11.8.22

223/365 Capitán Nemo


 


El imaginario de zoología fantástica tiene pocas criaturas que conciten la unánime opinión de que son de verdad fantásticas. La cualidad de lo extraordinario ocupa siempre todos los resquicios del asombro. Solo hay asombro: miedo primario, fascinación absoluta. Lo asombroso es que una de ellas no sea invención o abono de leyendas sino tangible y absolutamente real. Hay criaturas del mar mitológico que arruinan la vida de los navegantes. El profesor Aronnax y el arponero Ned Land se proponen capturar uno en la incomensurable 20.000 leguas de viaje submarino. Arrojados sobre él cuando le dan caza, comprueban que el lomo del la bestia "está hecho de planchas atornilladas". Nemo es el mismísimo Ahab y el narval, esa bestia inconcebible, mitad real y mitad indignada, es su Moby Dick enfebrecido y cruento. No sé si Lovecraft lo habrá traído para representar alguna presencia maligna, uno de esos monstruos ancestrales que pueblan el fondo del mar y perturban el sueño de los navegantes. En mi recuerdo de lecturas adolescentes, veo calamares gigantes, pulpos como demonios, krakens descomunales que izaban barcos enteros y los sumergían en un aterrador abrazo o veo al leviatán, monstruo emanado directamente de la mismísima divinidad, representado por una especie de ballena con hambre de hombres (excusad la redudancia fonética) y capaz de alojar en su vientre una flota de mercantes o un drakkar vikingo. Lo que no podré olvidar (aparece de vez en cuando, inevitablemente esas imágenes perduran con asombrosa nitidez) es al narval, al delicado (a pesar de todo) unicornio del mar. Julio Verne es el padre de todas las aventuras. El mar es el escenario de las más extraordinarias. 


Volví a ver anoche 20.000 leguas de viaje submarino, versión Richard Fleischer, 1.952, con Kirk Douglas, James Mason y un extrañamente normal Peter Lorre, alejado del turbio mequetrefe que el cine negro nos ha regalado esplendorosamente. Ha sido ver la película sobre la mítica novela de Julio Verne y tener claras algunas de las cosas que antes tenía por ingobernables por mi enclenque cerebro. El Capitán Nemo me ha parecido una especie de demiurgo inverso, un héroe deconstruído, una especie de mártir del pesimismo antropológico que ha decidido vivir en su Nautilus, bajo el mar, donde muere ya anciano, a salvo de la miseria y de la cochambre moral de sus convecinos terrestres, de su odiada Inglaterra, a pesar de que podría haber paliado del quebranto que sufre el mundo del que recela. En un momento de la película, pues la lectura del libro queda en un limbo muy anterior, el capitán Neón confiesa a uno de sus prisioneros (en este caso, el intelectual, el más ilustrado y humanista, el prestigioso biólogo marino Pierre Aronnax) que la raza humana dejará de ser mezquina, ruín y cainita cuando no exista el lucro y nada se reduzca al severo código del comercio, en el que todo se articula en torno a la ganancia o a la pérdida del dinero. Así que la cruzada que desarrolla el abnegado emperador del submundo marino es contra el capitalismo, al que ahora sesudos hombres trajeados están reflotando, reformulando o reseteando en todas partes del mundo con desigual fruto. Ninguna de las espontáneas combustiones de lucidez de las historiadas neuronas de los hombres de Estado planteará la defunción del sistema, la demolicióm completa del modo en que vivimos y de cómo hemos convertido la democracia en un juego de divisas consensuadas. Seguimos a bordo del desastre, pero vamos a coserle los rotos y a darle inyecciones de optimismo para que no termine muriendo por agotamiento, incapaz de cauterizar las heridas abiertas, parecen decir. El capitalismo será obsceno, o no será, parafraseando a Breton y su proclama a favor de la belleza. El capitalismo será, en el fondo, una bestia políglota y un veneno detestable, pero en cuanto se hunde unos centímetros en el fango de nuestros despropósitos o se va desagüe abajo por nuestra incompetencia en su gestión acudimos al rescate y lo elevamos de nuevo a su posición de dominio. Y en estos casos sí que ahombramos ingenio y le dedicamos tiempo y fondos reservados y líderes. Sé que al final, en 20.000 leguas de viaje submarino, el personal leal del Nautilus se inmola y los prisioneros huyen en una barcaza… 


Coda lúdica:

Permitidme: el capitalismo es un calamar asesino, amables lectores: uno del tipo que se encarama a la cubierta del Nautilus doméstico y que pone en apuros la mística de Nemo, sus veladas de placer abisal (estético, intelectual) mientras cachalotes retozones fatigan las aguas frente a sus ojos ya  insensibles. Menos mal (ay) que el arponero Ned Land (veamos: un vividor, un superviviente, un mercenario del instinto puro) abrió las tripas de la bestia y le extirpó (permítanme: con saña) el corazón pendenciero. 


Y Doré como ilustrador!

10.8.22

222 Gargantúa y Pantagruel



 

No sabe uno si es más de Pantagruel que de su padre Gargantúa. Los dos tiene con qué montar un santuario de excentricidades. A Gargantúa lo parió su sacrificada madre por una oreja de modo que al padre, que aliviaba la espera del alumbramiento bebiendo odres de vino, lo bautizó como la posteridad lo ha conocido por el tamaño descomunal que adquirió la madre al subirla de la tripa al pabellón auditivo. No dando abasto para alimentarlo, la criatura precisó un 17.913 vacas que se desfondaron en la provisión de leche que saciara el apetito del neonato. De Pantagruel consta que se animó a devorar una vaca viva en la infancia, sin completo éxito. Sin estar al tanto de estas y otras particularidades de estos dos personajes, lo primero que fascina en ambos es su contundencia fonética. Ya no hay nombres con esa vehemencia, no se estilan, serán exclusivo festín de aficionados a la novela francesa del siglo XVI y, con más atino literario, los que disfruten (hemos disfrutado) de Rabelais, creador de estas dos criaturas extraordinarias. Tampoco hay fabulaciones en las que se despeña la escritura y se hace zafia y grotesca, no al modo incivil en el que se menosprecia el lenguaje o se escatima la riqueza léxica, sino cuidando con esmero la construcción del relato, mimando a los personajes, dejándolos campar a sus anchas, convertirse en el arquetipo de lo que precisamente se desea zaherir, que es la moral de la época, su hipocresía, toda las convenciones puritanas de la sociedad en la que vive Rabelais, sabedor (como poco) de la importancia de la literatura como ariete inquisitivo, venenoso. También la utilidad como favorecedora de la risa. Mucha de esa literatura de clerici vagantes, hermosamente llamada goliardesca, recurría al humor para rebajar la carga de aflicción de lectores o escuchantes. 


No habiendo caído enteramente en el regocijo de los cinco libros (no todos disfrutados) de la saga pantagruélica (por decirlo con doble sentido) me quedo con la impresión que me produjo antaño (hace demasiado tiempo) la lectura de las aventuras (más son las desventuras) de este gigante bueno en el fondo, que arrambla con todo lo que se pone por delante y engulle con absoluta voracidad (en eso el autor es explícito y muy certero) las bondades de la carne y de los líquidos. Ahora no hay mucho gigante y los que se dejan ver o hasta los que se exhiben no gastan los rudimentos de los de antaño. Son personajes que dan miedo por circunstancias que no precisan del concurso del tamaño, ni del apetito voraz, tan ínocentes ellos. Son gigantes de otra pasta, de otro rango, por decirlo a la moderna manera: se creen dueños del mundo, lo son en muchos casos, pero sólo desean poder, esa cosa abstracta y abyecta a veces, eso que nos han dicho que corrompe, qué sabré yo. No quieren zamparse niños en la puerta de las escuelas (que es donde más daño hace la ingesta de los infantes a ojos del pueblo) sino impedir que crezcan o que se eduquen. Perpetúan así su reino, aseguran que su descendencia tendrá el mismo predicamento social. Ahora estoy escuchando de fondo (se oye la tele desde la cocina) cosas de gigantes, historias de lo que dicen y consecuencias de lo que hacen.


Y vuelvo a Doré y a Ramón Besonías, que me incita siempre. 



no sabemos qué vamos a hacer con la fiebre, no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, las botellas de cerveza vacía y las del tinto bueno y salimos a la calle, queremos ir al supermercado, pero antes es mejor dejar la basura en su sitio, arrojamos el plástico, las raspas del besugo, las latas de cerveza holandesa, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, frente al súper hay uno, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, sale uno a pasear por ahì y admira toda esa modernidad, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza o que una iglesia de cinco siglos a la que acude la feligresía con el entusiasmo de la fe, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construido un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo  que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, la leche, el detergente, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórica, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que poe con su cara de desahuaciado, lo que whitman, neruda, poe y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, toda esa literatura invisible,,el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, cartesiano y metalúrgico, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, lee los apuntes, la letra extraña, manzanas golden, yogures con bifidos activos, té con canela, la lista está escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, escribiendo sonetos con la yema de los dedos los dos como si afuera arreciera la barbarie, 
pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en baudelaire hace pocos días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en toñi yendo y viniendo por mi boca, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo sledgehammer a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el cláxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, marzo es una fiebre de metales metafísicos, abril el mes más cruel, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir en este blog textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de poe, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de ésos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida iluminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en un niño que esta mañana perseguía una minucia de perro, en joan crawford cuando Hollywood era el paraíso, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en antonio, en walter brennan, qué gran secundario brennan, en los días sin herrumbre, en los países metálicos de la infancia sin libros, en el ruido que sólo escucha el poeta, en nadal y sus problemas en las costillas, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, las noches con su fiebre, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortázar que el frío complica siempre las cosas, y en ese hilo es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro o debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que adoran a malthus, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabríamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en la derecha del padre o en la comunión de los santos , pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, de la barbarie, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, comemos chop suey de gambas en un chino al lado de casa, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de la piel del amor y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida en molestar al prójimo, al bienintencionado prójimo, la vida está llena de buenos prójimos, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo vi una en un cristal y pensé en machado, pensé en todas las moscas literarias que han pasado por mi cabeza, es mejor la mosca en el cristal, apabullando con su mezquina insidia que en la cabeza, comiéndote la moral, mordisqueando tu moral, haciendo trizas tu moral, como el tántalo aquél tan molesto también, que se obstinaba en perforar, en ahondar, en hacerte cóncavo, cuando tú solo quieres lo convexo, lo convexo sin fisuras, todo lo convexo bien argumentado, pero es tarde, se hace siempre tarde, el texto también se hace tarde, como un fluido, como el gran fluido de las palabras que no sabemos a qué lugar llega, si se queda, cuándo tiempo está a la vista, dispuesto, disponible, entrevisto, ofrecido, levemente mío, como si no lo hubiese alumbrado, como si de pronto se haya dispuesto un final para su existencia, quién decide esas cosas, quién pone el final al texto, qué cuesta añadir más, por otra parte, uno escribe, avanza, no piensa que haga daño a nadie, se alivia, encuentra consuelo, se trata de eso al cabo, escribir es encontrar consuelo, porque toca ir buscándolo, k. me dice que no haga estas cosas, que escriba pensando las cosas, no pensar no lleva a ningún sitio, escribir sin respirar, respirar sin escribir, no sé, no entiendo, no vale para nada escribir o no hacerlo, leer o no leer en absoluto, ordenar las ideas o tenerlas en un caos festivo y asomarse y ver cómo danzan, danzan desnudas las ideas, se abrazan y fornican, se abrazan y fornican, un día se fue para siempre nicanor parra, don nicanor, leí a parra mucho durante una época, luego dejé de hacerlo, no sabe tampoco uno el porqué de esas retiradas de confianza, se lee a un poeta y luego no volvemos a tocarlo, a decirle que estamos bien en su palabra, la palabra es un país, es una residencia, es un festín para quien lo sabe, no voy a tener otro hijo pero me da que no le hubiera puesto nicanor

9.8.22

221/365 Gustave Doré






Es posible que El paraíso perdido de Milton, la Biblia, la Divina Comedia de Dante, El Quijote de Cervantes, los cuentos de Poe o de Perrault o los dramas de Shakespeare no hubieran perdurado en el imaginario popular sin la sensibilidad y el talento de Gustavo Doré al ilustrarlos. Su maestría no desmerecía la enjundia de los textos. Es el mayor ilustrador de la historia de la literatura, sin que pueda ponerse a discurrir la injerencia de otro que se le acerque. La literatura  es un arte que no precisa de imágenes, pero la enriquecen y, en tiempos en los que la pintura era un entretenimiento de masas, creaba a su vera un todo singular, en el que el lector pensaba en Don Alonso Quijano o el cuervo de Poe con la expresión, la plasticidad y la transfiguración pictórica  que este genio urdiera en su visionario cabeza. La memoria colectiva, que es un constructo verosímil para entender el arte y la inteligencia en la cultura de masas, le debe un imaginario fiable de personajes mitológicos. Su amor por la iconografía medieval se advierte en todas sus obras. Hay en ellas un afán por crear un espacio caótico, ensombrecido, confiado a la elocuencia del gris como paleta primordial. Hizo más de diez mil ilustraciones y vivió con opulencia por su trabajo. Era requerido por doquier, aunque algunas de las libertades que se tomaba al ilustrar la Biblia despertaran el rechazo de muchas sensibilidades, que lo tachaban de pagano y lujuriosamente atrevido. Para grabar El Quijote viajó a La Mancha para adherirse del “perfume local” y era conocida su voracidad lectora. Quería leer toda la Gran Literatura, quería “ilustrarlo todo”. Su influencia en las artes plásticas es incuestionable. De Doré dijo el maravilloso creador de efectos especiales Ray Harryhausen que hubiese sido un espléndido director de fotografía: “Veía las cosas desde el punto de vista de una cámara”. Emily Zola dijo que tenía la virtud de reescribir los textos con los que trabajaba. No hay bibliófilo que no lo tenga en un altar, ni pinacoteca que no querría exponer su impresionante (por extensa, por sublime) obra. Si Cervantes lo hubiera conocido no le habría incomodado que su novela llevase en portada su nombre junto al suyo. Dibujaba febrilmente, arrasado por su querencia al romanticismo o al barroco. aunque todo Doré es romántico: prende la fantasía, cunde el amor a la subjetiva eclosión de un yo sublimado por la emoción. Eso es Doré: imaginario puro del fantástico medieval, irrupción de un mundo épico. Lo terrenal se encapricha de lo etéreo, lo religioso se convida de paganismo. Donde otros ilustradores son previsibles, Doré acoge la sorpresa como herramienta de su trabajo. Pintó las sucias calles del Londres victoriano, laberínticas y afantasmadas; se recreó en la España exótica, buscando siempre un cierto drama histórico. Doré entronca con el mesianismo de William Blake, que será más terrorífico, impulsado por un estado de ánimo más lúgubre. Pocos pintores han sabido comprender el tormento de sus personajes como Doré. Yo adoro la caída de Satán a la Tierra, una vez que fue expulsado del paraíso celestial. A veces da miedo su pulcritud, ese desafiante anhelo de verosimilitud, aunque todo esté comido de la fiebre de la metáfora, investido por la rara (y bendita) promiscuidad de lo imaginación. 


Caos

 poema del caos


de repente el cansancio, 

los días persiguiéndose, 

la noche al acecho, 

la vida ha venido dispuesta a cobrar sus tasas, 

parece tarde, 

no hay un plazo, 

no podemos pedirle cuentas, 

la vida no escucha,

los años celebran su suicidio lento, 

luego nos vamos apagando, 

incluso nos apagamos sin haberse prendido 

enteramente la llama de adentro, 

hay vidas que se pierden a poco de haberse lanzado, 

vidas que nunca llegan a lanzarse del todo 

y vidas plenas, las menos, 

vidas como un fuego invisible, 

cercano, sublime por ser fuego, 

pero el cansancio lo ocupa todo, 

el cansancio absoluto, sin argumentos 

que lo justifiquen ante los demás, 

los demás nos ignoran, 

estamos solos, 

a lo sumo poseemos una cierta percepción del amor 

o del afecto o comprobamos, calle abajo, 

cómo nos saludan, 

en qué pequeña porción del vértigo del universo 

se nos concede un saludo, 

la evidencia de que existimos, 

quizá haya llegado la hora de las palabras, 

no las hemos usado lo suficiente, 

han estado desaprovechadas, 

no se las ha requerido con la suficiente convicción, 

no se han gastado en las cosas verdaderamente importantes, 

ni siquiera hemos escrito el poema, 

andamos a tientas, 

escribiendo amagos de poema, una especie de tentativa fiable, 

pero no es el poema, no está escrito, 

toda la literatura está en ciernes, 

todos los libros fundamentales no han sido escritos todavía, 

tenemos otros, 

pero no los que nos salvarán del caos, 

porque el caos acecha,

lleva acercándose desde que se fundó el mundo, 

está cada vez más cerca, 

hay quien lo huele incluso, 

quien advierte la barbarie del cuerpo, 

su escalofrío sin cordura, 

la fiereza de su fiebre, 

quien lo aplaude, quien lo jalea, 

el caos es un negocio, 

el caos es un juego, 

hemos perdido la noción de juego, 

los grandes hombres de negocios juegan con el caos, 

lo venden en los mercados de los pueblos,

lo presentan en sociedad, 

engalanado, jadeando amantes,

hay que haber vivido mucho para entenderlo,

hay que haber leído muchos libros para entenderlo, 

hay que estar muy alerta para rechazarlo, 

la literatura nos salvará del caos, 

por eso los grandes hombres de negocio, 

que son los que escriben los libros de texto de las escuelas, 

no desean que la literatura entre en el hombre, 

por eso reniegan de la filosofía, 

ningunean la música, 

todas las artes son perversas, son malignas, 

son engendros que malogran la vigencia del caos, 

que es el que hace caja, 

las monedas tintinean en el fondo del saco, 

el mundo libre está esclavizado por el saco, 

se oye a lo lejos, anda sin esmero, 

empujando, atropellando, 

sin mirar atrás, 

acercándose al lugar en el que reside el amor, 

porque el amor es el motor que mueve el mundo 

o porque el amor es el gran capitán de los poemas, 

el timonel de las estrellas, 

la luz copulando con la luz, 

la luz copulando con la sombra

8.8.22

220/365 Elías Canetti

 







Contra la muerte se puede escribir el libro más hermoso. Canetti hizo uno que no llegó a acabar nunca. Era así, debió ser así. Un libro que zanjase la locura de saber que cesamos. Lo escribiría con fervor novicio, lo puliría a salvo de la misma muerte, que cancelaría su primer afán, el volcado con más arrebatador fulgor. La vio en derredor con infame frecuencia. La de sus padres, la surgida por el loco avatar de la guerra, la leída y la más tarde inabarcable en su cabeza, royendo cualquier brizna de luz, aplicando sus dientes lentos y ciegos. Como una hormiga implacable. Como un veneno invisible. Se muere con demasiada facilidad. Morir debería ser mucho más difícil. Se expresaba con esa limpia inocencia, con ingenua voz de niño. Se imaginaba como el tigre “con su ininterrumpido ir y venir ante los barrotes de su jaula para que no se le escape el único y brevísimo instante de la salvación". Sostenía que la labor a la que debía encomendar toda su actividad intelectual era combatir a la muerte. Era una empresa baldía en la que estaría solo. No había pensador que hubiera pisado por donde él lo hacía. Ninguno pretendió derrotarla. Al constatar la imposibilidad de su proyecto, Canetti no claudicó, pero se abatió. No había lugar desde el que empezar, tampoco podía echar mano a la facultad que le arrogara la virtud de poder escribir "todo, absolutamente todo, sobre todo", anotaba en 1980. El enemigo de la muerte (tal era el título del libro no concluso, del que se tienen fragmentos) cosecharía la burla de todos los filósofos. Cualquiera de ellos haría mofa de esa voluntad absoluta de escribir sobre lo absoluto. Es mejor que nada hacer lo que se propuso que desistir o no tener la ocurrencia de esa beligerancia en el mundo de las ideas, no podría ser en otro. Observó a la muerte y no se inclinó ante ella; la nombró, la odió, la rechazó... tan solo eso, cuenta en El corazón secreto del reloj. 


Hoy volví a ver en una librería de segunda mano volví a ver la cara de sabio a lo Einstein de Canetti y recordé sus aforismos, su escritura corta, más que la producción de aliento largo y gozoso (Masa y poder, que leí con fascinación hace muchos años). Pensé en El suplicio de las moscas, libro con el que lo conocí. Hizo algo en mí ese libro que más tarde no me ha abandonado: escribir conforme acuden las ideas. Pueden ser imágenes que mueven palabras o palabras que traen otras y se crean imágenes. Es laberíntica la semilla de lo que se dice o de lo que se escribe, todo por si la inspiración, que o no llega o te pilla sin nada con que registrar su susurro divino. Canetti escuchaba con pulcro oficio. De esa atención a los primores y a los embates de la vida nació una literatura portentosa. La comencé en años mozos con El suplicio de las moscas y me afilié a ella con Masa y poder, un impresionante volumen al que vuelvo de vez en cuando. A Dios se le trabó la lengua al crear al hombre, escribió. Fue, en sus palabras, "un moribundo que se despide de sus dioses". Todos lo somos. Toda la vida oscila entre la ignorancia sobre lo que somos y el anhelo de querer saber. En una libretita escribí una vez uno de esos aforismos suyos, que eran la parte en la que el humor irradiaba su bendito coro de sonrisas: "En otoño el sol se agradece a sí mismo". Me imagino una charla imposible entre Ramón Gómez de la Serna y Elías Canetti. Habría partes en las que se entenderían de maravilla. Las otras, las que Canetti padeció, sus raíces sefardíes, su alemán inquebrantable, su inglés aprendido y su voracidad geográfica, abrirían mucho los ojos de Don Ramón. El escritor búlgaro trabaría con el madrileño inacabables conversaciones sobre el poder imbatible de las palabras, de cómo se las componen para que al final todo pueda ser contado y lo contado sobreviva y haga que el futuro sea un lugar mejor. 

7.8.22

219/365 Emil Cioran


          

Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación seria ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.


Sin Bach, Dios quedaría disminuido. Sin Bach, Dios sería un tipo de tercer orden. Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso. Todo en él es profundo, real, sin teatro. Después de Bach, Liszt resulta insoportable. Si existe un absoluto, es Bach. No se puede tener ese sentimiento con una obra literaria, hay textos, pero no son formidables. El sonido lo es todo. Bach da un sentido a la religión. Bach compromete la idea de la nada en el otro mundo. Cuando escuchamos su llamada, no todo es ilusión, pero Bach es el único que lo hace. Fue un hombre mediocre en su vida. Sin Bach, yo sería un nihilista absoluto


¡Ojalá Dios hubiese hecho este mundo tan perfecto como Bach lo hizo divino!


Cuando escuchamos a Bach, vemos germinar a Dios. Su obra es generadora de divinidad


Tras un oratorio, una cantata o una “Pasión”, Él tiene que existir. De lo contrario toda la obra del Cantor sería una ilusión desgarradora


Emil Cioran 



Veía pasar las horas, no pretendía ocuparlas. Haber nacido fue su contrariedad mayor. No fue padre: hubiese sido, más que una temeridad, una aberración. Todo lo que supo a la vejez decía haberlo aprendido de joven y haber aceptado una vida de mera comprobación. Era un hastiado, un negacionista puro y sin pedagogía. De Cioran se extraen casi siempre enseñanzas trágicas. Su pensamiento era fragmentario, no era de su interés sistematizar. No clama por nada, le da igual que se le escuche o no. Todos mis libros son inútiles, escribió en uno. Un tipo curioso, Cioran. Un filonazi en sus inicios rumanos, un nihilista puro, un místico inverso, carente de religiosidad, pero (como Borges) lampando por tenerla, prendado del bagaje cultural de la iconografía, cínico por mero mecanismo de supervivencia, provocador por naturaleza, amante sin reservas de Bach y de Brahm y, en menor medida, Beethoven, al que consideraba menos puro. 


Cioran fue, en cierto modo, una excentricidad en el pensamiento filosófico. Ni él se consideraba filósofo o pensador. Podía haber sido uno de esos charlatanes de tertulia radiofónica, sólidamente pertrechado de argumentos, exquisito en el manejo de la sintaxis y de las palabras, consciente como Wittgenstein de que la realidad es un artefacto  eminentemente verbal. Ahí Cioran hubiese hecho sonar su más hiriente caja de truenos. Cioran contra el mundo, tal vez tan envenenado como él. Ignoró a Dios y abrazó otra deidad, la del vacío. Se miró en esa nada y encontró un amago de luz. Un punto de fuga. Se quiso a sí mismo pasajero de un silencio majestuoso, escandaloso, cegador. Ese es el gran problema de su vida y el gran hallazgo de su pensamiento.He ahí la tragedia, la enseñanza extraída. La de un escritor que hubiese deseado, según formuló muchas veces, no escribir, no dejar registrada la tragedia, el sentido de las cosas, el peso del mundo, el dolor de su alma. Dejó anotado: creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro. Era un descreído al que le molestaba que le hubiesen arrojado a este mundo sin informarle de lo mal construído que estaba. Por eso pensaba constantemente en Dios, en el Creador antojadizo, en el Constructor, en el Hacedor Cruel. Pensaba en cómo podría Dios pregonar la virtud si el vicio es la verdadera medida del hombre. “Los vicios, acomodaticios por naturaleza, se ayudan, son indulgentes unos

con otros; en cambio las virtudes, celosas, se combaten y se anulan, y muestran en todo su incompatibilidad y su intolerancia”. 


Cioran encontró en la música, en Bach sobre todo, un bálsamo, una idea repentina y maravillosa de Dios (de un motivo primero, de una sustancia original) que prescindía del lenguaje boscoso (y en su espesura y clausura, perfecto) de los hombres, hecho de palabras falibles, y se abrazaba al inefable universo de los sonidos, de las notas que expresan un mundo en sí mismas. El pesimista Cioran encuentra en Bach la mano por la que circular por el mundo. Con Bach transita los meandros, recorre los parajes agrestes, hace la travesía más placenteramente y, en última instancia, convoca en torno a su periplo la gracia de la divinidad misma, esa lucidez de entender el mecanismo de las cosas, de imaginar arriba a Dios velando por el correcto engranaje de las piezas, ocupándose de sus desamparadas criaturas. 


La criatura llamada Cioran me ha dado esta mañana una pena hondísima. Youtube: He puesto a Bach, lasvariaciones Goldberg, tocadas por segunda vez por Gould. Suena en una lejanía que me inspira de algún modo. Pienso en Cioran (y también en Canetti, curiosamente) y en Bach y en cómo se entendieron. Dos mediocres en la vida doméstica, en el hecho de vivir y de salir a los parques y de charlar con los amigos en las calles, y dos genios absolutos en lo suyo. Qué genialidad más triste, al cabo. Bach, en su quehacer de padre numeroso, en su ghetto polifónico, fue un hombre equilibrado en todo. No sufrió los desórdenes que con frecuencia se relacionan con los grandes genios. Quizá por eso se hable en exclusiva de su obra, la magna y la imperecedera. Cioran, el descreído, el cínico, el desesperanzado, disfrutaría escuchando música sacra en las catedrales. Para ser un teólogo, como escribió Borges, a quien adoraba, no es imprescindible la fe. El honor de los hombres lo salvaron Platón y Nietzsche, escribió. Debería haber añadido a Bach, a Brahms y a Beethoven. De haber podido, los habría mirado con gratitud. Les habría estrechado con pudor la mano. Habría cerrado los ojos y se habría preguntado si durante todo ese tiempo no habría estado equivocado. Yo lo leo con entusiasmo literario y con perplejidad emocional. Recurro a sus aforismos de cuando en cuando. Me creo lo que dice. Hay coherencia en su malestar. También congoja en quien lo lee. Da un poco de pena. Hoy me ha dado Cioran una pena enorme. 


6.8.22

218/365 John Huston

  



En el estrago que el vividor lleva tatuado en el rostro se advierten, en ocasiones, las muescas del tiempo. La vida se ha ido retratando en la piel, haciendo un mapa mudable, una pintura inacabada. Como si la vida, cuando se la fuerza, confiriera al rostro un rango de dramatismo que no se expresa en ninguna otra circunstancia. Como si vivir, cuando se apura bien la vida, curtiera la piel y la hiciera una especie de texto visible, universal, al que interrogar sobre los avatares de la existencia. Hay caras exentas de dramatismo. Las ves sin que nada te haga pensar en una vida llena de avatares o de penurias. No les ha crecido la montaraz secuela de las preocupaciones continuas. También hay caras de una intensidad que conmueve. Se las adjudica a personas vivas, en un sentido casi andaluz del término; gente que ha estado en el lugar al que se te ocurra ir; del tipo que ha visto mucho y ha aprendido otro tanto. John Huston tuvo siempre una cara encendida, como si acabara de chamuscarse y recobrado el tono. Estaba curtida, esculpida con un cincel incivil, convertida en un espectáculo hipnótico. 


A John Huston le bastaba su putañería, su amor a las bebidas fuertes y al tabaco, su animalidad rocosa y valiente para que la vida siempre mereciera la pena y nada arruinase su parte divertida. Debió ser un juerguista bueno el señor Huston. En esa eclosión de vida, en su trasegar diario, están las mejores historias, debió pensar, y vivió con absoluto impudor hasta que el cuerpo le pasó factura (un enfisema), pero la cabeza va siempre por otro lado y la piel, la que exhibe en esta fotografía, va también por el suyo. Es como si la cabeza, en balde, corrigiese al corazón. Como si, ya acabo, ninguno aceptase a nadie que los gobierne. Queda la piel, ella es la que cuenta después la historia. Vivió Huston con una intensidad a la que probablemente no llegaría ningún personaje de su extensa carrera. Firmó la mejor película de un debutante (El halcón maltés) y la mejor de un cesante, su póstuma Dublineses. Se bregó en ocupaciones de riesgo (boxeador, marido en cuatro matrimonios, documentalista en la Segunda Guerra Mundial) y debió medir ese riesgo borracho o en la pompa de una resaca. Vividor, como oficio, tiene mucha narrativa, se puede consignar ahí la propia y adquirir más tarde la idea de que todas las vidas son, cada una a su antojadizo o azaroso capricho, espléndidas novelas, unas más dramáticas o enfebrecidas que otras, pero embutidas sin diferencia en el mismo equipaje. El suyo es admirable. Hacer cine es ser un novelista de la luz, que es tanto como decir un notario de sus sombras. En la memoria de cualquier cinéfilo perdura su talento en El tesoro de Sierra Madre, Moby Dick, La jungla de asfalto, El juez de la horca, La reina de África, Cayo Largo, La noche de la iguana o Reflejos de un ojo dorado. Todas inconmensurables. Bendito adjetivo, aun tan largo. Basta eso para darle las gracias. 

5.8.22

Marilyn lee

 



A Antonio, que me dio pie ayer; a Pedro, que me ha dado pie hoy


“Cuando fui a buscarla le pregunté qué estaba leyendo (quería saber qué hacía en su tiempo libre). Me dijo que tenía un ejemplar de Ulises guardado en el coche, y que llevaba un tiempo largo leyéndolo. Dijo que le encantaba su sonido y que  lo leía en voz alta, para tratar de darle un sentido; como que le costaba avanzar, y no era capaz de leerlo de forma seguida. Cuando nos paramos en un parque a hacer fotografías, ella se bajó con el libro y comenzó a hojearlo mientras yo ponía el carrete. Así que, por supuesto, la fotografié”.

Eva Arnold


Joyce atinó como pocos en convertir un libro en un objeto mítico. Ulises sobrevuela la Historia de la Literatura del siglo XX y concita la animadversión más cerval y las adhesiones de más encendido apresto. Joyce principia la consideración de que algunas obras no son únicamente libros, literatura, asunto traducible en términos de interés artístico, sino piezas canjeables por criterios pedagógicos o etiquetadas bajo el paraguas de la sociología. Estas obras son referentes culturales más allá de que verdaderamente las entendamos en toda su vasta extensión intelectual. Ulises es un libro-icono, un ejemplo válido de que la literatura, la buena, la llamada a discurrir por los siglos, contribuye de modo ejecutivo al acervo de un pueblo. Stephen Dedalus comparte con Alonso Quijano un status de pequeños dioses en la finca global, en el olimpo moderno. Luego está el lector in fabula, como decía o pedía Umberto Eco, el decodificador ideal del mamotreto infumable a juicio de unos o del excelente tocho, según otros. Quien haya asegurado que en su juventud, tan golosa, tan cultivada de esperanzas y de riesgos, tuvo el valor de culminar su lectura, tiene asegurado el cielo de los lectores perfectos, un paraíso comandado por cualquiera que no pueda vivir sin abrir un libro tras otro, como el que abre un día tras otro, lectores voraces, inteligentes y activos hasta el paroxismo semántico. Este es el veneno de la novela, su condición más íntima. Se entiende que el lector no dispone de paciencia o de tiempo para afrontar la tiranía de las páginas, su cárcel indeclinable. Que la dificultad a veces aparta, cuando no cancela definitivamente. 

La fotografía en la que Marilyn Monroe lee Ulises la tomó Eva Arnold en un parque infantil en Long Island, en Nueva York. Ocuparía un suplemento de la revista Squire. La actriz tiene una indumentaria que hace pensar en un posado, más que en un retrato verosímil. Si hubiese vestido una falda y una blusa también tendríamos la misma sospecha, la de que probablemente fuese un amaño, un ardid para que la imagen de tonta-rubia no cundiese más de la cuenta y se vendiera otra, más en consonancia con lo que se dice de Marilyn, esto es, que tenía un coeficiente intelectual muy alto y afición a la literatura. Cuenta la propia fotógrafa que cuando llegó a la sesión de fotos, Marilyn estaba enfrascada en el libro. No sé si todo fue premeditación: me llevo el libro, hago como que lo leo, me dejo fotografiar con él, todos ven lo preparada y lista que soy. Sé que hay otra fotografía en la que lee Hojas de hierba, el libro iniciático de la poesía moderna estadounidense, la obra capital de Walt Whitman. En junio de 1956 Marilyn Monroe se casa con uno de los mejores dramaturgos de su época, Arthur Miller. Tal vez estaban de romance cuando la sesión de fotos y todo fue una manera de engolosinar los ojos de su novio intelectual. De ella el escritor dijo: “Era como una poetisa que habría querido recitar sus poemas ante una multitud ávida de arrancarle la ropa”. Una declaración de amor. O de beligerancia. Es decir por decir. Era muy amiga de Truman Capote, lo cual da una señal de que la fotografía podría ser fiable. En el fondo, qué más nos da si leía las andanzas de Leopold Bloom o no lo hacía. Si hubiese deseado visitar Dublín entre rodaje y rodaje y pasear las calles por donde avanza la trama de la novela. Tardaría 24 horas. Como un travelling. Qué osadía la de dudar de que alguien lea. La nuestra, la traída por la fotografía de Marilyn con la obra de Joyce, podría censurarse sin discusión. Que alguien nos vea en un parque con ese mismo libro en un parque y nos registre en una imagen tendría la misma inconsistencia, pero no creo que suceda. No es libro de parques. Ni siquiera sé si lo es de cualquier otro lugar que no sea el de la valentía, aunque luego compense y vuelva uno del viaje con las alforjas felices. 









217/365 Vicente Núñez

 



Dejó dicho que para amar se empieza por no saber y se acaba olvidando. De ahí que, más que amor, él hiciera pugnar en su alma cierta idolatría, una pasión que deja al amor en poca cosa. Como si de verdad el tiempo lo hiciera flaquear, desmembrarse, adquirir la consistencia de la niebla, pujar y perderse después en una fuga de aire que nadie ve, pero de la que todos hablan. Fue Vicente Núñez poeta de corazón hondo, turbio también. Lo torvo, lo desangelado o lo gris, le hacían asquearse de la realidad y refugiarse en la prenda de las palabras, que son siempre fieles y cuajan en el cielo al que se las encomiende la más alta residencia y el más benigno destino. Era de la poesía de la que hablaba continuamente, aunque en ella citara a la muerte y a la agonía de esperarla y que no acuda. El amor que se tienen los que aman los salva de la tragedia, pero el mismo amor es tragedia mientras avanza y late en el pecho de quienes lo esgrimen. Un puñal ardiendo, un beso de una hondura que hace pensar en sedas a las que el fuego hace gemir o en arcanos donde la ceniza es una máscara o donde la luz, al reconocerse, torna sombra y se gusta en esa celebración del olvido. Vicente Núñez fue un ángel prendado de sí mismo, aunque no lo animara vanidad alguna y, puestos a que algo favorable sobre sí mismo vertiera, quedaría en ocurrencia, en clarividencia de viejo que sabe qué va a pasar después porque ya lo ha visto muchas veces con anterioridad. Soledad la suya que no es un infierno irreparable, como hizo constar en unos versos de su deslumbrante Ocaso en Poley, Premio Nacional de la Crítica, sino soledad abierta y robusta, necesitada de que se la abrace y luego (por barruntos del corazón) se la aparte. Esos esponsales de la luz y de la sombra ocuparon su cabeza de poeta cautivo de un propósito: el de hacer no ver la arcilla con la que se construye el mundo, aunque se tenga delante y hasta se huela su argamasa sucia. Donde se vive bien es en el error, cinceló. Quería mentir con la verdad en la mano o quería que la vida le dejase vivir. Amaba sin sintaxis, moría sin presagios. Amaba cuanto nombraba, decía. Tenía, en su enorme rendición de sofismas, el don de la concisión, esa virtud de hacer que lo pequeño brotase con un caudal inaplazable de vida, de pensamiento, de belleza. Le debía fascinar ser ese dios de andar por casa que concebía el saber y el pensar como raras gemas de notable estorbo. Jugaba a despreciar la herencia de la cultura y conseguía que toda ella, la suya era enorme, floreciera como una promesa o como un simulacro de verdad. Porque la sabiduría es inculta, proclamó. Se puede aprender tanto leyendo a Vicente Núñez que uno cree estar asistiendo a una especie de bautismo continuamente. Erraba adrede para cometer después la osadía de atinar sin proponérselo. Formulaba (sigo conjugando) pesquisas académicas en un mundo para él adorablemente pagano. Citaba con promiscua verdad la provinciana universalidad de los cuerpos y la tragicomedia insobornable del alma, que contendría versos, palabras ungidas de luz en un tiempo oscuro y maledicente. Qué vida más completa la suya, tan comprometida con la belleza, tan ocupada de metáforas y de imágenes eternas como las teselas de un 

A veces cuando escribo en un bar en el que esté solo (cosa frecuente y buscada) me acuerdo de Vicente Núñez. Sucede con frecuencia que yo haga eso: dejarme llevar por el tumulto de la gente, por el ruido de la vida que se congrega ahí. No es El Tuta nunca, el bar de la Plaza Octogonal de su Aguilar de la Frontera natal a donde el poeta acudía a diario y en donde pasaba parte del día, en donde le visitaban los amigos como quien lo busca en casa, pero hace la misma festiva función. No cuento con nada más que nos iguale a los dos. No recibo visitas, no hago residencia en la mesa de terraza o de interior. Apuro el café, fumo un cigarrito, interrumpo la escritura cuando alguien conocido me saluda o se acerca y se da a que charlemos o se sienta e interrumpe su quehacer para tomar un café conmigo. Mi vida no es excéntrica ni extravagante. No soy histriónico en el decir como lo era Vicente, según lo leído. Tenía una genuina manera de expresarse a la que hacía concurrir balbuceos, precipitaciones, pausas. El lugar idóneo era su bar, era El Tuta, al que acudía nada más abrir, tras haber desayunado en casa y escuchado la radio (música clásica, que amaba). Allí era donde "enhebraba la cháchara" hasta que a mediodía regresaba a casa, almorzaba, daba una cabezada. A media tarde volvía al bar y permanecía invariablemente en él hasta que cerraba. A su mesa, siempre la misma, la llamaba colmena, observatorio o cuadrilátero de bohemia. Como el que va a despachar una ópera en Paris, Vicente Núñez vestía con pulcritud, se interesaba mucho en la ropa, en el aseo (manos, uñas y afeitado perfecto). No todo era un camino de elegancia sin fractura. Su condición declarada de homosexual le granjeó en su pequeña localidad algunos contrariedades, pues se hacía mofa suya y se imitaban sus modales afeminados. Eran tiempos difíciles, cuándo no lo son. Ninguna ofensa le movió a marcharse del pueblo. Se afincó en él como una parte reconocible, casi como un detalle mobiliario de sus calles o de sus plazas. Un hijo predilecto, eso fue. Literalmente. Qué vida tan comprometida con la belleza, qué ocupada de ella. Con qué hermosas teselas decoró el mosaico de su días en la tierra. Extraviado en una epifanía perfecta, de la que probablemente no deseó salir, se puede invocar la gracia de la serenidad, ese anhelo de permanencia en la que el hombre baila la música que únicamente él escucha y se sumerge en el trenzado de los pies y en las volutas de las manos, como un danzante loco o como un sabio súbitamente compenetrado con su cuerpo. Ninguna mano humana, de arcilla roja, como a él le gustaba, lo forzaría a que interrumpiese su dulce embriaguez. Tenía en su memoria la palabra de todos los poetas. Con ella, con su fluir lento y sutil, salvaje y precipitado otras veces, había compuesto una obra para la posteridad. Su vasta cultura lo preservó del caos, pero tal vez quiso (como Luis Cernuda, como García Lorca, como tantos) evitar la deriva sabiendo de primera mano cómo manejarse en ella. No hará falta entender a Vicente Núñez como no se precisa arrimar un significado al sortilegio de la belleza que exquisitamente ofrecía su poética. "Si estamos condenados al incendio /será con el divino rayo de lo eterno". La lírica es una bandera: la engalana con el léxico de su terruño y hace cercana la eclosión de lo erudito. Esa virtud es la que matrimonia lo culto con lo popular, si es que una no va con la otra. Que ser feliz consista en saber engañarse uno es ocurrencia suya. No sabemos si la aplicó a conciencia o la mantuvo a distancia, como el que acaba de descubrir algo maravilloso y teme que sea verdad. 


El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...