29.12.17

900.000

Acabo de mirar el contador de visitas en mi blog y no sé qué decir, no tendría que decir nada, pero quizá baste con la gratitud. Hace mucho tiempo empecé a escribir en este blog. No creo que pensara que durara tanto. Lo abrí por escribir sobre cine y ahora (diez años más tarde) escribo casi de todo y es el cine al que menos invito. Tampoco sé cuánto más seguirá esta casa abierta. En ocasiones, por cansancio, por llegar a la conclusión de que no tenía nada remarcable ni necesario que decir, pensé en cerrarla durante un tiempo o de manera definitiva. Esa idea se me cruza un par de veces al año, pero la desecho con la misma intensidad con la que irrumpe. El contador me dice que hubo 900.000 veces en las que alguien la abrió. Es una cifra redonda. No es que hayan entrado 900.000 personas: son 900.000 las veces en que alguien (muchas personas, muchas veces) ha llamado al timbre o usado los nudillos para colarse y ver a qué se le invitaba. Hay amigos que están desde el principio. Hasta gané un hermano por ella. Algunos van y vienen y otros dejaron de venir por unas u otras circunstancias. No sé a quiénes nombrar hoy. Sé que están cerca, sé que yo también estoy cerca de ellos, no se entendería de otra manera si persisten (tantos años después) y siguen leyendo lo que buena o malamente se me ocurre. Al llegar al millón de visitas, los nombraré a todos. Hoy Gratitud.

The Crown / Segunda temporada



Ironía y también academicismo y la creencia en sí misma por encima de los corsés de la época en que nació, siendo mujer y no una mujer al uso de esos tiempos, sino una sin el arraigo literario habitual, esto es, de literatura hecha por hombres para ser leída por hombres,  y volcada a tiempo completo en su obra, en un puñado de novelas  en las que el amor era el motivo, aunque lo explicado en su discurso no era prudente ni mesurado. De Jane Austen tengo siempre la idea de que fue una avanzada. Por más que haya disfrutado Emma (a mi entender su culmen creativo) o Sentido y  sensibilidad, las novelas, o haya apreciado su volcado en películas, me quedo con lo más acendradamente inglés que exhibe, su costumbrismo. Ayer noche, viendo la excelente segunda temporada de The crown, pensé en Austen, en lo que Austen ha trascendido, en qué Austen tenemos aquí con la que contar para contarnos a nosotros mismos. 

De The crown sólo hay que emitir agradecimientos: con qué escasa materia narrativa se construye la serie y qué sensación de plenitud proporciona, qué precisión en lo narrado, cómo fluye sin brusquedades, sin que nada se eche en falta ni sobre. The crown es un regalo a la inteligencia, la que uno disponga, no defrauda al poco exigente (por supuesto) ni a quien la degusta con el ojo y la cabeza muy abiertos, cual gourmet. Lo de menos, en su declaración de intenciones, es la trama política, que la cruza inevitablemente: importa la humanidad de unos personajes abismados en el protocolo rancio y acartonado, muy impregnado de la apariencia, encordelada, por completo ajustada a la deferencia, al sostenimiento de unas tradiciones que, a la luz de los tiempos, no pueden permanecer ciegas e insensibles y contra las que batallan con voluntad y con temor también. Se aferra uno a ese estilo de vida por distar tanto del propio, lo acepta literariamente, por decirlo de alguna manera, considera que el fondo de todos esos personajes es el mismo que el del común de los mortales, los laceran parecidos o idénticos dolores, se congratulan de las mismas alegrías y concurren en ellos, por obra del excelente guión, también las mismas humanas frivolidades, no pudiendo ser (obviamente) de otra manera, cómo podría serlo, pero la serie (en eso reside su grandeza) hurga en lo humano, ahonda en lo humano, alcanza el grado de verosimilitud y de empatía necesario para que esa casa real (poblada por gente ajena al mundo, invisibles, alienígenas casi, por decirlo bruscamente) no se despeñe en la pompa que la circunda, en ese boato limpio y perfecto, sino que se arrime a las peripecias más llanas. Nada que no hubiese dejado escrito Jane Austen, por otra parte. 

27.12.17

El hombre que guardaba un martillo en el frigorífico




"Tom Waits en directo suele hablar entre canción y canción y, en la grabación de un concierto en Australia, menciona a una mujer que él conocía que se llamaba Suzie Marlango. Cuenta que siempre vestía con jerséis de angora, calcetines de angora, zapatos de angora... Casi pensaba que estaba hecha de angora. Dice que después ya no la vio más, pero que siempre que ve una prenda de angora mira dentro a ver si la encuentra. Nunca supimos si era un personaje real o una invención de Tom Waits. Si fuera un personaje real, nos encantaría componer la música que escucharía Suzie Marlango"

(Pelayo, Marlango)


22.12.17

Woody Allen ha salvado mi vida muchas veces



Dice Woody Allen hoy en El País que sus defectos no son trágicos, sino patéticos, a lo sumo. La tragedia es una cosa muy seria, exige una trama bien trabajada, donde no falte ninguna circunstancia dolorosa y en la que los actores vayan de cabeza a un desenlace funesto. Tenemos a los griegos contándonos el alma humana como nadie lo ha hecho después, excepción hecha de Shakespeare tal vez. Dice otras cosas el bueno de Woody: que el humor le salvó la vida o que no le importa en absoluto qué piensen de él o de su obra. En lo que a mí respecta, en muchas ocasiones, Woody Allen salvó la mía. No me rescató de un río con aguas turbulentas que me arrastrara hacia una cascada, ni me operó con urgencia cuando la muerte me invitaba a seguirla, ninguna de esas cosas hizo. Fue el suyo un salvamento espiritual o moral o estético incluso. No únicamente Woody. Sería interminable la lista de gente que no conozco personalmente, con la que no he compartido un café o un abrazo o una conversación íntima, y que me ha salvado del tedio, al menos del tedio. De no ser  por el cine o por la música o por los libros, un servidor sería un hombre feliz, sí, por supuesto, mucho tal vez, pero lo es más completamente con la festiva injerencia de gente como Woody Allen o Jorge Luis Borges o Charlie Parker o Alfred Hitchcock.

Hubo un tiempo en que todas las películas de Woody Allen me reconciliaban con el mundo. Venían a ser un bálsamo, un reconstituyente o un tonificante o esas tres cosas juntamente, actuando en la raíz del problema (el que tuviese en ese momento, algunos ha habido) y reduciéndolo o extirpándolo de cuajo. También me hizo ver lo escasamente importante que es tener en alta consideración la consideración ajena. Ande yo caliente, más a lo campechano, vino a decir otra luminaria nuestra. Eso se entrevé en sus personajes: están tan aterrorizados por el qué dirán o por la impresión que causan a los demás que terminan haciendo mofa de esa preocupación, viviendo a su antojadizo capricho, sintiendo que esa vida que no les funcionaba del todo no tenía recambio, ni era propiedad enteramente suya, sino un préstamo, un obsequio del azar, un divertimento al que había que extraer el máximo placer posible. Eso lo he aprendido yo en el cine de Woody Allen. Da igual que algunas películas suyas no respondan fielmente a esta voluntad nihilista o epicúrea o cómica simplemente que yo aprecio en ellas, da igual que algunas de las últimas no hayan estado a la altura. Basta con las clásicas, con todas las que me hicieron sentir en paz conmigo y con mi existencia. Eso lo debe a Woody Allen en parte. Por eso entiendo que haya escogido el patetismo al dramatismo, puestos a elegir uno. Patéticos somos todos; trágicos no o no, al menos, continuamente. Yo también soy patético o lamentable o ridículo, he aquí perfiles a los que acudir. Todos somos patéticos o lamentales o ridículos en algún momento o en muchos o de un modo más continuado, en casos más extremos. Trágicos no tanto, que para ser trágicos, en los defectos o en los vicios, hace falta haber leído mucho a los griegos o a Shakespeare. Sí, Woody Allen ha salvado mi vida muchas veces, la ha rescatado del aburrimiento y de la liviandad, de la mediocridad y del desencanto.

21.12.17

Libros de urgencia, amores de urgencia


La mejor biblioteca es la de emergencia. A veces las muy pobladas, las que tienen baldas muy altas, cobijan o consuelan menos, no sabe uno a veces a qué acudir, qué volumen escoger, tientan muchos, hasta parece que los desechados pidieran ser tenidos en cuenta, solicitar que se les abra y atienda. Un libro no es un libro hasta que el lector lo abre: es un objeto entre los objetos, como dejó escrito en uno de ellos el buen Borges. A veces necesitamos un libro al modo en que se necesita un cuerpo. De hecho hay ocasiones en las que sabes que habrá un libro que te aguarda, uno fiable al que encomendarte, en el que perderte y posiblemente encontrarte, pero no habrá un cuerpo. La literatura es un amante duradero, del que no desconfías, al que le cuentes cómo estás y con el que conversas. Hay libros que no paran de hablarte. Anoche me confortó un pasaje de Benedetti cogido al azar, uno de esos cuentos de parejas que se aman sin saberlo o de parejas que es mentira que se amen o de parejas que no incurren en la banalidad o en el triunfo del amor, según se mire. Pensé en el amor ajeno y en el propio, en el todo el amor que es posible que yo sepa dar y el que pueda recibir. Pensé en toda esa felicidad que es siempre superior al amor o que actúa en un ámbito distinto, tal vez más íntimo. Se está enamorado un plazo corto de tiempo, no se pide más, no se anhela más, basta ese confort espiritual, ese trascender, ese sentir que todo cuadra y se ensambla alrededor nuestro. La felicidad funciona a otro nivel, no se involucra en lo espontáneo, en la presteza de lo deseado, sino que discurre con mayor mansedumbre, no se encabrita, no se atropella ni se desquicia. El amor, en cambio, debe ser fiero, debe evitar la quietud y la contemplación, debe encabritarse y atropellar y desquiciarse. En un libro, como en una persona, uno puede sentir el amor y la felicidad y también la ausencia de ambos. Cae uno fácilmente en matrimoniar libros y amor o libros y felicidad. De algunas novelas que he leído (Lolita, Moby Dick, Chesil Beach, El barón rampante, Tiempos difíciles, Cien años de soledad, Corazón tan blanco, Pedro Páramo, que ahora recuerde) conservo la satisfacción (duradera, fiable) de que puedo abrirlos por la página que se me antoje y recordar qué me contaron, cómo me consolaron, hasta qué punto -mientras los leí- fueron una parte de mí, una que no se ha extinguido enteramente y regresa a su antojadizo capricho, sin que yo a veces la reclame, como si dispusiera de voluntad propia y obrara a espaldas mías. Anoche, en el ebook que suelo llevar encima, busqué sin fortuna fragmentos de libros que me llenaron. Me molestó no poder pasar las páginas, no ir de una a otra, no sentir el peso de la tapa ni el grosor del volumen en mi mano. Se pierden todas esas cosas cuando recurrimos a una máquina y prescindimos del libro tangible, sólido, convertido en un objeto cercano, asequible al desgaste, pensado para ser tocado y exhibido. En la controversia sobre si un formato (el sólido, el que no lo es) se impondrá al otro interviene el corazón. Uno se inclina por lo que el corazón le reclama. Quizá sea cierto que en realidad somos dos, no uno que oscila, uno voluble, uno que asiente o disiente. Somos dos, somos la razón y lo que la razón no gobierna.

19.12.17

Dios es un anhelo poético

Pronto abrirá el día. Cuesta pensar que estuviese cerrado. No sabe uno bien cómo entender que de pronto exista algo que nada lo presagiara. El día, su irrupción, es siempre un prodigio, una especie de milagro. No por visto las veces bastantes se deja de sentir esa congoja, la de lo extraordinario, con la sensación de gratitud y de perplejidad también ocupándolo todo. Lo oscuro de la noche invita a la claridad del día. Salvo que haya trasnochado, cosa que últimamente no puedo permitirme,ay, siempre me gustó presenciar la entrada del día, la retirada de la noche. Creo que no hay parte del día que iguale en belleza a esta. El atardecer rivaliza con el alba pero pierde en la parte sentimental, en lo que siente el corazón recién despertado. Al romper el alba, al precipitarse la luz como suele, se imagina uno mismo que también se rompe y se precipita algo adentro también.
Tuve un amigo que pedía a Dios que le ayudara a escalar la cumbre del día que, al abrir el portal de su casa, se ofrecía a sus complacidos ojos. No era cristiano o decía no serlo pero ese rezo lo practicaba sin desmayo a diario y lo recomendaba por sus efectos saludables, decía. Lo probé unos días, quise andar ese camino suyo, por ver si diciendo a lo bajito esa plegaria mínima el día sería bonancible o dichoso o festivo. Lo hice a sabiendas de que no era un proceder mío, sino un anhelo poético. Dios es un anhelo poético.

18.12.17

El frío

el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre
el frío vulgar como la muerte cuando ocupa la entera extensión de la luz que la batalla, como un acto de fe pura, como una epifanía
oigo el frío majestuoso en secreto contando los días, el frío virginal que trae una lluvia invisible, un rumor oculto de heridas, el veneno primero con el que la vida nos enseña su saña ampulosa, su cuenta de pesares
el frío leyendo hace años a dickens, en verdad os digo, oh mis hermanos, que nada hay que haga sentir más frío que ser un niño de dickens en una edición barata de bolsillo, todo lo que uno lee es dickens, todo está ahí, íntegro, en el mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos, en ese bucle de las cosas, que no se advierte, que no deja una huella y, sin embargo, perdura, no se desvanece jamás, está al alcance siempre, como un salmo, como un dios caprichoso y rudimentario que bosquejara el mundo y lo bosquejara otra vez y viese que está bien la obra, pero se diese un día, dos días, seis días, hasta que de pronto se comprende que ya no es posible más, entonces es cuando se produce el chasquido, todo lo demás no importa, no importa el vértigo, ni la fiebre, no todas las benditas lujurias del tiempo, el juez, el tiempo severo, el arcano y el inmisericorde, importa dios en su secreta atalaya, en su imposible distancia, dios deshecho y vuelto a hacer a conveniencia del poeta, que es quien al final conoce la trama primera y la última y modela el universo y lo agita y a ciegas, como aquel sin ojos y de manos precursoras, expande, el poeta manumitido de todas las divinidades, sublime el poeta en el centro exacto del numen
el frío es el abismo, el frío es una llama inversa, un fuego cansado de sí mismo y súbitamente convencido de que no tiene más que decir
el frío es metafísico
el frío es un diccionario oscuro y profundo, las palabras se escriben solas, cruzan solas el páramo, se ahondan solas, escribe uno con las palabras que no le pertenecen, como si otro escribiera, es un texto de otro, no le pertenece, leo algo que no es mío, no pertenece a nadie el texto, es un paisaje el texto, los paisajes no tienen quien los posea, dios en la altura bendice los paisajes, pero las palabras están en un rango más alto que los dioses, antes del big bang hubo palabras, el universo es un verso que se fue expandiendo, el big bang es un poema, el frío fue el paisaje primero, ese frío desconocido que no tenía quién lo padeciera ni lo escuchara, pero avanzaba como un cáncer, como plaga del antiguo testamento , como una orfandad de palabras a medio decir, como un sueño de peces y de ríos que bajan locos
el frío cuando no hay nada que hacer, ni nada que nos consuele, el frío brutal que no avisa nunca, todo ese frío que está aguardando desde que empecé el poema, ese más que ningún otro, el frío de antes, al salir y anhelar su peso desplomarse sobre mí y hacer que me sienta de nuevo vivo al modo en que lo está la luz, la esperanza de la luz, la dichosa inminencia de su abrazo
el frío es una república de lobos, el frío es un festín lírico
el frío de ahí abajo cuando me he tomado un café y he fumado y he pensado en el trasegar de las cosas y en la certidumbre de que vivir es siempre, siempre, siempre un festejo, en mi padre yendo de su corazón a su cabeza, aunque no sepamos las palabras con las que se cuenta el mundo y no sepa que afuera es diciembre y el frío lo ocupa todo

16.12.17

La niebla

La niebla es una incursión del arte en la realidad. Sucede a su gótica manera, irrumpe con su entenebrecido cuerpo de fantasma, derrota a la luz y cancela la idea antigua de los días y de las noches. Se la observa con respeto, sin saber bien qué artera obra guarda. Ahora, mientras me rodea, pienso en lo poco que se la estima. Queda a veces en mero recurso literario, en figura poética o narrativa a la que recurrir para desmontar el paisaje y aceptar su cambiante voluntad y su oscura inclinación a empequeñecernos. Se siente uno tan poca cosa cuando nos rodea que, nada más desvanecerse, al acudir el sol y reinar la claridad, percibimos la pujanza de la vida, la noticia sencilla de la bondad pura. La niebla es una cosa de la literatura.

2.12.17

La vida es corta

En cuanto tenga las ganas, me cuidaré más, haré lo que se me dice en la consulta del buen galeno, perderé peso, dejaré de fumar, no beberé como suelo, daré largos paseos, no le robaré horas al sueño, me abrigaré más a conciencia, tomaré sin olvido las pastillas que me recetaron, anularé la ingesta de mis amadas carnes rojas, inclinaré mi apetito a las ensaladas, al verde libre de grasas, me abonaré a un gimnasio. Haré todas estas benefactoras cosas y las haré con convicción y aplomo. Seré aplicado y no flaquearé. No habrá debilidad y, caso de que la debilidad asome, la apartaré con fortaleza, feliz de gobernar mis vicios y no consentir que sean ellos los que tengan gobierno sobre mí. Verán los otros la firmeza, la observarán con envidia, acabarán felicitando mi voluntad. Llegado el caso, si el bienestar es el buscado, no cambiaré mi dieta, no volveré a fumar como hago ahora mientras tecleo esto en el móvil, seguiré paseando, yendo al gimnasio, tomando invariablemente las pastillas, comiendo lo que los grillos, no trasnochando en casa ni en los benditos bares, no cayendo en las dulces tentaciones de antaño, cuando bebía cerveza a capricho, fumaba con placer, comía buen marisco y carnes rojas de dos dedos de ancho, rehusaba pisar un gimnasio y no me preocupaba del peso ni de los marcadores con los que te atemorizan las analíticas. Cuando tenga ganas, haré todo esto que digo. No dudo que llegará la ocasión y la miraré con miedo y con resignada humildad. En la espera, sólo pido que los míos, a quienes amo, no obren a imitación mía. Son éstos asuntos personales, al fin y al cabo. A nadie se le escapa que la enfermedad prorrumpe antojadiza y malévolamente y no siempre pasa de largo si has sido prudente y has obedecido seriamente los buenos consejos ajenos. Cuando viene el mal, no hay coartadas. La vida es corta. Las vidas largas, quién me lo niega, no están aseguradas nunca.

30.11.17

Dar las gracias, decir buenos días, pedir perdón

Hay gente que no da las gracias nunca, no entra en sus cálculos dar las gracias, no hay motivo, no hay nada que agradecer. Quizá desconozcan la idea misma del agradecimiento, no se la explicaron en la escuela, ni en casa. Pasaron los años y no tuvieron que darlas, no hubo ocasión, nada se les hizo por lo que tuvieron que expresar la gratitud. Se puede vivir una vida entera sin dar las gracias igual que se puede vivir sin beber absenta mientras se leen cuentos de Poe o sin pasear el Madrid de los Austrias poco antes de descollar el alba. Hay cosas que son prescindibles. El cuerpo sigue funcionando igual, todos sus órganos se aplican con la misma eficacia. Se podría incluso decir que dar las gracias no garantiza que alguno de esos órganos trabaje de manera óptima o que el cansancio sea menor y dure más años. Hablo de dar las gracias, pero bien podría haber empezado diciendo que hay gente que no pide perdón nunca, no entra en sus cálculos pedir perdón, no hay motivo, no hay nada por lo que pedir perdón. Quizá desconozcan la idea misma del perdón, no se la explicaron en la escuela, ni en casa. Pasaron los años y no tuvieron que pedir perdón, no hubo ocasión, nada hicieron por lo que pedir perdón más tarde. Se puede vivir una vida entera sin pedir perdón igual que se puede vivir sin haber escuchado los cuartetos de cuerda de Haydn o sin haber tenido una novia argentina o un hijo zurdo. Hay cosas que son prescindibles. El cuerpo sigue funcionando igual etcétera. Hay gente que no da nunca los buenos días o que los da sin sentir que son buenos de verdad o buenos a medias, pero siempre hay algún día peor que podemos recordar o uno que no levantó cabeza y acabó con la tristeza y el abatimiento de los días malos, todos esos días en los que no sabes bien qué decir y decides no emitir opinión alguna o no decir buenos días o no dar las gracias o no pedir perdón. Lo malo es que hay gente que se enquista en esa rutina y se siente a salvo en ella. Creo que el mundo de hoy en día está mal porque nadie dice buenos días con el corazón o porque nadie agradece las cosas buenas que se les hace o porque no pide perdón cuando debe hacerlo. Hay gente que no hace ninguna de estas tres cosas jamás. Por mucho que afines, no das con el momento en que los escuchaste dar un buenos días como dios manda o un muchas gracias sincero o un perdón a tiempo. Leí hace unos días que se nos va agriando el carácter a medida que desatendemos estas normas de convivencia o estos patrones de comportamiento. Unos neurólogos (creo que eran neurólogos) sostenían que la gente que saluda, sonríe a quien le sonríe y elige palabras amables para dirigirse a los demás, pudiendo no saludar, no sonreír o eligiendo las que no son amables o las airadas, vive mejor, vive más en muchos casos. Han relacionado (ellos sabrán los cómos, más de uno habrá) el bienestar con el lenguaje y con los gestos que usamos. Luego hay días en los que no se tiene gana alguna de ser amable y bueno y dar los buenos días y las gracias y pedir perdón. Hay días vacíos, días huecos, días con una intolerable sensación de desamparo, pero hay que luchar para que no prosperen, hay que apartarlos, no permitir que nos frecuenten, ni que se acostumbren a visitarnos. Hay días sueltos, claro que los hay, en los que no hay voluntad de casi nada. Ojalá fuesen pocos, ojalá nos pillen solos.

Mis ojos de anime

La verdad duele más que la fe. Convierte nuestra obediencia en algo bello. El alma es un anomalía en la matriz del tiempo. El arte es una ad...