6.8.16

Lo que se dice, lo que no

Prefiero la dulzura semántica de la palabra oblea a la contundencia de hostia. Yo soy de preguntarme mucho y de ir aplazando las respuestas, pero hay asuntos que recaban toda la convicción de la que soy capaz. Uno de ellos es la belleza de la palabra. Creo que somos palabras. Somos las que decimos y las que no decimos. En lo callado, en lo que se formula en la cabeza y luego no se verbaliza también está una parte de lo que somos. Quizá se esté más en lo que se censura que en lo aireado, en lo que adquiere volumen y se entrega a los otros. Escribir es una manera de decir lo que no se expresa por medio del habla. Ahora, por ejemplo, estoy entablando cierto diálogo que, de no transmitirse por esta vía de la escritura, es posible que no se hubiese transmitido nunca. En el fondo (me lo decía un buen amigo al que ya no veo) soy un incontinente. Lo decía así, no sé si arrimado a un halago o dejando caer la palabra con su pequeña cuota de pecado, que también la tiene. Hay días en que pienso en las obleas y en las hostias, en cómo el elegir una u otra me ocupa un tiempo que bien podría aplicar a menesteres de más preciso uso, pero es ahí, en ese litigio irrelevante para algunos, en donde encuentro alivio. Se trata de que las palabras nos conforten. Tienen muchos oficios, pero ése es uno que ahora me parece irreemplazable. Anoche, escuchando algo en televisión, terminé más intrigado por la manera en que el locutor hilvanaba las palabras y emitía su comentario que del comentario en sí, del que perdí el sustrato, el contenido fiable y significativo. Miré la poesía, su parte alada y su misión mágica. Vi la conveniencia de que algunas palabras fuesen usadas, cuando no otras. Desistí de comprometerme con la información y sólo se esmeró mi atención en el traje con el que se me presentaba. No siempre ocurre así, afortunadamente. A veces desoigo esa llamada de la lírica y me concentro en lo que se me dice, pero no siempre extraigo el mismo placer por ese trabajo. Soy de preguntarme mucho y de ir viendo si las respuestas convienen o se puede vivir más tiempo en la intriga, en ese suspense hermoso de no tener las cosas enteramente claras. Acepto que una oblea no es una hostia, aunque una lleva a la otra. Hasta ahí llego.