Motivaron estos textos que escribí los poemas que los titulan. Esas cosas se hacen con infinito pudor, con gratitud también. Se tiene la idea de que el poema no acaba ni siquiera en la memoria, sino que se desplaza solo, a voluntad, antojadiza y libremente. De ahí que me envalentonara. No sé si ese atrevimiento dice algo más que lo dicho en la maravillosa poesía que los alientan. Leer es también avanzar en la escritura ajena. Al pensar en ella, sin que urja a veces ese deseo de manera inmediata, el lector muta en escritor. También escribir es un acto de pura lectura. Uno es su catón primero, el que sanciona o el que se entusiasma. Estos textos provienen de toda esa maquinación de las palabras. Queda a capricho de quien lea ir o volver a los originales.
Algo sucede, José Agustín Goytisolo, 1966
No llevamos redactando pasquines hasta el alba. Tampoco nos
reunimos en extraños cafés, en sótanos, en mi casa. Sepa que dormimos mal y nos solivianta el miedo. Hace muchos años que abandonamos la lucha, pero dentro, en lo
oscuro, debe andar todavía el que espera la oportunidad y mide con afecto y con
devoción sus armas, las que luego terminan en palabras, en papeles confiados al
amigo, a la espera de que algún día cuajen y la vida se abra paso y hayamos
hecho que el mundo gire sin pegar un tiro.
Apología y petición, Jaime Gil de Biedma, 1961
De España queda el nombre. No la llamen madre. Los malos
gobiernos y el pueblo mal gobernado han borrado toda posibilidad de patria. De
todas las patrias, la nuestra es la más triste. Quiero creer que los que nos
administran no son únicamente comerciantes. Me aflige pensar que sólo miren la
soldada, el negocio redondo, el medro gris y la mesa puesta. Para que este país de todos los
demonios levante vuelo hace falta que los pobres la gobiernen. Pido el sencillo
escaño del descarriado. Me basta (hoy que me duele España como si alguna vez de
verdad la hubiese amado) el sereno grano que germine en la boca del pobre y
estalle en el aire y lo preñe de ilusión. Son los pobres los que salvarán al
mundo, pero uno mira lo que tiene a mano, lee la prensa en el bar, apurando el
café de la tristeza, y solo se ocurren ideas. Como si las ideas pudieran echar
a los desalmados de sus grandes sillas, de su campo arado y de su sueño sucio.
Agua subterránea, Carlos Sahagún, 1958
Yo sé lo que hay debajo de la tierra, lo confinado en lo
profundo, lo reservado del aire. Para que brindemos todos juntos y el agua
brinque libre por las peñas y el sol fornique con las sombras en los árboles,
hay que abrir el suelo, hay que desenterrar la esperanza. Ahí andaba, a
cubierto. La custodiaban fieramente. A salvo del mal. Sin que la arrumbara más
adentro el olvido o la desgana. Qué mala es la desgana. Va cubriendo de gris
las almas y va cerrando con tablones las palabras, pero llegará el día en que
brindaremos todos juntos y el agua festejará el paisaje y el sol acuchillará la
niebla y saldrá a la calle la esperanza, la enterrada, como una novia a la que
de pronto le hubiesen estallado de pura alegría cien hijos en el vientre.
Cadáver ínfimo, Ángel González, 1967
El mal va pudriendo el cuerpo, lo va demoliendo, dejándolo
en una evidencia inservible para el cántico o para la lucha grecorromana. Uno
se va muriendo desde que pone el pie en el infierno. Se muere a cachos, se
muere sin percatarse de que uno se está yendo. Es la historia de siempre. La
alegría iza su bandera en un costado y la tristeza planta un agujero en el otro
para levantar la suya. Da miedo toda esta sórdida maquinación de las sombras.
Porque tienen que ser las sombras las que nos acechan tanto. Vosotros, mis
amigos, deberíais saber que, aunque estornude, soy un cadáver. Se me nota en el
ancho inédito de un ojo. Lo tengo más abierto que de costumbre. Como si hurgara
la luz y buscase un argumento con el que rebatirla. Me muero porque el mal me
va ganando. Es el mal, oh amigos, el que nos derrota fatalmente. Si la bondad
existiera en el mundo, si no hubiese tiranos, ni ganasen las batallas los de
siempre, si los tahúres vieran cómo se pudren todos los ases que esconden en la
manga, si Dios estuviese más al quite y nos librase de algún quebranto, no
moriríamos nunca. Lo he dicho bien claro: no moriríamos nunca.
Permanencia, Joaquín Marco, 1965
Menos mal que existen los parques. Que Verlaine y Machado
amarillean en una foto que guardé en una caja de zapatos. Que el amor es más
grande que la vida. Que la poesía irrita a los moralistas. Que la bondad del
hombre pasea viejas avenidas y se para aquí y allá y aprecia la fronda de los
árboles y la blonda sutilísima del viento. Que hay camino todavía y hay una
caja de zapatos en la que caben más fotografías.
El hijo pródigo, José Agustin Goytisolo, 1958
El pueblo es malo y a veces se ensaña con quien no debe. Lo
cerca en un plaza y le cantan las cuarenta. Le nombra los pecados de la familia
y le recita las bondades de la suya. Luego le perdona la vida y lo deja volver
a casa. Allí, en lo puro, en la mesa camilla en la que se reza el único credo
posible, él relata el asedio en las calles. La familia lo mima, le instruye en lo
básico: en que debe alejarse de las manifestaciones, en que la formación docta
y moral rehúye de las reuniones en los sótanos. Lo que están construyendo es un
hombre de provecho. Tienen en un papel, custodiado en una caja, cerrada con
cien llaves, los ingredientes inefables. Fervor a Dios primero. Modales
después. Se le informa de que afuera reina el caos. En casa, a resguardo, se
toma aire, se gana temple, se curte uno de moral y de casta. Lo que nunca saben
es que después el hijo pródigo, pertrechado de ideales, cubierto con toda la
gloria del apellido paterno, sale al mundo y visita los tugurios y frecuenta el
cabaret, hace amigos en las timbas y folla con las putas contra la pared. Se le
olvida toda la formación cristiana, intima con el enemigo, los alienta para que
prosigan la lucha, les jalea en la cruzada contra los suyos, los que ganaron la
guerra y la ofrecieron al cristo de su barrio, los que conducen el país y lo
entierran en el barro.
Noche triste de Octubre, 1959, Jaime Gil de Biedma, 1961
Uno se pregunta por el hombre y no encuentra una respuesta.
Lo imagina en sus refugios, cubriéndose el cuerpo con las ropas del frío,
tapándose el alma con las del amor. Piensa en los consejos de ministros,
dirimiendo la altura verdadera del hombre, tomando las medidas para que no sea
ni demasiado alto ni bajo en exceso, registrando en leyes todo el tamaño
formidable de su dignidad, estudiando cómo conseguir que no se muera de miedo
cada vez que abre la prensa y lee los avances del mal por el campo de batalla,
toda la miseria sin significado ocupando las aceras. Y puede ser que ese dolor
profundísimo con el que principia a veces el día vaya cediendo a poco que no
pensamos en él y nos vamos entregando a nuestras labores, pero cuando llega la
noche y el hombre se concentra en sus pesares y mira el techo de la cama en
donde duerme el mal regresa como un cáncer rencoroso, ennegrece los muros, se
filtra en los talleres mal iluminados (lo dice el poeta y lo dice muy claro) y
no hay consejo de ministros que pueda zafarse del mal y de toda la desgracia
que deja a su paso. De su cochambre, de su negro futuro. Ni el hombre reunido consigo mismo, hablándose en privado,
en total confianza de sus posibilidades, puede evitar que el frío le devaste un
costado y el hambre de justicia le socave el alma.
Nota necrológica, Ángel González, 1962
Fueron diciendo lo que se les fue ocurriendo cuando le
dieron la cristiana sepultura. Cristiana debía ser porque jamás se separó del
catecismo de sus próceres y en ninguna ocasión se desvió más de lo consentido
del camino que alientan sus páginas. Fue, en la medida de lo posible, un hombre
bueno. No sé quién podría confesar alguna inconveniencia, pero si alguna hubo,
a pie de nicho, se calla. Se le suelen dispensar a los muertos biografías
formidables, pero la de nuestro finado no se engalanó más de lo necesario.
Dijeron que fue honesto y que sirvió al Estado. El párroco comentó la impecable
manera en que llevó su viudedad, las obras piadosas con las que cinceló su
camino hacia Dios, las monedas que dejaba en el platillo. Los que le conocíamos más a fondo sabíamos de su amor por el
orden, de su trabajo como contable, en un despacho municipal, registrando las
cosas importantes, las que verdaderamente cuentan. Pulcro en caligrafía,
esmerado en los números, no hubo funcionario más respetado. Al modo en que lo
hacen los serviles, inclinó su torso más veces de las que su cargo exigía, pero
le educaron en esas maneras y no se arredraba cuando un mando se excedía en las
órdenes. De su bronquitis y de su miopía, mañanas frías, documentos largos,
preferible es no hablar. Esa eminencia gris, cumplidora y recta, volvía a casa
cada noche. Se desprendía de la rutina de las hojas con membrete y de los
estadillos apilados en una bandeja. Era entonces el hombre al que enterramos.
De su vida en la soledad de su casa no consta ningún registro fiable. Tampoco un frío comentario de los vecinos. Los elogios de los amigos a los que ya apenas
trataba. Siempre su honradez. Siempre su formalidad. De los hombres formales se
pueden esperar grandes cosas. Las causas nobles necesitan de ellos. La vida, en
todo caso, no. Vivir es siempre otra cosa. Los muertos presentables aburren más
que otra cosa. El bien absoluto, la bondad fecunda y libre no escribe grandes
biografías. Las evita. El mal, el cabrón, es el que atrae y escribe las páginas
más fascinantes.
Orden de registro, José Agustín Goytisolo, 1963
Todo son libros. En los libros, todo son palabras. En las
palabras, letras, ya ven. Unas se juntan con otras y dicen cosas, pero no
encontrarán ninguna malsonante, ninguna que les incomode. Registren como
deseen. Están en su casa. No tengo nada que ocultar. Lo que pueda esconder no está en los libros.
A ver qué de malo van a tener unos poemas. Serán de amor, la mayoría. Alguno
será bueno y se leerá en la calle, pero se olvidará pronto y no sabrán después
dónde encontrarlo. A los poetas se nos olvida con facilidad. Están perdiendo el
tiempo, de verdad. Es muy tarde y hay que trabajar mañana. El abrigo, esperen.
Que me lo pongo. Se equivocan, en serio. Adiós, mujer, no pongas esa cara. Ya
sé lo que me dijiste. Que esto acabaría pasando. No te hice caso, pero quién te
hubiera hecho. Todo son libros. Los míos y los de los otros. Estos señores son
amantes de la poesía. Se les ve de momento ese aire de sensibles. Cómo si no
sabrían qué buscar. Deben haber leído mucha poesía para sacar de la mala la
peligrosa. Porque toda la poesía es mala. No sirve para nada. Si han venido a
buscarla es porque no sirve para nada, por supuesto. No me dejes cena. Mira el buzón por las mañanas. Te dejaré unas letras.
La vida no vale nada, Pablo Milanes, 1976
Mientras que nos vamos matando unos a otros, la vida no vale
nada. En el momento en que un muerto ilustra el paisaje, vivir es un acto
inútil. No sabemos si hay algo de sagrado en este oficio que nos encomendaron,
pero lo hacemos turbio cuando caen cuatro por minuto y solo lo registran los
periódicos y lo cuentan como chisme en las calles. Es el mal, quemando la
superficie de las cosas, indagando en lo que no está a la vista, haciendo
cuartel en la palabra.