12.9.15

Leer

La cosa es si lo que yo entiendo por ser feliz lo comparte alguien de un modo absolutamente íntegro. No digo alguien que te ame, con quien formas un hogar y traigas maravillosos hijos al mundo. No hablo del amor, que es el que hace moverse al cosmos. Lo que rumio a estas horas de la noche es si en el bendito mundo - lo es, lo es a pesar de todo - alguien coincide conmigo como si fuese una escisión de mi cerebro embutida en otro cuerpo. Puede ser un ciudadano del pueblo de al lado o de las antípodas del mapa. Lo fascinante es la posibilidad de que de verdad exista esa persona. No creo que de entre todas las criaturas que pueblan los pueblos diminutos y las grandísimas ciudades no haya nadie que sea yo mismo. De entrada podría intimar con él -no descartemos que sea una hembra, por qué no habría de serlo - y airear asuntos de los que nunca antes di carta de presencia alguna. Ni siquiera esta manía mía de escribir -con todo lo que uno que escribe larga y con todo lo que hay de charlatán en quien no para de contar el mundo o de contárselo a sí mismo - hace que sepa con nitidez cómo soy. No lo sé, no tengo ni idea. Voy que corto hacia los cincuenta y no poseo de mí más conocimiento del que tengo de algunos buenos amigos. Creo que saber el lugar al que me dirijo, creo saber qué ando buscando cuando llegue allí, pero hay distracciones en el camino que hacen frágil la misión que lo encauza. Dicho de otra manera: no hay día en que algo que yo haga no me sorprenda. Como si fuese otro, como si mutase dentro de mi persona la parte en apariencia invariable que hace que los que me aman me sigan amando y los que no me soportan sigan sin soportarme. Por eso piensa uno en la felicidad, que es un asunto de poco asiento en la vida diaria y mucho predicamento en la filosofía y en los prontuarios infames de los coelhos y los bucays del mundo. No se es feliz: se está feliz, se siente una brizna de felicidad que, luego de invadirnos, se fuga y nos deja con el mal cuerpo que todos conocemos. Con lo que yo me siento feliz es con la incertidumbre. Creo que es lo que más me apasiona. No saber, no tener nada completamente claro, no poseer las certezas que podrían acomodarme y hacer que me pierda todas las vidas que, al vivir solo la mía, estoy perdiéndome. Y hay tantas vidas perdidas si solo se practica la propia. Por eso leer es algo parecido a la felicidad. Ahí quiero llegar: leer es ser otro, otro sin dejar de ser el mismo; otro dulce u otro atroz u otro convencido de que existen los viajes en el tiempo, los amores perfectos o el crimen hermoso. Por eso leo a Wells, a Proust o a Highsmith. Ellos me acompañaron este verano. Los tres me transportaron a lugares en donde antes nunca había estado. Leer hace que tu cabeza posea todo el cosmos en su interior. Eres como un dios caprichoso y rudimentario, un ser privilegiado al que el azar o la conjunción de todas las causas y de todos los azares le ha hecho poseer la llave que abre todas las puertas. Leer hace eso: que no haya puertas. Y el mundo tiene tantas y están tan custodiadas por guardias tan terribles. Si hay por ahí alguien como yo estaría encantado de invitarlo a café y sentir que no estoy tan solo. Solo a pesar del amor y del hogar y de los hijos y de los cuentos de Borges y del piano de Bill Evans a las dos de la madrugada. 

30.8.15

Ventanas abiertas

Hay que huir de lo viral. No es sano, no alimenta, esparce, fractura, disgrega, hace invisible el alma o la cuartea o la pervierte. Lo viral incluso demoniza, hiere. De cada uno de nosotros permanece lo que se vuelca en la red y es esa información registrada a la que se acude y con la que se cuenta. La realidad se echa a un lado y deja que la red la suplante. Lo que hacemos, a lo que nos entregamos, se expone públicamente, se exhibe para que la intimidad sea un alarde. Le hacemos fotografías al pie cuando lo ponemos por la mañana en el suelo, al dejar la cama. Ofrecemos la cama misma, el mapa que el cuerpo ha dejado en la sábana. Mostramos el selfie del afeitado o el del primer bostezo o el del café humeando en la cocina. Somos voyeurs de los otros y ellos lo son en la misma apasionada medida de nosotros mismos.

París no es una ciudad para un turista sino una experiencia y nos la venden como experiencia, como realidad adquirida, integrada y disponible en nuestra memoria. Vamos a París para contar que hemos estado en París. Para que en adelante los demás, al oír la palabra París, piensen en nosotros y recuerden que hemos estado. Como no es posible difundir universalmente, sin concurso de la tecnología, la noticia de que hemos visitado París, usamos la red para viralizar esa experiencia. La convertimos en trending topic de los amigos cercanos, de los compañeros de trabajo o de los casuales que de pronto, sin conocernos en absoluto, saben qué hicimos y lo estupendo que fue hacerlo.

Lo que da miedo de este escaparatismo absurdo es que le estamos quitando la parte romántica de la que nació al hecho de viajar o de salir de paseo o de tomar copas con los amigos en la terrraza de un bar. Importa más el contar que el sentir. Se nos ha educado a permitir que el vecino nos fisgonee y a sentirnos autorizados a proceder también de esa forma. No existe el pudor de mirar cuando descubrimos a alguien acometiendo algún acto privado (ponerse unas lentillas, leer el periódico, acicalarse frente al espejo, calzarse o desvestirse) sino que irrumpe un deseo vivo de conocer de primera mano lo que el azar difícilmente podría presentarnos de nuevo. Se trata de saber más y de hacerlo sin compromiso, a hurtadillas, en sesión privada. Se está fomentando que el placer se adquiera en esa privacidad limpia (o limpia a medias, según se mire) de la pantalla del ordenador. 

Tenemos las ventanas abiertas y hemos dejado que todos los ojos las crucen. Los nuestros, en cuanto pueden, también se encomiendan al vuelo y buscan ventanas que franquear y en donde ver si los otros, los inquilinos, se nos parecen en algo, si beben a morro o si escancian delicadamente el licor en la copa, si trasnochan o se van a la cama pronto, si leen a Kafka en la playa o a Coelho en el cuarto de baño. No hay información que no pueda estar registrada y disponible para que la decodifiquemos. Los secretos, al revelarse todos, dejan de tener la importancia que tenían. Los pocos que todavía están custodiados, mimados en la intimidad, se venden después más caros, pero no dejan de ser una mercancía, un objeto canjeable. Y el desquicio va a más y no se advierte oposición excesiva a ello. Sabemos que se nos roba a cada entrada en google, pero aceptamos de buen grado el robo; sabemos que se nos espía, pero entregamos con gusto lo que vienen a buscar. Ahora los espías saben que ando buscando cables nuevos de interconexión para mi equipo de alta fidelidad. Me lo recuerdan en todos los portales en los que entro. Me dicen que todavía no he satisfecho mi deseo y me rinden toneladas de modelos de precios asequibles o escandalosos. Y al menos en eso de buscar cables en la red no malogro nada, no pierdo la compostura, no me deslizo por el lado oscuro, ni me cito con hembras famélicas, ni con activistas del amor libre o del yihadismo  o de amigos de Coelho, ay. Soy vulgar, soy prudente, no sé, quizá esté todavía asombrado y me mueva con tiento y no la haga para no temerla. 


17.8.15

Big Data Breakdown Shit



Dios ha abandonado Detroit, pero no se ha llevado los libros. Los de la fotografía pertenecen a la biblioteca municipal de la ciudad donde emergió la más potente industria automovilística del mundo y el sello de música negra más emblemático de la historia de la música, la gloriosa Tamla Motown. Ninguno de los vecinos ha entrado para saquear las estanterías. Quizá la razón por la que las bibliotecas cierran es porque la gente no lee. No interesa, no es algo que vaya a llevar a ningún sitio, no se puede esperar que leer haga que la vida sea mejor o que los problemas desaparezcan. La autoridad declina vigilar lugares que no propician el robo, asume que no habrá descerebrado que se arriesga a ir a la cárcel por unos libros. Yo creo que incluso descartan el hecho mismo de que el robo de libros pueda ser condenatorio. Cárceles llenas de intelectuales pobres, comedores en donde los platos no caben en las mesas porque los comensales están terminando de leer a Pynchon o un volumen sobre mitología nórdica. El que lee sabe lo que cuesta aplazar el final de una obra por un cometido tan irrelevante como almorzar o tener que ir al trabajo. Se demuestra el grado de cavernalismo de la sociedad por cosas como ésta: antes eran las bibliotecas lo primero que saqueaban los ejércitos. Imaginaban al libro como una suerte de arma también. Los pueblos iletrados han sido siempre más reacios a la defensa combativa. Han preferido ser invadidos. La invasión de ahora no cuenta con ejércitos que recorran las calles y exhiban sus tanques y sus armas - que también según donde ponga uno el dedo en el mapa - Se trata de otra invasión menos invasiva, digamos. A veces ni se nota que está en marcha. Ni estando muy atentos se percibe, pero el daño está hecho y va a más. Una de las cosas que se pierden irremisiblemente es la identidad. Nos la arrebatan. Nos dejan sin la insignia propia de cada pueblo. Borran las costumbres. Lo propio de cada pueblo lo hace más fuerte, lo mantiene unido contra lo que lo acecha. Nos estandarizan, nos nivelan, nos igualan. Lo asombroso es que no encuentran resistencia alguna. Es más: en ocasiones se percibe incluso cierta afectuosa adhesión. La maquinaria es imparable; imparable e invisible. Se llama Big Data. Le han puesto ese nombre de fonética fácil, aunque esté trenzado con el latín y con el inglés. Así todo el mundo lo entiende bien, que es de lo que se trata. El Big Data es el que está vaciando las catedrales de los libros, las benditas bibliotecas. Dios ha abandonado los anaqueles. Está en bits, en ceros, en unos, anda por ahí, si es que anda por algún lado, comprobando el nuevo terreno en que moverse. Hay que creer, se tiene que poner un poco de fe. De no creer, de no interponer la fe en el conflicto - todo son conflictos, a poco que se mire todo son conflictos - las bibliotecas dejarán de ser lo que son. Otra cosa serán, otra, seguro, pero no bibliotecas. Las convertirán en parques temáticos. Venderán hamburguesas a la puerta. Te pondrán una pulsera para que accedas a todos los departamentos.



14.8.15

Teselas austrohúngaras

A mi amigo Pedro le fascina la palabra tesela. Hay palabras que dicen más de uno mismo que parlamentos enteros. Por eso las pronunciamos con una especie de pudor. Como si revelasen de nosotros lo que no conviene. Como si abrieran un secreto o dejasen todas las puertas del alma abiertas y dejásemos que la realidad las rebasase. Palabras que tutelamos como tesoros. Quizá no tengamos otros. Somos las palabras con las que descerrajamos el himen fiero de lo real, que no se sabe bien qué es. Como cuando de niño descubres un juego y lo conviertes en el centro del mundo. Así son las palabras. Las hay que te poseen y hacen que todo gire alrededor de ellas. Sucede, aunque no te percates. El poeta tiene conciencia de las palabras. Sabe qué peajes exigen, conoce el veneno dulce que apresan. La vida duela, las palabras duelen, pero alivian, sanan, hacen que el trayecto sea vivido. Escribo esto en la sala de espera del centro médico. Espero a que la doctora me diga si estoy sano. Nunca se está sano del todo. Va uno aplazando el ideal de salud o lo cancela del todo. Con tal de no perderla completamente vale todo lo demás. El dolor es el que no sabemos llevar. No estamos educados para el dolor. Leí una vez que en un hospital - creo que en Estados Unidos - no solo iban payasos a animar a los niños enfermos: habían contratado cuentacuentos. La felicidad viene de las palabras, de las historias que las palabras van trenzando. Cuando las escuchamos, si estamos de verdad atentos y nos cautivan enteramente, se interrumpe el dolor, se vacía el caudal del daño que nos produce. No es un cese completo. El dolor vuelve siempre. Lo que importa es la voluntad de administrarlo. Y lamentablemente no siempre sucede, no es posible en cualquier circunstancia gobernar lo que nos rebaja. Tampoco en eso estamos educados. En aceptar las inconveniencias, en consentir que la vida vaya en serio, como decía el poeta, y nos zarandee y malogre todo lo bueno a lo que aspiramos. Creo que me toca. Le diré a la doctora que he sido un niño bueno y me he tomado todas mis pastillas. Me dirá que no habrán sido suficientes. No podré, como hacía magistralmente Berlanga, colar en la conversación la palabra austrohúngaro. No vendrá al caso. No sabré calzarla bien entre las demás palabras. Ni tesela, Pedro, ni tesela. 

12.8.15

Hace un año que no sé nada de Lucía


Fotografía: Joaquín Ferrer

Carlos y Lucía
Nada más despertarse, antes de pensar en nada, incluso antes de decidir qué hacer, buscaba un café. Lo preparaba a ciegas, tanteando más que otra cosa, sin el esmero de cuando uno está ya bien despierto. El aroma la iba poniendo en el mundo, contándole las aristas de la realidad, la rutina inevitable. Se lo tomaba a sorbos muy lentos y el día iba creciendo conforme el café le iba entrando. Luego se componía para salir. Unas chanclas azules, un pantalón corto cualquiera y una blusa de tirantes. Metía en el bolso el móvil y rumiaba la idea de hacer algo diferente. No ir al mercado para llenar la despensa, no mirar en el cajero el saldo de la cuenta, no volver a casa pensando si dedicarles unas horas a limpiarla y ordenarla un poco. De lo de Carlos hacía ya un mes. No fue un mes dramático. Ni siquiera echó en falta su presencia en la cocina, esos minutos primeros del día en que los dos bebían café, sin hablarse apenas. De Carlos le encantaba que no la tuviese en cuenta a todas horas. De hecho fue lo primero que le gustó de él: esa indiferencia cómoda, ese estar sin que molestase o agradase su presencia. Incluso se amaban sin el ardor que se imagina en los amantes. Una mañana, una de mucho frío, en el que buscó su cuerpo en la cama, sin encontrarlo, razonó que Carlos se había marchado. Hay cosas que una sabe, hay evidencias que no pueden ser en modo alguno explicadas. No se dijeron nada entonces, cuando buscaron el piso y dieron el visto bueno a sus grandes ventanales, desde donde se veía la calle, las terrazas  ocupadas por cientos de turistas, el hervir melódico de los coches atareados en desaparecer y dejar que otros ocupen su lugar en el mundo. Tampoco ahora. La primera vez que se preparó el café sin él no reparó en lo sola que estaba. Podía ser un error, una licencia narrativa, como le gustaba decir. En su ausencia, podría terminar de escribir la novela inacabada, pensó Lucía. De seguir sin escribir, le decía Carlos, acabarás olvidando la trama, se te difuminarán los personajes, no sabrás nada, no habrá quien la entienda cuando te la publiquen. Al terminar el último sorbo de café, Lucía sacó el portátil, encendió un cigarrillo - cosa que jamás hacía estando él en casa - y buscó la carpeta. Café. Le pareció un título irrelevante la primera vez, pero fue ganando peso. Le encantaba esa brevedad. De un modo que no entendía, esa palabra deshilvanada, un poco hueca, sin asidero del que prenderse, decía más que un título rimbombante, de los que se quedan de momento en la cabeza y hacen que los lectores se inclinen a abrirlo y leerlo. Esa mañana Lucía no salió de la cocina. Escribió lo suficiente como para tomar el timón de la novela y admitir para sí que no se le volvería a escapar nada. No pensó en Carlos en todo ese día. 

Carlos
Todo lo que vino después lo recuerdo vagamente. Sí entonces fue importante, si me molestó e hizo que sintiese pena o dolor o todas esas cosas tan dramáticas con las que ella llenaba su novela, no lo es ahora. Fue la llave la que lo contó todo, la puerta que no se abre, el olor a café detrás, el timbre inútil y Lucía adentro. Bajé al bar de enfrente. Me senté en la mesa de siempre. Miré a las ventanas. Las cortinas estaban descorridas y Lucía se movía arriba y abajo. No sé si me vio, no se saben esas cosas. Es posible que no dejara de verme, pero ni una sola vez la descubrí buscando la mesa, percatándose de que yo andaba ahí, esperando no sé qué respuestas. Tampoco tenía preguntas. Nos queríamos sin la certeza de que lo hiciéramos. Uno de esos amores modernos, decían los amigos. Lo extraño es que durase tanto.


Lucía
Esa mañana hice dos cosas importantes. La primera, cambiar la cerradura. Después le envié un whatsapp. Nada patético. Unas sencillas instrucciones de cómo recuperar sus cosas. Elena fue comprensiva. No hizo preguntas, no se hacen preguntas. Solo me dio un beso y me deseó suerte con la novela. Cuando vi el doble punteado azul, borré el contacto.

Carlos
Elena fue un encanto. No hizo falta que me consolara. Yo venía ya conforme. Cogí la maleta y le dije adiós en la puerta. Me besó con ternura. Le pedí que no dejásemos de vernos, pero Elena y Lucía son íntimas. Los íntimos hacen un sitio numantino y no hay quien entre. Mientras colocaba la ropa en los armarios, en los cajones, sonó el teléfono. No era Lucía. Ni siquiera Elena. Uno siempre recuerda el último beso, no los cien que dio antes. Los hombres somos así.

Juan
Me pareció bien llamar a Carlos. Siempre que empiezo una relación pienso en cómo las malograron los otros, todos los otros que estuvieron antes de mí. Y Lucía tuvo dos, que me confesara. De Carlos me reveló lo educado que era. Quizá lo dejó por educado. Yo podré caer en otros defectos, pero no brillo por tener una educación refinada. No la tengo. No me la dieron. O no la quise. Lucía busca en mí lo que no tiene. De entrada yo no leo. No va a encontrar un lector en casa. Ella tampoco se interesa por los deportes. Se puede vivir bien así. Sin compartir aficiones. Mis padres lo hicieron toda la vida. 

Lucía
Todavía está en casa un pendrive de Carlos. Tiene unas fotos de cuando estuvimos en Lisboa. Fueron unos días bonitos, la verdad. Ni me acordé de mi novela. Mientras él dormía en el hotel, yo paseaba la ciudad. Le despertaba después, bien entrada la mañana, con café humeante. Lo bebíamos en la terraza. La ciudad invitaba a esa pereza consentida de no decir mucho. Recuerdo las tardes en la habitación. No era un amante festivo, como dice Elena del suyo. Carlos es de los pocos hombres que no exigen cama. La aceptan, cuando llega; la disfrutan, incluso mucho si se tercia, pero no es algo que le entusiasme, ni que eche de menos. En Lisboa fue un amante estupendo. Eso es mucho más de lo que podría decir del resto del tiempo en que vivimos juntos. 

Carlos
Sigo sentándome en la terraza frente a la casa. Las persianas están echadas a veces, pero a Lucía le costaba dejar que el día lo iluminara todo. Las abría a media mañana y a veces cuando caía la tarde. Hoy no parece que esté. Ojalá baje un día y me mire y tenga que acercarse. No sabe eludir un saludo. Tampoco cuenta con que yo vaya a subir. Sabe de sobra que no me gusta empezar las cosas. Basta que baje. La invitaré a un café. Le preguntaré cómo va la novela. 

Elena
Lucía no entiende la vida, no con lo que ha sufrido. No sé la de novios que ha tenido. Cinco. Siete. A todos los largó y siempre me tuvo cerca para lo que quiso. No es que yo sea experta en consolar a nadie, cuando ni yo me consuelo, haciendo la falta que me hace, pero las amigas están para eso. Para lo que quiera. Cansa que no pare. A algunos les toma uno cariño. Carlos era el menos ruidoso. A mí me encanta la gente que no se deja notar. De los demás no puedo expresar afecto alguno. A Juan, el último, el que se ve venir, le imagino menos duradero que los otros. Se adivina ya en la primera conversación. Yo creo que si termina la novela de una puñetera vez, si la acaba y se la publican, Lucía se echa un novio serio, de los de boda y planes de futuro, pero no le veo las ganas. Se distrae, la distraen. Igual es ésa la vida que le gusta y la novela le sirve para justificarlo todo.

Carlos
Me acaba de llamar un tal Juan. Dice que Lucía está libre y que le toca a él probar. No lo ha dicho así, pero casi. Me pregunta cosas íntimas, que yo rehuyo responder, pero hace lo que yo no supe: planea las cosas, les da un protocolo que no es perjudicial nunca, Lucía estará entusiasmada un mes. Irán a Lisboa, por qué no. Luego se ensimismara con el café, en la cocina. Le molestará que le hablen. Y por nada del mundo, le he dicho a Juan, minusvalores la novela que está escribiendo. Lleva toda la vida escribiéndola. Hay novelas muy largas.

Joaquín
Me han dicho que tenga cuidado las veces que salgo a la calle con mi cámara. Comprendo que a la gente no le guste que no se les pida permiso para fotografiarlas. Las cosas se ven distintas desde este lado, y no siempre tiene uno la habilidad de hacer ver los motivos. Los míos no precisan una explicación, pero estaría dispuesto a darla. Ayer vi a un pareja en una terraza. Se daban la espalda, pero pensé que se conocían y el gesto, darse la espalda, era una especie de escena ensayada o de acto final de una tragedia o de una comedia ligera. A mí no me interesan las historias de las cosas que veo. Me limito a registrarlas. Adoro ese registro, minucioso a veces; impulsivo, otras. En esa ocasión me coloqué frente a la cristalera del local y disparé. No creí que estaba haciendo nada maravilloso, aunque hay ocasiones en que, antes de darle al clic, aprecio el prodigio que tengo delante y rezo para que nada se pierda. Admito que a veces doy con instante y con el encuadre y con la luz. No sé. No es cosa de contar ahora cómo se hace una buena foto. Esta no lo fue. Me gustó verme ahí detrás, en el cristal, duplicado. Como si los conociera. Como si la historia que estaba a punto de inventarme pudiese ser cierta y me incluyese a mí. Como en una película de Antonioni.

Lucía
Café no sale. Se atranca. Parece que avanza, pero no hay movimiento. Tampoco yo avanzo. No me muevo. Estamos los dos. Mi novela y yo. Los demás vienen y se van, pero al final somos los dos. Carlos, por lo menos, se preocupaba por Café. Dicho así, Café, parece que, en lugar de una novela, hablo de un perro. Hoy un hombre nos ha hecho una foto. El hombre que estaba a mi lado no lo sabe, pero él será quien me ayude a terminar la novela. Son cosas que se saben. Se lo estoy diciendo a Juan. Le estoy diciendo que no vuelva a casa. Un whatsapp corto: "No vuelvas a casa, Juan. Le mandaré las cosas a Elena". Ella siempre comprende, siempre acata. Uno de estos días me dirá bien claro lo que piensa.

Joaquín
Ella me ha mirado. Parece reprenderme. Él sigue a lo suyo. Lee en su móvil. Creo que está a punto de venir y pedirme que borre la foto o que haga lo que se me ocurra con tal de que no la tenga. Lo haría. Por supuesto. No razonaría con ella. No podría hacerle entender que no puedo dejar de fotografiar lo que voy viendo. Y que no dejo de ver cosas. La realidad está ahí para registrarla. Lo que no se guarda, se pierde, le diría. Ahora se me acerca.

Lucía
Alguien me hizo una foto. Alguien con barba canosa y una camisa blanca. En realidad nos la hizo a los dos. Disparó en el momento en que yo decidía que Juan no seguiría conmigo. En el momento en que el hombre sentado a mi espalda contestaba el teléfono. En ese instante. La fotografía no lo cuenta. Cómo podría hacerlo. No lo cuenta, pero yo lo sé.

Alberto
Le dije por teléfono que en un mes la novela estaría acabada. La daría al corrector de la editorial, dejaría que hiciesen con ella lo que les viniese en gana, pero Azúcar debía estar en las librerías. Me faltaba darle unos retoques, nada, poca cosa. Hacer que alguien desaparezca definitivamente, hacer que alguien regrese y ya no se marcha. Muchas novelas terminan así. Con gente que va y que viene. Que uno se aleje puede ser tan buen final como que otro se acerque. La literatura es un misterio. De ahí su belleza.

Elena
Hace un año que no sé nada de Lucía. Tendrá quien lea lo que escribe. Quizá le baste tener un lector privado, uno que esté siempre dispuesto a sentarse y a escuchar sus historias. A mí hace un año que no me cuenta ninguna. Estarán todas en los libros.











9.8.15

Tras la guarida / Cuando nosotros / La segunda novela de Rafael García Maldonado



Una de las primeras cosas que pensé cuando acabé Tras la guarida (Playa de Ákaba, 2015), la segunda novela de Rafael García Maldonado, fue la de la intimidad con la que se lee. Se tiene la sensación, no leve, ni siquiera esporádica, de que la verdad que revelan los protagonistas, una verdad matizada o discutible, es más una confesión, impregnada del pudor que las confesiones acarrean, que una narración literaria, con toda la exhibicionista forma de contar con la que a veces (las más de las veces) los novelistas despachan sus novelas. Y Tras la guarida, en su brevedad, es una novela entera, muy bien pensada, escrita con mimo, resuelta con mucho amor por lo contado, acabada (o no, según uno estime, a capricho de la hondura que se desee emplear en el registro de las cosas que García Maldonado cuenta), una de esas novelas que gana con el tiempo y que precisa una segunda lectura (la que yo le estoy haciendo justo ahora) para que se asiente todo lo que dice, que no es poco, ni debe ser adelantado. Lo que entabla el autor es un juego narrativo con el lector, no uno de esos juegos de aliento metaliterario. No hay voluntad de hacer una novela compleja: la dificultad de la lectura proviene del modo en que la historia debe ser contada. No imagino que todo lo que sucede en Majer, esa invención topográfica formidable que modula en cierto modo la deriva narrativa de la historia, pueda ser aireado de otra manera más eficaz. Novela de voces, Tras la guarida es una historia de amor en la que se cruza una historia de dignidad o una historia de la memoria, que es un personaje en sí mismo, modulando también los monólogos (espléndidos algunos, sobre todo los de Manuela o los del Doctor Rey) que fragmentan la lectura, dulcificando lo que, visto después con perspectiva, carece de dulzor. 

Tras la guarida no es tremendista al modo en que lo es el modelo en el que se fija (los posiblemente referenciados Faulkner, Dos Passos, Onetti o Benet). Se afilia con dignidad a todos ellos (entendiendo que no es bueno en literatura escribir con la mirada puesta en literatura ajenas) y busca también un registro personal, una manera propia de expresarse, un gustarse en la idea de que el novelista se va haciendo. Quizá por eso convenga ese realismo, no sé si tremendista o de un dramatismo áspero y trágico. Es en el realismo en donde García Maldonado se explaya y deja volar los fantasmas de adentro, las voces que le cuentan lo que pasó. Le preguntaron en la presentación  de la novela (muy amena y familiar presentación) el lugar en donde surge la historia. Lo explicó, lo dejó ahí, a beneficio de fabuladores. Yo quise ir más lejos: no las razones que principian la trama sino las razones que las principian todas. Yo lampaba por saber, más siendo un novelista joven, todavía en ciernes, la arquitectura de la novela, los compartimentos en donde iba dejando los materiales de construcción y a los que acudir, según las conveniencias, cuando la maquinaria de la escritura arrancase. Adoro esa maquinaria. Rafael (ya lo llamo Rafael) lo sabe. No me interesan siempre los argumentos, que los hay excelentes malogrados después en una escritura que los arruina. Es el prodigio de esa construcción lo que me fascina. Por eso Rafael ha escrito una novela admirable. Porque está ensamblada de un modo inteligente y exige inteligencia al lector, ese lector que propugnaba Umberto Eco. La escritura de la guarida es muy buena, de un provincialismo tierno que hace pensar en Baroja o en el cine de Bardem o de Berlanga o incluso del Buñuel más último. Decae (en muy contadas ocasiones, sin lastrar la eficacia de lo que está contándose) por la densidad de todo eso que está siendo contado. Y ahí está el mérito (enorme) de su autor: el de condensar, el de hacer un portentoso relato largo, que no una novela al uso, y no temblar en el registro estilístico de todos los personajes por cuyas bocas esa historia es narrada. 

La trama no se deja contar, no se debe difundir. No siendo una novela guerracivilista, parte de ahí, del desastre, como se dice en la novela. De ese desastre se expanden todas las historias que hacen la historia principal y todas las pequeñas ramificaciones que la alimentan. El ajuste de cuentas de la literatura española con la Guerra Civil produjo un hartazgo que Rafael conoce y al que no ha deseado caer. Maneja una de esas ramificaciones, la del alcade del bando ganador del conflicto recluyendo al alcalde legítimo, al republicano, en una choza, en un refugio, desde año 39 hasta el 44, y la estira y la carga de dramatismo cuando hace falta y la alivia, insuflándole romanticismo, cuando conviene. No habrá spoilers, no hay mayor placer que ir avanzando en el discurrir de los personajes, que son los verdaderos escritores de la trama, en esos monólogos en donde Rafael ha dejado todo el peso de la novela. La pueblan los fantasmas, los que vienen del pasado y hacen valer su nostalgia, pero también hay héroes (el doctor, probablemente el personaje que me ha llegado más hondo) y hay atormentados. Todos, en cierto modo, lo son. Se impregna todo de dolor, es cierto. Es una novela dolorosa e imagino también el dolor de alumbrarla, de contar esa distracción (a decir del autor) entre El trapero del tiempo, la anterior, un tocho respetable, y la siguiente, de la que algo dejó dicho cuando presentaba su guarida. Va este hombre haciendo mayor en las letras. Espero no faltar cuando presenta su tercera. Y leerla y contar por aquí, entre el afecto y la admiración, la reseña del libro.




9.7.15

Split

El tema de conversación favorito del verano es el verano mismo. Uno cree que podría hablar bien y hablar mal del verano en el mismo hilo narrativo. Decir que el verano es el infierno y, a continuación, sublimarlo, considerarlo la estación perfecta, ponerlo en un lugar muy alto y esmerarse en que no haya forma de echarlo abajo. No hay año en que, caída la calina, ofrecida como un espasmo en el aire y en el ánimo, no deje uno la oportunidad de contar la épica del sol, su supremacía insobornable, el modo en que nos gobierna mientras luce allá arriba. Lo malo son las noches. Lo insoportable es que el día no acabe. A las noches se les encomienda siempre el alivio que no nos depara el día. Hay días que se malogran porque la noche que los precede la arruinó el insomnio o el calor interminable o la vigilia de la cabeza, que va a lo suyo y no permite que la dejemos a cero y podamos dormir en paz. Por eso ha empezado el verano de un modo tan inoportuno. No importa - o importa poco, la verdad - que acabe el trabajo y arranquen las anheladas vacaciones: solo hay calor, solo está el sudor haciendo un mapa sucio en la piel, solo deseamos refugiarnos bajo el agua o a la vera del split, ese invento maravilloso, que igual puede estar matándonos, pero es una muerte dulce y la abrazamos gustosamente, poniendo una sonrisa de consuelo, sintiéndonos confortados, libres, puros, invitados al festín de la armonía entre el cuerpo y el espíritu.

29.6.15

Hay días en que uno se siente hospitalario consigo mismo...



Hay días en que uno se siente hospitalario consigo mismo. Como si no se conociese en absoluto y de pronto le sobrevinieran unas ganas enormes de agradarse y de procurar los afectos con los que normalmente no procedemos. Está bien no tener las cosas claras. Bien que, por ejemplo, uno se levante inseguro y frágil y planee el día a tientas y sienta que todo se puede venir abajo. La nota aparece manuscrita en el interior de un libro (El libro del desasosiego, Fernando Pessoa) y la vi anoche, cuando lo entresaqué de su balda por ojearlo, por leer alguna cosa a vuelaojo, antes de irme a la cama. No sé cuándo la escribí. No sabiéndolo, no parece ni mía siquiera. Solo la primera frase se ha mantenido en mi cabeza y creo haberla usado en algún poema. Hay frases que creemos haber descubierto, pero no son nuevas: están ahí dentro, no se delatan de inmediato, pero en cuanto tienen ocasión, a poco que encuentran una fuga, se liberan, se ofrecen, piden que las atendamos. No es una lectura propicia la de Pessoa antes de conciliar el sueño. O lo es enteramente. La hoja (un folio en blanco roto en su mitad sin esmero) no tiene fecha y soy incapaz de pensar en cuándo fue alojada en ese recinto perfecto. Mi letra ha variado poco en los últimos treinta años. Puede ser de hace diez o de hace veinte. El libro es más antiguo. La primera vez que lo leí fue en época universitaria, recomendado por mi profesor de Teoría Literaria, Luis Sánchez Corral, al que echo de menos y con el que me encantaría (ay) charlar sobre Borges (otra vez) en El Platanín, en la calle Jaén, cerca de la Facultad que los dos amábamos. Hay días en que uno se siente nostálgico. Como si la nostalgia conviniese y nos atiborráramos de ella a posta, sabiendo el bien que nos hace. Hace calor hoy en Lucena. Igual el hallazgo es una señal. Empieza el verano y Pessoa puede venir bien. Acabo de abrir unas páginas al azar y compruebo que sigue siendo adictiva su prosa. Vas saltando de párrafo en párrafo. No se precisa una continuidad. Son fragmentos, retazos de algo, impresiones que, al registrarse, fijan una luz que nunca se apaga. Ah el libro de Pessoa lo compré el 21 de Junio de 1986. Esa costumbre (que no siempre mantengo) de escribir la fecha en que se adquieren los libros. 

26.6.15

Volver al cine



Sé de los zombis lo que me han mostrado las fantasías apocalípticas de George A. Romero o las temporadas de The Walking Dead. Sé también que, de haberlos, vivirían aquí, en este centro comercial que no llegó a abrirse nunca y al que el abandono ha cubierto de polvo y también de olvido. Está en la periferia de mi pueblo, al costado de un polígono que sobrevive milagrosamente a expensas de una gran superficie y de los negocios levantados a su costa. Fascina que nadie haya puesto un pie en ese suelo ahora irreconocible. Que las escaleras mecánicas no se hayan accionado jamás o que ni siquiera se haya acometido un mínimo servicio de luz eléctrica que ilumine los pasillos, las oficinas y las tiendas cuando cae la noche. Lo de los zombis es cosecha de autor: uno tiene la imaginación siempre alerta y cree que la ficción, la que más le conmueve, pugna por invadir la realidad. No dudo que en muchas ocasiones lo consiga. Se agradece que aquí se haya malogrado la tentativa. Duelen, sin embargo, otras cosas: duele la arrogancia del capitalismo, su atroz voluntad de impregnarlo todo. Debe ser la ambición la que ha construido este vacío. Ella será la que quiso y después, a la vista de la escasez, decidió retirarse.

Además esta visión expande un modo cinematográfico de ver la vida. Hace que se piensen las cosas a veinticuatro fotogramas por segundo. Una vez instalados en ese rango cinemático, todo viene por añadidura. Se observa lo que no se deja apresar por la vista: lo que está y no registra el ojo. Diríamos que obramos siguiendo los dictados de la fe. Creemos en cosas que la razón no consiente. Así imaginamos vida donde no la hay. Concebimos un universo que difiere del ineludible universo de todos los días. Por eso tal vez abrí mucho los ojos cuando vi este pasillo. Luego saqué el móvil y saque una única fotografía. La dejé ahí, pensando en qué hacer con ella. Hoy me ha sobrevenido la imagen un par de veces. He fabulado la posibilidad de que de noche, cuando las luces del polígono se apagan, acuden seres extraordinarios y fatigan las plantas vacías, las recorren sin motivo. O con todos ellos. Nosotros, a nuestro modo, cuando las luces se apagan, al cerrar los ojos, nos evadimos, concebimos universos que no existen, caminamos calles de ciudades invisibles. Sin motivo. Con todos. Volver al cine siempre. Caer en la cuenta de que todo está aliñado de cine. Que lo real es una extensión suya si uno no pone muchos reparos.

22.6.15

Set the controls for the heart of the sun



Acabo el día escuchando las psicodelias de los primeros Pink Floyd. No sé si es en trance como hay que entrar en estas sesiones o con un espíritu limpio, en absoluto contaminado. Sé que la cosa lisérgica ha ocupado la entera extensión de mi cabeza sin que mi cuerpo haya recibido la tralla de los fármacos. Entusiasmado, izado, conmovido incluso, he viajado al Londres de los primeros setenta. En el viaje, he visto escena de Blow up de Antonioni y juro que tuve pantalones de campana, patillas de doce centímetros y, pese a mi alopecia, pelambreras respetables. He comprendido, en cinco o seis piezas, el poder de la música. No ha sido una revelación, no ha llegado la cosa a tanto: uno sabía bien que hay discos que pueden salvarte la vida o malograrla. Lo que en este rato he percibido es la sublimación de un modo muy concreto de entender el mundo. No es posible que hoy en día salgan discos como A saucerful of secrets. No habría productor que lo auspiciara, ninguno que lo refrendara. Lo bueno de aquellos tiempos es que se apreciaba cierto desquicio creativo que hoy en día no existe. -Todos esos discos nuevos que pretenden innovar terminan haciendo pensar en tal o cual grupo, en alguno de los setenta, tan febriles, o de los ochenta, tan tarareables. Hoy soy de Pink Floyd, cuando ayer, a última hora de la noche, fui feligrés de Monk. Ha sido un día feliz en muchos sentidos.  Mis Bowers and Wilkins me han sonreído a su manera. 

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...