transfigurarse. Hizo que su Dorian Gray tuviese "labios de pétalos rojos, hechos no menos para la música de un poema que para el deliro de besar", lo cual es un atrevimiento, aunque sea una línea suelta de una página en un libro que contendría muchas. Tenía la sospecha de que no había gente buena o mala en el mundo, sino gente encantadora o tediosa. Él buscó los portadores del encanto, los que le entretuviesen, todos los que le provocaran risa o fascinación. La esperanza es de la gente culta, dejó dicho. Es la belleza la que sirve de brújula, aunque al final todo arte sea inútil. El vicio y la virtud son materiales del arte. El prólogo de El retrato de Dorian Gray debería enmarcarse, debería aprenderse de memoria, debería recordarse cuando la grisura de la vida nos atenaza o cuando la mediocridad nos visite y pida quedarse. Luego queda el pesado aroma de las lilas, que un golpe de viento ha traído al estudio junto con el perfume de las rosas y una ligera brisa estival. Wilde estaría echado en el diván, tapizado de telas persas, fumando y bebiendo algo de whisky. No sabría con qué música adornar la escena. Probablemente la de unos pájaros en el alféizar. La barbarie está afuera. No acude a la sofisticación ni al hedonismo para alejarla. Sabe que es imparable. Que hará callar a los pájaros. Como suele la barbarie. 





14.7.22

195/365 Sargento Pepper y todos los demás

 



El Sargento Pepper con toda la panda, John Wayne a caballo en Monument Valley, Walt Disney en un sótano de hielo, JFK pasado por Warhol, el Tío Sam señalando con el dedo, el león de la Metro, el blues del delta, Góngora trabado en un soneto, la generación beat, el napalm con Wagner sobre el Mekong, la pelvis de Elvis, el parche de John Ford, Jack Daniel's para leer a Bukowski, los primeros discos de Fleetwood Mac, los últimos de Johnny Cash con todas esas versiones, la RKO que le gusta a mi amigo Padillo, mi padre y las gardenias de Machín, los Beatles en la azotea de Abbey Road, el Hitchcock americano, Tete Montoliú en el Palau, Cody Jarrett en la cima del mundo, las hamburguesas de triple piso del McDonald's, el bourbon de Kentucky, Woody Allen paseando Central Park, Lauren Bacall en Cayo Largo, la autopista 61, los moteles con psicópata, Leonard Cohen en el Chelsea Hotel, Clark Kent abriéndose el pecho para que asome la S mayúscula, Johnny B. Goode, la Estatua de la Libertad en una playa del futuro, Wyatt Earp y Doc Holliday en O.K. Corral, el rayo que no cesa del poeta del pueblo, Peter Parker en el Daily Bugle, Jimi Hendrix en Woodstock, el puente sobre aguas turbulentas, King Kong en el Chrystal Building, Buster Keaton descarrilando, el Capitán Trueno cerrando España, Bonnie and Clyde en las carreteras secundarias de Arizona, Groucho en un camarote, las calles de San Francisco, el rock alrededor del reloj, el Hollywood Bowl, el Delorean de Marty McFly, Bruce Springsteen en Nebraska, el desembarco de Normandía en blanco y negro, Norman Bates con un cuchillo, las uvas de la ira, el ala oeste de la Casa Blanca, El Mayflower avistando tierra, la autopista 61, Harry el Sucio, Chaplin calle abajo, Darth Vader declarando su paternidad, Picasso mirando su arlequín, Atticus Finch con una biblia en la mano, George Bailey en la nieve de Bedford Falls, Tony Manero en la disco Odisea 2001, Tony Soprano contándole a su psicóloga que ha adoptado una familia de patos , Tony Bennett en el Bellagio, Lorca en Nueva York, Machado en Castilla, el gordo de Minnesota, Indiana Jones en un templo maldito, la Dimensión Desconocida, la Marvel Comics Group de mis once años, Robert Johnson en una casa roja en el Delta, el Fritz Lang de M,  Lenny Bruce con un micrófono, Lovecraft con sus dioses primordiales, Jack Bauer montando el perímetro, Las chicas de Oro, Borges en los patios de Cartago, Hannibal Lecter preparando un menú, Cortázar buscando a la Maga en Monmartre, Kurtz en el corazón de las tinieblas, Pennywise en Derry, José Arcadio Buendía en el paredón de fusilamiento, Billy Wilder mirándo la marca de los pezones en la blusa de Marilyn Monroe, Kunta Kinte en la calle Utrera hace cuarenta años, Walter White en calzoncillos cocinando meta, los discos de Chapa Records en una cochera, el cielo de Tara, todos los haikus de Manolo Lara, los Beach Boys en California,  el big bang, el be bop, el just married (que vi hace unas semanas en un coche por las calles de Lucena), los taxis amarillos, los zombis en las avenidas desoladas, la lluvia en Gothan City, Russ Meyer (sé que tengo mucho que agradecer a Russ Meyer), Goya mirando un perro, la Garbo de reina sueca, el Empire State en un póster que estoy mirando ahora, los Greyhound en cien películas, gente que baila en la calle 59, un muerto en una piscina de Sunset Boulevard, Jim Morrison cantando The End en Vietnam, Robin y Batman intimando en la adversidad, Corleone teorizando sobre el honor, la Coca-Cola en la banda sonora de la cabeza, Bob Dylan con gafas negras en un metro, la funeraria de los Fisher en Six feet under, el barro con las putas y el whisky en Deadwood, Poe en un callejón hasta arriba de absenta y fantasmas, Dámaso Alonso contando los muertos de Madrid, un vals en el éter cósmico, Emily Dickinson cerrando un verso en un jardín, María Moliner catalogando un adjetivo, Sam Spade con un halcón maltés, 400 golpes, el yelmo del caballero andante, Louis Armstrong con hierba en el bolsillo recibido por el Papa en el Vaticano, Humpty Dumpty cayéndose del muro, Charles Baudelaire envenenado de vida, Vladimir Nabokov corrigiendo el vuelo de una mariposa, Charlie Parker en el Village Vanguard con cien pájaros en la cabeza, Peter Pan sobre los tejados de Londres, Chet Baker en una cárcel italiana en 1960, una oreja cortada en un césped, Alex escuchando la novela de Beethoven antes de salir a romper huesos, William Blake estallando de gozo al ver cumplido su sueño de que unos ángeles le visitaran en un poema, George Kaplan huyendo de una avioneta en un maizal, Gene Kelly cantando bajo la lluvia, Walt Whitman tumbado en un prado escuchando el ruido de unas nubes al fatigar el cielo, Jeff Buckley en un río griego, John McClane en el Nakatomi Plaza, la teniente Ripley en la placenta del monstruo, Yukio Mishima con una catana, Sylvia Plath abriendo la llave del gas y metiendo la cabeza en el horno, Fernando Pessoa descartando heterónimos, Ernest Hemingway en la calle Estafeta.

13.7.22

194/365 Waldo Lydecker

 



"Nunca olvidaré el fin de semana que murió Laura. Un sol de plata brillaba en mitad del cielo como un enorme y magnífico cristal. Ese fue el domingo más caluroso que recuerdo. Sentía que yo era el único ser humano caminando por Nueva York. En el momento de la muerte de Laura yo estaba solo. Yo, Waldo Lydecker, fui la única persona que de verdad la conoció"


  Waldo Lydecker


Sofisticado y pulcro, atildado y etéreo en su elegancia aristocrática, dandy enjuto de verbo afilado y formas de cortesano versallesco, Waldo Lynecker es, en la memoria cinéfila, el columnista cínico que escribe sus mordacidades en la bañera, el amigo de Laura, la mujer del cuadro, el objeto convulso de su Pigmalión privado. También el que dice usar una pluma de ganso mojada en veneno por bolígrafo. Waldo es quien conduce a su adorada Laura a la cima de la vida pública. Como si todo cuanto diese de sí proviniese de su forja. Waldo crea a Laura. Es su demiurgo. Fascina ese personaje perfecto sin el que la trama entera de Laura se vendría estrepitosamente abajo. Tiene toda la película ese punto necrófilo (entre lo onírico y lo detectivesco, entre el mejor cine negro y el mejor cine fantástico) que nos permite avanzar por la historia sin que sepamos a qué género adscribirla. Qué necesidad habrá de eso. Importa poco que se nos cuente el final nada más iniciarse el relato. Tampoco que la desgraciada Laura sea menos mujer fatal de lo que el canon prescribe. No hace falta que veamos cómo alguien le dispara en la cara nada más abrir la puerta. Ni siquiera que esa circunstancia sea cierta. Ni que la muerte de alguien verdaderamente importe. 


Otto Preminger sólo precisó de una escopeta y un reloj (dos idénticos) para hacer una de las mejores películas de la historia del cine. Laura no es solo un artefacto de intriga criminal perfecto, sino un estudio sobre los celos y sobre la ceguera del amor. Hay quien sostiene que el buen cine - o más precisamente el buen cine negro - únicamente precisa un arma y una femme fatale. Que a partir de ahí los argumentos fluyen solos y se cierran solos. Una historia a salvo del rigor homicida de los años, que subsiste por un tema inmortal - cuya nítida y tantálica melodía ocupa todo el metraje - y algunas escenas absolutamente imperecederas, alojadas en el devocionario iconográfico de todo aquel que se haya sentido alguna vez perturbado por la magia del séptimo arte. Porque el cine es una perturbación. Y éste que aquí glosa sus vicios cinéfilos, un perturbado.

12.7.22

193/365 Juan Eduardo Cirlot


          

 Estos ángeles como piedras en el mismo aire impiden que la lluvia arraigue y la tierra sea una catedral por la que el tiempo se desdice.

Esta luz sin geometría ocupa mi corazón y lo enardece. Oye como una orquesta de serafines enloquece cuando respiro. 

El fuego medita perderse en un desquicio de fulgores que imitan el ruido de unos huesos que se rompen. Está perdido el hombre. Ni fuego ni memoria. Alguien lo llama desde lejos. La ceniza es un verbo que anhela corromper un alma limpia. 

Hemos visitado la tumba de un dios y le hemos improvisado un salmo. Era un clamor el aire, era luz que contenía un infinito.

Ah doncella que fulge en el primer destello de la creación, ah Bronwyn, causa novicia, diosa inaccesible, Ofelia pura, yo nunca seré Hamlet. Es tu mano la que me guía mar adentro. Un incendio vasto como el tiempo bajo la danza de los últimos arcángeles. 

Algo fluye como un sacramento cuando acude la niebla y una espada deshace el aire en palabras. Todas dicen tu nombre. Bronwyn, ser de temblor, contemplo la tierra abierta y el cielo es un ala que permanece tras el vuelo.

Carbunclos desgarrados queman la soledad extraviada en la que yazgo. Mis ojos son muérdago. Mi boca es bruma. No tengo consuelo y tu corazón no me responde. 

Es la hora mineral en la que todo converge y se abandona a su destino. Las vanguardias con sus lábaros de humo. La obscura hora en la que el poeta se deja fascinar por la irrupción de una máscara tras la que su boca pronuncia infierno y concurren en los labios las llamas. 

Soy un vendedor de caballos en Egipto. Me llaman el triste. Padezco todas las enfermedades. Sé de memoria los nombres de todos los muertos. Me miran cuando recito las plegarias. Esperan que les invoque. 

Tengo conmigo las señales del ocaso. Son tres ojos de niños que no supieron alcanzar la orilla. Su canto es la liturgia de todos los que la alcanzamos. Somos una legión de alucinados. 



11.7.22

192/365 Pedro Pablo Rubens

 


Uno no recuerda nunca las palabras exactas; tampoco qué voluntad las animó. Importa cuáles elige, de qué modo hace ver a los demás que la belleza ha ocupado la atención de quien la percibe. Hay que esmerarse en ese momento en que se verbaliza la fascinación que produce la belleza, pero cuando el desgarro es grande y esa visión lo llena todo no es necesario el concurso del lenguaje. Se omiten las palabras, se deja de confiar en ellas. No hay manera de explicar el asombro puro, ese vértigo que nos conmociona bien adentro. A veces pasa lo mismo con el amor. Uno tampoco da con las palabras precisas. Los buenos poetas emulan una respuesta; los malos, en su titánico esfuerzo por restituir lo que sienten, sólo crean más incógnitas, únicamente añaden interrogantes. Uno aprende a moverse en estas imprecisiones. Araña la superficie del corazón de las cosas, pero no penetra, no se llega al final por ver qué hay. Detrás del arte debe estar el origen mismo de la vida. A lo mejor está el Dios en el que no me es posible creer, con el que entablo un diálogo feliz, aunque baldío, por el que en ocasiones siento un afecto primario y por el que, en otras, mantengo una actitud de indiferencia. Pasarán todas esas cosas porque no poseo el lenguaje, su código medido. En cierto modo la belleza (o el amor o la fe) es un estado del ánimo que no debería ser transmitido al exterior. Da de sí en privado fulgor. Calla quien lo observa, calla y lo hace suyo, deja que lo alimente. Por eso, cuando entro en una catedral, no hablo, no me creo capaz de decir nada que deba ser dicho, no hay de verdad nada que decir. Sólo hay que mirar. En esos momentos no hay una soledad más apacible, de más hondo pálpito. El mundo, dentro de ellas, se detiene. Las hicieron para eso. Se levantaron con esa voluntad de grandeza. Las del pintor son invisibles. Palabras que no se articulan en sílabas, pero que inducen un significado. Probablemente tengan la loca elocuencia del la intimidad con la que atesoran. Loca y eterna. El tiempo no las toca. Permanecen. Crecen. Adquieren hondura a cada siglo que las atraviesa. Se ama la pintura por ese arrimo de verdad. La de uno esa verdad. La aplicada con el corazón. El pintor que me hizo pensar la pintura (lo cual es tal vez un contrasentido) fue Rubens y sucedió en el Museo Del Prado. Hacia falta ese deslumbramiento para que yo tuviese la conciencia de la que antes carecía. El hecho físico de contemplar el óleo mismo que él pintó me desconcertó. Debería recordar cuál fue, poder enfrentarme a él en una pantalla, ver qué siento desde lo que sentí. No pudiendo, busco en la red cuadros de Rubens. Espero un clic. Un destello. Una sacudida. No daré con él y dárselo mismo. Quizá aquel milagro sucedió para que nada lo enturbiase. Como un sueño. Los museos son mapas de sueños. Contienen las historias que inventamos. Mi imaginación produce la idea de que no fuese Rubens el principio activo de esa epifanía. Sería una de esas escenas suyas entre lo bucólico y lo galante en donde el amor es un estado visible al modo en que lo es un jardín o el cuerpo rotundo de una mujer desnuda. Rubens es de desnudos y de transfiguraciones o sería un episodio épico en el que los caballos se yerguen con majestuosa armonía sobre un campo sembrado de soldados muertos o agonizantes. Rubens es de cuadros grandes en los que los ángeles y los caballos son piezas que amedrentan o conmueven. Sus santos exultan grandeza. El gran maestro flamenco los hacen sensuales, los sublima como si todo el cielo fuese un milagro y esos hombres piadosos hubiesen recibido el recado de contarlo a las almas reacias. Rubens aceptó los encargos de tema religioso (Elevación y descendimiento de la cruz, La asunción de la virgen, la Resurrección de Cristo) y procedió con rectitud y respeto, pero ah qué carnalidad la de sus figuras, qué trasunto terreno, qué sutileza brutal, si se me permite el oxímoron. Creo que volveré pronto al Prado. Tengo que ver de cerca los prodigios. La pantalla del ordenador es un simulacro digno, pero no hay corazón, no veo al pintor detrás de su obra. Entonces veré si escojo con primor las palabras que restituyan toda esa festividad de los ojos. Si daré con las exactas o no podré acuñar las más elocuentes. Mirar bastará. 

10.7.22

191/365 Vic Mackey

 


Farmington es un barrio de Los Ángeles que no existe en donde los pederastas, los traficantes, los asesinos, los ladrones, los pervertidos, los extorsionadores, los navajeros, los toxicómanos, los torturadores o cualquier voluntario para delinquir, pecar o cruzar la línea que separa lo correcto de lo que no lo es se cree autorizado a perpetrar las atrocidades que su necesidad o su ingenio urdan para comprar un buga nuevo, seguir metiéndose costo caro o medrar en la escala social y poder codearse con el resto de la escoria y labrarse un nombre en las calles. En una de ellas hay una iglesia reconvertida en comisaría en la que una unidad de asalto cuida de que los malos se contengan y no alarmen a las autoridades más de la cuenta y así el negocio funcione. La llaman La cuadra (The farm en inglés original). Vic McKey es el amo de Farmington, aunque no posea ninguna prenda que lo demuestre ni haya que rendirle pleitesía a su paso como si fuese un emperador recorriendo a caballo sus dominios. Dentro de la comisaria ruge la misma bestia que afuera. El equipo de asalto es una unidad corrupta, eso se puede deducir a poco que arrancan las historias, una por capítulo, algunas trenzadas en varios de ellos. Como los soldados cuando ocupan los escenario de la guerra, Vic y los suyos enloquecen y proceden al modo en que lo hacen los locos si se les deja o si eluden la vigilancia de los cuerdos. Los ciudadanos de a pie desean tener un tipo como Vic en las calles. Les hacen salir de casa sin temor a que a la vuelta la encuentren desvalijada o saber que sus hijas no serán atropelladas por un fulano hasta arriba de coca. Vic se encarga de que la ciudad duerma en paz, pero esa misión cobra sus peajes. Si alguien se encomienda retirar todos los escombros, Vic será el trozo de piedra más grande y habrá cien pegadas a ella, como si fuesen la mismísima argamasa de la que está hecha la ciudad entera. Porque Vic es un ángel caído y Farmington es una sucursal del infierno. Los teólogos compondrán sus ensayos: en ninguno se le darán las gracias, no habrá nadie que le estreche la mano y exprese su gratitud por los favores recibidos. Contará en su contra el inventario de abusos con los que se valió para que la seguridad (con su taco de billetes en mano) dejara sin argumentos a la ética. Como si habláramos de estos tiempos y de todas las amenazas que sobrevuelan nuestras cabezas a diario y con las que trasegamos sin que sepamos con certeza si dejarlas planear o si confinarlas en un sótano bajo todas las llaves del hierro más severo. 

The Shield es una consecuencia del clima de miedo que sobrevino tras el 11-S. El mapa de la paz nunca ha sido tan borroso. Lo enturbian los bárbaros de afuera y hasta los pacificadores de adentro. Lo que enuncia la serie es el relato de esa reconquista. También la imprecisa frontera entre la heroicidad y la ruindad. Vic es un héroe y es un villano. Sacrifica una vida placentera con una nómina fija y barbacoa los domingos en el patio por procurarse su dosis diario de adrenalina. En cierto modo, todos los que velan por nuestra seguridad renuncian a la suya propia: he ahí la naturaleza proteica del héroe. Los hay que actúan como tales sin interrupción. Pueden salir a tirar la basura y que un hijo de puta los ajusticie con una bala en la nuca mientras nosotros hacemos la ensalada de la cena y pensamos en si el reloj de la mesita de noche tienen pilas. No hay con qué pagar a quien evita que seamos nosotros los que están en la dirección de la bala. De ahí que el Strike Team de The Shield se arrogue la figura de la impunidad: se saben invadidos por el mismo cáncer que los monstruos a los que abaten, pero ellos mismos son también monstruos y es esa la única herramienta con la que anticiparse y derrotar al mal que encuentran. La serie bascula entre lo áspero (brutal esa aspereza, dolorosa si no estás prevenido o hasta si se te avisa) y lo poético. La posible justicia tiene el hedor sublime de las cosas abocadas a la tragedia. Sabes que nadie saldrá indemne y cada episodio te informa de la orografía de la devastación. Rodeo Drive es el oro de Los Ángeles, pero no habría oropel ni pompa si no se cercasen los barrios de la indigencia, todas esas zonas en las que únicamente cuenta sobrevivir. Vic es el guardián de la periferia. Nada sucede que él no considere si le beneficia o lo perjudica. La misma testosterona que circula por la sangre de cualquier personaje ocupa la del espectador, que es un testigo continuamente asombrado de la narración, que nunca flaquea (siendo siete temporadas) y que, en tramos, por estrictas necesidades de paz, avanza con algo parecido a la templanza, pero toda ese remanso de armonía inocula el mal por venir, la encarnizada batalla entre los delincuentes y los que (siéndolos) cobran por enchironarlos, si no por apiolarlos sin más. 

Vic Mackey es cuanto un aficionado a las series desea para que su hambre de acción no decaiga. Cuanto más se atrofia y desencaja, cuanto mayor es el veneno que lo recorre, más perdura. Una vez que se cierra la trama, cuando la historia no admite alargamiento y todas las piezas se ensamblan, cunde una orfandad que no cree uno poder sobrellevar. El final de The Shield es el mejor que ha dado cualquier serie televisiva. Sin discusión. Es el cierre perfecto. Ni siquiera es un final feliz, no habría manera de que pudiera haber uno. Esa felicidad atentaría contra todo lo que hemos visto durante siete temporadas. No hay piedad en él. Ningún atisbo de misericordia se entrevé en la escena en que el policía fajado en las calles, hecho a romper o a que le rompan, se encuentra de pronto consigo mismo. Es el momento en que descubres que todo el mal que has causado te ha pasado la factura más alta: no porque te hayan pillado y pagues el daño, sino porque tú eres el juez más severo y la soledad (esa soledad en la oficina cuando la cabeza empieza a componer lo que va a ser el resto de tu vida y no te agrada) invita a todos los demonios con los que has tratado. Y Vic ha conocido a muchos. Él es el más cercano. Casi ninguno que ahora recuerde ha logrado que se le aprecie más. Porque duele lo que le duele a Vic. Mackey no es un poli. ¡Es un Al Capone con placa!, dice Aveceda, su jefe en La Cuadra. Y los mafiosos no se andan con delicadezas. Lo que más les importa es que se sepa hasta dónde pueden llegar. Si se arredran cuando hay que tomar decisiones difíciles. Si un muerto o treinta les hace despertarse en mitad de la noche y no volver a conciliar el sueño. Vic duerme a pierna suelta. Tiene la pistola reglamentaria a mano. Cuidará de su familia (dos hijos autistas, una esposa ciega, aunque no durará eso toda la trama) y será uno de esos contribuyentes de expediente pulcro con el que se pueden tomar unas cervezas y charlar sobre baloncesto o sobre mujeres. Pero la noche que se ve tras los cristales de la oficina le hace pensar en lo bien que se lo pasó, en cómo echa de menos a su familia (la de los asaltos y las balas) y lo que hará para que todo ese vértigo en la boca del estómago regrese. 

 

9.7.22

190/365 Anna Magnani

 



Anna Magnani era un talento natural al que interpretar no le suponía mayor esfuerzo que el requerido para cualquier disciplina doméstica o para ir de compras o tender la ropa en un patio de casa de pueblo. Anna Magnani actuaba con el mismo esfuerzo con el que Frank Sinatra cantaba. Hacía de su oficio una extensión fiable y natural de su propia vida. Era la representación exacta de un tipo de mujer hecha a sí misma, arrojada y valiente, humana en cualquier papel que le encomendasen. Ocupaba todos sus personajes con la argamasa más liviana posible, pero sólida en el arte de compactar los materiales dramáticos y hacer creer, bendito don, que nadie podría reemplazarla. Le convino ese neorrealismo italiano de Rossellini, Fellini, Passolini o De Sica para escenificar un patrón universal: el del desgarro o el de la dignidad frente a la adversidad. Fueron tiempos duros los de la posguerra y en la Magnani (así lo escuché o leí siempre) cuadraba ese grito hondo de una sociedad pobre que se zafaba como podía de la terca tristeza de la reconstrucción. Hacer de ella misma en una carrera de cincuenta años le requirió tal vez domesticar su temperamento volcánico, pero basta verla comerse el mundo en Mamma Roma como madre heroica, nada que no hiciera en la vida real en el cuidado de su hijo, afectado por una grave enfermedad paralizante. Anna Magnani es también la actriz que mi padre nombraba cuando deseaba hablar de grandes actrices. Decía que era un torbellino. No hay vez que no contemple su rostro duro que no le imagine embobado frente a la pantalla, como si la actriz italiana lo hubiese arrebatado de la realidad y transportado a otra, quién sabe. En el fondo, ese es el cometido del cine y ese es el principal reto de cualquiera que haga de otro en una pantalla o en un escenario. No sé si mi padre vio Roma, ciudad abierta, la espléndida película de Rossellini. La escena de la muerte de Pina bajo una ráfaga de ametralladora cuando un camión alemán se lleva a su novio es una de las más estremecedoras que yo haya visto. Cree uno morir con ella. Cree ser su hijo al abrazarla. Esa sensación dura después de que la película ha acabado. Todavía permanece. Anoche volví a verla. Volví a morir, puede decirse. No es sólo Anna Magnani la que nos hace morir, sino la elocuencia del cine, esa herramienta maravillosa que es el montaje. No sé si durará más de un minuto, probablemente no, pero ahí está el cine, eso es el cine. Si hay que contarle a alguien que lo desconozca qué es, se le hace sentar y se le proyecta ese tramo diminuto. No hace falta que se le explique nada más. 

8.7.22

189/365 Walter White


 Cualquiera puede ser Scarface si se le planta o si le acucian los problemas y decide ser otro. La conversión hacia quien uno no es precisa a veces estímulos muy pequeños. De fondo cabalga la moral, que no siempre escoge el caballo más honesto. El de Walter White es inconteniblemente salvaje, aunque el jinete que lo monta engañe y dé cierta imagen de hombre al que se le puede aplicar algún tipo de redención espiritual. El personaje otorga un catálogo ambicioso de texturas éticas que conmueven o lastiman o hasta se odian. No hay virtud que contenga un cáncer: se extiende adrede, corrompe sin aparente voluntad. Es el mal obrando a su antojadizo capricho. La trama misma de ese cáncer zanja la irrupción de cualquier otra. Walter White se precipita en Heisenberg con absoluta fluidez. El ecosistema es perfecto. La breve sensación de culpa (o de pecado o de delito) se desvanece cuando el hombre descubre que es una autoridad a la que se le respeta y de la que los demás se apartan por miedo. Qué subidón el que nos arroga el miedo. No el padecido, sino que el causamos. El bálsamo es la familia, pero incluso esa coartada ética mengua y acaba también difuminándose. Todo se circunscribe a la voracidad del mal, a su feroz metástasis. No es que White mute: se colige que su otro yo, el criminal, el que actúa con desprecio y desoye la voz que lo conmina a que se reforme, estaba ya adentro y tan sólo ha aflorado. Era un honesto profesor de química que miró el abismo y dejó que el abismo le mirara. Al final, queda el miserable que goza con la maldad, pero también el avaro, el paradójicamente portador de un gen más dañino que la droga que cocina. Sólo hay depravación en su descenso a cualquier lugar al que su ceguera le conduzca. Fascina Heisenberg, su alter ego, el yo al que recurre para que el desganado profesor no haga de Pepito Grillo y le susurre los salmos del perdón. No se les profesa afecto alguno ni a White ni al Hyde que poco a poco lo va borrando, pero se le mira con delectación. Se sabe que se está asistiendo a una obra maestra de la condición más acendradamente humana: la de quien está perdido y sólo desea dar con el camino, la del que ha razonado mucho y no ha encontrado en ese viaje interior nada que lo conforte. Un amigo me regaló una camiseta con la cara de Walter White. Me la pongo de vez en cuando. Hay quien la mira y hace como que sonríe. Al final, todo lo convertimos en materia narrativa. La ficción nunca hace daño. Querríamos que la ocuparan cien walter whites, aunque no desearíamos toparnos con ninguno. 

7.7.22

188/365 Emilio Calvo de Mora Villar

 



Cuando era niño, me encariñé de un atlas de modo que aprendí a leer nombres de ciudades búlgaras o de ríos franceses a la vez que aprendía a pronunciar las primeras palabras en nuestro bendito castellano. Lo cuento con la intención un poco topológica de trazar un mapa posterior del que yo soy vasto territorio y en el que aún (sean muchos los años que resten) y en el que fatigo lugares y ellos me guían y me confortan o me desconsuelan. En mi entonces fértil memoria se iban acumulando las palabras, todas nuevas y ricas (gato, Vladivostok, pluma, robot oIdaho), sin que ese absurdo o providencial mejunje semántico me causase zozobra alguna. Bien al contrario, me asistían en novicio gozo, en limpio descubrimiento. En el patio del colegio sacaba el atlas, que era un tocho bien gordo, uno de Santillana que todavía guardo, regalado por mi tío Alberto, y pasaba el dedo por los Urales mientras que mis amigos jugaban al fútbol a lo lejos, mirándome como el bicho raro que supongo que creían que era. Creo recordar (es brumosa la memoria) que aplazaba el vicio de los mapas y me metía en el partido, con entusiasmo, con loco afán de juego, ejerciendo con las artes disponibles lo esperado entre mis amigos. Con mis gafas de pasta, mi flequillo lánguido como una visera desordenada y una delgadez extrema que años después compensé fantásticamente, el niño con el atlas era un ejemplar curioso, al menos. Sabía las capitales del mundo y memorizaba todos los países de la costa pacífica de América. En orden: de arriba a abajo, sin desmayo. Los profesores me ponían a prueba para pillarme en un desliz cartográfico y hacerme perder la aureola de niño sabelotodo y empolloncete, aunque integrado, de eso dan fe los amigos de pillerías y de carreras. Imagino que el empeño de mis maestros era noble: hacer que irrumpiera el error, consentir una especie de rutina escolar de la que yo, con inocencia, me excluía. Era una didáctica arriesgada, pero la animaban razones humanitarias, quién lo duda. Buscaban lo que ahora se llama normalización social o socialización o cualquier acuño filológico de nuevo implante que sirviera para evidenciar la bondad del juego y de la actividad comunitaria en estas edades o para entretejer una nomenclatura actual, cosa absurda a veces. Ahora que soy maestro entiendo alguno de aquellos razonamientos, pero pienso también que el niño del atlas no era empolloncete ni tampoco un sabelotodo repelente. Me fascinaba la ocupación minuciosa del tiempo, quizá por no tener hermanos en casa con los que distraerlo.  Quizá por aprovisionarme de mundos ajenos al corriente. 


La culpa la tuvo el atlas. Si en lugar de que a mi tío Alberto se le hubiese ocurrido regalarme el libro de los mapas me hubiese regalado un libro con todos los cuentos de Perrault, no habría sabido que el Gánges desemboca en Calcuta y sí, muy al contrario, me hubiese afiliado a historias sobre gatos con botas o niñas que se pierden en los bosques y el diablo les azuza un lobo malo y, en el fondo, salido. Eso no llegó después. Entré tarde a la literatura. Tarde no se llega nunca, debo anotar. La infancia es un cajón de dimensiones pantagruélicas al que le podemos añadir miles de ingredientes. Nunca sabremos qué saldrá, pero hay que tener la voluntad de que los niños estén (ahora más que nunca) pegados a los libros. Ellos les abastecerán de otra vida a la que la vida a veces no alcanza. No tengo yo certezas sobre lo que hubiese pasado si en esos primeros años setenta, yo infante sin metafísica ni obligaciones, hubiese habido treinta canales de televisión, diez plataformas de videojuegos o de cine a la carta y fibra óptica en casa. Emilio con banda ancha: no puedo ni imaginármelo. Tal vez no hubiese tenido en mi diccionario sentimental las palabras Volga y Macchu Picchu, Alaska y Borneo. Quizá (esto son especulaciones) no sería ahora maestro. Lo soy por los libros y por Sinatra , ya lo escribí aquí una vez. Lo soy por la literatura y por el cancionero de Cole Porter. El infinito amor a los libros y el infinito amor a la música hicieron un maestro que intenta (con tesón, ignora uno siempre si con éxito) que sus alumnos encuentren el libro mágico que les salve del tedio y los llene de maravillosas y duraderas fantasías. Se me ocurre pensar que yo no era especialmente notable en nada, salvo en mapas, o incluso esa facilidad mía no descollaba tanto y eran los demás los que la magnificaban. Y razono aquí que fueron esos mapas los que me rescataron de una realidad que no me llenaba enteramente. Fue el atlas el  que me confesó, en privado, sin excesiva retórica, que fuera de mi casa pequeña en la calle Jaén y fuera de las vetustas paredes del colegio Fray Albino había un mundo. Uno rutilante y amoroso. Los mapas lo son siempre del corazón. Uno es cartógrafo de su alma. Dentro de la fantasía de un niño hay bosques y hay cielos infinitos, hay estrellas y hay selvas en donde se ciernen mil amenazas de las que se sale indemne o herido, pero de vez en cuando hace falta ponerles nombres a todos esos lugares. Tener la facultad de poner un dedo sobre la hoja y saber que debajo del dedo está el ancho Amazonas o el valle del Loira o las calles de Londres. Qué asombroso poder. Qué hermosa fuga. Mi tío Alberto abrió ese dulce veneno. Puso la dosis exacta de riesgo y de vida, las dos cosas la misma espléndida cosa. 



 Dicen de mí que era obediente y disciplinado, salvo que se me metiera entre ceja y ceja alguna travesura, cosa que no despertaba el entusiasmo ajeno y socavaba mi  resuelta imagen de cándida bondad y agrado. Entonces adquiría el arrojo que otros difícilmente me atribuían, vista mi templanza y apreciada mesura, y acometía con heroicidad el desempeño de esa empresa. Cada tropelía que se me ocurría rivalizaba con la anterior en atrevimiento, a decir de mi abuela, que casi siempre las consentía, incluso jaleaba, entre divertida y escandalizada, envalentonado yo y preocupada ella. La adversidad era terreno favorable, aunque saliese de él magullado y, después en casa, duramente reprendido. No tener hermanos hizo que esmerara las distracciones y me inclinara a ocupar el tiempo con pequeñas incursiones en el maravilloso reino de la imaginación. que es un terreno más favorable aún que la adversidad y no daba tantos quebraderos de cabeza más tarde. Es ella el tesoro del pobre, el don del solitario. La imaginación era un privilegio doméstico, de poco ruido, que servía para casi todo. He ahí al niño con miedo a verse en el espejo y descubrir que no tiene a nadie más con quien emprender las aventuras  previsibles, las de la mente ociosa que desea, más que ninguna otra cosa, jugar. Eso refieren los que todavía pueden contar algo de aquel tiempo del que yo no tengo propiedad alguna, por lo que confío sin chistar en el relato de esa vida mía tenida ahora en penumbra, sin asiento fiable ni recuerdo que prospere y no se pervierta ni difumine. Traen, si les pregunto o incluso sin entrar yo en que se explayen, episodios de esa época borrosa, si no invisible, en la que ansiaba, más que nada, tener con quien hablar, también quien me hablara. No sabe uno si al cabo de los años prosigue ese anhelo todavía: el de escuchar y de que se nos escuche y, arrimada a esa idea, cunde la de escribir y la de leer, que es una forma privada de hablar y de escuchar, de contar y de saber, que es el fin que lo cruza todo. Luego llegó el tiempo en que no me consuelan las frívolas ocurrencias de antaño (escribí en un poema) y, abrazada más de la mitad de la vida, pienso en cómo ocupar la que reste. Pensé que en nada fui mejor que en traer dos hijos al mundo. No creyendo en santos, no es eso cosa que me cause inquietud, tampoco tengo el ánimo de creer en pecadores. Trasiego de unos a otros sin mayor esfuerzo, sin quedarme en un lado ni en otro, como un convidado alegre. Hay certezas que me confortan: les doy casa, las abrazo y cuido. Al amor fui de pedirle mucho y no me negó nada, he de decir: tuve a la mujer que quise y ella, habría que preguntarle, me tuvo a mí. Mis padres me criaron como un niño feliz, eso les debo. Me educaron para que apreciara la parte buena de las cosas y conviniera lo innecesario de que observara las malas. Tengo buenos amigos con los que cuento siempre. No son muchos, pero tampoco se precisa que abunden. He distraído el camino con algunos pequeños vicios. Uno de ellos es escribir, no sé ahora si puedo atribuirle un tamaño menor, pero no cuenta eso ahora. Me cuento el mundo con lo que escribo, por ver si cuadro las cuentas y entiendo la trama. No lo he hecho aún, si me permiten la confidencia. No creo haberme aburrido nunca y no me visitó con frecuencia la tristeza. Leo poesía y la escribo a tientas y con más que discutible oficio. Creo, como mi amado Borges, Dios me perdone el atrevimiento, que habré dejado algún verso perdurable. Le cuento a mi mujer que debo descuidarme menos, pero me conoce y hace bien en no creerme. Sabe que hay cosas en las que no soy de fiar. Trasnocho cuando puedo entre novelas de intriga y cine negro de la RKO. Escucho jazz de los cincuenta y blues del delta

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