24.1.26

Sí, venga, vale, soy un escritor






 Estoy de acuerdo con todos los que salgan a la calle y vociferen que la realidad es inverosímil o que las palabras son irrelevantes o que dios es inaprehensible, pero yo no saldría con ellos, no me movería de casa, no enarbolaría una pancarta con letras enormes que me simplifiquen con un slogan. Esos tres que acabo de apuntar son válidos. Niegan la realidad, niegan las palabras, niegan a Dios. Es un buen punto de partida. Al menos un excelente punto de partido filosófico o metafísico o incluso didáctico. Uno aprende en la controversia y no importa que al final de la travesía hayamos llegado al destino que esperábamos o sigamos en el camino. Acepto incluso la idea de ser convencido más que de convencer a los demás. No creo que haya mucha diferencia entre ambas formas de llegar al final de una conversación. Tengo amigos que calan enseguida a las personas con quienes hablan. Es algo que yo mismo, menos sensible, menos dotado en esos asuntos, percibo si estoy entre ellos. Saben cómo llevar las conversaciones, en qué momento driblar y en cuál bajar los brazos y dejar que sean ellos los que lleven el peso de la trama. Hay conversaciones espesas y otras de una liviandad obscena. Una de las que más me agradan es precisamente una de las que menos practico. Es la que cuestiona la naturaleza misma del universo y cita al caos y al vértigo y a la madre que parió a la metafísica. Lo lamentable es que ni siquiera yo, tan inclinado a disfrutarlas, logro estar a la altura que esas conversaciones exigen. En ocasiones merodeo lo que intento explicar o sencillamente lo esquivo, como si no tuviera ni idea de cómo volcar las frases que lo explicitan. Hay otras, sin que yo gobierne la forma en que unas vienen o se van, en donde me explayo a gusto, en donde encuentro el punto de perforación justo y avanzo con solemnidad, con absoluta confianza en el parlamento, investido con una extraña pasión, pero ya digo que son las menos o lo son muy aisladamente y no me retratan como discutidor. Es una palabra hermosa esa. A lo que sí me arrimo es a escuchante. Uno debiera escuchar más que habla. No lo llevo a la práctica como mi mujer me recomienda, pero reconozco que hay mucho que aprender o que hay más ahí afuera, listo para que yo lo registre, que adentro mía, listo para que yo lo airee y lo registren los otros. 


La página mecanuscrita del capítulo primero de Crash, de Ballard, que leí hace mucho tiempo y que ahora no me apetece releer, explica un poco de todo esto que sugiero. La idea de que no todo está acabado en el momento en que lo parece o la idea, más bastarda, de que no habrá forma alguna que nos satisfaga enteramente. Quienes escribimos, en la batalla contra la hoja en blanco, no pensamos en estas cosas. Yo, al menos, no las pienso mientras la mano se mueve y deja ahí las palabras o mientras que los dedos, como ahora, teclean en el teclado del ordenador. Es después cuando, en la relectura, cae uno en la cuenta de los errores, de la debilidad del asunto, de cómo uno pretendía ir a un lugar y se ha quedado a mitad de camino. Bueno, dice K. que los lectores nunca saben a qué lugar vas, así que no te van a exigir que efectivamente llegues. No estoy de acuerdo con K., pese a los años compartidos y a la amistad que nos une. El lector, incluso el desavisado, el que no te conoce, se hace un plan de lectura conforme va leyendo y se forja un destino. En ocasiones, en las menos, pero en las deseables, ambos destinos son el mismo. Yo no corrijo casi nunca. Mi amigo Pedro me recomienda que lo haga, mi profesor Luis Sánchez Corral me lo recomendaba en la facultad, María del Mar García decía que saldría mejor si lo limaba más. Ella decía limar. Soy de poco limar y de mucho decir. Soy de aturdir a quien tengo delante si encarta. De decir desbocado y de decir un poco enfebrecido. A mí la escritura me enfebrece, me coloca en un lugar en el que solo estoy cuando estoy escribiendo. Ni siquiera al leer, lo mío o lo ajeno, estoy en ese sitio maravilloso. Importa escasamente que lo que se escribe tenga una repercusión, una valía, una cierta belleza o interés. Lo que de verdad es relevante es que su volcado haya sido lujurioso. Hay un erotismo, claro. Lo hay de una manera promiscua y de una manera serenada. Depende de qué texto hagas. En los que encuentro más a mano ese placer voluptuoso (estoy convencido de la eficacia de los adjetivos en la escritura, de cómo percuten el texto y lo subliman con muy escasos medios tipográficos) es en los poemas. Escribo poesía en volandas. Escribo dolorosamente incluso. Y si entro al trapo corrector y veo que esto puede ser aquello y que suprimir tal palabra o cambiarla por aquella otra puede convenir al poema, sufro más todavía. Un sufrimiento dulce, un crash como el del texto de Ballard. Soy de sufrimientos provisionales, eventuales, propedeúticos. En cuanto salgo de ellos y los pienso, los rebajo a una condición frívola, los someto, declino con firmeza la posibilidad de que me hablen otra vez y de que yo los escuche. Todo es muy extraño. Miren la hoja de Ballard. Los escritores somos gente muy extraña. Podríamos ocupar el tiempo dedicado a escribir en pasear al perro a la caída de la tarde o atiborrarnos de cerveza (hoy es el Día Mundial de la Cerveza) con los amigos en el patio de la casa o escuchar música de cámara hasta que vemos la cara de Brahms en la blonda de una cortina del salón o echar una cabezada tras una ingesta severa de alitas de pollo. Y, sin embargo, escribimos, qué ocurrencia. Lo hacemos como Ballard o sin hacer caso de cualquier cosa que haya podido hacer Ballard. Escribimos. Yo escribo, sí, venga, vale, soy un escritor. Se puede asegurar eso sin titubeo. He escrito mis cosas. Hoy ya no tengo más ganas. 


18.1.26

Cinco apuntes sobre la memoria

 1

Hay bonitas melodías que cuentan cosas terribles. Lo leí en una entrevista a Tom Waits, pero lo podía haber dicho Gloria Fuertes o Torrebruno. Lo de menos es el formato. Lo que importa es el interior, la constatación de que algo duele y se gusta causando un dolor posterior. El pasado es en donde suceden las cosas. Uno piensa en todo lo dulce y en todo lo hermoso que le ha ocurrido, pero no está a salvo de que la memoria lo haya contaminado todo y lo dulce y lo hermoso exhiban un roto, un agujero por donde se ve el interior terrible. Lo de que la patria está en la infancia, que propaló Rilke, no es cierto del todo. Vivimos en la memoria, en la ocupación que los recuerdos hacen de la realidad. Da igual que pongamos trabas, obstáculos, trincheras: lo vivido irrumpe

2

Recuerdo amigos a los que ya no veo con los que sería incapaz de mantener ahora una conversación o apurar una tarde de domingo en una terraza. Sin embargo, gente a la que acabo de conocer me han colmado como si fuesen amigos antiguos. Es la memoria la que sublima o hace irrelevante un acontecimiento vivido, un episodio en la historia de la vida, un fragmento que no acaba nunca de ser nuestro del todo. Memoria y emoción juntamente. Frágil y ajena, la vida nos permite muy pocas voluntades. Nos da el dominio justo, nos permite ciertas extravagancias, nos hace creer que tenemos alguna propiedad sobre ella, pero al final acaba imponiendo su criterio. No sabemos qué criterio es ese. El del azar, imagino. Estamos a su capricho. La melodía es el azar, él es el que la tararea. A pesar de todo, incluso aceptando la fragilidad con la que sentimos el suelo del día que pisamos, la vida es bella. Lo dijo un cómico de cara de cómic al que le dieron hasta un Óscar. La suya, la de su película, era una melodía hermosa, en el fondo, pero era tan terrible el cuento de adentro. Vuelvo a Tom Waits: "La melodía es como el humo, y el ritmo son las toses"

3
Una mujer (no se me va de la cabeza el infanticidio que nos devastó hace unos años, la historia tristísima del niño Gabriel Cruz) lleva un niño muerto en el maletero de sus coche. Luego lo deja en un pozo. No hay manera de embellecerla o de contarla de modo del que se pueda extraer algo hermoso. Un amigo me refirió que no hay nada nuevo en toda esa historia que nos contaron, la del niño pececito, tan dramática. Que ha pasado muchas veces, que lamentablemente volverá a pasar. De historias como esa se abastece la literatura, me dijo por teléfono, sin pretender herir o frivolizar la tragedia que ambos comprendíamos, pero la ficción no le incumbe a la realidad. Con ella podemos alargar las tramas, crear las tragedias, usar el material narrativo disponible para explicar la bondad o la maldad del mundo y esmerarse en la restitución fiable de esa crónica. Con la ficción es posible la realidad. Una se abastece de la otra. Lo hacen sin que se aprecie. En ocasiones hasta crean la confusión de que son la misma pieza. Vemos las penurias de los demás (las nuestras tienen otra consideración) y las marcamos como literatura. De ahí que podamos sobrevivir. Sería inasumible (y también insoportable) que esa minuciosa realidad calara adentro con la fiereza con la que suele, no podríamos hilvanar un día con otro, no habría manera de conciliar el sueño por las noches, no se dispondría de calma, ni de equilibrio. Se lamenta uno (hoy una vez más) del pobrecito Gabriel (a veces viene y se queda) y de todos los que no están en este mundo por el rigor de la barbarie de sus adultos. Luego descansa la cabeza de uno, se atempera, adquiere la normalidad precisa para trajinar el dictado de los días, la fiebre oscura de las noches. Sí, eso es cierto, pero cuánt0 duele. Y la memoria, que se emperra en lo gris, que se esmera en servir las penurias, continúa su oficio de tinieblas y de luz. La melodía de la muerte es humo; el ritmo, toses. 

4
Me sigo preguntando sobre el porqué de que unos recuerdos surjan y otros, por una voluntad absurda, no. Esta mañana me puse a pensar en mi abuela Luisa. Suele hacerlo con alguna frecuencia. Tenía la voz dulce, era templada, a veces parecía estar en un ensimismamiento lúcido. Cuando parecía no estar en este mundo, ida en sus cosas, volada sin ejercer vuelo, decía algo que invalidaba esa apreciación absolutamente. Hay una foto en la que nos da el sol a los dos. Tenemos una ventana cerca. Yo tendría esa edad en la que no se tiene idea de casi nada y ni siquiera tenemos afán por querer saber algo más de lo que sabemos. De entonces a hoy, habrán pasado cincuenta años, más tal vez, he visto cosas que no creeríais y otras, qué puedo yo ahora registrar aquí que de verdad sea novedoso, que veis a diario. 


5

La penuria es la hambruna del alma. Se la hiere con poco, de sensibles que somos, de expuestos, pero a veces basta incluso una desazón leve, un arrimo pequeño de fatalidad, y de ella andamos sobrados últimamente, entre unas cosas y otras, algunas con más fiereza. La conversación repetida suele ser la del recuento de penalidades propias y ajenas, una especie de inventario prolijo de adversidades que creemos menos cruenta si se tiene conciencia de ellas y se pronuncian, embutidas en el resto del texto, acopladas a él por ver si no desentonan en demasía. Las de hoy, algunas que se me han confiado, no rebasan la tragedia de otras que se han escuchado antes, pero tienen su cuota de dramatismo. Nos acostumbramos al dolor con pasmosa facilidad: lo hacemos familiar, parece extensión doméstica de nuestra existencia. No nos atrevemos a desoír ese relato pormenorizado, hacemos cuanto podemos por exhibir la solidaridad requerida, podemos llegar a la conclusión de que no sería de extrañar que ese relato sea también nuestro. Es un argumento repetido. Hay días en que uno cree que cuadran admirablemente en el anterior: no difieren entre ellos, leves interferencias que los hacen distintos, pero podrían ensamblarse en uno, hacer que ambos adquieran la propiedad u la consistencia de la unidad, aunque sean dos o tres o cien. No hay dos iguales y todos los días igual, cantaba Leño en su “Calendario”, una pieza del antológico “Más madera”. Qué tiempos. Todo sigue ardiendo, aún así. Arde la memoria, su candor y su cáncer. Mientras haya luz, habrá futuro, decía un cantautor, no recuerdo cuál: en aquella época los había por decenas y ha perdido uno el ajuste en la memoria y me parecen a veces todos asombrosamente el mismo. Hoy, no sé por qué, hay menos cantautores. Es verdad. No hay tantos como antes. Tiene que haber una razón. Hay una para cada cosa, pero no tengo ni idea sobre cuál me ha hecho escribir este texto. Se escribe sin porqué, se lee por la misma razón. Tengo de mí la idea de que no acabo de saber qué me hace ser quien soy, ni el fundamento que legisla las cosas de las que me acuerdo. Hay una voluntad firme, no obstante: la de no perder algunas, la de conseguir que perduren y no se arruine la luz con la que voy palpando las sombras. 

13.1.26

Las cosas que la vida me enseñó / Xavi Nuez / Elogio de la terquedad

  Hay un signo perdurable en los discos que he escuchado de Xavi Nuez: todos (Historias varias, La última estación, Cuando nos creíamos poetas,  La increíble historia de Xavi Swinger y este último, Las cosas que la vida me enseñó: son honestos. 



El quinto álbum de Xavi Nuez es una continuación de los anteriores y, al tiempo, supone una investigación en curso, una determinación firme acerca de la naturaleza misma del hecho musical, que bien podría catalogarse como osada. No hay un atrevimiento que distancie la obra pretérita con la novedosa: el músico repite patrones, cuál no lo hace, quién no se reinventa continuamente, aunque toma senderos inéditos. "Las cosas que la vida me enseñó" exhibe honestidad y madurez. La canción con la que se abre es una declaración de esa voluntad. La producción está a la altura de las intenciones. Las cuerdas en "40000 minutos después", los vientos en "Besos en Callao" o los teclados en "El tarot" exhiben ganas de hacer un disco bien hecho, permitidme decirlo así. Xavi Nuez es un rockero de perfil abierto. Lo fue, lo es, será un rockero al que tiente cualquier género en el que encuentre el utillaje con el que expresarse. Es ahí en donde el autor se hace fuerte: en sus letras, que no tienen la devoción antigua por los paisajes desencantados del amor o la melancolía de los tiempos en los que fuimos felices (o poetas o dioses). 

Siempre hubo buenos arreglos en los discos de Nuez. Recuerdo "Historias varias", el primero que escuché. De aquel a este hay pocos años, pero parece que hubieran pasado muchos. El sonido es identificable (la voz es una marca de la casa, identificable en cuanto modula una nota), pero en este disco el músico y los músicos que se ha apañado para decir lo que siente (no es otra cosa hacer un disco) se han hecho grandes: Nuez es un cantante con autoridad, uno que no precisa desgañitarse, estos son tiempos en los que confundimos con excesiva facilidad cantar bien y gritar mientras se canta. Creo haber elogiado esa voz con anterioridad. Quizá sea el hecho más destacado: Xavi Nuez ha encontrado un timbre, se ha sentido cómodo en él, lo ha adaptado a cualquier pieza a la que lo aplique. 

Menos cañero que sus predecesores, qué falta le hará ya la caña, "Las cosas que la vida me enseñó" contiene melodías estupendas (la que titula el álbum o “Volando a Macondo”, mi favorita) y es sobre ese empeño melódico sobre el que reposa el disco entero. Mención aparte, por muchas causas, la más querida por mí tal vez sea su aura de pura literatura infantil perversa, para “El hombre del cementerio”. 

Me gusta esa intimidad áspera, de lija de lujo. Me gusta el descaro y la conciencia de que sin él no hay aventura, ni progreso, quizá no siquiera arte. Nuez es un pequeño artesano. Empleo el adjetivo adrede: su aparente pequeñez es ilusoria. Hay grandeza dentro, hay profesionalidad. Luego está la imposibilidad de entenderlo todo, esa especie de cara de pasmo al ver que producciones irrelevantes, mediocres o de poco o nulo interés artístico, medran en popularidad y otras, la de Nuez y la de otros obreros fiables y tercos y dotados, no prospera como debiera, no adquiere la nombradía que merece. Serán las cosas que la vida le enseñó, será (yo qué puedo saber) el placer de hacer lo que uno quiere y dejarlo correr por el mundo. Este escribidor modesto se alegra de escribir sobre lo que le gusta. Espero que el lector se anime a buscarlo (está en todas las plataformas) y lo escuche. Yo festejo esa terca (feliz, noble) encomienda de seguir trabajando, pese a todo. 

11.1.26

La belleza da ganas de vivir

 A veces es mejor no mirar, no dejarse atrapar, evitar que algo nos posea, tener que obedecer ciegamente, aunque nos cautive la belleza misma y la cabeza se nuble y el corazón estalle adentro. Hay quien prefiere no exponerse, ignorar ese influjo, no exhibir debilidad alguna. Es posible que a la señora sentada que no mira al cuadro le duela más que a los demás esa visión pura y de ahí que la esquive y le ofrezca la espalda. No será la primera vez que sale herida. Es posible que lo que esté haciendo sea reprender a alguien que no acuse el respeto que la pintura exige. Otra mujer, de pie, se fija en quien hace la fotografía. Se extrañaría de que esa situación se registre y perdure. Como si de alguna forma no fuese legítimo. Como si se incurriera en algún tipo de atropello moral.

De la belleza no se sale indemne. Lo dejó escrito Breton al final de su Nadja: la belleza será convulsa o no será. Y la señora, la reclinada, la que no se deja embaucar, ni someter, ni fascinar, prefiere que no sea. Saldrá limpia, sin dañar, pobre aun así. No verá el éxtasis, esa sinestesia. No brincará la sangre. Le habrá advertido: corazón, no te dejaré brincar, no me herirás. Estaré a salvo. Ya he sufrido antes.

La belleza, como el amor, como la fe, es un deslumbramiento. Uno puede censurar el acceso: saber que no traerá bien ese resplandor. Mejor prohibirse el placer, no darle oportunidad, no abrirle las puertas. Porque no hay placer que no taladre. Ni amor que no haga sangrar. Tampoco luz que, una vez rebasada la sombra, no la desquicie. En la contemplación pura del arte, en ese arrobo plenipotenciario, estamos desarmad0s, se nos ha retirado toda posible protección que trajéramos, han prescrito la seguridad y la firmeza.

La belleza es lo único a lo que se debe entregar el alma. Ni siquiera el amor. Incluso el amor, sentido hondamente, es belleza de alguna forma. Todo es deslumbramiento. Que cada pequeña brizna de realidad esconde otra realidad maravillosa. Que sólo hay que dejarse conducir. Que no hay otro lenguaje que descifre la belleza mejor que la poesía.

Toda esa gente que entra en los museos y repara en un cuadro y se detiene ante él anhela belleza. Una vez que la poseen, sintiendo que están momentáneamente cubiertos, regresan a la realidad, se zambullen toscamente en ella. Saben (sabemos) que siempre hay un camino. No hace falta que sea un museo, en donde todo está reglado, registrado, ofrecido con generosidad y limpieza; podemos hacer provisión de belleza en una luz que de pronto inunde la habitación en la que estamos o en la restitución íntima de un pasaje de orquesta en un anuncio escuchado en la televisión (el otro día el magnífico concierto de Año Nuevo en Viena) o en la visión del rostro de las personas que amamos. Dejaremos que el corazón brinque, permitiremos que salga herido, no nos importará que se fracture. Vuelve siempre el resplandor. Está ahí, sin que lo apreciemos, haciendo que el mundo gire.

Me sigo preguntando qué pasaría con este mundo si se hiciese una verdadera pedagogía de la belleza. Si se enseñaran en las escuelas los rudimentos básicos de esa disciplina fantástica. Si se vendiera como se venden distracciones que no duran en el alma más allá de lo que se tarda en consumirlas. Si se invirtiera en educar en lo artístico, en apreciar la hondura y la verdad que se esconde en lo hermoso. A lo mejor no habría tarados que enarbolan banderas perversas y se erigen sacerdotes de su verdad, aniquilando a quienes no la comparten o la frenan. Gente bárbara que desoye la llamada de la belleza o del amor. No sé en realidad hasta qué punto este panorama educativo es viable: lo es tangencialmente, expresado en los márgenes, contemplado como una especie de barniz sentimental que embadurne el resto de las materias principales. La cuestión es hablar de la belleza, nombrar su acopio de vida.

No hay que precaverse contra la belleza. Ni siquiera contra la posibilidad de que esa belleza (con su asombro adentro) no irrumpa a la primera y se precise cierto adiestramiento, una especie de instrucción previa que nos habilite para decodificar (está de moda el verbo) el contenido clausurado, no válido para el disfrute. Lo maravilloso del arte es que acaece con proverbial vigor: no pide que tengamos experiencia (aunque no sobre) y tampoco exige una continuidad. La belleza carece de efemérides y de prontuarios, no tiene que anunciarse. Cada uno hace acopio de herramientas para descerrajar su uso. No hay quien carezca por completo de una brizna de sensibilidad. Basta con dar con la cuerda que debe ser pulsada. Está ahí, por más que no se tenga noticia suya, incluso a pesar de que no comparezca cuando se la espera.

La belleza es esa rendición ante lo inefable: algo que nos conmueve, algo que nos enternece, algo que nos hace trascender. Lo de la conmoción, el enternecimiento o la trascendencia puede matizarse, pero son tres cuerdas: lo son de un modo limpio y franco.

Hay cierta edad en la que uno es inmune al arte. Ninguna manifestación de la belleza hace que nos inclinemos; ninguna evidencia de lo sublime nos alcanza. La vida es cualquier cosa menos una experiencia estética. Importa el juego, importa el asombro. Las instrucciones para alcanzar la felicidad son brumosas, no están pulidas, su exigencia es mínima, si no nula. Quizá una de las funciones de la escuela sea la de acercar la belleza, la de hacerla accesible, sin obligar a quien la observa a tomar ningún partido por ella, pero hacer que exista, brindarla, permitir que esté al alcance de cualquiera. Tan sólo el hecho simple de mirar un cuadro o de escuchar una pieza musical y de dejar que nos invada. El maestro es el demiurgo tranquilo, el que arbitra qué debe exhibirse, el que criba las herramientas de esa adquisición lenta y consistente. Si no se produce ese pequeño temblor que antecede al deslumbramiento, no hay nada que hacer. No siempre se consigue. No hay un método para que la belleza impregne al que se cruza con ella.

Tiene el arte, como el amor, algo que no podemos gobernar. Esa fragilidad, esa posesión fortuita, la posee también la fe. Los gobernantes andan ahora apartando la belleza de la escuela. Apartan la música, la eliminan, la consideran un bien sacrificable. Imagino que luego vendrá la plástica, que no es solo dibujar y recortar, sino involucrar al alumno en la visión del hecho estético y hacer que lo valore. A los gobiernos, a cierto tipo de gobiernos, les gusta que los museos estén vacíos. Y un museo vacío o una biblioteca vacía o una librería vacía constatan la enfermedad de un país. Un país sin ciudadanos sensibles está abocado al fracaso. Una sociedad aséptica, un pueblo embrutecido o en vías de embrutecerse.

Hay que educar en la belleza, hay que legislarla, por extraño que parezca esa aseveración. A ellos, a los niños, concierne esa herencia. Podemos consentir que durante un tiempo sean inmunes a ella y no la aprecien. Luego, una vez franqueen cierta edad, perderán tanto si no se inclinan y la besan, si acceden a la mayoría de edad (qué es eso, cuándo llega) sin el bagaje interior que les faculte para echarse a llorar al ver un cuadro de Goya o sentir erizarse el vello escuchando una cantata de Bach. Sí, parece que Bach y niños no es un binomio frecuente, pero es cosa de probar. Quizá (todo es una especulación, una tentativa de pedagogía) ese vertido inocente de lágrimas haga más por la formación íntegra de una persona que un plan educativo del gobierno de turno. A mis alumnos, un poco como el no quiere la cosa, les pongo jazz y música de cámara mientras hacen manualidades o plástica en clase. Oyen (ojalá escuchen) a Stan Getz y a Brahms. Alguno me pide el éxito radiofónico del momento, pero la mayoría abre los ojos, sonríe para sus adentros y se tranquiliza de un modo asombroso. Hay quien me dice que escriba en la pizarra el nombre del músico o de la canción. La última vez escribí: «Sinfonía del nuevo mundo, Dvorak». Si alguien al volver a casa le pide al Siri de turno la restitución de esa pieza, algo hemos conseguido. Hemos limado una aspereza, hemos alcanzado cierto grado de perfección docente.

“La belleza da ganas de vivir”. Lo leí anoche en “La insoportable levedad del ser”, el libro de Kundera en el que ando por mero azar. Hay tanto que leer que sorprende volver a lecturas que ya se han hecho. Sería como aplazar el placer que está por venir, el que no se conoce, el inédito, por el ya trabajado y apreciado o gozado, algunas veces. Kundera es de un escribir a veces lento. No se ve que avance una trama, no hay una literatura de contar cosas, sino de contar lo que importa en el trayecto de esas cosas. No la peripecia, el sucedido anecdótico, sino la sensación (la belleza) que ese decir implica. Leo con fruición novelas que podrían pasar por ensayos. Se mezcla la aventura con el pensamiento. Cayó en pocas horas un buen trecho del libro. Luego me venció el sueño (suele hacer eso con increíble facilidad) y me desperté con esa frase en la cabeza: “La belleza da ganas de vivir”.

7.1.26

Cavilar

 

Hay jazz en Ravel. El bolero no es únicamente una danza con una moderada y uniforme invitación a repetir una armonía y un ritmo, roto más tarde por un desquicio orquestal. La flauta, el fagot, el oboe, la trompeta, el clarinete, el corno inglés, el saxofón, el trombón, los bombos y los platillos destilan negritud, huelen a sudor y a canto espiritual. Rezuman la verdad antigua de los campos de algodón. En ese alambique de sexo puro, Ravel está pensando en un local en Harlem y en Duke Ellington, que todavía no era Duke Ellington. Quiero pensar en Stravinski escuchando el bolero de Ravel. Estaría sentado con un whisky en la mano, absorto, cavilando. Qué hermoso es ese verbo. Se cavila sin querer a veces. Está el bolero invitándonos a que oigamos por primera vez. Como si estuviésemos recién echados al mundo y se nos agasajase con un ostinato obstinado en que apreciemos ligeras variaciones, una especie de crescendo moroso, apocalíptico cuando se ha quedado sin aire o roto o determinado a no abundar más y dejar ahí una semilla, un túnel, una promesa de futuro también. La música continúa cuando ni música se escucha. Creo que cualquier pieza musical contiene a las demás. Podemos encontrar a Miles Davis en una saeta o a Billie Holiday en Jacques Brel. Hay que saber escuchar, hay que cavilar. Dice el diccionario que es "pensar con intención". Como si hubiera otra posibilidad. Se me ocurren sinónimos útiles: elucubrar, ensimismarse, rumiar, abstraerse. No sé si elucubramos, nos ensimismamos, rumiamos o nos abstraemos con la frecuencia que elucubrar, ensimismarse, rumiar o abstraerse merece. Son todos verbos maravillosos. Haría falta que nos prodigáramos más en su desempeño. Tal vez el mundo funcionaría mejor. 


6.1.26

Hoy el lunático cumple 80 años




 Yo fui Syd Barrett diez minutos.

Supe del éter y de las voces en la cabeza.

Aprendí el rumor de las moléculas intrépidas.

Vi los tejados de Londres

desde las nubes de los primeros poetas lisérgicos.

Comí almendras de mil novecientos doce en un templo birmano.

Sentí en el pecho el canto de aves estinfálidas

hasta que un olor a cebolla muerta

me hizo suplicarles que callaran o que me devoraran.

Conversé con ángeles

más hermosos que todas las pastillas de colores 

                               de mi novia de dientes de morsa.

Trepé los muros de una finca en Formentera

para ver unas gallinas que me habían hablado en un sueño.

Bebí las lágrimas de mi padre cuando el cáncer 

                               lo partió en doscientos trozos.

Leí Alicia en el país de las maravillas

con los ojos cerrados,

con la boca abierta, con mi cabeza muerta.

Lamí la espalda de Iggy, mi novia esquimal, cada noche.

Esta vez haré que gimas de verdad.

Mi lengua, Iggy. Tu espalda, Iggy. 

Abrí mi corazón para que entraran

las hormigas trémulas, las babas del diablo 

 y los bastardos de los pubs de Whitechapel.

Crucé la campiña inglesa en un Mini con el fantasma de William Blake.

Me encerré en un apartamento de Chelsea

con treinta guitarras y un millón de libras esterlinas.

Compuse una suite interestelar que sonaba

como una canción de rameras en un music hall.

Me vestí de bardo gótico para que los pájaros volasen en mi boca.

Lustré mis botas altas con la saliva de la reina de Inglaterra.

Comprendí la mecánica de los astros.

Amé el humo de las fábricas de todas esas ciudades

comidas por el gris de la muerte.

Me fascinó ver un pulpo comer hierba en la palma de mi mano.

Miré una caja de cereales como se mira a Dios.

Descreí de los apóstoles que alimentaron

el alma de mis ancestros cuando escuché blues

en un viejo tocadiscos que mi padre arrumbó en un sótano.

Fui pretencioso, fui solemne, fui un tarado.

Escribí una canción de cuna al encontrar la luz de la inspiración

en el viento al cimbrear los sauces.

Forniqué con la niebla, me conduje

hacia la absoluta liberación de la carne.

Padecí la lujuria de las flores muertas.

Me afeité las cejas para ver en Abbey Road

a mis amigos Rick, Richard y Roger

grabar un disco estúpido que vendió millones de copias.

No me conocieron, no supieron quién era.

Hola, soy yo, el tarado.

Me puse gordo como una buena foca

cuando el ácido ya no me hacía ver

el naufragio de los colores ni la tristeza del cielo.

Fui un gnomo, fui un bufón, fui un brujo.

Viví en el limbo y luego me mudé al vacío.

Aprecié mi cabeza irregular y la cuidé hasta que ella se separó del tronco.

Fundé la banda de rock psicodélico más importante del mundo.

Reparé el fuego con las heridas de los mártires.

Descubrí el secreto demasiado pronto.

Cabalgué sobre la brisa de acero.

 Toqué la flauta a las puertas del alba.

Fui sedado, fui la estrella sin rumbo, fui el negocio roto.

Nadé en una pecera.

Somos sólo almas perdidas.

Tenemos los mismos miedos.

Vemos los mismos fantasmas.

Cantamos las mismas viejas canciones

frente al fuego del invierno.

Yo moriré a los sesenta sin haber abierto la boca.

Tendré el pelo al cero, los ojos desquiciados, los dientes sucios.

Algunos amigos dirán que fui un diamante loco.

Me dedicarán canciones hermosas.

Desearán que estuviera con ellos, pero siempre anduve lejos.

Cambridge era un planeta

dentro de un fragmento de mi cabeza

irregular de chico guapo

que toca la guitarra y escribe melodías a la luna.

La felicidad era tocar a mis gatos 

Pink Anderson y Floyd Council. 


5.1.26

Velocidad y fatiga, ruido y tristeza

 Lo contrario al arte es el ruido. Al ruido se le concede lo que no alcanza a veces el silencio. El mundo funciona porque el ruido lo empuja. La maquinaria que lo produce no ha dejado de funcionar jamás. Ni siquiera el nacimiento de la realidad, cuando se construyó la luz y empezaron a bailar los cuerpos, debió omitir el ruido. Seguro que anduvo ahí, constatando el parto. Lo malo que tiene el ruido es que no se detiene nunca. No posee la voluntad de apaciguarse un poco, no entra en sus planes pensar en qué viene después o en qué ha habido antes. Es un perpetuum mobile obsceno. Los museos deberían venir sin ruido. Uno paga su entrada y se aloja en un silencio hermoso, como de antesala del sueño. El arte se expande con más eficacia si lo cerca el silencio. Por lo demás hay que aceptar que la batalla está perdida o que incluso no hay batalla alguna. Tenemos el ruido alojado en la cabeza como el aire en los pulmones. El silencio fascina porque no es lo común, ni sabemos bien a qué obedece su insistencia, que parece un poco hueca y un poco tímida, como si tuviese que pasar desapercibida. 

El amor es del silencio. Como la belleza. Todo lo que viene impregnado de ruido acaba por malograrse. Se deshace, se pierde, se anula. No habrá nadie en esta fotografía que comprenda lo que hace. No sabrán el motivo del pago en la taquilla del museo. Pagarán por contar después que hicieron esto o vieron aquello. Eso, en ocasiones, basta. No la verdad, sino su representación. Uno adquiere la legitimidad de decir que ha estado viendo la Gioconda. El dinero compra la veracidad de esa experiencia. Se nos ha educado para decir la verdad, aunque entendamos los beneficios de no hacerlo; se nos ha inculcado esa pequeña hipocresía burguesa: la de acceder a la belleza, la de entender que es en la belleza en donde está la salvación, pero sin ahondar, sin comprender qué hay detrás. Quizá ésa la razón por la que fotografiamos lo que vemos y no nos detenemos con paciencia (con orden) a observarlo. Hemos perdido la capacidad de observar o la capacidad de escuchar. El ruido lo ha ocupado todo. Cuando viene el silencio, nos aturdimos. 


Nos rodeamos de objetos para evitar el momento en que debamos entendernos con el silencio que nos rodea. Compramos ruido. Cuanto más tenemos, más protegidos nos sentimos, con más fiereza lidiamos contra las hordas del silencio. Vienen a veces sin que las sintamos, nos rodean y nos hacen caer en la cuenta de nosotros mismos. Puede pasar viendo un cuadro en un museo, contemplando un atardecer entre olivos, escuchando un solo de Charlie Parker o leyendo un poema de Baudelaire, pero son tiempos de ruido. Basta abrir los ojos para que el ruido ocupe la sangre. Estamos sacrificando el silencio. Pronto no se sabrá que es. Ni tampoco la lentitud, esa morosidad que hasta hace elegantes los movimientos. Todo es velocidad y fatiga, ruido y tristeza. 

4.1.26

El arte de dar la razón

 Fotografia de Marina Sogo

«La reputación es un prejuicio inútil y engañoso, que se adquiere a menudo sin mérito y se pierde sin razón. La reputación es el agobio de los tontos».
William Shakespeare

I

No se oye tanto como antes lo de la reputación, hay palabras que se arrumban, se dejan un poco aparte, porque no se desea entrar en lo que ofrecen, por hondas tal vez, por arduas. Hay palabras que tienen fragor y otras que no. Lo de la reputación trae a veces sin cuidado, se usa sin pensar en qué se dice. Cuando se dice de alguien que tiene una reputación, buena o mala, se está diciendo poco, no se esmera quien lo dice en explicar por qué esa propiedad, si ha sido conseguida trabajosamente, acarreada en los buenos y en los malos tiempos, cincelada con mimo o, por el contrario, es una cosa maleable, voluble, de poco o ningún asiento, del tipo de valoración moral que oscila y se inclina a un lado o a otro según el azar o las modas, vaya usted a saber. Si acaso, cuenta la mala reputación, de la que se puede hacer chanza o chascarrillo, la susceptible de airearse a beneficio de ociosos, la que anima corrillos de maledicentes. Hay muchos corrillos de esos. El hecho de que abunden es un indicio del tipo de sociedad que estamos construyendo.

Siempre hubo fascinación por conocer de cerca la intimidad ajena y, caso de que no sea la previsible y formal, dedicarse con encono a difundirla, sin mirar qué daño se hace o si es cierto lo difundido. Una mala reputación es carne de cañón. Haga lo que haga uno, lo consideran mal, cantaba Paco Ibáñez.  La buena no tiene predicamento: se pierde a poco que las circunstancias adversas la cercan o la zarandean un poco. Una vida entera de rectitud puede malograrse en un minuto suelto de desquicio. Un minuto es mucho a veces. Menos se precisa para que se arruine una buena reputación. Basta un error, en el que se esperaba que cayésemos y, mire usted por donde, al final caímos. No cuesta trabajo desquiciarse. Razones hay, a poco que se fije uno.

Por ahí anda la reputación, gloriosamente a salvo, expuesta para ser admirada por quien no la posee o, creyendo estar en posesivo suya, alaba la ajena, lo cual es una forma de prestigiar la suya. Anda expuesta, cubierta de gloria o de mierda, si se me permite la palabra gruesa, pero es una o es otra, no hay término medio. O se está bien mirado y se nos mira con respeto y, en casos, aprobación o admiración, o se nos pone a caldo, a parir, se tira por los suelos el posible nombre que uno tenga. Siempre me hizo gracia eso de que tengamos un nombre. Es muy de tiempos antiguos, pero en el fondo está mal que se haya perdido esa expresión. Hay quien se afana en labrarse un nombre (yo soy tal y tal y con eso ya debe ser suficiente, es mi aval, ahí en mi nombre están mis credenciales) y procede con dedicación y no pierde ocasión de pulirlo, ni de presumir de él. Usted no sabe quién soy yo, se oye a veces, cada vez menos, pero hace gracia, suena a folletín o a comedia en un teatrillo.

Sobre la consideración que se nos tiene no hay nada que podamos hacer. El poco o el mucho prestigio que tengamos fluctúa sin que concurra intervención nuestra, todo proviene del parecer ajeno, nunca de la opinión que uno tiene de sí mismo. La vanidad, por otro lado, traída sin remedio, es el prestigio que creemos tener, que a su vez es el que pensamos que se nos atribuye, meritoriamente o no. Es fácil caer en ella. He conocido algún vanidoso, quién no. Uno mismo, en ocasiones, lo es sin que se tenga conciencia. Son estos, siempre lo fueron, me temo, tiempos de vanidad sobrevenida. Hace falta poco para creer que algo hemos hecho bien y que se nos reconozca el trabajo. Estará en la naturaleza humana ese deseo de ser reconocido. En el fondo, la humildad no ha funcionado nunca como motor de la Historia. ¿A cuántos humildes conoce el lector? En cambio, ah infortunio, ah calamidad, sabemos de los vanidosos, conocemos muchos, hemos tomado café con ellos, hemos visto cómo se desenvuelven, hasta somos capaces de hacer pasar por vanidosos a quienes no hicieron nada que mereciera el atributo. Siendo reprochable, vemos en la vanidad un cierto encanto. Hay quien se cree popular y reconocido y posiblemente también amado porque tiene una legión de seguidores en Facebook o en Twitter. Ser popular en las redes sociales es como ser rico en el Monopoly. Uno entra en el juego de esa popularidad impostada, la acepta sin más, se cuida de que no le envare en demasía en el proceder diario, pero en el fondo, cuando caen los halagos, si es que alguno cae, no incomodan, no se apartan, se abrazan, se consideran una parte del trabajo, la de los premios, que siempre son bienvenidos, se diga lo que se diga.

El problema hoy en día es el halago mecánico, el rápido, el que se expresa con un sencillo like en un post colgado en una plataforma, en una de las muchas redes sociales. Se tienen más amigos ahí que los necesarios, que suelen no ser muchos. Tan sencillo resulta dar al clic y expresar la aprobación que la misma aprobación, en ese resumen despachado, no tiene el rango del comentario, el del gesto afectuoso, pero no podemos dar marcha atrás, todo va rápido, excesivamente rápido, no hay manera de parar la máquina. Habría que ver qué hay detrás de los emoticonos, aunque ese trabajo no hay quien lo realice, no es posible, todos son el mismo, ninguno es más hondo que otro. En el deseo de que esos emoticonos cobren más expresión, se amplió el número de ellos. Debe haber miles. Uno casi para cada sentimiento, es posible, no voy a discutir eso de modo que hemos vuelto al pasado jeroglífico, prescindimos de las palabras, las traducimos a muñecos que semejan dedos que aprueban o desaprueban o a caras que recogen un amplio espectro de sensaciones. Todo está hueco por dentro. De ahí que el vanidoso esté en su ambiente. Son buenos tiempos para no tener que detenerse a explicar mucho: basta la expresión sucinta del like o del dislike, que no sé por qué hay que recurrir al inglés, pero también ese es un peaje que estamos pagando. Un amigo ha dejado Facebook por más o menos todo esto. Está agotado, me cuenta. No necesita difundir lo que escribe más allá de su blog. Su vanidad, me refirió, se estaba atrofiando. Era otra cosa, ni siquiera la saludable y antigua vanidad. Ahora escribe, lo hace con menor frecuencia, pero no lo ha dejado, pero no tiene interés alguno en ser leído por más gente de la sucintamente precisa: ocho o diez amigos, no más. Yo a veces creo que podría hacer lo mismo y cerrar las redes sociales y volver a tener solo un sencillo blog al que entran muchos amigos y algunos lectores. Se me ocurre que ni siquiera se precisa que se sepa qué piensa uno sobre lo que sea que pueda pensarse, pero es drástico ese dictamen. Mientras no nos da el volunto y cerramos todas las querencias de lo binario, seguiremos por aquí. Por vanidad, por responsabilidad con los vicios que vamos adquiriendo.

II

La necesidad de tener razón es signo de una mente vulgar, escribió Albert Camus y recoge la cita Miguel Cobo en su Facebook. Tuve un amigo al que le irritaba que se le diese ciegamente la razón. Prefería la parte combativa, el cuerpo a cuerpo dialéctico, toda esa hostilidad educada que a veces entretiene las charlas en las terrazas de los bares, a veces más de la cuenta. Era este amigo muy de bares, es cierto. Muy de hablar y muy de beber. No había ocasión en que dejara escapar la oportunidad de hacerse notar y caía bien a ratos, muy bien en alguna ocasión y mal, a su modo, en la mayoría. Yo le confesaba mi admiración y él me lo agradecía a regañadientes, huyendo como solía de los golpecitos en la espalda y de los elogios. No sé qué es de él, no he vuelto a saber nada suyo desde hace treinta años, más tal vez. Guardo el tono de voz, la airada forma de defenderse a sí mismo o de investirse como improvisado —y voluntarioso— defensor de lo ajeno.

Echo en falta gente con ese carisma. No conozco nada mejor en el mundo que la posesión de un determinado tipo de conducta, sea del gusto de los demás o no, pero identificable, deleitable incluso. A los convencidos de que los problemas solo malogran las relaciones personales, les presentaría a J., les dejaría echar un par de cervezas con él, en una barra de un bar o en un salón doméstico, en la intimidad de las casas. Lo adorarían —como yo lo hice— o lo detestarían —como yo lo hice—. No he tenido interés en saber qué hace, si persiste en su admirable —por extrema, por honesta— forma de ser. Me hablaba de una novia que tenía con la que planeaba un futuro. Estoy por pensar que ese futuro no la incluye ahora. Se inclina uno a pensar que debe costar mantener una relación estable con alguien así. J. seguirá encantado consigo mismo. Continuará escuchándose. Se dedicaba básicamente a eso: a ponerse atención, a cuidar de que nada suyo le fuese enteramente ajeno. A veces estaría bien ser como J., no a tiempo completo, no de una manera profesional. Me lo imagino ejerciendo en el campo de la política. Ganaría en la distancia corta sin margen de duda. Defraudaría más tarde, sin duda tampoco.

Si el azar le pone este texto delante, estaría bien que se reconociera y me buscase. Es fácil dar con uno en estos tiempos. Tampoco me importaría que no lo lea nunca. Sé qué discreparía, aunque de un modo absolutamente impostado. No hará mucho di con alguien que me lo recordó. No exhibía su fuste dialéctico, ni se enconaba en dejar su palabra por encima de la ajena. Daba la impresión de tantear sus posibilidades, atendía con esmero qué efecto producían sus ocurrencias. Era un mal actor con un libreto prometedor. Se vino abajo a poco de que se le manifestara lo frágil de su discurso. Constató su flaqueza y, en ese momento, yo aprecié con mayor afecto o con un más tierno recuerdo la honestidad de mi antiguo compañero de farras. He pensado en todo esto y no he llegado a ninguna conclusión relevante. Ni esta lo es. También yo hago constar un sentir acerca de la costumbre que tenemos de relacionarnos los unos con los otros. Es antigua, pero está en declive. Ya se discute poco, se da la razón al tonto y al listo, no se rinde un anhelo que detente el que habla y pueda ser considerado por el que escucha.

1.1.26

Música en la que desaparecer dentro


 Andy Bey tiene la voz contenida, como si alardear de un volumen más audible rompiera la emoción o deshiciera algún tipo de voluntad con la que malograr la perfección del silencio. He empezado el año con este disco sutilísimo y el día se ha crecido o se ha menguado, no lo sé bien. Admito que todas estas canciones me han ido llevando por los trajines de la mañana y por la paz (hacía falta un remanso, un valle en esta agreste y a veces demasiado festiva orografía de estas fiestas) de la tarde. En días como hoy, con frecuencia, he hecho balance de lo abandonado en el año fallecido y propósitos para el recién alumbrado. No va a ser así en este. No tengo nada que cumplir. Me iré dejando llevar, haré como si no se hubiera comenzado ni terminado nada. Tengo la experiencia de que los planes, si se urden con anhelo, con ansia, flaquean y, las más de las veces, se desvanecen poco a poco hasta que no hay rastro de que ocuparan nuestra atención. Es falible casi siempre. 

Sí, venga, vale, soy un escritor

  Estoy de acuerdo con todos los que salgan a la calle y vociferen que la realidad es inverosímil o que las palabras son irrelevantes o que ...