1
Hay bonitas melodías que cuentan cosas terribles. Lo leí en una entrevista a Tom Waits, pero lo podía haber dicho Gloria Fuertes o Torrebruno. Lo de menos es el formato. Lo que importa es el interior, la constatación de que algo duele y se gusta causando un dolor posterior. El pasado es en donde suceden las cosas. Uno piensa en todo lo dulce y en todo lo hermoso que le ha ocurrido, pero no está a salvo de que la memoria lo haya contaminado todo y lo dulce y lo hermoso exhiban un roto, un agujero por donde se ve el interior terrible. Lo de que la patria está en la infancia, que propaló Rilke, no es cierto del todo. Vivimos en la memoria, en la ocupación que los recuerdos hacen de la realidad. Da igual que pongamos trabas, obstáculos, trincheras: lo vivido irrumpe.
2
Recuerdo amigos a los que ya no veo con los que sería incapaz de mantener ahora una conversación o apurar una tarde de domingo en una terraza. Sin embargo, gente a la que acabo de conocer me han colmado como si fuesen amigos antiguos. Es la memoria la que sublima o hace irrelevante un acontecimiento vivido, un episodio en la historia de la vida, un fragmento que no acaba nunca de ser nuestro del todo. Memoria y emoción juntamente. Frágil y ajena, la vida nos permite muy pocas voluntades. Nos da el dominio justo, nos permite ciertas extravagancias, nos hace creer que tenemos alguna propiedad sobre ella, pero al final acaba imponiendo su criterio. No sabemos qué criterio es ese. El del azar, imagino. Estamos a su capricho. La melodía es el azar, él es el que la tararea. A pesar de todo, incluso aceptando la fragilidad con la que sentimos el suelo del día que pisamos, la vida es bella. Lo dijo un cómico de cara de cómic al que le dieron hasta un Óscar. La suya, la de su película, era una melodía hermosa, en el fondo, pero era tan terrible el cuento de adentro. Vuelvo a Tom Waits: "La melodía es como el humo, y el ritmo son las toses"
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La penuria es la hambruna del alma. Se la hiere con poco, de sensibles que somos, de expuestos, pero a veces basta incluso una desazón leve, un arrimo pequeño de fatalidad, y de ella andamos sobrados últimamente, entre unas cosas y otras, algunas con más fiereza. La conversación repetida suele ser la del recuento de penalidades propias y ajenas, una especie de inventario prolijo de adversidades que creemos menos cruenta si se tiene conciencia de ellas y se pronuncian, embutidas en el resto del texto, acopladas a él por ver si no desentonan en demasía. Las de hoy, algunas que se me han confiado, no rebasan la tragedia de otras que se han escuchado antes, pero tienen su cuota de dramatismo. Nos acostumbramos al dolor con pasmosa facilidad: lo hacemos familiar, parece extensión doméstica de nuestra existencia. No nos atrevemos a desoír ese relato pormenorizado, hacemos cuanto podemos por exhibir la solidaridad requerida, podemos llegar a la conclusión de que no sería de extrañar que ese relato sea también nuestro. Es un argumento repetido. Hay días en que uno cree que cuadran admirablemente en el anterior: no difieren entre ellos, leves interferencias que los hacen distintos, pero podrían ensamblarse en uno, hacer que ambos adquieran la propiedad u la consistencia de la unidad, aunque sean dos o tres o cien. No hay dos iguales y todos los días igual, cantaba Leño en su “Calendario”, una pieza del antológico “Más madera”. Qué tiempos. Todo sigue ardiendo, aún así. Arde la memoria, su candor y su cáncer. Mientras haya luz, habrá futuro, decía un cantautor, no recuerdo cuál: en aquella época los había por decenas y ha perdido uno el ajuste en la memoria y me parecen a veces todos asombrosamente el mismo. Hoy, no sé por qué, hay menos cantautores. Es verdad. No hay tantos como antes. Tiene que haber una razón. Hay una para cada cosa, pero no tengo ni idea sobre cuál me ha hecho escribir este texto. Se escribe sin porqué, se lee por la misma razón. Tengo de mí la idea de que no acabo de saber qué me hace ser quien soy, ni el fundamento que legisla las cosas de las que me acuerdo. Hay una voluntad firme, no obstante: la de no perder algunas, la de conseguir que perduren y no se arruine la luz con la que voy palpando las sombras.
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