5.7.14

La novela no ha muerto II

A veces no pasa nada, termina el día en blanco, se cierra sin que nada lo diferencie del anterior ni se advierta que algo va a hacerlo distinto al siguiente, pero hay días en que la luz hace que los objetos parezcan nuevos, días idílicos, en los que todo adquiere un sentido, en donde las palabras cobran significados que no tenían o en donde los cuerpos, cuando se abrazan, encuentran el amor que ya no recordaban. Cree uno pertenecer a a una casta elegida, una de seres privilegiados, dotados de una sensibilidad exquisita, impregnados de una armonía absoluta. Yo creo que lo que hace que no seamos todo lo felices que quisiéramos es la ausencia de esa armonía, de esa especie de confort espiritual que permite interrogar al mundo, cargarse de preguntas, pero no indagar en las respuestas, no tener necesidad de darle a todo una razón o de confinarlo todo en un lugar seguro, al que acudir cuando las nubes principian tormenta y el alma zozobra y se ablanda. Al alma se le tiene el respeto que en ocasiones no le damos al cuerpo. Al ir conciliando el sueño, cuando el día va clausurando su trama, sucede la conciencia: se tiene la idea de que algo hay ahí adentro y de que pugna por manifestarse, por hacernos sentir bien o mal, permitiéndonos dormir o evitando que ese acto maravilloso, de cierre y de limpieza, se malogre, se pervierta, se convierta en un tormento. La novela que yo querría escribir vendría a ser una extensión de este aburrido carrusel de reflexiones. Quizá por eso no me decido: voy dilatando el momento de afrontar el comienzo, de creérmela. Siempre que empieza el verano me hago las mismas preguntas. Creo que solo trato de evitar de que el día termine en blanco, se cierre sin que nada lo diferencie del anterior ni se advierta que algo va a hacerlo distinto al siguiente. Mientras vaya desarrollando la novela, crearé de algún modo una réplica manejable de la vida que nunca poseo. Iré avanzando y retrocediendo, concediendo plazos y cerrándolos bruscamente, considerando el modo de que la novela no sea visible y se lea sin que parezca en ningún momento de que se está leyendo una novela. Será una novela invisible, Álex, Pedro, Juan, Antonio, Auxy. Será la novela aplazada, de la que tengo un argumento, con la que he soñado y de la que me siento, en cierto modo, padre irresponsable, teniéndola abandonada, sin acometerla nunca. El verano sirve para todas estas cosas. Escribe uno, se va dejando el alma, una parte poco consistente del alma, por supuesto, en lo que escribe. Estaría bien que todos estos barruntos míos pudiera verbalizarlos, explayarme en su épica sin músculo, someter ese discurso privado al claustro de los amigos, esperando un consuelo. Porque la novela no llegará nunca, no habrá novela, no tendrá la paciencia ni los bártulos que la forjen. No porque no sea capaz, no porque la pereza me desarme: serán otras razones, será el placer que produce organizarlo todo, extender los materiales sobre la mesa, idear las tramas, componer los paisajes en la cabeza, incluso el tono de voz y los nombres de los personajes, y luego claudicar, convencerme de que habrá ocasión mejor. Soy muy bueno convenciéndome de que siempre habrá una ocasión mejor mañana. La novela es una cosa de mañana. Seguro. La mía, la aplazada, se está convirtiendo en un argumento en sí mismo. Quién sabe si ya la estoy escribiendo. Sin percartarme mucho. Sin tener verdadera conciencia de que la estoy creando. Las mejores novelas están ahí, en los preliminares. No habrá nadie que no tenga una novela en la cabeza, una suya, incontestablemente suya, privada al modo en que pocas cosas puedan serlo. 

4 comentarios:

Joselu dijo...

Sí, ciertamente algunos tenemos la novela en la cabeza y en nuestros blogs vamos introduciendo ejercicios de estilo, temas, personajes, efectos, reflexiones, etc que son el preludio de la novela. A mí me pasa al menos, pero a la vez me sé incapaz de desarrollar una trama coherente, bien organizada, orgánica, en que esté todo planificado. Una cosa es escribir a vuelapluma y otra cosa es urdir un edificio en que el desarrollo no es solo consecuencia de la intuición y de la espontaneidad.

Acabo de leer una biografía de Kafka en que he podido comprobar las terribles dificultades del autor de Praga en componer un relato. La mayor parte de las veces sus relatos son fragmentarios y los dejaba inconclusos. Tenía varios iniciados y no los continuaba. Él quería escribir en una especie de rapto de inspiración y eso no es siempre posible. El oficio de escritor es muy duro. Conozco escritores que se han dejado la vida en ello y no han conseguido apenas nada a pesar de escribir como los ángeles. Algunos soñamos en escribir esta obra y que sea por arte de birbibirloque un éxito y que marque un hito. Ja. Por eso sé que yo no soy escritor. Tú escribes muy bien, espléndidamente bien, pero esto es una cosa y otra es esa novela que tienes en la mente y que es fruto de la planificación y no de la improvisación. Ese es tu desafío ante el que nadie te puede dar ninguna seguridad, yo tampoco. Me gusta como escribes, ya lo sabes.

Rafael Indi dijo...

Viajar es útil, ejercita la imaginación.
Todo el resto es desilusión y fatiga.
El viaje es enteramente imaginario.
Ahí reside su fuerza.

Va de la vida a la muerte. Humanos, animales, ciudades y cosas, todo es inventado.
Es una novela, sólo una historia ficticia.
Lo dice Littre, él no se equivoca nunca.

Y además, cualquiera puede hacer otro tanto.
Basta cerrar los ojos.

Está en la otra parte de la vida.


(Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche)

Elena Bermúdez dijo...

La compraría al instante, Emilio. Serí muy buena, muy buena.

Javier Ordóñez dijo...

Dónde la compro?