13.1.26

Las cosas que la vida me enseñó / Xavi Nuez / Elogio de la terquedad

  Hay un signo perdurable en los discos que he escuchado de Xavi Nuez: todos (Historias varias, La última estación, Cuando nos creíamos poetas,  La increíble historia de Xavi Swinger y este último, Las cosas que la vida me enseñó: son honestos. 



El quinto álbum de Xavi Nuez es una continuación de los anteriores y, al tiempo, supone una investigación en curso, una determinación firme acerca de la naturaleza misma del hecho musical, que bien podría catalogarse como osada. No hay un atrevimiento que distancie la obra pretérita con la novedosa: el músico repite patrones, cuál no lo hace, quién no se reinventa continuamente, aunque toma senderos inéditos. "Las cosas que la vida me enseñó" exhibe honestidad y madurez. La canción con la que se abre es una declaración de esa voluntad. La producción está a la altura de las intenciones. Las cuerdas en "40000 minutos después", los vientos en "Besos en Callao" o los teclados en "El tarot" exhiben ganas de hacer un disco bien hecho, permitidme decirlo así. Xavi Nuez es un rockero de perfil abierto. Lo fue, lo es, será un rockero al que tiente cualquier género en el que encuentre el utillaje con el que expresarse. Es ahí en donde el autor se hace fuerte: en sus letras, que no tienen la devoción antigua por los paisajes desencantados del amor o la melancolía de los tiempos en los que fuimos felices (o poetas o dioses). 

Siempre hubo buenos arreglos en los discos de Nuez. Recuerdo "Historias varias", el primero que escuché. De aquel a este hay pocos años, pero parece que hubieran pasado muchos. El sonido es identificable (la voz es una marca de la casa, identificable en cuanto modula una nota), pero en este disco el músico y los músicos que se ha apañado para decir lo que siente (no es otra cosa hacer un disco) se han hecho grandes: Nuez es un cantante con autoridad, uno que no precisa desgañitarse, estos son tiempos en los que confundimos con excesiva facilidad cantar bien y gritar mientras se canta. Creo haber elogiado esa voz con anterioridad. Quizá sea el hecho más destacado: Xavi Nuez ha encontrado un timbre, se ha sentido cómodo en él, lo ha adaptado a cualquier pieza a la que lo aplique. 

Menos cañero que sus predecesores, qué falta le hará ya la caña, "Las cosas que la vida me enseñó" contiene melodías estupendas (la que titula el álbum o “Volando a Macondo”, mi favorita) y es sobre ese empeño melódico sobre el que reposa el disco entero. Mención aparte, por muchas causas, la más querida por mí tal vez sea su aura de pura literatura infantil perversa, para “El hombre del cementerio”. 

Me gusta esa intimidad áspera, de lija de lujo. Me gusta el descaro y la conciencia de que sin él no hay aventura, ni progreso, quizá no siquiera arte. Nuez es un pequeño artesano. Empleo el adjetivo adrede: su aparente pequeñez es ilusoria. Hay grandeza dentro, hay profesionalidad. Luego está la imposibilidad de entenderlo todo, esa especie de cara de pasmo al ver que producciones irrelevantes, mediocres o de poco o nulo interés artístico, medran en popularidad y otras, la de Nuez y la de otros obreros fiables y tercos y dotados, no prospera como debiera, no adquiere la nombradía que merece. Serán las cosas que la vida le enseñó, será (yo qué puedo saber) el placer de hacer lo que uno quiere y dejarlo correr por el mundo. Este escribidor modesto se alegra de escribir sobre lo que le gusta. Espero que el lector se anime a buscarlo (está en todas las plataformas) y lo escuche. Yo festejo esa terca (feliz, noble) encomienda de seguir trabajando, pese a todo. 

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