A veces es mejor no mirar, no dejarse atrapar, evitar que algo nos posea, tener que obedecer ciegamente, aunque nos cautive la belleza misma y la cabeza se nuble y el corazón estalle adentro. Hay quien prefiere no exponerse, ignorar ese influjo, no exhibir debilidad alguna. Es posible que a la señora sentada que no mira al cuadro le duela más que a los demás esa visión pura y de ahí que la esquive y le ofrezca la espalda. No será la primera vez que sale herida. Es posible que lo que esté haciendo sea reprender a alguien que no acuse el respeto que la pintura exige. Otra mujer, de pie, se fija en quien hace la fotografía. Se extrañaría de que esa situación se registre y perdure. Como si de alguna forma no fuese legítimo. Como si se incurriera en algún tipo de atropello moral.
De la belleza no se sale indemne. Lo dejó escrito Breton al final de su Nadja: la belleza será convulsa o no será. Y la señora, la reclinada, la que no se deja embaucar, ni someter, ni fascinar, prefiere que no sea. Saldrá limpia, sin dañar, pobre aun así. No verá el éxtasis, esa sinestesia. No brincará la sangre. Le habrá advertido: corazón, no te dejaré brincar, no me herirás. Estaré a salvo. Ya he sufrido antes.
La belleza, como el amor, como la fe, es un deslumbramiento. Uno puede censurar el acceso: saber que no traerá bien ese resplandor. Mejor prohibirse el placer, no darle oportunidad, no abrirle las puertas. Porque no hay placer que no taladre. Ni amor que no haga sangrar. Tampoco luz que, una vez rebasada la sombra, no la desquicie. En la contemplación pura del arte, en ese arrobo plenipotenciario, estamos desarmad0s, se nos ha retirado toda posible protección que trajéramos, han prescrito la seguridad y la firmeza.
La belleza es lo único a lo que se debe entregar el alma. Ni siquiera el amor. Incluso el amor, sentido hondamente, es belleza de alguna forma. Todo es deslumbramiento. Que cada pequeña brizna de realidad esconde otra realidad maravillosa. Que sólo hay que dejarse conducir. Que no hay otro lenguaje que descifre la belleza mejor que la poesía.
Toda esa gente que entra en los museos y repara en un cuadro y se detiene ante él anhela belleza. Una vez que la poseen, sintiendo que están momentáneamente cubiertos, regresan a la realidad, se zambullen toscamente en ella. Saben (sabemos) que siempre hay un camino. No hace falta que sea un museo, en donde todo está reglado, registrado, ofrecido con generosidad y limpieza; podemos hacer provisión de belleza en una luz que de pronto inunde la habitación en la que estamos o en la restitución íntima de un pasaje de orquesta en un anuncio escuchado en la televisión (el otro día el magnífico concierto de Año Nuevo en Viena) o en la visión del rostro de las personas que amamos. Dejaremos que el corazón brinque, permitiremos que salga herido, no nos importará que se fracture. Vuelve siempre el resplandor. Está ahí, sin que lo apreciemos, haciendo que el mundo gire.
Me sigo preguntando qué pasaría con este mundo si se hiciese una verdadera pedagogía de la belleza. Si se enseñaran en las escuelas los rudimentos básicos de esa disciplina fantástica. Si se vendiera como se venden distracciones que no duran en el alma más allá de lo que se tarda en consumirlas. Si se invirtiera en educar en lo artístico, en apreciar la hondura y la verdad que se esconde en lo hermoso. A lo mejor no habría tarados que enarbolan banderas perversas y se erigen sacerdotes de su verdad, aniquilando a quienes no la comparten o la frenan. Gente bárbara que desoye la llamada de la belleza o del amor. No sé en realidad hasta qué punto este panorama educativo es viable: lo es tangencialmente, expresado en los márgenes, contemplado como una especie de barniz sentimental que embadurne el resto de las materias principales. La cuestión es hablar de la belleza, nombrar su acopio de vida.
No hay que precaverse contra la belleza. Ni siquiera contra la posibilidad de que esa belleza (con su asombro adentro) no irrumpa a la primera y se precise cierto adiestramiento, una especie de instrucción previa que nos habilite para decodificar (está de moda el verbo) el contenido clausurado, no válido para el disfrute. Lo maravilloso del arte es que acaece con proverbial vigor: no pide que tengamos experiencia (aunque no sobre) y tampoco exige una continuidad. La belleza carece de efemérides y de prontuarios, no tiene que anunciarse. Cada uno hace acopio de herramientas para descerrajar su uso. No hay quien carezca por completo de una brizna de sensibilidad. Basta con dar con la cuerda que debe ser pulsada. Está ahí, por más que no se tenga noticia suya, incluso a pesar de que no comparezca cuando se la espera.
La belleza es esa rendición ante lo inefable: algo que nos conmueve, algo que nos enternece, algo que nos hace trascender. Lo de la conmoción, el enternecimiento o la trascendencia puede matizarse, pero son tres cuerdas: lo son de un modo limpio y franco.
Hay cierta edad en la que uno es inmune al arte. Ninguna manifestación de la belleza hace que nos inclinemos; ninguna evidencia de lo sublime nos alcanza. La vida es cualquier cosa menos una experiencia estética. Importa el juego, importa el asombro. Las instrucciones para alcanzar la felicidad son brumosas, no están pulidas, su exigencia es mínima, si no nula. Quizá una de las funciones de la escuela sea la de acercar la belleza, la de hacerla accesible, sin obligar a quien la observa a tomar ningún partido por ella, pero hacer que exista, brindarla, permitir que esté al alcance de cualquiera. Tan sólo el hecho simple de mirar un cuadro o de escuchar una pieza musical y de dejar que nos invada. El maestro es el demiurgo tranquilo, el que arbitra qué debe exhibirse, el que criba las herramientas de esa adquisición lenta y consistente. Si no se produce ese pequeño temblor que antecede al deslumbramiento, no hay nada que hacer. No siempre se consigue. No hay un método para que la belleza impregne al que se cruza con ella.
Tiene el arte, como el amor, algo que no podemos gobernar. Esa fragilidad, esa posesión fortuita, la posee también la fe. Los gobernantes andan ahora apartando la belleza de la escuela. Apartan la música, la eliminan, la consideran un bien sacrificable. Imagino que luego vendrá la plástica, que no es solo dibujar y recortar, sino involucrar al alumno en la visión del hecho estético y hacer que lo valore. A los gobiernos, a cierto tipo de gobiernos, les gusta que los museos estén vacíos. Y un museo vacío o una biblioteca vacía o una librería vacía constatan la enfermedad de un país. Un país sin ciudadanos sensibles está abocado al fracaso. Una sociedad aséptica, un pueblo embrutecido o en vías de embrutecerse.
Hay que educar en la belleza, hay que legislarla, por extraño que parezca esa aseveración. A ellos, a los niños, concierne esa herencia. Podemos consentir que durante un tiempo sean inmunes a ella y no la aprecien. Luego, una vez franqueen cierta edad, perderán tanto si no se inclinan y la besan, si acceden a la mayoría de edad (qué es eso, cuándo llega) sin el bagaje interior que les faculte para echarse a llorar al ver un cuadro de Goya o sentir erizarse el vello escuchando una cantata de Bach. Sí, parece que Bach y niños no es un binomio frecuente, pero es cosa de probar. Quizá (todo es una especulación, una tentativa de pedagogía) ese vertido inocente de lágrimas haga más por la formación íntegra de una persona que un plan educativo del gobierno de turno. A mis alumnos, un poco como el no quiere la cosa, les pongo jazz y música de cámara mientras hacen manualidades o plástica en clase. Oyen (ojalá escuchen) a Stan Getz y a Brahms. Alguno me pide el éxito radiofónico del momento, pero la mayoría abre los ojos, sonríe para sus adentros y se tranquiliza de un modo asombroso. Hay quien me dice que escriba en la pizarra el nombre del músico o de la canción. La última vez escribí: «Sinfonía del nuevo mundo, Dvorak». Si alguien al volver a casa le pide al Siri de turno la restitución de esa pieza, algo hemos conseguido. Hemos limado una aspereza, hemos alcanzado cierto grado de perfección docente.
“La belleza da ganas de vivir”. Lo leí anoche en “La insoportable levedad del ser”, el libro de Kundera en el que ando por mero azar. Hay tanto que leer que sorprende volver a lecturas que ya se han hecho. Sería como aplazar el placer que está por venir, el que no se conoce, el inédito, por el ya trabajado y apreciado o gozado, algunas veces. Kundera es de un escribir a veces lento. No se ve que avance una trama, no hay una literatura de contar cosas, sino de contar lo que importa en el trayecto de esas cosas. No la peripecia, el sucedido anecdótico, sino la sensación (la belleza) que ese decir implica. Leo con fruición novelas que podrían pasar por ensayos. Se mezcla la aventura con el pensamiento. Cayó en pocas horas un buen trecho del libro. Luego me venció el sueño (suele hacer eso con increíble facilidad) y me desperté con esa frase en la cabeza: “La belleza da ganas de vivir”.
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