13.3.24

Elogio del ir


 


Lo importante es ir. No son asuntos a considerar las alternativas de las que se disponga para alcanzar la meta. De hecho, en ocasiones no importa la meta, la conclusión, la seguridad de que se ha realizado el trayecto y se está en donde se pretendía. Lo que perdemos por esa reducción argumental es el camino. Lo han dicho los poetas. Se me ocurre Machado (caminante, no hay camino) y Kavafis (pide que el camino sea largo) No se disfruta el final, no hay disfrute absoluto al concluir si antes no se ha tenido la precaución de imaginar que no hay final que llene completamente. Perdemos esa voluntad siempre, la de apreciar la travesía. La educación que hemos recibido prioriza el resultado, no las operaciones que obran su existencia. Deberíamos cambiar el plan: hacer que el final no entusiasme tanto, desmontar el romanticismo del desenlace, hacer que cada pequeño fragmento de la historia que contamos valga como la historia completa. No sé si esa literatura triunfará. El cuento no tiene que acabar. No se tiene que ejecutar la venganza, no se deben cerrar las heridas, no se precisa el sacrificio para que el amor triunfe, todo en ese plan académico, puro, limpio. Los sueños son la verdadera literatura. 


Lo importante es soñar. No lo que los sueños cuentan, sino lo que prometen, ese limbo impreciso, ese delirio narrativo. Bien pensado, no cuenta nada. Sólo esbozan, tan sólo preguntan. No hay respuestas. Está el mundo tan mal porque todo gira alrededor de las respuestas. No nos hace falta saber el porqué del hipopótamo tirando del carruaje. Ni las razones del que lleva la brida y lo jalea. Ni la velocidad importa. Ni el destino. La cosa es ir. Lo importante es el desplazamiento. Esa necesidad de un destino ha malogrado la felicidad del género humano. Hay que cambiar el caballo por el hipopótamo. Lo de la estética es asunto menor, acaba uno acostumbrándose. Las imágenes poco a poco se ajustan al ojo. La memoria consiente estos dislates, los acuna, les da casa fiable, no permite que se emborronen. Al abrir el día hay que echarse a andar, fijar un destino, aunque el camino aplace la llegada o ni siquiera la permita. Los caminos tienen voluntad propia. A poco que lo piensa uno, admite sin titubeos esa intendencia suya. 

12.3.24

Elogio del ojo (y no sólo)

 










El ojo va a lo suyo, no se permite la renuncia a recrearse. Si se le hiere, se retrae, se comide. Hay cosas de las que prefiere apartarse, no darse por aludido. En otras, sin embargo, carece de pudor, se pavonea en el acto de mirar. No tiene otro cometido su concurso en el mundo. Tiene vida propia el ojo. Sabe bien su oficio. Invariablemente es cómplice de lo que no se ajusta al canon. Todo exceso apareja un desquicio sensible. A veces repara en lo minucioso y lo escudriña con vocación quirúrgica. También en lo que apabulla, en lo catedralicio. Su táctica no existe, carece de una normativa óptica. A todo le hace aprecio, aunque luego pueda rehusar la visión o regocijarse en ella. Las dos opciones son válidas. El hecho fundamental es procurarse distracciones. El sueño es una clausura. Él es de vigilia jubilosa. Puede contrariarse o sublimarse. Puede dar a un objeto en apariencia intrascendente la más digna de las atenciones. Puede eternizarse en una puesta de sol o en un escote de mujer en una fiesta. El resto del mundo (incluyendo copas de martini, canapés de caviar y tal vez el secreto de la eterna juventud) desaparece. Qué pensará la cabeza, tan dedicada a traducir el idioma de la luz. La de Sofía Loren está aturdida. Ella mira la rotunda verdad de la carne ajena. Y no sabremos nunca qué conclusiones sacó de la experiencia visual. De Jayne Mansfield, corta en dramaturgias, podremos asegurar sin margen de error que fue espléndida en orondeces. 



11.3.24

Propósito


Ser desocupadamente el claro vigía 

que registra el rumor leve de las cosas 

más pequeñas y no percibe la dura 

comisión de las más terribles, 

tan sólo saber oír a la hormiga 

arrastrar una hoja y no sentir la tormenta 

cuando arriba con escándalo arrecia. 

Así trasegar con lo oscuro hasta que lo oscuro 

prende su entero paisaje en el avisado ojo. 

Así vivir con la inacabable inminencia del milagro 

antiguo de la sangre desbocada en el cuerpo

y la urgencia del amor en el alma. 

10.3.24

Escribir es un acto divino



Tenía un cuadernito rojo de anillas en pasta dura con el que salía a diario. Lo compré con el propósito de escribir en los bares, que eran en esa época una residencia habitual y un rico escenario de ideas. Al rojo, que perdí, le siguieron algunos más. Ese transporte íntimo duró años. Más tarde, tal vez equivocadamente, fue reemplazado por una aplicación del móvil. Había días en que escribía frases sueltas, ocurrencias sobrevenidas sin que supiera qué hacer con ellas o dónde ubicarlas. Anotaba versos que darían poemas. A veces, las menos, poemas enteros. Hubo días febriles y también estériles. Los febriles ocupaban una parte del tiempo en el que paseaba (los filósofos peripatéticos se inspiraban al andar) o hacía cola en la charcutería o escuchaba la radio o tomaba café en una terraza. Al principio me cohibía sacar el cuadernito, delatar su presencia, hacer ver a los demás que una parte mía no estaba con ellos, lo cual no siempre era justificable pero tampoco algo que yo pudiera evitar, aunque aprendí a comedirme y a guardar memoria de esas pequeñas injerencias narrativas, que a veces solo eran ramalazos, notas sin cuerpo, destellos de una luz a la que todavía no había adjudicado un motivo o un cuerpo al que iluminar. El comedimiento devino orgullo. Aquí estoy, voy a escribir, este es mi cuadernito. Lo llamaba así. Los niños en la escuela nombran así a sus cuadernos de trabajo. No es nunca un cometido elevado, no tiene más utilidad que la de registrar la realidad, más valdría a veces no hacer caso, ni oír el rumor que prorrumpe a su antojadizo capricho, apartando otros rumores, pesando en una balanza secreta el invisible valor de unos y otros. No siempre se atienden los que de verdad importan, no existe una brújula, no se tiene propiedad del mapa ni instrucciones para entender sus marcas. Luego no todos los apuntes prosperan. Algunos son cancelados. Son brochazos (rudos en ocasiones) que no tienen después continuidad, pero hay otros de los que uno se siente dueño, salen sin que haya corrección, no se les asigna un cuidado mayor, aparecen con esa voluntad torrencial de quien, en parte, es mero instrumento de una fuerza interior que no gobierna o que no tiene interés alguno en gobernar y que le empuja a escribir. Se escribe por muchas razones y una es la que proviene de lo que no existe y se revela darle las palabras que lo crean o de cuanto ocurrió y se desea tener a recaudo, mimado en esa oscuridad luminosa de los recuerdos. Escribir es un acto divino. Hoy di con uno de ellos. Está sin acabar. Tiene una fecha al inicio: enero de 1996. Ayer nomás. 

7.3.24

Variaciones sobre unas piezas poéticas

 Motivaron estos textos que escribí los poemas que los titulan. Esas cosas se hacen con infinito pudor, con gratitud también. Se tiene la idea de que el poema no acaba ni siquiera en la memoria, sino que se desplaza solo, a voluntad, antojadiza y libremente. De ahí que me envalentonara. No sé si ese atrevimiento dice algo más que lo dicho en la maravillosa poesía que los alientan. Leer es también avanzar en la escritura ajena. Al pensar en ella, sin que urja a veces ese deseo de manera inmediata, el lector muta en escritor. También escribir es un acto de pura lectura. Uno es su catón primero, el que sanciona o el que se entusiasma. Estos textos provienen de toda esa maquinación de las palabras. Queda a capricho de quien lea ir o volver a los originales. 


Algo sucede, José Agustín Goytisolo, 1966

No llevamos redactando pasquines hasta el alba. Tampoco nos reunimos en extraños cafés, en sótanos, en mi casa. Sepa que dormimos mal y nos solivianta el miedo. Hace muchos años que abandonamos la lucha, pero dentro, en lo oscuro, debe andar todavía el que espera la oportunidad y mide con afecto y con devoción sus armas, las que luego terminan en palabras, en papeles confiados al amigo, a la espera de que algún día cuajen y la vida se abra paso y hayamos hecho que el mundo gire sin pegar un tiro.

Apología y petición, Jaime Gil de Biedma, 1961

De España queda el nombre. No la llamen madre. Los malos gobiernos y el pueblo mal gobernado han borrado toda posibilidad de patria. De todas las patrias, la nuestra es la más triste. Quiero creer que los que nos administran no son únicamente comerciantes. Me aflige pensar que sólo miren la soldada, el negocio redondo, el medro gris y la mesa puesta. Para que este país de todos los demonios levante vuelo hace falta que los pobres la gobiernen. Pido el sencillo escaño del descarriado. Me basta (hoy que me duele España como si alguna vez de verdad la hubiese amado) el sereno grano que germine en la boca del pobre y estalle en el aire y lo preñe de ilusión. Son los pobres los que salvarán al mundo, pero uno mira lo que tiene a mano, lee la prensa en el bar, apurando el café de la tristeza, y solo se ocurren ideas. Como si las ideas pudieran echar a los desalmados de sus grandes sillas, de su campo arado y de su sueño sucio. 

Agua subterránea, Carlos Sahagún, 1958

Yo sé lo que hay debajo de la tierra, lo confinado en lo profundo, lo reservado del aire. Para que brindemos todos juntos y el agua brinque libre por las peñas y el sol fornique con las sombras en los árboles, hay que abrir el suelo, hay que desenterrar la esperanza. Ahí andaba, a cubierto. La custodiaban fieramente. A salvo del mal. Sin que la arrumbara más adentro el olvido o la desgana. Qué mala es la desgana. Va cubriendo de gris las almas y va cerrando con tablones las palabras, pero llegará el día en que brindaremos todos juntos y el agua festejará el paisaje y el sol acuchillará la niebla y saldrá a la calle la esperanza, la enterrada, como una novia a la que de pronto le hubiesen estallado de pura alegría cien hijos en el vientre. 

Cadáver ínfimo, Ángel González, 1967

El mal va pudriendo el cuerpo, lo va demoliendo, dejándolo en una evidencia inservible para el cántico o para la lucha grecorromana. Uno se va muriendo desde que pone el pie en el infierno. Se muere a cachos, se muere sin percatarse de que uno se está yendo. Es la historia de siempre. La alegría iza su bandera en un costado y la tristeza planta un agujero en el otro para levantar la suya. Da miedo toda esta sórdida maquinación de las sombras. Porque tienen que ser las sombras las que nos acechan tanto. Vosotros, mis amigos, deberíais saber que, aunque estornude, soy un cadáver. Se me nota en el ancho inédito de un ojo. Lo tengo más abierto que de costumbre. Como si hurgara la luz y buscase un argumento con el que rebatirla. Me muero porque el mal me va ganando. Es el mal, oh amigos, el que nos derrota fatalmente. Si la bondad existiera en el mundo, si no hubiese tiranos, ni ganasen las batallas los de siempre, si los tahúres vieran cómo se pudren todos los ases que esconden en la manga, si Dios estuviese más al quite y nos librase de algún quebranto, no moriríamos nunca. Lo he dicho bien claro: no moriríamos nunca. 

Permanencia, Joaquín Marco, 1965

Menos mal que existen los parques. Que Verlaine y Machado amarillean en una foto que guardé en una caja de zapatos. Que el amor es más grande que la vida. Que la poesía irrita a los moralistas. Que la bondad del hombre pasea viejas avenidas y se para aquí y allá y aprecia la fronda de los árboles y la blonda sutilísima del viento. Que hay camino todavía y hay una caja de zapatos en la que caben más fotografías. 

El hijo pródigo, José Agustin Goytisolo, 1958

El pueblo es malo y a veces se ensaña con quien no debe. Lo cerca en un plaza y le cantan las cuarenta. Le nombra los pecados de la familia y le recita las bondades de la suya. Luego le perdona la vida y lo deja volver a casa. Allí, en lo puro, en la mesa camilla en la que se reza el único credo posible, él relata el asedio en las calles. La familia lo mima, le instruye en lo básico: en que debe alejarse de las manifestaciones, en que la formación docta y moral rehúye de las reuniones en los sótanos. Lo que están construyendo es un hombre de provecho. Tienen en un papel, custodiado en una caja, cerrada con cien llaves, los ingredientes inefables. Fervor a Dios primero. Modales después. Se le informa de que afuera reina el caos. En casa, a resguardo, se toma aire, se gana temple, se curte uno de moral y de casta. Lo que nunca saben es que después el hijo pródigo, pertrechado de ideales, cubierto con toda la gloria del apellido paterno, sale al mundo y visita los tugurios y frecuenta el cabaret, hace amigos en las timbas y folla con las putas contra la pared. Se le olvida toda la formación cristiana, intima con el enemigo, los alienta para que prosigan la lucha, les jalea en la cruzada contra los suyos, los que ganaron la guerra y la ofrecieron al cristo de su barrio, los que conducen el país y lo entierran en el barro. 

Noche triste de Octubre, 1959, Jaime Gil de Biedma, 1961

Uno se pregunta por el hombre y no encuentra una respuesta. Lo imagina en sus refugios, cubriéndose el cuerpo con las ropas del frío, tapándose el alma con las del amor. Piensa en los consejos de ministros, dirimiendo la altura verdadera del hombre, tomando las medidas para que no sea ni demasiado alto ni bajo en exceso, registrando en leyes todo el tamaño formidable de su dignidad, estudiando cómo conseguir que no se muera de miedo cada vez que abre la prensa y lee los avances del mal por el campo de batalla, toda la miseria sin significado ocupando las aceras. Y puede ser que ese dolor profundísimo con el que principia a veces el día vaya cediendo a poco que no pensamos en él y nos vamos entregando a nuestras labores, pero cuando llega la noche y el hombre se concentra en sus pesares y mira el techo de la cama en donde duerme el mal regresa como un cáncer rencoroso, ennegrece los muros, se filtra en los talleres mal iluminados (lo dice el poeta y lo dice muy claro) y no hay consejo de ministros que pueda zafarse del mal y de toda la desgracia que deja a su paso. De su cochambre, de su negro futuro. Ni el hombre reunido consigo mismo, hablándose en privado, en total confianza de sus posibilidades, puede evitar que el frío le devaste un costado y el hambre de justicia le socave el alma. 

Nota necrológica, Ángel González, 1962

Fueron diciendo lo que se les fue ocurriendo cuando le dieron la cristiana sepultura. Cristiana debía ser porque jamás se separó del catecismo de sus próceres y en ninguna ocasión se desvió más de lo consentido del camino que alientan sus páginas. Fue, en la medida de lo posible, un hombre bueno. No sé quién podría confesar alguna inconveniencia, pero si alguna hubo, a pie de nicho, se calla. Se le suelen dispensar a los muertos biografías formidables, pero la de nuestro finado no se engalanó más de lo necesario. Dijeron que fue honesto y que sirvió al Estado. El párroco comentó la impecable manera en que llevó su viudedad, las obras piadosas con las que cinceló su camino hacia Dios, las monedas que dejaba en el platillo. Los que le conocíamos más a fondo sabíamos de su amor por el orden, de su trabajo como contable, en un despacho municipal, registrando las cosas importantes, las que verdaderamente cuentan. Pulcro en caligrafía, esmerado en los números, no hubo funcionario más respetado. Al modo en que lo hacen los serviles, inclinó su torso más veces de las que su cargo exigía, pero le educaron en esas maneras y no se arredraba cuando un mando se excedía en las órdenes. De su bronquitis y de su miopía, mañanas frías, documentos largos, preferible es no hablar. Esa eminencia gris, cumplidora y recta, volvía a casa cada noche. Se desprendía de la rutina de las hojas con membrete y de los estadillos apilados en una bandeja. Era entonces el hombre al que enterramos. De su vida en la soledad de su casa no consta ningún registro fiable. Tampoco un frío comentario de los vecinos. Los elogios de los amigos a los que ya apenas trataba. Siempre su honradez. Siempre su formalidad. De los hombres formales se pueden esperar grandes cosas. Las causas nobles necesitan de ellos. La vida, en todo caso, no. Vivir es siempre otra cosa. Los muertos presentables aburren más que otra cosa. El bien absoluto, la bondad fecunda y libre no escribe grandes biografías. Las evita. El mal, el cabrón, es el que atrae y escribe las páginas más fascinantes.

Orden de registro, José Agustín Goytisolo, 1963

Todo son libros. En los libros, todo son palabras. En las palabras, letras, ya ven. Unas se juntan con otras y dicen cosas, pero no encontrarán ninguna malsonante, ninguna que les incomode. Registren como deseen. Están en su casa. No tengo nada que ocultar. Lo que pueda esconder no está en los libros. A ver qué de malo van a tener unos poemas. Serán de amor, la mayoría. Alguno será bueno y se leerá en la calle, pero se olvidará pronto y no sabrán después dónde encontrarlo. A los poetas se nos olvida con facilidad. Están perdiendo el tiempo, de verdad. Es muy tarde y hay que trabajar mañana. El abrigo, esperen. Que me lo pongo. Se equivocan, en serio. Adiós, mujer, no pongas esa cara. Ya sé lo que me dijiste. Que esto acabaría pasando. No te hice caso, pero quién te hubiera hecho. Todo son libros. Los míos y los de los otros. Estos señores son amantes de la poesía. Se les ve de momento ese aire de sensibles. Cómo si no sabrían qué buscar. Deben haber leído mucha poesía para sacar de la mala la peligrosa. Porque toda la poesía es mala. No sirve para nada. Si han venido a buscarla es porque no sirve para nada, por supuesto. No me dejes cena. Mira el buzón por las mañanas. Te dejaré unas letras. 

La vida no vale nada, Pablo Milanes, 1976

Mientras que nos vamos matando unos a otros, la vida no vale nada. En el momento en que un muerto ilustra el paisaje, vivir es un acto inútil. No sabemos si hay algo de sagrado en este oficio que nos encomendaron, pero lo hacemos turbio cuando caen cuatro por minuto y solo lo registran los periódicos y lo cuentan como chisme en las calles. Es el mal, quemando la superficie de las cosas, indagando en lo que no está a la vista, haciendo cuartel en la palabra.

6.3.24

La biblioteca de la memoria

 No sé cuántos libros he leído, nunca tuve la pretensión de contarlos. De lo que sí guardo un registro es de buena parte de las películas que he visto desde que a principios de los noventa comencé a consignarlas en cuadernos, anotando con pulcritud la fecha de visionado, el título y el director.  Lamento no haber abierto ese censo desde la primera película de la que tuve conciencia, la primera que fuera verdaderamente deslumbrante y me animara a hacer escrutinio de cuantas vinieran después, la película fundacional, la madre de todas las que vinieron después. De todos esos libros leídos guardo recuerdo fiable de muchos. Si se nos pregunta, se nombran algunos, sin saber bien la razón que extrae unos y no otros, el porqué de la elección; si, por ejemplo, cito a Gil de Biedma y no a Goytisolo o a Faulkner (tan amado)  o a Steinbeck (tan amado también). La mayoría de lo que leo sólo ocupa el tiempo en que son leídos, no permanecen adrede, pero irrumpen cuando alguna circunstancia externa me hace reclamarlos. Ahora sabría explicar cómo escribe Borges o incluso la trama de Funés, el memorioso o La casa de Asterión, pero hay detalles que se escapan, con lo que uno no puede contar. Lo peor que le puede pasar a un lector es que no recuerde la trama de uno de los libros que ha leído. También puede ser lo mejor, un motivo para el feliz regreso. Recordar y olvidar son, en este caso, piezas intercambiables, variaciones de un mismo juego. K. sostiene que hacemos bien en no registrar lo que no nos ha llenado. Tan sólo por volver a vivirlo con el entusiasmo de la primera vez, dice. Pasa lo mismo con la vidaHay días que tienen un fulgor o tienen varios. Días que parecen muchos, aunque se concentren en el trayecto de uno solo. Tienes perfecta propiedad de lo que los llenó, sabrías ordenar los acontecimientos, podrías repetirlos con la certeza de que, si te esmeras, no diferirán lo más mínimo de los que pasaron y únicamente existen en tu memoria. La memoria es un casa grande, pero tiene inquilinos reaccionarios, la habitan criaturas extrañas, de las que se soliviantan a la primera y no se avienen a veces a una convivencia pacífica. En cuanto lo hacen, cuando razonan y prevalece el orden, la memoria es una casa grande y armónica, no un caos, me dice K. Este fin de semana leí a dentelladas, con absoluta fruición. La sensación, al acabar el día, fue la de haber aprovechado muchísimo el tiempo y, al tiempo, de haberlo perdido completamente. Desea uno ser varios, no uno sin extensión posible. Poder leer y ver cine y salir con los amigos y dormir sin freno y pasear las calles, pero todo juntamente, como si hubiese más de un yo disponible y pudiese manejarlos con soltura, sin que lo que haga uno afecte a lo que obra otro y, al final, todos compareciesen ante mí y me rindieran cuentas de lo que han hecho y yo lo registrara todo. Tengo que quedar con K. y charlar de todo esto. 

4.3.24

Del libro como cuerpo

 

La mejor biblioteca es la de emergencia. A veces las muy pobladas, las que tienen baldas muy altas, cobijan o consuelan menos, no sabe uno a veces a qué acudir, qué volumen escoger, tientan muchos, hasta parece que los desechados pidieran ser tenidos en cuenta, solicitar que se les abra y atienda. Un libro no es un libro hasta que el lector lo abre: es un objeto entre los objetos, como dejó escrito en uno de ellos el buen Borges. 


A veces necesitamos un libro al modo en que se necesita un cuerpo. De hecho hay ocasiones en las que sabes que habrá un libro que te aguarda, uno fiable al que encomendarte, en el que perderte y posiblemente encontrarte.. La literatura es un amante duradero, del que no desconfías, al que le cuentas cómo estás y con el que conversas. 


Hay libros que no paran de hablarte. Anoche me confortó un pasaje de Benedetti cogido al azar, uno de esos cuentos de parejas que se aman sin saberlo o de parejas que es mentira que se amen o de parejas que no incurren en la banalidad o en el triunfo del amor, según se mire. Pensé en el amor ajeno y en el propio, en el todo el amor que es posible que yo sepa dar y el que pueda recibir. Pensé en toda esa alegría que es siempre superior al amor o que actúa en un ámbito distinto, tal vez más íntimo. Se está enamorado un plazo corto de tiempo, no se pide más, no se anhela más, basta ese confort espiritual, ese trascender, ese sentir que todo cuadra y se ensambla alrededor nuestro. Al amor se le asignan cometidos a los que no siempre sabe dar cuenta. La alegría de querer amar es la semilla que propicia que se termine amando. 


La felicidad funciona a otro nivel, no se involucra en lo espontáneo, en la presteza de lo deseado, sino que discurre con mayor mansedumbre, ajena al desquicio de lo presente, no se encabrita, no se atropella. El amor, en cambio, debe ser fiero, debe evitar la quietud y la contemplación, debe encabritarse y atropellar y desquiciarse. 


En un libro, como en una persona, uno puede sentir el amor y la felicidad y también la ausencia de ambos. Cae uno fácilmente en matrimoniar libros y amor o libros y felicidad. De algunas novelas que he leído (Lolita, Moby Dick, Chesil Beach, El barón rampante, Tiempos difíciles, Cien años de soledad, Corazón tan blanco, Pedro Páramo, nombro con placer las primeras que se me vienen) conservo la satisfacción (duradera, fiable) de que puedo abrirlos por la página que se me antoje y recordar qué me contaron, cómo me consolaron, hasta qué punto -mientras los leía- fueron una parte de mí, una que no se ha extinguido enteramente y regresa a su antojadizo capricho, sin que yo a veces la reclame, como si dispusiera de voluntad propia y obrara a espaldas mías. 


Anoche, en el Ebook que suelo llevar encima, busqué sin fortuna fragmentos de libros que me llenaron. Me molestó no poder pasar las páginas, no ir de una a otra, no sentir el peso de la tapa ni el grosor del volumen en mi mano. Se pierden todas esas cosas cuando recurrimos a una máquina y prescindimos del libro tangible, sólido, convertido en un objeto cercano, asequible al desgaste, pensado para ser tocado y exhibido. En la controversia sobre si un formato (el sólido, el que no lo es) se impondrá al otro interviene el corazón. Uno se inclina por lo que el corazón le reclama. Pide lo que más se parece a un cuerpo. Los libros lo son.  

3.3.24

Un artesano ciego


"Yo misma he evadido el asunto cuando me lo han preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general. Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en cuando se despierta la inspiración. A este grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación. Hay médicos así, hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los esfuerzos y fracasos, su inquietud no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo «no lo sé»".

Wislawa Szymborska 

Fragmento del discurso que dio al recibir el premio Nobel de literatura en 1996. 

Gracias, Vanessa  


Todo lo que escribo proviene de la premisa fundamental de que todo puede ser transcrito a la escritura. Sé que un pájaro muerto en un patio contiene material narrativo que rivaliza con la entera historia del imperio romano o que la música de la lluvia en la ventana que ahora escucho no es menos dramática que la épica sajona del siglo trece. Tan sólo cuenta el respeto a todo lo que propiciatoriamente se manifiesta para que se le dispense la atención de la que carecía. Lo que no es posible explicar es el advenimiento de las primeras palabras, las que principian el texto, con qué propósito concurren, cómo unas eluden su comparecencia, y otras son antojadizamente elegidas en el escrutinio. Lo mágico es esa frase inicial, premonitoria y absolutamente impredecible. Este escrito empezó sin que tuviera idea de hacia dónde iba. Tampoco albergo idea de hacia dónde se dirigirá. Hay textos enormes que avanzan y otros que no parecen motivarse por el movimiento. Todos tienen ese fluir que se encrespa a medida que las palabras se engarzan. El que lee también experimenta ese festín de lo semántico. Sanciona el uso de alguna palabra y la reemplaza en su cabeza por otra cuyo desempeño en la frase le parece más correcto o aplaude en sus adentros la certera elección del autor, que dio con la idónea, como si ninguna otra pudiera valernos. Es la inspiración, ese don repentino o durable, esa reverberación interior que actúa percutiendo las sombras hasta que se iza de sus honduras la luz. No siempre acude al ser llamada y no es privilegio de escritores ni de músicos ni de cualquier otro gremio que aliente arte: es de quien no se conforme y codicie que lo creativo se imponga a lo rutinario. Tenemos la costumbre como patrón, pero es en su desafecto donde está la esperanza de que la vida eluda el gris y se corone de vivos colores, cada uno que decida su "pantone" privado. 


Todo lo que escribo busca comprender las razones por la que escribo. Incluso ese afán subyace cuando no se le reclama. De hecho, a poco de que se mire en detalle cada entrada, hay miles en El espejo de los sueños, se colige que hablo en esencia de eso mismo: de la relación entre el autor y su obra. Como una metafísica. Como un temblor que me sobrecoge cada vez que empiezo a escribir. Uno adquiere esa voluntad de avanzar a ciegas sin desearla, no la fuerza ni cree poder manejarse con cualquier otra herramienta. A veces se tiene una idea y prospera, pero es fácil que se deje convencer por otra y se desvanezca a poco de haberse echad a andar. Habrá quien me sancione por esa promiscuidad narrativa, pero lamentablemente es la que me hace disfrutar con lo que hago. Uso el adverbio porque albergo la esperanza de que esos procedimientos creativos permitan que otros los reemplacen. Tampoco me preocupa. Soy feliz así. Mucho, a veces. De pronto se te ocurre que deseas escribir y no piensas de qué podrías hacerlo. Se escribe para escucharse a uno mismo. Entra una frase que contiene asombrosamente el resto del texto.Es curioso eso: en el principio está el fin. Lo dejó escrito Eliot. La otra versión es la que aparece un asunto y la escritura se supedita a él, llamándolo, haciéndolo emerger. Lo que interesa, más que la rendición de una trama o el vertido de un argumento, es la bondad del instrumento, su eficacia, todas las indagaciones que misteriosamente se nos provee para que el texto concluya. Quién sabe si de una forma definitiva. 


Adenda

De la novela que acabo de leer (El reino, Emmanuel Carrère, Editorial Anagrama) me ha fascinado más la técnica con la que ha sido escrita (una especie de no ficción, de falsa novela, de artefacto de muy dispersos y variados engranajes) que la historia en sí, que hasta (en ocasiones) me ha resultado poco atractiva. La reconstrucción de la vida de los santos (de los apóstoles, de los cultos y de los que no lo eran, de los que difundieron el cristianismo en sus albores) no es un asunto que me fascine particularmente, aunque haya pasajes maravillosos, pero he devorado el tocho entero en pocos días, entusiasmado por el modo en que Carrére ha resuelto la obra. 


Adensa 2

El jazz es una especie de música que no sólo se preocupa de lo que cuenta (la melodía favorable o no) sino de lo que pone en juego para que esa restitución también fascine. Importa crear. Ese es el punto de partida. Investigar, ahondar en la idea de que la creación es la base de todo, en lo artístico, en lo científico, en lo vital también. Conozco gente creativa a la que me arrimo y a veces, en cosas sueltas que hago, me considero creativo. No porque escriba a diario, que no deja de ser un acto mecánico a veces, útil para mí, al menos, pero mecánico, sino porque formulo la escritura (la rendición de mi blog) como una obligación. Como quien se lava los dientes después de comer o rebaña con pan un plato acabado de buenos callos. 


Adenda 3 (jocosa)

Caerán pronto, amigo Antonio. 



2.3.24

Fisterra

 


Al mar le está privada la inocencia. Uno lo mira con un respeto infinito. Con temor, con pudor también. A la tierra firme no se la mira igual. Ayer recordé haber estado en el fin de la tierra. Creí entender el pavor mitológico de los antiguos, la sensación de que nada había más allá de esas aguas. Los modestos barcos de pesca que distraían el azul de mi visión parecían naves a punto de emprender un viaje mítico. Ninguna de las fotografías, esforzadamente limpias, registradas con mi cámara nueva, casi estrenada en esa travesía óptica exquisita e irrepetible, me satisfizo después. No porque estuviesen mal tiradas. Creo que no hay fotografía que sea capaz de aprehender esa minúscula porción de felicidad narrativa, de plenitud cromática. Luego está la literatura, los barcos que se atreven a penetrar en el abismo, los que vuelven y lo cuentan a lomos de metáforas luminosas y de historias imposibles y los que se quedan y hacen que las metáforas se conviertan en mitos, en leyendas. Viendo en Fisterra, en la Costa da Morte coruñesa, ese mar primigenio, casi primerizo, virginal y puro en mi fantasía de lector de Melville y de Homero, pensé en Dios, en la posibilidad de que no exista y en la que esté por ahí arriba observando la tragicomedia de su obra. No llegué, por supuesto, a conclusión remarcable. Se mira el mar y se piensa en que no es inocente, en las vidas sacrificadas, en las vidas noblemente salvadas por el indescriptible concurso de su misterio. Ahí es donde guardé mi Leica y anduve de vuelta al coche, sorteando turistas alborotados, yo entre ellos, conscientes de haber asistido a un espectáculo ancestral. Homero me conducía al paraíso. Uno eventual, efímero, como los que encuentro a diario y me abandonan a diario. El faro allí instalado no es antológico, ni siquiera es un gran faro, pero incluso eso parece no cobrar importancia. Al faro lo cerca el mar, lo embiste, lo encierra, lo esconde a la vista, lo borra, lo aturde, pero el mar termina retirándose siempre; no hay asedio que perdure, ninguno permanece. La luz se yergue, derrotando a la sombra, cercándola, embistiéndola, escondiéndola a la vista, borrándola, aturdiéndola. Uno es faro más que otra cosa. Somos la luz que va y la que viene, la que alcanza lejos y perdura y la que se achanta y se pierde a poco de alumbrarse. Somos el faro. También el mar de las mitologías, una especie de manifestación del misterio del agua populosa de la que nada sabemos. 

1.3.24

La anhedonia

 Podría pasar por flor y hasta habrá quien así lo asegure con sólo sentir su eufónico apresto sonoro. También por alguna isla de corales infinitos en algún remoto confín del Pacífico. No me han venido más significados al leerla el otro día y correr (literalmente) para buscarle una acepción fiable. Hubiese preferido que continuara meciéndose en mi cabeza su melodía botánica o cartográfica. La  palabra procede de Hedoné, hija de Eros y de Psique, que dio a la filosofía el bendito hedonismo, esto es, el anhelo del placer. La anhedonia es su reverso (tenebroso, por qué no), la incapacidad de que placer alguno nos agrade. A él, al placer, no le obsequiamos con la efusión de lo sensible: se basta para enmudecer de puro gozo o brincar o embelesarse o morir (se dice popularmente) de gusto. El inventario de recursos es infinito. Da placer el primer trago de una cerveza fría o un aria de Verdi o el surrealismo de Lorca o un paisaje imprevisto que de pronto irrumpe o un cuadro de Sorolla en el mar de Levante o el amor cuando la piel se codicia y tiembla. No saber a qué se vendrá a este mundo y tener conciencia de que es el placer uno de sus más elogiables regalos. El mismo cuerpo no lo sanciona. Reclama que se le asista, implora su cuota de espasmo, reza para que no decaiga la promisión de regocijo a la que se ha ido acostumbrando y con la que ameniza la tiniebla entera de toda esa metafísica del cielo y de la vida eterna. Tal vez la traída anhedonia sea un cansancio o una rendición, un hastío o un abandono. Preámbulo o cierre de una depresión, su constatación manifiesta un malestar de orden sentimental o moral o simplemente encierra un desentenderse de uno mismo y ejercer de obrero aplicado de la rueda del mundo, es decir, ni flor como nomeolvides ni isla de corales en el azul remoto, sino clausura y apatía, muda y ciega y sorda travesía por los primores de lo real, por la elocuencia de la belleza. 




Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...