26.7.14

El mar antiguo y el cielo protector


El mar tiene la facultad de embravecerse más allá de donde termina. En los juegos de los niños el mar es un paisaje incluso cuando lo tienen enfrente y la baba de las olas les mojan los pies en la orilla. Lo malo de ser adultos es que dejamos de ver el mar. Ni siquiera advertimos su presencia cuando está a la vista, inmenso y azul, manso o encrespado, amenazando con engullirnos. Amo el mar sin la necesidad de otros de nadarlo o de bucear bajo sus aguas. De hecho nado o buceo poco o a veces, según tercie el ánimo o la pereza, nada. Mi amor al mar es de otra índole, es de una extraordinaria pasión, pero está manumitido de una intimidad más procaz, que suele ser de la que otros se valen para animar las charlas o para pavonearse y decir he aquí lo que hago, mirad hasta dónde soy capaz de llegar. El mar es la arena también; la arena y las montañas a lo lejos y la bruma cerniéndose como un refugio. No hay que vez que el mar no me cuente algo cuando lo miro, ocasión en la que su imponencia no me anonade. No hay otro paisaje que me rebaje más, que me haga sentir pobre y perdido y también privilegiado por asistir a un espectáculo tan maravilloso.Ni las montañas, cuando se van juntando unas con otras y caracolean y se ponen levantiscas y miran al cielo caprichosamente, me provocan una sensación tan poderosa. Por eso admiro a los héroes del mar, toda esa gente que se adentra en sus dominios y abandona la tangible cercanía del suelo, el cobijo antiguo del suelo ofreciéndonos una casa. Pero el mar es también una casa, la casa de la que venimos, dicen. Yo creo que los personajes de la foto saben todo esto y libran su batalla con ardor y con entusiasmo. El mar es una ola que no descansa, la misma terca ola desde el principio absurdo de los tiempos hasta el hoy frágil y brumoso. Durante todo ese tiempo no ha dejado de batirse y de encresparse y de izarse y de caer bajo el cielo protector. Todos los cielos protegen: el que cubre el mar lo hace con mayor afecto. Todos los mares son, en cierto modo, los mares de la infancia. Al mirar el mar se vuelve a la niñez, cuando se le mira sin literatura. Luego se mete la experiencia del mar en la visión del mar, luego se deja uno llevar por todo lo contaminado que lleva dentro.