
De lo que tendría que escribir más en serio es de los fármacos, de cómo organizan tu vigilia, de hasta qué punto gobiernan tu estado en el mundo, de su permanente condición de brida al desasimiento de la realidad, que va a lo suyo, sin que intermedie ninguna de nuestras reclamaciones, algunas absolutamente legítimas, expuestas con irreprochable educación, como si temiéramos enfadar a quien nos dirigimos o hacer ver que las cosas no van bien y queremos que vayan. Los que me acompañan invariablemente en primavera, los que reducen los efectos invasivos de los cien pólenes que me abaten, se alían con los imprevistos y concluyo pensando que uno está sano, pero no se está sano del todo nunca. Todos forman una contundente zaga química cuyo fin es aliviar mi padecimiento, es cierto, pero que me anulan mientras trabajan en mi beneficio. Me dan sueño, más que otra cosa; me desastran el estómago a veces. No sabe uno si va a ser posible llegar al final del día sin flaquear un instante o de que acumular mañana otra jornada como la que se sufre hoy tendrá consecuencias más graves y al final habrá un peaje. Nunca hay uno severo, determinante. Vendrá con su negra cara de finiquito. Se manejan bien estos dolores pequeños. Está la memoria al tanto de otras debilidades del cuerpo y se alegra de que no concurran a la vez y el dolor en la rodilla comparezca cuando la tos ha remitido o que la preocupación por un dolor alojado en el costado no sea simultáneo al que se pavonea en el estómago. Va el cuerpo en soberano trasiego, aplazando o imponiendo sus achaques, dando vivas evidencias de que se le ha forzado en demasía. Si fuera esa la causa, la del exceso… Hay veces en que flaquea incluso cuando se le ha mirado con escrupuloso tiento, no entrando en las algarabías con las que otros lo lastiman. No cabe desoír la admonición de los sensatos, los del cuídate, los del deja de fumar, bebe menos alcohol, camina, haz deporte, esas cosas.
La batalla que entablamos con el cuerpo la ganamos y perdemos a diario. En ganar y en perder se nos va la vida, pero en cierto modo vivir es irse uno yendo, escapando, fugando, adquiriendo poco a poco la conciencia de la duración de todo ese trasiego. Por eso no es nunca una ganancia o una pérdida, sino un estado canjeable por otro, una sensación modificada por otra, un equilibrio que se deshace y que regresa, una especie de sofisticado partido de tenis en el que no hay un ganador o un perdedor ya que lo único que realmente importa es la evolución de la bola por la tierra, el vuelo que ejecuta y las formas en las que el azar o el talento o la experiencia las va haciendo caer. En torno a uno, conforme avanza, la realidad se obstina en contradecirnos o en mimarnos, en hacer que fracasemos o triunfemos, flaqueemos o nos reforcemos, sin que ninguna de esas dimensiones del juego dependa enteramente de nuestra decisión, de la voluntad firme con la que abordamos la partida. Pero el cuerpo se obceca en malograr todo esfuerzo por gobernarlo. Accede a ejecutar los movimientos que le solicitamos, y movemos las piernas, abrimos la boca y hablamos, bailamos incluso cuando la música nos traspasa, pero hay asuntos en los que no consiente la injerencia ajena, no admite que haya un dueño, obra por libre, medra en su absurdo deseo de irse degradando, aunque nos haga creer que tenemos alguna propiedad en la empresa, de que en el fondo somos nosotros los que guiamos la nave. Pensé en que quizá lo que trasciende de esta batalla no es que se persiga la adjudicación de un vencedor: lo hermoso es la ceremonia en la que se preparan los bártulos de guerra, el modo en que disponemos en el mapa los ejércitos, toda esa estrategia espléndida de los preliminares. Pero y luego, qué habrá luego.
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