2.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 30 / Heraclio Barragán



A Heraclio Barragán se le apareció el diablo en una noche de farra y le comunicó que le quedaban tres vodkas caramelizados bien servidos y alguna fulana polaca a la que redimir en la barra del puticlub. Que se apresurase. Se tomó Heraclio la confidencia a chota, no hizo caso al malhadado augur y cayó de bruces en la barra de siempre con un rictus de perplejidad en el rostro y el vodka caramelizado a medio terminar. A los pocos amigos de farra a los que les manifestó la revelación diabólica no daban crédito o lo daban enteramente, según su experiencia.. Yo ya me lo veía venir, dijo uno. Te la estabas buscando, dijo otro. No escarmientas, mira que te cuesta dejarte ayudar, terció (perdón por la reiteración fonética) un tercero. Tú ni caso, Barragán, de verdad que no debes preocuparte, sentenció un cuarto. Siempre hay dos bandos, uno que acepta y otro que deniega, uno que asiente y otro que rechaza, el mismo viejo juego de siempre, el de acatar o el de desobedecer. A Dios, que bosquejó el bien y vio al mal salir de su mismo costado, le agradó la llegada de Heraclio. No sabremos nunca qué palabras exactas pronunció, cómo podríamos, pero lo acogió de buen grado. No había en su biografía falta que le impidera sentarse a la derecha del Padre, compartir con Él los dones de la eternidad, aunque algunos pecadillos malograran una entrada triunfal, sin tacha, de las que constan más tardes en los anales del cielo. 



Aparte de la afición a cerrar los bares y visitar furcias, no tenía nada que recriminársele. Fue un hombre bueno, fue un amigo leal y fue un hijo cariñoso y atento. Se le ahijaron bondades todas ciertas y un rumor propalaba la fama de que en su corazón cabía la humanidad entera. A falta de encontrar mujer con la que fundar un hogar y una familia, se esmeró en hacer el bien, y en no incurrir en malandanzas. No entraban en ellas, o eso quiso pensar, las maniobras venereas, todo ese ardor etilico y putañero en el que se manejó casi toda su vida. Cumplió, a decir de quienes le conocieron,  los mandamientos de la iglesia lo más atinadamente que pudo y tenía ganados el afecto y la amistad de sus convecinos, a los que sólo les importunaba lo de empinar el codo y acudir con diligencia a los lupanares de la comarca, no porque les molestara particularmente, sino por el temor a que una de esas borracheras lo retirara de este perro mundo y Dios, en su infinita paciencia, en su clarividencia cósmica, no le invitase a sentarse junto a Él y lo arrumbase al infierno, donde las almas corruptas vagan una eternidad de aflicción y tormento. Como nadie que haya subido ahí arriba ha bajado después para confiarnos lo que ha visto, no sabemos si el buen hombre vio a Dios o al Diablo, aunque uno especule y se arrime a pensar que mereció la luz de la eternidad, si alguno de ellos lo abrazó con entusiasmo o fue expulsado y fatiga en infinita errancia el arcano éter. Su sacerdote de guardia, al que le abría el corazón en el confesionario y en las últimas horas de la noche, antes de ir al putiferio a cerrar la barra, en un descuido de taberna, bien contento de vino, refirió que en el fondo el bueno de Barragán no era el creyente que todos imaginaban. Tampoco un incrédulo. Nunca en sus muchos años de amistad le escuchó nada que tuviera que ver con santos o con pecadores, con dioses o con demonios. 


Puede decirse, sentenció el párroco, que no le hizo falta esa debilidad o esa fortaleza humana, la de la fe, ya me entienden. Hasta que acabó con el vodka del pueblo, el caramelizado era su favorito, si bien no hacía ascos a cualquier otra versión o hasta ginebras o escoceses si se daba el caso, fue de vida ejemplar, sin que intermediara la voz de Cristo, ni escuchase su llamada. Así que no tengo ni idea de lo que sucede con esas almas sin preocupaciones espirituales que de vez en cuando uno encuentra en el camino. Pensad la cantidad de veces en que tuve ocasión de sonsacarle o la de ocasiones en que una conversación suya, resuelta y abiertamente, incluyera algún detalle religioso o, en muchos casos, muchos juntamente. Sólo ando dándole vueltas estos días a lo último que dijo. No entra en cabeza que de verdad pronunciase esas dos palabras, las últimas, con las que se despedía de su existencia terrena al escuchar del diablo en primera y postrera persona las frases sentenciosas, las del adiós, ve diciendo me voy, que te quedan tres vodkas. Y luego las definitivas, las pronunciadas por él al ver que aquella confidencia podría ser lamentablemente cierta. Perro mundo, tales fueron. Yo creo que, en boca ajena, no escandaliza, pero el bueno de Miguel no terciaba por ahí, créanme. A ver si, en el fondo, expresó una queja, una debilísima queja. Igual, a su secreta manera, le estaba hablando a Dios, a quién si no, requiriéndole explicaciones. Como si en el momento último de su vida, en ese instante de absoluta sinceridad con uno mismo, quisiera intimar con Él, hacer que le confesara qué habría más adelante, si su apatía religiosa (dejadme que lo exprese así) fuese un obstáculo y no sólo tuviese cerradas las puertas de la vida en la tierra sino que también estuviesen cerradas las del cielo. A lo que yo, en una de esas pruebas de fe que hasta los pastores del Señor tenemos de cuando en cuando, me pregunté si no llevaría razón y todo lo que he ido predicando no será poesía para iniciados, metáforas de black friday, y no Palabra del Señor. Dios, en su infinita dulzura, en su Gracia dulcísima, podría haber preservado a los buenos de corazón, no dejarles que los humanos defectos de la carne o de los sentidos los lacerasen con la misma saña que a otros. Cuando pensó Dios cómo sería el mundo y tuvo esos seis días para montarlo todo, debió crear una especie a salvo de las enfermedades, que muriera de pura vejez, pero no forzados por las calamidades, no por tres vodkas que sienten mal, coño, que ya no se frena uno y dice lo que nunca ha dicho, joder, hostia, me cago en todos mis muertos, con lo bueno que era Heraclio y los buenos ratos que echábamos en la barra los viernes por la noche, con todas esas lucecitas de colores danzando sobre los vasos. Y prometedme que estas palabras mías no saldrán de aquí. No sé qué pensarían de mí todos esos feligreses que me aprecian y escuchan con atención mis homilías cuando vienen trajeados y bonitos al oficio si supieran que blasfemo en privado, sin orden ni mesura, que hago evangelio en lugares de pecado, que no sé mantener el decoro y odio con toda mi alma la sobriedad. En fin, dejadme solo, no me encuentro bien. Me voy a meter uno de esos vodkas, a ver si hablo con Heraclio en sueños. Dios lo tenga en su bendita gloria. 

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