8.8.17

Hanoi Hanoi Hanoi



                                                        Fotografía: Mamen Mo


Lo primero que me viene a la cabeza cuando escucho Hanoi es en Ho Chi Minh. No puedo evitarlo. Tal vez ni deba. Es algo que no es ni siquiera cosa mía. Como si otro eligiera lo que tengo que pensar y yo me limitara a restituir ese pensamiento y considerar que me pertenece. Ho Chi Minh se murió antes de ver a los americanos de vuelta a casa. Fue la selva la que los derrotó, no sólo la guerrila de los vietcongs. Siempre que pienso en Vietnam me vienen a la cabeza Wagner. Es el cine el que lo contamina todo. Piensas en Vietnam y acuden los helicópteros de Coppola en Apocalypse Now arrojando napalm, esa gasolina que olía a mermelada, mientras unos altavoces improvisados aireaban la cabalgata de las valkirias. El cine no es más cruel que la realidad, el cine no cuenta nada que no podamos ver sin que intermedie una pantalla. Lo que no hace, por mucho que se esfuerce, por más que arguya los ardides y las tramas, es suplantar a la realidad. Por eso hay gente que viaja a Vietnam y le trae al fresco que Ho Chi Minh, ese comunista obcecado en perder de vista la tutela gala, cayera sin ver la derrota yankee. No se les ocurre invitar a Coppola igual que nadie que venga a España piensa en la dictadura de Franco o en el proces catalán. Una vez que he pensado mucho en Ho Chi Minh y en el coronel Kurtz, me siento extrañamente aliviado. No es algo que ahora pueda explicar, pero igual, si le dedico tiempo, encuentro las razones que ahora no poseo.

A viajar se va puro. Conforme el viaje avanza, la pureza se transforma en otra cosa, en algo permeable, en algo abierto y cálido. Lo ideal sería regresar cansado, haber pedido y que se haya concedido que el viaje sea largo, como deseaba Cavafis. Ir vacío y volver lleno. No sé cuántos viajes de ésos he hecho yo. Alguno ha habido. No es que uno salga de su localidad y visite otras, estén en la otra punta del mapa o a una hora en coche. Es de uno mismo de donde se sale. No creo que visitar Hanoi y bajar esa cuesta empedrada que desemboca en las luces cambie notoriamente a nadie, no hace mejores personas, ni más inteligentes. Ni siquiera las faculta para tener más sensibilidad que quien jamás ha salido de su comarca. Lo que sí produce viajar es un temblor que no da un libro, ni una película. Tampoco el más vivido de los sueños, el más costeado. Uno de los peligros de no salir de la comarca es que se infravalora todo lo que queda apartado de ella. Es tan firme esa convicción en ocasiones que hay quien ha salido de su entorno con una idea incrustada en la cabeza: la de que no va a ver nada que compita con lo propio, que ni por asomo toda esa gente nueva que va a conocer o esos sitios en los que va a estar rivalizan con la gente que conoce y piensan como él y los sitios en los que ha vivido y forman parte indeleble de sí mismo.

Hay calles como las de la foto de mi amiga Mamen (un espíritu libre) en el barrio donde vivimos. Como ésa o con la misma esencia. Como si las hermanase la extrañeza del que las recorre o las mira con fascinación. Es mirando como se ofrece Hanoi, no está al alcance de todos, aunque monten en avión y surquen medio mundo para bajar esas escaleras y ver dónde conducen. Da igual qué haya al final, quizá otra escalera que nos lleve más abajo. Viajar es tomar esa escalera sin tener ninguna certeza de qué podamos encontrar cuando acabe. Todo lo demás, cualquiera otra consideración, se parece más al turismo, que es una forma de viajar en la que se tasa todo y todo se impregna de certezas o de previsiones. Lo malo de bajar esas escaleras es sospechar lo que nos ocultan a su término. Viajar es un asunto que sucede dentro de la cabeza, es cierto. Los días son también viajes y exhiben a veces escaleras. Como lo de darle la vuelta al día en ochenta mundos, que sentenció Cortázar. Hanoi está dentro de tu cabeza. Estuvo siempre. Hay un Hanoi para todo el que se interese en buscarlo. Hay quien se muere sin saber que tiene dentro todos los lugares del mundo, como si fuese un aleph privado. Ir muy lejos sirve para llegar muy adentro. Gente que va al confín del mundo para apreciar el regreso a casa. Cuando pueda, viajar no siempre es un acto deliberado y posible, iré a Hanoi. Le diré a mi mujer que este año podría ser Hanoi en lugar de otro destino más cercano. Si no es Hanoi, será Punta Umbría. Recuerdo una calle de Punta Umbría en la que el olor a pescaito recién frito me hizo sentir el hombre más dichoso del entero mundo. Lo juró por Ho Chi Minh.


adenda:
Dará igual que la calle fotografiada no sea de Hanoi sino de algún pueblo cercano, dará lo mismo. Ella se encargará de aclararme..

Adenda 2
Sapa. Mamen me aclaró. Ese es el nombre del sitio.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Maravilloso texto. Ganas dan de ir a Hanoi o recorrer tu barrio con esa mirada limpia que nombras, Emilio. Gracias por iluminar.

Ana María Lozano