30.10.17

Perdición





                                                                                          A Rafael Roldán, que es muy de Wilder

Imagino que en su inicio debió ser una especie de secreto compartido entre iniciados que más tarde se difundió por temor a que lo privilegiado en esa custodia cayese en el olvido, se perdiese entre todos los juramentados a resguardarlo. Ya no hay secretos, ni siquiera se prestigian, se les confiere naturaleza metafórica, no asentada en lo real, ni sensata ni fiable. Ahora todo está a la vista, todo se muestra para que nadie quede fuera de su conocimiento. Es la sociedad del acceso absoluto. Como suele ocurrir con todos los asuntos de la vida, pierden fuelle o pujanza o valor incluso cuando los arrasa el tiempo, cuando otras cosas concurren y piden sitio a voces. Como en el principio ése de Arquímedes en el que un cuerpo desalojado permite que otro se ajuste al hueco ofrecido. Pasa con el cine, por ejemplo. Estamos perdiendo a los clásicos, no están a la vista, no hay una voluntad para que su vigencia perdure o para que acompañen a las propuestas nuevas, al cine que se hace ahora, que no es necesariamente peor (en mi opinión sí lo es), ni merece que se le rebaje importancia, como en ocasiones sucede.

Vi anoche una estupenda película de hace un montón de años. La vi por segunda o tercera vez, creo. Perdición / Double Indemnity  (Billy Wilder, 1944) es la mejor película que he visto en años. Sucede con ella como con los buenos amigos a los que no ves en mucho tiempo: los abrazas como si fuesen pertenencia tuya, entiendes que no importa el tiempo en el que os visteis poco o nada, sólo sientes la emoción del reencuentro, la felicidad de esa compañía. De los clásicos, los amigos o las películas, guarda uno esa impresión, la de su bondad, la de que están ahí, a mano, cuando se precisan, no fallando, no incurriendo en desaires, ni en desavenencias, satisfaciendo la parte tuya que anda desvalida, desamparada, triste si me apuran.

La gente joven no sabe qué es el género negro, ni conocen a Chandler, ni a Cain, ni a Hammett, cuando todos contribuyeron, unos más y otros menos, en el guión regalado a Billy Wilder. Los clásicos mueren porque no se les saca a pasear o porque no tienen cabida en este mundo en donde todo tiene un beneficio económico inmediato o está hecho para que lo tenga y todos aceptamos ese trato, el de ofrecer y pagar, el de usar y quemar, sobre todo ése, el de usar y quemar. Nada dura, nada vale para mañana, nada es digno de recordarse días después: hay siempre otra pieza canjeable dispuesta a ocupar ese sitio, como si no tuviésemos lugar para almacenar más de una devoción o como si los que organizan estas cosas no confiaran en que el público es inteligente y sabe a qué arrimar su inteligencia y a qué no.

Estamos en la sociedad de la velocidad, no la de la información como algunos propagan. Hay más información, sí, una cantidad abrumadora de información, pero no está medida, ni inspeccionada por ver cuál sobra. Es la sociedad de la velocidad, la del acúmulo, la de la exhibición, la de la ceguera. Corremos, coleccionamos, mostramos, y nada de lo corrido, ni de lo coleccionado, ni de lo mostrado ha sido disfrutado: se deshace uno de todos esos placeres con presteza por temor tal vez a que se nos pasen los que circulan en derredor mientras aprovechamos ésos. No vemos Perdición, ni El fantasma y la señora Muir, ni escuchamos la Segunda de Mahler, ni leemos poesía renacentista amorosa porque no sabemos cómo dar con ella o por la desconfianza a que sea una elección arriesgada, que no sepamos entender o que no nos deleite.a la manera en que lo hacen otras ocupaciones menores, que nos nos importunan, ni nos hacen pensar, ni cuestionarnos nada.

Sólo leemos los libros que se parecen a todos los libros que hemos leído antes. Sólo escuchamos la música que se parece a toda la música que hemos escuchado antes. Sólo paseamos las calles por las que discurrimos antes. Aceptamos a los nuevos amigos que se parecen a los que ya tenemos. Se niega el viaje, la salida, el extravío. Tenemos idea de casi todo, pero no tenemos conocimiento de nada. Dentro de unos pocos años, nadie con menos de treinta habrá visto Perdición. Los que accedan, por saber o por puro azar, harán que no se olvide. La contarán, dirán con entusiasmo que es una de las mejores películas que pueden verse en en una sala de cine, pero no se puede hablar o no se puede disfrutar lo que no se ha presenciado o lo que no se ha vivido. Hace falta entrar, es preciso. Lo demás acude invariablemente.

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