La moza Lisinda Arévalo, la que a orillas del Tormes iba a lavar la ropa y, siguiendo las enseñanzas del Buen Señor, mitigaba la sed del caballero que iba o volvía a su hacienda, no tenía ademanes rudos, no se hurgaba la nariz, no decía palabras inconvenientes, no exhibía la tosca compostura de otras mozas de su apaño. Era el todo Lisinda cabal en su trabajo, correcta en el trato y prudente en las confianzas. El agua de su odre era famosa en la comarca y hasta se le concedían prodigios curativos al acudir a ella. Menos por la sed que por el buen ver de la moza, los viajeros casuales, luego fijos, los precisados de ternura, haciendo un alto en el que daban descanso a las bestias, engolosinaban, entre buche y buche, el cansado ojo.
Tenía Lisinda la vocación del servicio tan a honra y cuidado que la provisión del agua quedaba, en su entender, corta, por lo que se determinó a cargar las alforjas de la mula con buenas piezas de morcilla y de chorizo, unos trozos generosos de queso y un canto de pan de tan escandaloso tamaño que el animal torcía peligrosamente el andar y amenazaba con tirarla a ella ya las ricas viandas al suelo, desbaratando la empresa a la que dedicaba todos sus desvelos.
Dio el buen Señor a la servil Lisinda magra elocuencia y carnes prietas, de las que se festejan en los sueños privados de los hombres. Lo que Dios, allá en su cúpula de bondades, regidor primero de las primeras cosas, le privó a la bella Lisinda fue alcances. Los suyos, cortos y felices, no daban para mucho más que cargar al mulo con las alforjas, llenar los odres con agua del pozo de su finca y recorrer, sin desviarse ni distraer la atención, el camino hasta el recodo del río, en donde ya era pieza habitual que los caballeros descansasen, se recreasen con el hermoso paraje y alimentasen, por pocas y bendecidas monedas, la tripa y, en los más de los casos, la vista. No estaba en el ánimo de Lisinda el lucro, por más que en su familia no viese mal un dinero con el que sobrellevar la intendencia de la casa. A fe de quien les cuenta esta historia, lo que la muchacha ansiaba era otra cosa que ahora no sabría a ciencia cierta exponer. Quizá eran buenas obras lo que buscaba, las que le ganaran un pedacito de cielo, aunque no fue jamás muy de iglesia. Tal vez únicamente disfrutaba saciando la sed de todos esos varones, aliviando, ya se verá este detalle, la carga dolorosa de algunas hombrías largamente reprobadas
Fundó Lisinda en el generoso remanso del Tormes una fonda al paso de los años. Era una de esas casas modestas, de las levantadas hospitalariamente en los caminos, que prefieren pasar inadvertidas y que, con una mano ágil y un espíritu valiente, prosperan y se convierten en dignas. Pobre de planta, apenas agasajada por el buen gusto en su frontispicio (un portón de maderas viejas y un par de ventanas muy grandes enrejadas sin atino) la casa daba una silla decente, una mesa fuerte, fuego en invierno y sombra entretenida, en la frondosa entrada, en verano. Las escasamente esmeradas manducas de antaño (el duro pan y los hoscos trozos de carne seca o de queso duro) mudaron a otras de más pensado efecto. El hondo búcaro de vino, el plato de pescado en salazón o de carnes asadas, la sopa con sus garbanzos y el tabaque con frutas del tiempo como postre haciendo aplaudir a la tripa del viajero al punto de que, antes de montar y continuar camino, echaban el solaz de una siesta ligera bajo los árboles, a pierna muy suelta, contenta la boca y alegre la panza. Qué mansedumbre de remanso, qué holganza, qué divino el arte de contentar a quien precisa contento.
Lisinda, infeliz todavía con el manejo de su hostería, animada a agrandarla. se las ingenió para que los comensales más entusiastas concedieran levantaran una casa más generosa, obsequiada de dormitorios y bañada por el limpio sol por ventanas amplias y limpias de telarañas. De pocas entendederas, corta en meninges, como ya se ha quedado dicho, Lisinda prefirió que los cuartos que se usasen en ella contribuyesen a mejorar la ya existente. Ganó fama el establecimiento por las comarcas cercanas por la amabilidad de su posadera y por la rotunda hospitalidad de sus carnes, entiéndase esto como el buen lector decida. Sola en su negocio, apartado del mundo, Lisinda ocupó una de las habitaciones. No la quiso resuelta en lujos. no había nada en ella que la distinguiera de las demás. El precario catre le bastaba para dejar caer el cuerpo, más que cansado al final de la jornada. De noche soñaba que un caballero la rondaba. Siempre era el mismo. Le incomodaba que un hombre gobernara su hacienda, pero le agradab,a que uno calentara su cama. Como el caballero de sus sueños no llegaba, la buena de Lisinda, absorta en la contemplación del techo de su habitación humilde, decidió que era la última noche que dormía sola.
Debió ser la ligereza de cascos o la promiscua gentileza de sus sueños o ambas circunstancias conchabadas con el único propósito de malograr la desgracia de la fonda. Debió ser también el hambre de moza de algunos caballeros o la sensación de que la pequeña posta, vista en detalle, tiraba más a burdel, a pesar del búcaro de vino y la rica ristra de viandas colgadas del techo. Lo único malo es que la única meretriz de la casa era Lisinda, y a veces no daba abasto para apaciguar las idas y las venidas, las entradas y las salidas de la cuantiosa nómina de inquilinos. Anhelaba que uno estuviese tocado por la gracia y buena verga, puesto que hay razones que la cabeza desconoce y sólo gobierna la entrepierna.
No queriendo que nadie se involucrara en su faena, se las apañó como buenamente pudo. No dejó cliente insatisfecho ni en la mesa ni el catre. Alguno, soltero o viudo, enamoradizo, la conminó a que dejara las labores de Venus y se animaran a gobernar la lejana suya. Otros, escarmentados de la rutina o aburridos de ayuntar siempre en la misma hacienda, le rogaron, en el más cumplido protocolo, que trajese mozas de los burdeles aledaños. Debe aclararse que la palabra burdel no era del agrado de Lisinda. Lo que ella ofrecía en su negocio era bondad a espuertas, cristiana bondad, si el lector así lo prefiere, la generosa evidencia de que el amor al prójimo que pregonan los evangelios se cumplía en su mesón y en su tálamo. Dios no tenía que censurar que ella llevase su palabra tan lejos. Por eso no hubo otra mujer. Nunca la hubo.
La bella y entregada moza devino fulana piadosa, oficio lúbrico, poco o nada evangélico, pero que la contentaba al punto de que creía, a cada fornicio que realizaba, merecer un trocito más grande de cielo. No hubo mandoble o mentula que no la meciese, en volandas, camino del Señor, aunque íntimamente supiera que a cada embestida más lejos de él se hallaba; en su desviado pensar, en su descarriado proceder, no hubo puya de macho que no la hiciese sentir la más recta de las mujeres; no hubo, por más que una tiniebla de duda le atenazase el sueño, recodo de su alma en donde no se creyese pura, aunque el cuerpo se le descoyuntara por las acometidas viriles y el dolor la quebrase a veces y el nombre de Lisinda, por merecimiento, de pueblo en pueblo, por las lomas y por las veredas, en conventos y en tabernas, fuese el nombre mismo del pecado. Nada de eso la incomodaba. Las habladurías la reconfortaban. Si venían más hombres, mayor sería el bien que hiciese. Hasta que un día, enferma del mismo fornicio, rota en su eje, Lisinda cayó en cama, floja como un junco al que desmayase el viento, incapaz de servir mendrugos de pan y tacos de morcilla en el abarrotado comedor de la planta inferior, inútil para abrirse de piernas o para montar a horcajadas en la izada hombría de sus peregrinos e ir juntos al doble paraíso.
Como el hombre, en particular el putañero, es criatura de escasa sensiblidad y sólo se anima cuando hay prevista jodienda, quedó Lisinda en el más triste de los olvidos. Encamada y sola, cerró el trajín de la cocina y de la fonda. Los jinetes pasaban de largo, decepcionados. Alguno se ofrecía, en discreto gesto cristiano, a procurarle un médico que la sanase, pero Lisinda quiso irse muriendo en paz, a decir de alguno de los asiduos más antiguos. Se fue apagando poco a poco, sin ruido, sin querer molestar a nadie. Así lo hizo antes de llegar a los treinta años, edad en la que una mujer todavía puede traer hijos al mundo y llevar una casa.
En el pueblo, pocos recuerdan a Lisinda. En los caminos, refieren la historia de una mujer de carnes firmes y generosas, de ubres como campanas de iglesia, que llevaba agua en un odre a los cansados caballeros que iban y venían a sus cosas. Que luego mudó el agua en vino, como quien obra una especie de milagro, y la prieta rueda de longaniza por un pequeño plato caliente, que aliviase el hambre e invitase al sueño. Que sospechó, en sus flacas meninges, que el caballero también precisa verterse en hembra, cubrirla entera, vaciarse completo. Se dio a quien la quiso, arrimó su cuerpo al de los otros, buscó en el abrazo más humano la virtud más divina, y creyó que obraba con la vehemencia del juramentado en una empresa mayor que sí misma. No se refiere a día de hoy qué fue en verdad de la moza Linsida, no hay quien sepa algo de lo que fiarse. Que si dejó este mundo en temprana edad. Que si todo lo que de ella se pregone es materia de malos poetas y de chismes de plazuela. Que tuvo diez vástagos. Que murió viejita. Otros refieren que nada hay de cierto en la narración de la moza Lisinda. Que es letra de una canción antigua que se oye por las orillas del Tormes. No se encuentran escritos que glosen su cruzada.

En la elección de los títulos intervienen circunstancias extrañas. Hay cuentos que provienen del hallazgo de un título deslumbrante, de los que te parecen perfectos y a los que intentas acoplar una trama pareja, pero te puedes tirar horas, reemplazando unos por otros, creyendo que uno ha superado la criba definitivamente para más tarde comprobar que ha caído y no te agrada, hasta lo consideras pésimo. No creo que hoy resuelva mi propósito, el del título para mi novela. Manejo tres, dos muy parecidos. No será ninguno de ellos, tendré la epifanía cuando no me lo espere y me asaltará en el lugar menos propicio, no sé, en la cola de la charcutería (hace falta embutido en casa) o en la cama, cuando se te empiezan a nublar los ojos y la mente adquiera esa cualidad asombrosa de ver al tiempo lo velado por los sueños y lo revelado por la realidad. Sé sin margen de duda a quienes se la daré, esos primeros lectores que siempre serán temibles. Tengo tres o cuatro insobornables. Ellos lo saben.