4.8.22

216/365 Cai Lun

 



Uno ve una tablilla sumeria violentada por su escritura cuneiforme con infinita gratitud. Antes del papel, de que los árabes lo difundieran en su forma aún precaria, se escribía en la piedra, en la tierra , en seda, en madera , en huesos o en la piel. Cai Lun fabricó una nueva superficie con corteza de los árboles, cáñamo, redes de pesca y paños deshechos. Mezclando todo esto con agua, golpeándolo con madera y filtrándolo en tela y expuesto al sol para extraer la humedad, logró el primer papel. Cai Lun es hoy venerado en Oriente como patrón de los fabricantes de papel y el mortero con el que fabricó el primer papel se conserva como una reliquia. Según los registros históricos, un siglo antes de que naciera Jesucristo, el eunuco Cai Lun le presentó una novedad a su emperador He de Han que preservaba la escritura de moho y de parásitos. Lo milagroso no es el proceso técnico sino la voluntad de que lo dicho (las palabras y la emoción de las palabras) no se confiara a herramientas mediocres, que aliviaran la responsabilidad encomendada a la memoria de los pueblos. La prosperidad del pueblo chino proviene de este hallazgo. Y la misma literatura ha sobrevivido Mercedes a él. Se ignora si el propio Lun escribía o si el hecho de inventar un amago fiable de lo que más tarde sería el papel provino del deseo de que la literatura perdurase. Se suicidó con veneno al verse comprometido en una intriga palaciega en la que él tomó pública parte. Se erigió un templo en su honor. Hoy nadie recuerda a Cai Lun. Es un nombre perdido entre otros nombres ilustres. Se le concede el olvido a veces justamente a quienes pugnaron en vida porque no todo lo ganara ese olvido. La memoria de la humanidad es de papel. Hoy se la confía a prodigios invisibles, al sofisticado mapa de la tecnología. Acabaremos volviendo al invento de Lun. Hemos perdido el soporte mágico del papel y acabaremos atrofiando o sacrificando la hermosa caligrafía, que es un arte en sí misma. Lo maravilloso es cómo la naturaleza marca una pauta, da un camino para quien tenga la sensibilidad o la pericia. Fue la avispa común la que abrió los ojos del buen Lun al ver  cómo construía su nido. La reina fija los cimientos y señala el trabajo de las obreras. El armazón es una bola de láminas finas a cuyo cobijo ella pondrá sus huevos. Cai se fijó en esos soldados que masticaban finísimas hebras de bambú que mezclaban a modo de elemental argamasa para levantar los tabiques del nido y separar las celdas. Todo para que nada del exterior afecte a su crianza.  Cai había visto el papel por primera vez. Se llamó “zhi”. Los libros son una extensión compleja de ese novicio milagro. Una parte considerable de lo que hoy llamamos cultura emana también de ese prodigio. El papel hizo de China un imperio pujante. Durante siglos comerció con él y mantuvo en secreto la técnica de Lun. Hacia el siglo XII, por la vía de la seda, por la España musulmana llegó a Europa. A finales de ese siglo, se creó en España el primer papel de Europa, desplazando al pergamino. Toda la expansión de la cultura griega y latina se debe a este eunuco, me da por pensar. Es posible que él fuese únicamente una pieza pequeña. Era un inventor, al cabo. Por especular, se me ocurre que en el primer trozo de papel que tuvo en sus manos manuscribió un poema. Su caligrafía sería hermosa. Hablaría del viento astuto pintando en las hojas de un árbol un pájaro. Luego no quedaría nada. Se esparciría la imagen al abrir y cerrar los ojos. Quedaría el destello, esa brizna de esplendor, un milagro también. Pienso que Cai Lu era un poeta, pero muy reservado. No querría dejar constancia de su talento. 

3.8.22

215/365 Robert Walser

 



"Con frecuencia me paso los mediodías sentado en un banco, ocioso. Los árboles del parque están totalmente descoloridos. Sus hojas cuelgan artificiosamente, como si fueran de plomo. A ratos todo parece aquí de hierro endeble y hojalata. Luego cae otro aguacero y lo empapa todo. Se abren los paraguas, los coches ruedan sobre el asfalto, la gente se apresura, las muchachas alzan el borde de sus faldas. […] Y luego están los jardines, tan silenciosos y perdidos tras las elegantes verjas, como esos rincones secretos que hay en los parques ingleses. Muy cerca de ellos truena y resuena el tráfago del comercio, como si nunca en la vida hubieran existido los paisajes o los ensueños. Los trenes retumban sobre los puentes, que tiemblan a su paso. Por la noche refulgen los escaparates, ricos y elegantes como en los cuentos de hadas, y ríos y oleadas serpenteantes de seres humanos se agitan ante las tentaciones de la riqueza industrial allí expuesta”.


Robert Walser, Jakov von Gunten


Hoy leí algo que decía un buen amigo mío al que cada vez veo menos. Sostenía que la novela es el único lugar del mundo donde cabe todo. Hay novelas en las que está el mundo, es cierto. Tras leerlas, se tiene la idea de que  se alambican y no tienen fin dentro de la cabeza. Leí hace mucho tiempo El ayudante, que me entusiasmó, y hace unos días he terminado Jakob Von Gunten y siento que la historia está creciendo en mi memoria, se está apoderando de una parte de la realidad o está consiguiendo que esa realidad, sin que yo medie en el tránsito, se deje abrazar por la voz del esforzado Gunten, aprendiz de tanto, modesto y sencillo ser humano que sólo aspira a servir y a elevar su servidumbre a las más altas cotas de anonimato, a no brillar más allá del bien que su aplicación produzca en los demás, a pasar desapercibido y ser casi, en su determinación, invisible. En los tejemanejes que el alumno registra en su diario está el mundo en sí mismo. No falta nada, ninguna voz. Hablan los seres bajos y los humildes, a decir de uno de los dos, Jakob o el mismo Robert Walser. Pensar en él (en Walser) retirado del mundo, en la clínica psiquiátrica donde estuvo recluido treinta años y donde murió, me hace pensar en que de algún modo esa idea estaba planteada en la novela. Cabía, cabía y estaba. Sólo hace falta leer, cuidar de que no se escape nada. No sé si no conocer esa circunstancia, la de saber sobre la vida del autor, incide o influye o modifica la lectura que se haga de su obra. No debiera y, sin embargo, sucede, la manchamos, la contaminamos con esa periferia innecesaria. No saber que Walser cayó sobre la nieve el día de Navidad de 1956. Había sido hasta criado en un castillo de Silesia y antes de eso, sin que ninguna ocupación le fijara a un sitio o a un patrón de vida, había sido empleado de banca y archivero. No saber que Walser, no el escritor, sino la persona, fue ingresado en el sanatorio para que se le tratara una esquizonfrenia severa que le hacía, a decir de su hermana, peligroso para los demás y para sí mismo o para que la ansie. No saber que se le dio el alta y prefirió quedarse en la clínica. Que contra su voluntad, fue a una institución más severa donde se negó a escribir más. No tenía libertad para hacerlo (el único suelo que puede pisar un poeta) por lo que rechazó que se le proporcionara papel y pluma. El hecho de que un escritor decida abandonar su oficio es tristísimo: es como si una parte de uno mismo, la que escribe, se desentendiera de la otra, la que vive. Porque ambas cosas, en ocasiones, están reñidas. Una es un parásito de la otra. Quien vive mucho, escribe poco. También puede ser leído a la reversa. Walser escribía para que una de las dos ganase. Canetti dijo de él que era "el más oculto de todos los escritores". También que temía seguir leyéndolo. "A su lado, Kafka palidece". En el perfil de quien escribe, si es que se espera que tras la escritura concurra la lectura de otros, no puede existir la ocultación. Se escribe para que se nos lea, salvo que no nos importe en absoluto la aprobación ajena y tan sólo deseemos invitar a la aquiescencia propia. Kafka leía a sus amigos pasajes de la obra de Walser. Kafka era un escritor oculto también. Ganó la escritura, a beneficio nuestro, paradójicamente. Porque creo que ninguno de los dos tenía en mente, al trenzar y destrenzar las frases, que alguien tuviera voluntad de leerlas. Ni siquiera que algo de lo que contaban esas frases contuviera algo que de verdad tuviera interés como para que alguien le prestara un poco de su tiempo. Hay vidas que las cubre el silencio. Se llenan de él y suceden sin estrépito. De la suya, qué sabré yo de la suya, entreveo que sería una continuación de su actividad literaria. Un poco triste y un poco indiferente a la tristeza también. “Tengo que marcharme. No puedo aguantar el amor. Estoy destinado a una vida más asilvestrada y fría. No me seduce saberme amado”. Rechazó la realidad. También en su literatura. Los días se persiguen, nosotros observamos. Un día es como una novela. Cabe de todo. Se le puede pedir cualquier cosa. Es más tarde cuando la memoria hace de los días pasados pura invención, memoria que no se deja cartografiar y hace que cualquier acontecimiento pueda ser convertido en otro, sin que se resienta la conciencia de quien lo ha reformado. ¿Qué es escribir, al cabo? Ahora me da por pensar en Walser en su cárcel para desquiciados, en ese retiro del que ya no salió, en sus paseos, en la negativa a volver a contar nada. Lo imagino en silencio. Un escritor en silencio es algo de lo más respetable. O ya lo ha contado todo o no desea contar nada más. El hecho de contar es en sí un milagro.

2.8.22

214/365 Vicente Aleixandre


 Hay poetas que viven en sí mismos. Se le da a la poesía esa cualidad fronteriza de búnker, de cosa construida con todas las cautelas, de secreto que debe ser protegido de la invasión de los bárbaros. El hecho de que un poeta publique y se las componga para que se le lea no rebaja la intimidad de su poesía, que funciona como un mecanismo íntimo de preservación o como un milagro del que sería creador y único espectador. Siempre achacoso, enfermizo, Aleixandre construyó su refugio interior, que fue un esplendoroso cedro de Líbano, al que mirar desde una ventana de su Velintonia, la casa en la que residió casi toda su vida y el de la calle (Wellingtonia, en su original) en donde estaba, y una cama desde la que escribió sobre la destrucción y sobre el amor hasta que uno de los dos venció y se perdió el prodigio privado de escribir y de contarse el mundo que no entendía. Para que fuese humano el poema, el poeta debía engalanarse de todo lo humano. Así que Vicente Aleixandre se vistió de hombre y habló al hombre. He ahí el clamor primero de sus versos, que son de vida y de muerte, de amor por encima de cualquier otra consideración posible. Por sufrir por la luz, quién hace eso. Los labios azules en la madrugada y la noche dura en un eclipse de agua o de cristal hacia la misma semilla del tiempo. Todo es causa y en ella todo se sublima y se desvanece para que se reinicie la sustancia novicia del universo. Todo lo impregna la pasión de vivir. Todo es renuncia y clausura y luego luz y cántico. Amar es sacrificarse, viene a decir el poeta. Unidad en el amor y pérdida cuando se destrenza el abrazo que lo justifica. Aleixandre no toma a la amada como sujeto de su quehacer poético, sino que fija su atención en el amor puro, en su prevalencia, en su orden y en su destino. Fluye como un fuego, arde sin estrépito. Se le ve al hombre cuajado y entero, como satisfecho de sí mismo, a pesar de los embates de la realidad, que lo zarandeó y lo desarmó en salud y en afectos. Nada que la poesía no cure, si es que el malestar cunde y afecta. El Nobel que le dieron no da la talla del poeta. Hace tiempo que fue más un mecanismo de compensación geopolítica que un tributo a alguien considerado sublime en su trabajo. Le bastaba su sillón o su cama y la presencia continua de amigos, poetas la mayoría, que le ponían al día de la cosa de Madrid y de la periferia, precipitando los rumores y esperando que él tuviera alguna de sus ocurrencias, pero es la voz del poeta la que debía fascinarles. Escuchada en muchas lecturas de sus poemas, yo la veo de una fragilidad que sobrecoge. Como si estuviese a punto de venirse abajo. Cuando dijera eso del eterno nombre sin fecha o el árbol jamás duerme o lejos estás, padre mío, en tu reino de las sombras. Soy yo el que recita de memoria y no pronuncia, sino que imagina su voz y registra las palabras. Leí a Aleixandre en tromba, cuando la escritura se presentó y leer era una pasión mayor que cualquier otra. Recuerdo leer a Aleixandre a diario. Leía poemas sueltos, sin buscarles una trabazón. Luego descubrí que todos son el mismo poema. Un poema que duró varias décadas. Era la destrucción o era el amor. La madera del cedro que plantó el propio poeta tenía fama de ser resistente a la carcoma y a las polillas. Aún persiste, centenario. 

1.8.22

213/365 Ángel González


 



Se muere uno a cachos,
sin percatarse de que la cosa se acaba.
Es la historia de siempre.
La alegría iza su bandera en un costado
y la tristeza planta un agujero
en el otro para levantar la suya.
Da miedo toda esta sórdida
maquinación de las sombras.
Porque tienen que ser las sombras
las que nos acechan tanto.
Las que hacen que nos duelan las muelas
que de pronto se nos han puesto levantiscas
y andan muriéndose en nuestra boca
sin que le hayamos dado permiso.
Vosotros, mis amigos, deberíais saber que,
aunque estornude, soy un cadáver.
Se me nota en el ancho inédito de un ojo.
Lo tengo más abierto que de costumbre.
Como si hurgara la luz y buscase
un argumento con el que rebatirla.
Me muero porque el mal me va ganando.
Es el mal, oh amados míos,
el que nos derrota fatalmente.
Si la bondad existiera en el mundo,
si no hubiese tiranos,
ni ganasen las batallas los de siempre,
si los tahúres vieran cómo se pudren
todos los ases que esconden en la manga,
si Dios estuviese más al quite
y nos librase de algún quebranto,
no moriríamos nunca.
Lo he dicho bien claro:
no moriríamos nunca.
Todo sería suave y el aire sería aire de verdad
y el paisaje cometería la imprudencia de desdecirse
como un ángel inútil que lee poetas griegos
a la caída de la tarde,
cuando las novias se acicalan para los besos.
Así que morir no lo es todo.
Ni lo es Dios ni la gana que tienen todos
de que pierda pie y me dé de bruces con la eternidad.

31.7.22

212/365 Don Draper




Yo no querría ser Don Draper. Tampoco podría. No doy la talla en la apostura, en esa cualidad suya de sobrevivir a pesar de todos los escollos. Incluso son eso, los escollos, las adversidades, las que lo curten, a quién no. Cuantas más suceden, mayor es la ganancia, más épìca la travesía hacia ella. Habrá gente como Don Draper por ahí. Te cruzarás con ellos y no tendrás ni idea de que has estado muy cerca de alguien al borde del precipicio. En Mad men, la maravillosa serie de AMC, circula junto a él durante siete temporadas. Tendrá a todos los demonios en su cabeza, pero libra con ellos una batalla diaria y sabe cómo mantenerlos a raya, de qué ladina manera contenerlos. Nadie que se haya descarriado tanto puede sacar cabeza y mantener se a flote, pero Draper es un héroe griego, una divinidad conferida con los recursos de todos los demás colegas del Olimpo. Nadie fracasa con ese esplendor de emperador del trago corto,  nadie lleva dos vidas sin que una se preocupe por la rutina de la otra, nadie es infiel con más glamour. Si se envalentona el ánimo y se busca una redención que ofrecerle, topamos el duro. Hay un hombre enormemente frágil en Don Draper. Todo lo que hace que ocurra a su alrededor es una distracción enorme para no tener que apencar con esa flaqueza. Su talento para hacer feliz la vida de los demás (salvo la de su mujer y la de sus hijos) es una herramienta inútil para la suya. No hay debajo del traje impecable y el afeitado perfecto nadie con quien contar. La felicidad la inventó él en un anuncio y luego hizo mil más para vender amor. Se le ve entero cuando hace su trabajo. Es el mejor. Se le ve a trozos o no le vemos siquiera cuando llega a casa, se quita la chaqueta, se sirve otro whisky y pierde la mirada en su mujer, que le cuenta, sin que él escuche, lo mal que lo está pasando la vecina porque su marido se acuesta con otra. Están todos vacíos. La mujer. Los vecinos. Draper. Lo que cuenta Mad men es la manera en que cada uno va aliviando los huecos con lo que quiera que se les ocurra y sirva. Don es el masculino arquetípico, el empotrador profesional, el bebedor sin consuelo, el fumador mecánico, el seductor agotado de éxito. Al final, el héroe griego se presenta herido. No hay confianza. Le duele el alma ahora que ha permitido que todo el mundo la observe. La imagen icónica de la serie, la del hombre enchaquetado que cae inacabablemente, es una metáfora perfecta. Draper ha estado cayéndose. Lo ha hecho todo el rato, pero hasta para caer hace falta tener cierto decoro, una compostura. Durante 92 episodios se nos hace ver que estamos en el lado correcto de la vida: podemos encapricharnos de algo y adquirirlo. Se nos dice una y otra vez que somos nosotros los elegidos. Gente como Don Draper garantiza que nuestros sueños se cumplan. Da igual si al contado o a plazos, pero nadie cuida los sueños de Draper: está solo, está triste, lleva la bragueta siempre abierta y un montón de pasta en la cartera. Permitiría hasta que se le mintiera. Lo notaría al instante, pero agradecería el gesto. Ya que no hay disenso en aceptar que una vez se ha llegado arriba (todo lo arriba que cada uno pueda) hay que pensar en ir bajando, admitimos también que Don Draper es el modelo idóneo para ilustrar el descenso. En el camino, vende a su madre, vende un país entero, vende su alma. Cualquier cosa es una mercancía y él es el encargado de metértela por los ojos. A partir de ahí, estás solo con tu deseo. Los dos componiendo una escena satisfactoria. Nadie quiere ser Don Draper, pero todos llevamos uno dentro. También él contaba con eso. Con conocer el alma humana como Dios conoce sus nubes o como un borracho sus bares. 

29.7.22

210/365 José Luis López Vázquez

 



Con algunos muertos uno no puede rebajarse a la apatía. Se les profesa una gratitud cercana al afecto, aunque nunca se paseara con ellos las avenidas y los parques y en ninguna feliz ocasión se  les invitara a café en una barra de bar. Son propiedad de nuestra memoria sentimental, son de una intimidad  a los que no afecta la rutina de las horas ni se dejan contaminar por el gris de los días. Viven en un limbo perfecto. En vida y también en la muerte. Habitan el corazón, que entiende en ocasiones más de cosas etéreas y de belleza que de cosas tangibles con las que edificamos la parte menos hermosa de la vida. Siempre pensé que la vida está en lo que no se ve, en lo que no se cuenta, en todo aquello que nos ocupa enteramente pero que no es apreciable desde fuera a simple vista, sin el concurso extremo de la sensibilidad. Y José Luís López Vázquez nos enseñó a ser sensibles, a vivir más deleitosamente esa vida de mentira que existe en el corazón y que no se deja contaminar por la rutina de las horas. Se fue como tantos y se quedará igual que ellos. Lúcidamente conservado en los recuerdos de tantas películas en las que fue uno más de la calle, alguien con el don imbatible de ser cualquiera y de representarnos en la vida. Hizo por nosotros lo que tal vez ni pensaron los cercanos: dar un sentido prosaico a las cosas, rebajar el estrago del trajín diario, convocar la ilusión de que la risa (este hombre tenía el talento de hacer que sonriéramos y riéramos sin tener que contar una gracia) podía salvarnos. Si la vida no es comedia y se maneja con los rudimentos de la comedia será insoportablemente tragedia y manejará los de la tragedia. José Luis López Vázquez fue un tragicómica inconmensurable. Su registro para todas las facetas de la actuación podía caer en cierta sobreactuación, un modo de hacer las cosas como sacado de un escenario de teatro en una tórrida plaza de pueblo, pero se le consentía todo. Su voz (histriónica o templada o grave a requerimiento del papel) es la nuestra. Se le escucha a poco que uno ahonda en su memoria y da con cualquiera de sus frases y la repite con agradecido humor. Junto a él, en aquel plantel maravilloso de actores que ocuparon las pantalla a partir de los sesenta, están Alfredo Landa o José Isbert o María Luisa Ponte o Rafaela Aparicio o Gracita Morales (un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo) o Fernando Fernán-Gómez. Capaz de hacer lo que se le pidiera, pequeño en aspiraciones, un poco patrimonio del cine provinciano de esa época, se hizo grande cuando Carlos Saura le requirió en Perppermint Frappé o en Mi prima Angélica o Jaime de Armiñán en Mi querida señorita. Chaplin dijo de él que era uno de los mejores actores que había visto y George Cukor, tras contar con él en Viajes con mi tía, se lo quiso llevar a Hollywood, pero José Luis rehusó. Me lo imagino como si actuara. No, perdone, señor Cukor, yo es que soy de Madrid, que es una ciudad que se está construyendo todavía, y no me veo yo en las A-mé-ri-cas. Abriría mucho la boca, vocalizaría con la teatralidad requerida y ahí se puede usted ir a California, señor Cukor, que muchas gracias. Cuentan que habló maravillas de él a Frank Capra y a Billy Wilder. No se me ocurre pensar en alguien más parecido a Jack Lemmon o al propio James Stewart, más forzadamente. No hay actor español que no suscite un más unánime aplauso que él. Se dedicó a actuar y en las más de trescientas películas en las que participó bordó lo que se le encomendase. Fernando Galindo (Atraco a las 3, José María Forqué, 1962) es la quintaesencia de ese don absoluto para ser otro que le ocupó toda su vida. También la nuestra. A mi padre le gustaba imitar su voz, lo cual era una proeza por no estar dotado el pobre en dramaturgias. Cuando murió en el 2009 me lo contó como el que emite una desgracia familiar. 

28.7.22

209/365 Karl Kraus




No tener una idea y saber expresarla: eso hace al periodista, escribió Karl Kraus. Lo fastuoso es tenerla y contar con qué hacer que los demás la comprendan. Pero en el aforismo de Kraus, con su verdad rebatible, hay un homenaje espléndido al manejo del lenguaje, al don que permite levantar una catedral desde un erial o crear un mundo a partir de una palabra, tomándola en serio, mirándola desde todas las perspectivas, pesándola, estrujándola, llevándola a donde no se la espera, haciendo que litigue con otras y las fuerce hasta que algo deslumbrante suceda y quede exhausto o feliz. No sabemos si las palabras tienen esa vida interior. Creemos que son herramientas cuando probablemente sean organismos vivos, capaces de levantar imperios o de arruinarlos. " Mi lenguaje es la prostituta universal a la que convierto en virgen". He ahí el secreto del éxito, podríamos decir. El celo con la que se eligen exige el mismo celo para escucharlas o para leerlas. Kraus concita ese amor por el lenguaje, por su pureza: se le lee con sobrevenido asombro, como si el juego que propone cancelara cualquier otro con el pudiéramos valernos para participar en el suyo. Leí hoy que se escribe para purificarnos. Por eso pensé en Kraus, por esa facultad suya para limpiar, fijar y dar esplendor, perdonad la triada de verbos clásicos, pero convienen.  Era sarcástico con puntilloso oficio. Fustigó a la cultura de la Viena de principios del siglo XX con el desparpajo de quien no tiene reparo a que se le fustigue también, pero no sucedió tal cosa. El periodista (dejó escrito) está estimulado por el plazo: cuando tiene tiempo, escribe peor. Creo que en esa frase gloriosa el estimulado soy yo, que funciono mejor (infinitamente mejor) cuando se me apremia, no cuando tengo conciencia de que puedo posponer el trabajo. Se procrastina con involuntario desdén. Hacía hasta greguerías, sin que se sepa si el padre de las mismas fue lectura suya: "El pesimismo es el reúma del espíritu. Al menos lo nota uno cuando hace mal tiempo". Tenía la habilidad de burlarse de quienes lo censuraban: "Hago que el guardia baile al son de la música que prohíbe", que puede ser una máxima para cualquier artista que decida ignorar el veto hacia su trabajo sin que los catones se cosquen de la burla. Contra el pensar cristiano o contra las normativa popular de la fe dejó dicho que "el cristianismo suprimió las barreras entre el espíritu y el sexo. Pero el hecho de impregnar de pensamiento la vida sexual es una miserable reparación a cambio de impregnar de sexo la vida del pensamiento". Para cuajar una reflexión redonda y cerrada, dijo que "el cristianismo ha enriquecido el banquete erótico al añadir la curiosidad como entrante y lo ha estropeado al servir el arrepentimiento de postre". No sabemos si practicó esa profanación intelectual en términos carnales, pero era concluyente en sus dardos contra la moral religiosa, de la que decía que estaba bañado en sífilis. Descarnado y franco, Krauss hacía panfletos en su periódico, La antorcha. Fuego limpio para quien deseara arrimarse. Se fogaba en conferencias y en pequeñas tribunas entre iguales, a los que entregaba su particular representación de la disidencia. Su periodismo inverso, una especie de diatriba contra el poder, es ahora más necesario que nunca. Falta esa luz que hiere, esa antorcha, palabra tan querida suya, que arrimar a las sombras del presente, tan abundantes, por otra parte. Debía contrariar a más de uno cuando reprobaba a quienes recurrían a la palabra "efectivamente" para librarse del diálogo y no tener que entrar en su fango interior, en su lucidez armada de léxico y de inteligencia. Hay quien, ante la sátira, queda inerme, desabastecido de recursos a los que acudir para derrotarla. Es optimista el diablo, escribió, si cree que puede hacer más malo al hombre. Walter Benjamin, al que releo sueltos de vez en cuando, por puro amor a la inteligencia ajena, afirmó que no se podría entender a Kraus sin reconocer que todo lo que hizo era "esfera del Derecho", de la razón sin ambages, de cierta intendencia en la gestión de las leyes. Sobre ellas dijo, en su histrionismo habitual, que pertenecían a los perros y que al hombre, casi sin excepción, pertenecía el bozal. Ahora Kraus tendría trabajo en redes sociales: sería un buen agitador, aunque por desgracia abunden y sean, en su gruesa, burda, tosca y tóxica mayoría, de menor calado intelectual. A él, de hecho, no le agradaba que se le tomara por agitador, sino como artista, pero uno y otro iban de la mano, fructuosamente. El arte puede contraer nupcias con la militancia, pero hay que esmerarse muy bien en las armas que esgrimen los dos, no vaya a ser que acaben a la gresca y ninguno cumple con su cometido. Pedía, al final de su vida, tener tiempo para no leer tantas cosas. El saber lo ocupa y tal vez haya ocupaciones de un interés más prosaico, pensaría. Antes de que una bicicleta se lo llevara por delante y le sobreviniera un derrame cerebral, Kraus tenía acabada su novela premonitoria: La tercera noche de Walpurgis. En ella esgrime el uso incivil de la palabra para enardecer a las masas y adoctrinarlas: era 1933 y estaba contando el auge del nazismo. Creo que fue ese libro, no los aforismos, lo primero que conocí de Kraus. Me hablaba de él alguien con quien compartía parecidos gustos y parecidas fobias. No advierto que esté Kraus en boga, estaré equivocado, ojalá. No sé tampoco si alguna vez lo estuvo. No es un autor menor. No conozco muchos tan hirientes, tan finos, tan enconados en prestigiar la belleza de la inteligencia. Pocos que con tan poco digan tanto. 




27.7.22

208/365 Jean Seberg

 



Eran los tiempos del Cahiers du Cinema. Los días de la Nouvelle vague. Truffaut. Chabrol. Sartre, Camus, el existencialismo, la guerra en Argelia: París no era una fiesta. Los primeros cimientos de una imparable sociedad consumista. Cortázar escribiendo en  las buhardillas del barrio Latino. Una rubia de pelo corto y ceñidas mallas negras vendiendo en los Campos Elíseos el Herald Tribune. Un alegre bon-vivant, play-boy gañán y atolondrado, verborreico y sentimental, que delinque sin maldad y al que, invariablemente, le concedemos toda nuestra simpatía. Al final de la escapada, la muerte en el asfalto, la traición. Antes: un blanco y negro precioso: jamás París ha sido filmado de esta forma. Antes: una historia de amor naïf subida de tono para la época. Dentro: una tragedia griega o un drama shakesperiano. Jean Paul Belmondo es un Hamlet del hampa, un fan declarado del género negro que remeda en su periplo vital los arquetipos que le ofrecen los films. Jean Seberg es para siempre Patricia, la belleza, una belleza absolutamente intemporal, una imagen que supera el rigor de los años. Bebop: jazz sincopado, el jazz sigue  los movimientos ágiles de la cámara. O es al revés, que parece también moverse como espoleada por la música. Amor furtivo, amor clandestino, amor fou. La huida a Roma, que no será posible. La traición improrrogable. Sin aliento. A Michel Poiccard le importa poco morir: sólo quiere acostarse con su chica americana. La chica, Jean Seberg, fue encontrada desnuda y sin vida en un Renault 5 blanco. Llevaba días desaparecida. Tenía el estómago comido de barbitúricos y alcohol en la sangre como para llenar una cuba. Su marido, el escritor y cónsul Romain Gary, se suicidó un año más tarde.  Se la desprestigió hasta que dijo basta. Se la condujo a ese limbo tóxico en el que las convicciones son más fuertes que la propia vida. Antes de que decidiera marcharse, había sido Juana de Arco para Otto Preminger. su debut en el cine. Fue su militancia política la que la hizo trizas. Harta de que le ofrecieran papeles mediocres, su ánimo se fue apagando. Los rumores apuntan a que el FBI la enfiló, confiado en arruinar su aura de icono de una época. Todo muy de película, también. Se refugió en la escritura, se hizo poeta. No se sabe para qué se escribe, pero ella lo haría para canalizar esa frustración y no desaparecer del todo. No lo ha hecho. Sobrevive la actriz que, en palabras de Truffaut, hacía que no pudieras ver otra cosa en la pantalla cuando su rostro angelical la ocupaba. 

26.7.22

207/365 Constantine Cavafis

 



Yo creo que los poetas eluden entender la realidad: manifiestan incógnitas, abren zanjas a las que caer y hacer caer. ofrecen extravíos. Como Kavafis (o Cavafis o Cavafy o Kabaphes, con la barrita en la e a la griega) en su célebre poema, ocultan los atajos, exhiben los caminos más largos. La travesía del poeta tiene una vocación de pérdida. El lector de poesía es un aventurero: sale al campo abierto sin brújula y sin arnés, como un valiente al que le interesa más perderse que tener a mano un mapa y saber de antemano que basta mirarlo con atención para dar con la salida. Probablemente la poesía nos aproxima más que ningún otro género literario a la vida. Hay una educación sentimental a la que la poesía, la alta, la limpia, la que más tozudamente nos hurga dentro, contribuye con más certero ahínco que la novela. Las tramas novelescas emulan a la realidad; de alguna forma la duplican, la escudriñan, la abren a la busca de un significado válido que zanje las incertidumbres de vivir, pero a la poesía no le interesa recrear la vida: lo que el hace es acometer el juego de intrigarla, sacrificando el cálido cobijo de la razón en beneficio de la zozobra, del caos, de la herida abierta por la que el lector muere y renace en un mismo verso. Y es verdad que los poetas renuncian a entender la vida: se pierden en la boscosa impostura del verbo, se alistan en el ejército de esa oscuridad de la que nacen después todas las luces posibles. Uno mismo, poeta a tiempo parcial, poeta a trozos, con interrupciones, no aseguro entender la realidad. En ocasiones, la edad y la experiencia (una  no tiene que traer a la otra) me aprovisionan de brújulas y de mapas, de pronósticos y de razones, pero leer poesía (no digo ya hacerla) te hace renunciar con pasmosa naturalidad de toda esa cartesiana locuacidad de los años y crees en la inocencia y en el asombro, en la belleza y en la suprema verdad de la literatura. De lo que se trata es de que el camino sea largo, como pedía hermosamente Cavafis. En el resto, hay una certeza cartesiana. Está la casilla de entrada y la de salida. En la travesía, a beneficio de viajante, un sinfín de posibilidades. Algunas colman, sacian, conducen a quien las siente a la imborrable sensación de que se ha encontrado cierto equilibrio, una especie de armonía entre el cosmos y el alma en la que se encuentran la paz y el amor, todo así en plan new age urgente, pero útil al propósito que nos ocupa. Otras devastan hasta el desmayo sináptico. Quienes las padecen adquieren también una sensación imborrable en la que no quieran encontrar ni equilibrio ni armonía, en donde el cosmos es una dura plancha de acero sobre la cabeza y el alma, un vaciadero, un imán para la desdicha, un arrumbadero (permitidme la palabra) con ínfulas metafísicas. Luego están los felices términos medios. En ellos se obra el prodigio diario de vivir. Uno no va a saltos, locamente, al invariable fin de la partida sino que se demora en el laberinto desplegado al efecto. En El dios abandona a Antonio, nos lo cuenta mejor Cavafis: dice que si de pronto oímos a media noche una invisible compañía, no la censuremos. Permite que te abrace y susurre. No te hará bien que invoques la esperanza de que sea un sueño. Ten firmeza, dice el poeta. En Ítaca, el poema que recuerdo haber leído en voz alta, qué más hubiese deseado memorizarlo y recitarlo, aunque fuese para disfrute privado, Cavafis nos confía otro prodigio: el de la templanza, el de no dejarse conducir por la velocidad. Da igual que nuestra Ítaca no sea el hogar de Odiseo, ni de Penélope, ni de Telémaco. Es otra isla de la que habla el poeta. Es la vida a la que alude, ella, ocupada en ocuparnos, mal instruida las más de las veces, pero sin otra herramienta que la reemplace, sin otro mar (proceloso, colérico, manso, amoroso, cruel) en el que ir avanzando. Los males que lo crucen son invariablemente nuestros, al modo en que lo es el bien con el que nos agasaja. Los que saben confían a los que no sabemos la teoría de que uno es feliz mientras no piensa si lo es o no. Se puede razonar eso, pero en cuanto entra a funcionar la cabeza, el texto se desmorona, todo su mensaje se viene estrepitosamente abajo. Que cuanto más enmarañamos los sesos con pesadas cogitaciones, más caemos en la tristeza, en la pesadumbre, en el desafecto, en fin, en todas esas cosas terribles que anulan el buen ánimo. Este mismo texto, mientras lo escribo y lo lees, tampoco favorece a que los dos alcancemos esa armonía tan buscada. O sí. Tal vez un poco de filosofía convenga al paseo. Filosofía doméstica, claro. De la que no trasciende más de lo que se le encomienda. Como si ponemos post-its en el frigorífico y los leemos con esmero cada mañana, antes de abrirlo y servirnos un vaso grande de zumo de naranja con pulpa. Ah la pulpa, la vieja y dulce pulpa reparadora.. Qué placer la pulpa en la lengua. Con qué dulce lentitud nos atraviesa la garganta. 

De Cavafis se tienen poco más de ciento cincuenta poemas. Se leen en una tarde, pero nos acompañan toda la vida. Sabemos que fue un hombre griego, turco y egipcio, helenista y hedonista, políglota (dominaba el francés, el árabe, el italiano y el inglés a la perfección, aunque él dijera saber algo de todos ellos) y, sobre todo, pagano. Su paganismo es de una pulcritud que asombra. No se prodiga en las tabernas de Constantinopla o de Atenas, de Alejandría o de Londres, buscando la promiscuidad pública, la de los hombres a los que amaba (sin alardes, sin que su educación o su natural corrección se permitieran normalizar su inclinación sexual) y la de todas las cosas prohibidas, que solían encerrar la verdad que anhelaba, la belleza con la que se valía para no frustrar su existencia de empleado del Ministerio de Riegos egipcio más de la cuenta. Es fama que escribió mucho de joven, sin que esa producción viera la luz. Repartía sus poemas entre amigos, les hacía cómplices de su secreto oficio de bardo, pero no hay constancia tangible de esas obras. Es el poeta posterior el que conocemos. La hermosa decadencia y la fascinante sensualidad de aquellos años de juventud es la obra invisible de uno de los más grandes poetas del siglo XX. Espiritual y profundamente pragmático, Cavafis se desboca en sus versos: ahí no existe censura, es el hombre que se cuenta a sí mismo y da cuenta de su padecimiento (y de su libertad y de su gozo de vivir) a los demás. Quién escribe para otra cosa, me pregunto. Sus deseos eran "hermosos cuerpos que murieron jóvenes / y fueron sepultados, con lágrimas, en rico mausoleo,/  coronados de rosas y con jazmines en los pies". Los suyos, lo escribe más abajo, en el poema, "pasaron sin realización , / sin que ninguno sobreviviera una noche / de sensual deleite o una mañana de plenilunio". Todo en esa poesía es fugaz y es furtivo. Lo clandestino lo embadurna todo. El afán de amor es afán de huida o de clausura. Al cuerpo le pide que recuerde, "no solo cuánto fuiste amado, no solamente en qué lechos estuviste, sino también aquellos deseos de ti / que en los ojos brillaron". Como el alma dormida, a la que Jorge Manrique también le pide que haga un esfuerzo y dé paso a la memoria. La juventud fue ayer, dice el viejo del café, "inclinado sobre la mesa, / leyendo un periódico, sin compañía". Fue la prudencia la que lo hizo morir antes. Le hizo caso, qué locura. Al final, varado en sus pensamientos, el viejo se duerme y un "vértigo lo invade". A Cavafis le sucede como a Apolonio de Tiana, contado por Filóstrato: los dioses perciben lo que va a suceder, por su condición de hacedores del mundo; los hombres perciben lo que ha ocurrido o lo que está ocurriendo, pero son los sabios (creo recordar) los que ven todo lo que está a punto de suceder. Hay en esa sabiduría un poco de divinidad. El poeta Cavafis se conturba, se deja llenar por el rumor de la poesía y se convierte no en sabio, pero sí en un dios pequeñito, de poco apresto, un dios voluptuoso y cándido a la vez, una especie de divinidad tímida que escribe poco más de ciento cincuenta poemas y trabaja más de treinta años en una oficina gris de una ciudad gris. Como un Kafka africano. Como un Pessoa mediterráneo. Hacen los tres la misma cosa: escriben poesía sin los instrumentos de la poesía, sin su dulzura antigua. En la de Cavafis funciona la sensualidad del lenguaje, no las palabras sensuales. Se pueden leer esos poemas como si fuesen prosa. Eso no disgustaría a Carver, me da por pensar, ni a Roberto Bolaño, ni a Manuel Vázquez Montalbán. También Borges es un poeta sin empalagos, para entendernos. Los dioses serán paganos también. Deben serlo. Deben creer en la belleza de la obra que han hecho. Deben leer poesía, me dijo un amigo el otro día, un poco entusiasmado con la posibilidad de que un poema suyo saliese en una revista de letras muy de su agrado. Él no vio su obra recogida en un libro: fueron revistas locales, sueltos que él se encargaba de dar a su pequeña feligresía de adeptos. Como una iglesia secreta. 

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