30.10.12

Mi blog es la extensión blasfema de una intriga teológica





Vuelvo a Chesterton: en su Ortodoxia reconocía una emoción que brotaba subconscientemente y reconocía el hecho de que este mundo nuestro debía tener algún objeto verdadero. Que la vida era un cuento y que, en tanto cuento, debía tener un narrador. ¿Quién me narra a mí? ¿A qué género pertenece la trama en la que estoy? ¿Será un subgénero? Me agrada el thriller, pero no tengo alma de Sam Spade ni mi perfil se arrima a la épica sucia de un callejón a oscuras en el que dos policías de paisano custodian el cuerpo obscenamente acuchillado de una stripper. Bien pensado no tengo ni idea de en qué cuento estoy metido. Me lo pregunto en ocasiones. Sin abusar. Fantaseo con la posibilidad de revelarme contra el autor invisible que me guía. Sólo que no lo tengo a mano. Ni siquiera tengo la certeza de encontrarlo. Tampoco de que exista. Ahí andamos. Enredados en metafísicas. Siempre estamos enredados en metafísicas. Este blog entero es la extensión blasfema de esa intriga teológica. Dentro de cada uno de nosotros hay un teólogo. Lo escribió también Chesterton. Borges remató que para serlo no es imprescindible la fe. Dos pájaros buenos. Llevo un par de días en ese bucle. Emboscado en la divinidad, entregado a esa pesquisa falible, pertrechado de libros, obsequiado de luz, perdido en mi habitación, sin saber qué hacer, se me pasa el tiempo entre un montón de discos revueltos...

28.10.12

Cioran en las catedrales / El paseo de los tristes



Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación seria ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.

Sin Bach, Dios quedaría disminuido. Sin Bach, Dios sería un tipo de tercer orden. Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso. Todo en él es profundo, real, sin teatro. Después de Bach, Liszt resulta insoportable. Si existe un absoluto, es Bach. No se puede tener ese sentimiento con una obra literaria, hay textos, pero no son formidables. El sonido lo es todo. Bach da un sentido a la religión. Bach compromete la idea de la nada en el otro mundo. Cuando escuchamos su llamada, no todo es ilusión, pero Bach es el único que lo hace. Fue un hombre mediocre en su vida. Sin Bach, yo sería un nihilista absoluto

¡Ojalá Dios hubiese hecho este mundo tan perfecto como Bach lo hizo divino!

Cuando escuchamos a Bach, vemos germinar a Dios. Su obra es generadora de divinidad

Tras un oratorio, una cantata o una “Pasión”, Él tiene que existir. De lo contrario toda la obra del Cantor sería una ilusión desgarradora

          E.M.Cioran


1
De Cioran se extraen casi siempre enseñanzas trágicas. Un tipo curioso, Cioran. Un filonazi en sus inicios rumanos, un nihilista puro, un místico inverso, carente de religiosidad, pero (como Borges) lampando por tenerla, amante sin reservas de Bach, de Brahms y de Beethoven, al que consideraba menos puro. Cioran fue, en cierto modo, una excentricidad en el pensamiento filosófico. Podía haber sido uno de esos charlatanes de tertulia radiofónica, sólidamente pertrechado de argumentos, exquisito en el manejo de la sintaxis y de las palabras, pero desquiciado, capaz (como el gran Arrabal) de exhibir el lado anómalo, la parte triste, toda esa evidencia de que el mundo es un lugar terrible y que a él le tocado lidiar con su significado. A veces es mejor no saber qué es el universo, ignorar a Dios, no poner en la vida un disco de Bach. Cioran abrazó el vacío, se miró en el vacío, encontró luz en el cimbreo óptico y acústico de la nada, se quiso a sí mismo pasajero de un silencio majestuoso, pero un vacío escandaloso, una luz cegadora, un silencio atropellado de ruido. Ese es el gran problema de su vida y el gran hallazgo de su pensamiento. He ahí la tragedia, la enseñanza extraída. La de un escritor que hubiese deseado, según formuló muchas veces, no escribir, no dejar registrada la tragedia, el sentido de las cosas, el peso del mundo, el dolor de su alma. Dejó anotado: creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro. Era un descreído al que le molestaba que le hubiesen arrojado a este mundo sin informarle de lo mal construído que estaba. Por eso pensaba constantemente en Dios, en el Creador antojadizo, en el Constructor. Por eso encontró en la música, en Bach sobre todo, un bálsamo, una idea repentina y maravillosa de Dios que prescindía del lenguaje boscoso de los hombres, hecho de palabras falibles, y se abrazaba al inefable universo de los sonidos, de las notas que expresan un mundo en sí mismas.

2
El pesimista Cioran encuentra en Bach la mano por la que circular por el mundo. Con Bach transita los meandros, hace la travesía más placenteramente y, en última instancia, convoca en torno a su periplo la gracia de la divinidad, esa lucidez divina de entender el mecanismo de las cosas, de imaginar arriba a Dios velando por el correcto engranaje de las piezas, ocupándose de sus desamparadas criaturas. La criatura llamada Cioran me ha dado esta mañana una pena hondísima. Youtube: He puesto a Bach, las variaciones Goldberg, tocadas por segunda vez por el fantasma Gould, en otro ordenador, mientras escribo esto. Suena en una lejanía que me inspira de algún modo. Pienso en Cioran (y también en Canetti, curiosamente) y en Bach y en cómo se entendieron. Dos mediocres en la vida doméstica, en el hecho de vivir y de salir a los parques y de charlar con los amigos en las calles, y dos genios absolutos en lo suyo. El paseo de los tristes. K. me informa que Bach, en su quehacer de padre numeroso, en su ghetto polifónico fue un hombre equilibrado en todo. No sufrió los desórdenes que con frecuencia se relacionan con los grandes genios. Quizá por eso se hable en exclusiva de su obra, la magna y la imperecedera. Cioran, el descreído, disfrutaría escuchando música sacra en las catedrales. Para ser un teólogo, como escribió Borges, a quien adoraba, no es imprescindible la fe. 




26.10.12

Lo fabulado, lo vivido, lo aprendido

No coincido con Banville en eso de que la escritura es mucho más interesante que la vida, como recoge hoy El País. Coincido con Marías, en el mismo periódico, en otra frase de titular que viene a decir que cuesta más escribir cuanto más ha escrito uno. Escribir es una extensión de vivir. La escritura es un apéndice, nunca un cuerpo en sí mismo. Aprecio los excesos porque suelen dar resultados formidables en el arte, pero malogran la vida de quienes los adoptan y hacen infelices a quienes la comparten con el artista. Me quedo con la sencilla humanidad de Marías rechazando hoy el Nacional de Narrativa, con esa honesta manera de distanciar lo fabulado y lo vivido, con la manifestación del pudor y de cierto amateurismo constante. Porque escribir, a pesar del empeño y de los años, de la certidumbre de que al lenguaje se le cerca y se le termina por domeñar en cierto modo, es un oficio de tinieblas. Va uno a tientas. No sabe nunca jamás qué acudirá al texto. Si la gacela del numen o el plomo del vacío. Escribir es, además, un arte doloroso. Duele evacuar todo lo que se evacúa cuando se escribe. Incluso la mala literatura extenúa. Uno, al manuscribir de noche, oyendo jazz de fondo, sinitiendo al fondo de la casa la presencia dormida de los suyos, al teclear en el editor del blog, piensa que no merece la pena ese vaciado. No sé a qué viene este exhibicionsimo diario. Marías y Banville, los impúdicos de hoy, me llenan cuando los leo (Los enamoramientos, este verano, y El mar, hace poco más) pero me produce un extraño sentimiento de ternura y de agradecimiento intuir que se entregan y se hacen pobres, dejándome a mí rico, como dejó escrito Rilke, el poeta. No tengo yo certezas sobre si soy escritor o lo finjo. Debo serlo a la luz de la cantidad de textos que he ido dando o dándome a lo largo de muchos años. Lo soy, en todo caso, de un modo precario y feliz. Mi proceso de vaciado no es dramático. Funciona con absoluta morosidad. Terminaré hueco al final. No tendré dentro nada enteramente mío. Habrá fragmentos de Emilio Calvo de Mora en miles de pequeñas entradas en el blog y en cientos de poemas y en un par de libros (pocos, evidentemente) que se me ha concedido publicar. A veces imagino que no escribiera. Que fuese solo un lector. Que me sitúe en el extremo opuesto a Banville, en el más alejado, y batalle en lo que pueda por vivir y renuncie en lo que pueda a escribir. No me sale. No hay valor para ese acto de salvación. Todas las veces en que se me ocurre cerrar este rincón de amigos que me leen (son muchas veces, lo confieso) encuentro razones para contradecirme y me siento como hoy y dejo caer lo de siempre, ya saben, un poco de jazz, otro poco de cine y algo de poesía. Entretanto, feliz en mis vicios, leo lo que los otros me ofrecen. Ahora me divierto con la muchachita punk de Fogwill. Asunto para el post de mañana, creo.

25.10.12

Maximizando la audencia




En cierto modo fui educado con este disco. A la luz de ese disco, conformado a su esencia, andando yo por los veinte, crecí y me relacioné con los demás. Escuchado hoy, contemplado veinticinco años después, entiendo que así fuese. No sé qué mal alivió o cuál cura ahora. Maximizing the audience es una obra terapéutica, un bálsamo, un refugio, uno de esos discos medicinales que uno se pone en el cielo de la boca y va masticando, en la creencia de que algo hermoso subsistirá en el deglutido, de que la belleza extraña que tutela invadirá la pequeña tristeza con la que se consume. No hay nada fiable a lo que encomendarse en él. Seduce porque de alguna forma te anula como oyente. Jamás una música de apariencia tan fría alcanza un rango de calidez tan alto.

Pienso ahora en el imborrable Ramón Trecet, que puso en órbita a este caballero en España. Pienso en mi amigo Safo, en cómo circulaban los discos de Mertens de su casa a la mía, en cómo adorábamos la irreprimible sensación de lujuria sonora de esas melodías atípicas. Pienso en todo lo que sucedió entonces y en lo que está sucediendo ahora. Mertens sigue publicando a tutiplén. No veo al Safo. Trecet no sé dónde anda. Menos mal que tengo el disco del amigo Wim en tres -cada uno a su modo- lujuriosos formatos. La primigenia cinta de cassette, el vinilo y el CD escoltan el minimalismo, maximizado, lo conservan a refugio de mí mismo incluso.

Piensa uno en todos esos libros y en esos discos a salvo del tiempo, ambarizados, alojados en un limbo precioso de objetos perfectos. Todos tenemos alguno, algunos tenemos cientos. Los míos son invariablemente libros, películas, discos o fotografías. Todos exhiben la rara perfección de mis vicios. A todos les encomiendo la posibilidad de que mi alma se salve del horror que la circunda. ahora. Porque mientras la justicia entalega a Rodrigo Rato, yo me sirvo una ración doble de Mertens. Hay que tener la conciencia tranquila para paladear esta ofrenda. Se tiene que tener el corazón muy puro para meterse dentro de la música. Y a veces se da ese placer, entra uno, penetra bien adentro, empuja y acaba colmado y colmando.

24.10.12

Macca y Pass: un diálogo vintage



Macca ha hecho un disco con Joe Pass. Han estado un rato charlando sobre los viejos tiempos. Pass le ha confesado que disfrutó con los clásicos de los Beatles. Que hizo lo que pudo cuando arregló algunos para sus discos modernos. Que Lennon no tenía que haber muerto. Que la juventud de ahora ha perdido cierto sentido primaria de la belleza. Que los standards del jazz son inmortales como el arcoiris después de que llueva o el amor bajo un paraguas en un domingo en el campo. Que es feliz por todas esas cosas. Macca le ha confesado que jamás pensó hacer un disco de clásicos. Que los tiempos son los que son y hay veces en que el talento, aunque no se termine nunca de agotar, sí que sobreviene con menos ardor que antaño. Ah qué dos. Es mentira todo al final. El último disco de Macca es una maravilla a la que no le hace falta nada. Ni siquiera que toque el viejo Joe. El gris día de hoy me lo ha adornado el swing y la dulzura de todas esas canciones. Algunas, a pesar de haberlas escuchado cientos de veces, me han parecido nuevas. El american songbook del colega Stewart es una máquina sacaperras. Esto es otra cosa, amigos, esto es otra cosa.

Dietario del caos

1
Qué te importa el infinito futuro si perdiste el infinito pasado. Lo dejó escrito Borges. Solo está el presente. Nada hay salvo este editor del blog que avanza y me informa sobre la irrelevancia doméstica de Borges. Ah Borges, qué manipulador. Fabula cuatro tramas metafísicas y te hace suyo. No sale uno nunca de Borges. Qué importan el resto de los autores si hay Borges. Dejo ahora esto escrito, pero no es del todo cierto. Fabulo, maquino, manipulo, finjo, someto a la voluntad ajena una idea mía que no acabo de sentir enteramente propia. Al fin y al cabo los demás fabulan, maquinan, manipulan, fingen, someten bla bla bla. Me ha sentado mal la pequeña siesta del martes. No sé qué habré soñado. Está saliendo ahora. Lo que sea que ande por ahí adentro me está forzando y está venciendo.

2
A diferencia del eminente Walter Bishop, el mad doctor de Fringe, esa trama bipolar y huidiza, no tengo interés alguno en saber si hay otro mundo en un desquiciado borde cuántico del actual. No me interesa un doble que en la realidad paralela escriba en un blog, enseñe inglés en una escuela, pasee bares, ame el sello Verve o no soporte a Wert en televisión. Me pregunto si habrá otro Wert en otro universo. Si el caos se habrá apoderado de los pasillos de la escuela y enseñar y aprender sean verbos carentes de significado alguno. Si (como pasa aquí) el maestro se esté convirtiendo en un registrador de la propiedad didáctica y ocupe una considerable parte de su horario lectivo (y el no lectivo cuenta a veces más) en cumplimentar documentos, en rellenar formularios, en dar cumplida cuenta de las veces que se irrita en clase, tose o se pregunta (a lo callado, sin exteriorizarlo, en una admirable actitud de prudencia que nadie va a agradecerle) el porqué están convirtiendo la escuela en un lugar sin alma. No encuentro respuestas. Es que no soy el eminente Bishop y carezco de la formación adecuada. Además no me meto sustancias tóxicas (al menos las que se mete mi amigo Walter) ni tengo una vaca en mi estudio. 

3
Me dice K. de qué van a hablar los informativos cuando la economía alce el vuelo y la prima de riesgo sea una prima lejana a la que no vemos desde la primera comunión. Volverán a las guerras coloniales, le digo.Sacarán de archivo imágenes de los dictadores ajusticiados por el pueblo. Inventarán un género nuevo. Llamarán a los guionistas de Cuéntame y les pagarán una morterada indecente de pasta para que escriban una segunda parte exclusivamente financiera. Música de Vetusta Morla, Love of Lesbian, Russian Red y en ese plan. Escenas de manifas en las calles. Perroflautas  Plazas hasta la bola de antisistema. Luego está la opción Messi. K. es culé. Es curioso que la travesía triunfal del Barcelona por los estadios del mundo haya coincidido con la crisis. En cuanto Mourinho gane tres o cuatro grandes cosas volverá la luz a las sombras y el agua correrá por la acequia. 

4
Frank Capra: hace falta un Capra para sacarnos del bache, del revés, del agujero, del no sé qué me pasa que ni yo mismo me entiendo. Uno a tope, claro. No el Capra documentalista de guerra, propagandístico, subido de barras y estrellas, sino el bienintencionado, el idealista, el pequeño poeta de las pequeñas cosas. Un buen Capra en un ministerio, haciendo un comentario aquí, dando un toque de ternura allá. No sé si haría que todo funcionase, pero seguro que sería un grupo humano formidable. De esos que en navidad se regalan montones de cosas y celebran en la intimidad la armonía del mundo en un prodigioso blanco y negro.

5
Echo en falta algunas caminatas que antes daba a poco de caer la noche. No las hago porque guardo un recuerdo extraordinario de todas ellas y temo estropearlas si éstas no están a la altura. Es fácil malograr una caminata. Se te puede acabar la batería del ipod. A veces pienso que no soy nada sin los inventos del señor Jobs. Soy un hombre de mi tiempo de un modo brutal. Soy un feliz adicto de las tecnologías. De todas. No soy delicado. Teniendo botones, pudiéndose programar, si tienen puerto usb y un perfil actualizable por la red, me siento satisfecho. Por eso últimamente no ando. No tengo perdón de Jobs.

23.10.12

Dios es inalámbrico, yo soy inalámbrico


Se me ocurren muchas razones para que la tribu se congracie con la divinidad y la adore. Ninguna de esas razones apela a la razón ni se construye acudiendo a ella y pidiéndole auxilio. A los dioses se les invoca comunitariamente. Se extiende más vivamente el sentimiento de unidad con lo divino si tenemos a la vera a otro que actúe como espectador y como actor de la trama. Se va trenzando un hilo invisible, se va tejiendo una red de metáforas. Las catedrales antiguas, a su modo, servían de puente entre el hombre y su Dios. No poseyendo ninguna de esas razones, careciendo de la promiscuidad espiritual que advierto en gente a la que aprecio o a la que estimo amigos, no estaré sentado alrededor del Gran Ojo de Dios. No sé qué me pierdo al negarlo, pero no me preocupa el vacío. A los ojos de los próceres de la Iglesia seré un descarriado, uno de esos que corrompen el buen funcionamiento de la moral y que agitan a los demás, incitándoles a no dejarse llevar por el éter de la fe. Solo hay que observar con cuidado los titulares y luego enfangarse en el discurso excluyente de los jerarcas de la Conferencia Episcopal. Me incluyen en una historia en la que no he pedido entrar. Dan por hecho que es mi historia, creen que no hay otra, sostienen que ninguna de mis tribulaciones rivaliza en dignidad y en ardor espiritual con las suyas, me instalan en el limbo de los descreídos, cuando la verdad es que uno cree de cierta forma, pero no en absoluto la que ellos predican. Tampoco sé si a los ojos de mi conciencia obro con inteligencia. A la fe la mueve el corazón en el deslumbrante modo en que maquina sus cuitas el enamoramiento. Asunto tan serio como la fe no puede ser vendido como la mercancía que algunos pretenden. No hace mucho un obispo del ramo, Munilla, ofrecía la idea de que el mal que asola el mundo (la sociedad española más en concreto) provenía infelizmente de esa falta de valores cristianos de la ciudadanía, del ateísmo feroz de la juventud, más finamente expresado. Echa en hombros como los míos la causa del caos. En otra declaración de principios sanadores, pretendían misionar España, evangelizar los asentamientos paganos, en fin, conducir la palabra de Dios allá por donde no precisan su presencia. Y no ve uno mal en ese periplo pedagógico. Lo inaceptable es ese afán descalificador que exhiben cuando hablan de la masa laica. Lo que no entra en cabeza razonable es que pretendan con ese empeño admirable que aceptemos el error de nuestras vidas y las emboquemos hacia la luz de la religión. Errado andaré, perdido sin norte, pero feliz en mi laberinto. Ufano de mi causa, adepto de mis vicios, igual a los otros, a quienes declaman su fe en endecasílabos y la pregonan (bien que hacen en enseñar lo muy suyo) en las plazas y en los cafés. Y el día en que mi alma desee hincar la rodilla y escuchar la llamada de la fe, seguro que habrá quien me asiste y conduzca, quien allane mi camino hacia la salvación y me asegure (ay) un puesto en el coro celestial de los elegidos. Y si no es así, a pudrirme en la tierra, a regresar al vacío total de donde provengo. Amén.

14.10.12

En casa


Salvo el sombrero, que nunca he usado, el que mira la línea del horizonte, el skycraper de Manhattan, puedo ser yo. De hecho cada vez que me asomo a esta fotografía encuentro más razones que lo confirman. No hay (que recuerde ahora) paisaje en el que me sienta más identificado. Ninguno con el que me encuentre más en casa. Nada (o casi nada) que me cause una más cómoda sensación de refugio.

Georgie vía Hank o viceversa




Borges gustaba de abandonar en su prosa a jóvenes que leen con fervor los Anales de Tácito o que fatigan los hexámetros de algún poeta latino menor. Gente de aspecto y modos normales que, en mitad de la noche, buscan el nombre de Dios en una runa . A Borges le placían estas frivolidades cultas que, a la luz de estas linternillas de ahora, parecen artefactos literarios de jubilado caprichoso o de burgués acomodado y muy ocioso.Como todos los hombres de Babilonia, he sido Borges. Lo he sido respetuosa y modestamente, claro. Ser Borges, en estos tiempos de flaqueza estética y tribulaciones morales, es ser un demiurgo formidable: es reconocer, entre las abundantes lecturas y las abundantes charlas, una voz siempre distinta, y no es un tópico esta recurso ya tan manido.Anoche soñé, bendita ilusión, enciclopedias ilusorias, tigres de rayas enigmáticas, milagros secretos, sectas que celan algún arcano inefable. Ingresé en el vértigo. Me obsequiaron con una rosa. Esta mañana, como Milton, tras atravesar el jardín, he amanecido con una rosa en la mano. Una rosa sucia, una rosa con la cara de Charles Bukowski.  Literatura.






Bukowski gustaba de abandonar en su prosa a fulanas a medio chutar y borrachos sin pendencia, heredó cuartuchos baratos, cucarachas tristes. Su amigo Jed nunca jugó en Nôtre Dame y acodó un resto de cordura a una barra de bar. Wagner bebía licor de malta de Tailandia y Rockefeller fumaba colillas sin apurar frente a un retrato del abuelo, que murió en Normandía. Siempre le dolieron los años, las horas, los minutos y los bocadillos de embutido de hígado entretenían las tardes en unamesa de tugurio con dos fulanas contando monedas. Dios se paseaba por su cuerpo y le tatuaba frases hermosas con forma de corazón. Dios y Hank compartían cosas verdaderamente hermosas. A Dios el mundo le salió mal y a Hank le parecía formidable esa imperfección. Esperó la muerte como todo el mundo, y tal vez la mereció antes. Sus poemas no eran exquisitos ni engolosinaban a las críticos trajeados de los suplementos culturales de los domingos. La verdad absoluta no existe. Ni la poesía absoluta. Está la cerveza, el bourbon y el sexo. Como en un blues de John Lee Hooker al que le hemos robado un término. Noches infestadas de ratas: el infierno junto a una máquina de escribir. El whisky en la guantera del Buick. Hipódromos reventados de sonrisas de tahúr. Putas con pezones como dedales. A la resaca no le salen bien las conjugaciones y la prosa desbarra. Alguien se descerraja un tiro en la boca delante de la madre de Hank. Ha pedido que retiren al muerto. Shostakovich hace una música muy triste, Hank se acerca a Brahms con respeto, pero termina tuteándolo. Todos tenemos una canción en el corazón, pero la tuya es muy larga, le suelta. Mis novelas son erecciones imposibles, no creas. Anoche cayó un cuento del maestro de lo sucio en mis manos. Uno soñado, entrevisto, especulado en la bruma. Me dormí leyendo La otra muerte, un cuento de El Aleph, y me he espertado empapado en sudor, oliendo a bourbon (mentira, no se bebe en los sueños) y a nicotina (mentira, no se fuma en los sueños) Hacía tiempo que no sabía de él. Ha vuelto, pero nunca se ha ido. He ido de Hank a Georgie (o viceversa, no lo sé) sin salir de mi dormitorio. Me dormí leyendo a Borges y me he levantado pensando en Bukowski. Fantásticos mis sueños, volubles, retorcidos, promiscuos, cultos, pedestres.

13.10.12

Juguetes rotos / Un poema de Simic

La realidad contiene trazas de ficción. En la oscuridad o bien a la luz, la Historia hace sonar las tijeras de modo que, al abrirse, no se extraña al iluminar un cuerpo desmembrado, una pierna recién amputada o un par de dedos sueltos. 

 Simic, un lírico serbiohace una poesía negrísima que parece un cuento de Lewis Carroll pasado por la turmix de la CNN. Cuando se hace de noche la realidad contiene más trazas de ficción todavía. Y si uno lee las páginas de esa Historia pareciera que toda entera ha transcurrido en tinieblas con unas tijeras campando a sus anchas, abriendo surcos en la carne limpia, alfombrando con sangre los nobles campos de la luz sencilla de los buenos sentimientos. No hay día en que no piense en este poema de Simic (Juguetes aterradores/Frightening toys) y en las tijeras del azar escribiendo la editorial de los tiempos.

 La Historia hace sonar sus tijeras
en la oscuridad,
por lo que al final todo acaba
sin un brazo o una pierna.

Pero, en fin, si eso es todo

lo que tienes para jugar...
¡Esta muñeca, al menos, tenía una cabeza,
y labios encarnados!

Calles desiertas, casas de madera,

sucios escaparates:
sentada en los peldaños,
una niña en camisón le hablaba.

Parecía un asunto serio.

tanto que la lluvia quiso oírla,
y cayó sobre sus pestañas,
y las hizo brillar.

Simic, que es un irónico o un metafísico de a pie o un escéptico metido a lírico, hace una poesía deslumbrante. Una de esas poéticas que convienen en tiempos convulsos. En realidad es el poeta más útil que he leído recientemente. Eso contando con aquéllo de que la poesía es siempre un arma cargada de muchas cosas y ahí entra cada uno para investirlas con los dones que se precisen para que no pierda comba en la administración de la realidad, pero no puedo evitar la imagen purísima, incluso en su tosco principio de tragedia, de las tijeras en mitad de la noche, del mundo venido a pique, de las banderas ahogando la boca, de los juguetes rotos como evidencia del aire muerto. 

Anoche, al llegar tarde a casa, después de pasear unos bares y pasear dos calles, abrí a Simic y vi que las tijeras siguen en su ruido patético, en su ir abriendo las carnes y el alma. No supe anoche si el alma es al final la más dañada en estos juegos patrióticos, si las fronteras y los idiomas hacen de tijeras de podar y quien sale al final perjudicado es el jardín interior, la bienandanza (que decía un amigo mío), la bondad como un ingrediente y no como un recurso. Pero son malos tiempos y no se ve que vayan a ir a mejor.

11.10.12

Sin plan B / El último disco de Van Morrison




Con muchos de los discos de Van Morrison tengo una relación absolutamente pasional al modo en que uno entabla pasiones con las personas o incluso con algunos paisajes. Pasional en el sentido vírico del término o en el otro, en el que acude la vocación etimológica, el sentir o el padecer latino de donde procede. Van Morrison es un estado afectivo más que un señor gordo con unas gafas de sol negras y un sombrero calado, muy cinematográfico, que canta con una voz áspera, telúrica, esdrújula y cósmica. Creo que no hay canción de Van Morrison que sea mala del todo. Ninguna que no contenga algo extremadamente hermoso. Como un brochazo de arte puro y sin concesiones, aunque el tapiz en donde trabaja el hombre sean texturas musicales cultivadas en el pop (ese género mediocre, dirán algunos) o en el jazz o en el blues o en el soul o en el country. No hay chasis en el que no trabaja por bien de la canción. Porque Van Morrison es un escritor fantástico de canciones, uno de ésos que las estrujan hasta que no pueden extraerle más emoción ni mejores luces. La música de Van Morrison (insisto en esta línea laudatoria) es un formidable compendio de las músicas que ha parido el siglo XX. De algún modo secreto y maravilloso este hombre perpetúa la labor educativa de su admirado Ray Charles y afina el oído y el alma para que los músicos que lo escoltan en el escenario y en el estudio creen una banda sonora completa, un inventario en donde copulan (alegre cópula, bendito fornicio, gloriosa coyunda) el jazz con el soul y el country con el rock. El último disco (al que le he dispensado dos buenas escuchas) es un regreso a Blue Note, en donde grabó What's wrong with this picture? y en donde se ha fajado el mejor jazz (con permiso de Verve) de la Historia. Born to sing / No plan B es una declaración de principios, una rendición de voluntades, de afectos por la música como un instrumento imprescindible para ser feliz. De acuerdo, Van Morrison no es el tío más simpático del mundo. Es un malasombra de mucho cuidado, pero he aquí al maestro en plena posesión de sus facultades, haciendo que los que estamos ahí, a la espera de algo nuevo, estemos entusiasmados. De los demás no sé nada. De Van Morrison poseo un sentimiento muy egoísta. Como si fuese un hombre que hace discos para que yo los escuche (como ahora) en casa, solo, mientras todos estén en la calle, a un volumen considerable, notando la presión de su voz en doce mil saltos sinápticos. De camino le vuelvo a dar las gracias a mi buen amigo (al que veo poco) Maljamo (he knows) que me puso en la pista de uno de los mejores discos que yo haya escuchado (A night in San Francisco, doble en directo, tre-men-do)



9.10.12

El tiempo, ah el tiempo


La vida por delante
No siempre tiene uno toda la vida por delante. En ocasiones tiene media vida o un cuarto escaso y magro de vida o incluso un trozo irrelevante de vida. Lo bueno de la vida es que se acaba. Lo malo es que se acaba. Ahí, en esa finta filosófica, en ese limbo, es en donde campa a su antojo la diosa incertidumbre, que es la diosa fundamental en estos tiempos de relativismo brutal. A mí el relativismo me encanta, me pone, me da mucho juego intelectual, caso de que haya algo en este mundo que saque de mí el posible lado intelectual que todos, unos más, otros menos, todos llevamos dentro. El mío, ya digo, tocando el tema metafísico, la parte mística, se pone a cien se enerva, se encrespa, se iza como un fuego de arttificio en una plaza de pueblo.

El río de Heráclito
Hay otros dioses, hay otros objetos de culto, pero ninguno al que nos postremos con más decidido fervor que el tiempo. A él nos une la filiación esencial. De tiempo es de lo que estamos hechos. Tiempo es lo que ganamos o lo que perdemos en cada preciso instante. Todo lo demás es una extensión de esa realidad insobornable. Somos el río de Heráclito, somos el incansable río de las horas, el río de Jorge Manrique, el río fluyendo hacia la eternidad que Borges quería ver en los fiordos nórdicos o en los arrabales porteños. Somos esa materia inasible de forma incesante e inabarcable. El tiempo, el infinito. El único tesoro posible. Nada en en sus afueras existe, nada me alcanza, a nada bajo su protectorado temo. Todo es una extensión de su causa, todo se contamina de su largo beso. Ninguna religión ha formulado jamás otro discurso que el del tiempo, que es la gran trampa, el chantaje absoluto. Todos los dioses han sido sus mentores; todos, según capricho de sus acólitos, sus verdugos.

Libro de horas
No siempre tiene uno toda la vida por delante: la vida se adelgaza, se obceca en contradecirnos, en malgastarnos, en conducirnos (malamente) a lo que niega. Vivimos en esa tiranía: en el reloj homicida, en el tiempo que no podemos gobernar. El resto, todo lo demás, se aviene a nuestra causa, pero el tiempo no se deja, no se doma, no se retiene. Toda la filosofía es un guirigay obsceno de palabras que únicamente buscan entender qué es el tiempo. Todas las religiones ofrecen en su quincalla espiritual bálsamos que curan el espanto del tiempo. Porque el tiempo es espanto, es toxina, es miedo. Toda la literatura, incluso la más frívola, la de menor fuste y de más superficial hondura, se entrega a ese enigma: qué es el tiempo, de qué oscura materia estamos hechos, a qué tenebroso final nos empujan las horas.

Palabras más, palabras menos
No siempre le entiende a uno: va por ahí soltando palabras, explicándose, cerrando los caminos inútiles y abriendo la fértil senda del significado, pero las palabras se enredan, las palabras se malogran y, al final, las palabras sirven justo para el cometido contrario para el que fueron creadas y el que escribe, sin entender, se vacía, se desocupa de sentido y cae en la ciega ciénaga del anonimato. No somos nada, no somos mucho, no somos jamás ningún todo fiable, ninguna evidencia perdurable. Nos vamos muriendo, nos vamos yendo, nos vamos gastando.

Catedrales
Al principio fue el pecado, el peso hueco de la culpa, la baba oscura de los dioses. Luego se construyeron las catedrales. Una catedral se mide por el hambre y el padecimiento de quienes las construyeron y por la fascinación eterna que causan en quienes las miran desde afuera, embebecidos de pequeñez, convertidos en piezas de un mecano gigantesco que no se alcanza a entender por mucho que uno crea o descrea. Yo me tengo por un descreído feliz y no albergo sustancia reprobatoria que me aleje de ese idea primaria, pero me inclino todo lo que puedo ante el asombro de las catedrales. Ayer vi por vez primera, bien de cerca, una que me pilla cerca, la de Granada. No pude entrar.. Limité mi admiración a la piedra que tutela sus adentros y la rodeé con admiración y respeto. Pensé en el sufrimiento y en la injusticia, en Dios y en el hombre, en la fe y en su ausencia, en la vigilia de los siglos y en la absurda cuenta del tiempo. Y el hecho de que el edificio estuviese cerrado me conmovió más si cabe. Pensé en la belleza protegida, en toda esa opulencia cerrada al público, gobernada por el clero. Imaginé que el estamento eclesiástico perdura como custodio de un secreto. Creo en la vigencia de la metáfora, en la comunión del hombre con lo que no ve. No creo en todo lo demás.

7.10.12

Desobediencia



Llevo unos cuantos días dejándome crecer la barba. No dejaré que pasten insectos en la crecida montaraz del pelo y me parezca al confiado Walt Whitman, ángel de la guarda del espíritu vírgen del american way of life, pero disfruto muchísimo cada año cuando (por octubre) escondo la crema y las cuchillas y me dedico (mañana tras mañana) a contemplar en el espejo el nervio agreste de la madre natura, que ya nivea en tramos y ofrece el verdadero desgaste del cuerpo. 

Hay algo sobrenatural en el pelo creciendo desde dentro. En las uñas. Son símbolo de algo que ahora no alcanzo a entender. Por eso (tal vez) poseen esa dimensión simbólica. He caído finalmente en la certeza de que el cuerpo no nos pertenece por más que le demos mimos o afectos. El mío hace tiempo que va por libre y sestea cuando le pido vértigos y se multiplica cuando necesito paz. En las muy raras ocasiones en las que ambos vamos a una le miro con arrobo y casi nos entendemos, pero luego me sobreviene un dolor en el costado o me escalan cien lagartijas la espalda y empiezo a sentir un quebranto a mitad del pecho. El cuerpo es un laberinto y sus paredes se agrietan y permiten la metástasis de todos los dolores. Los pequeños y los grandes. Va a ser cierto eso de que uno es pobre hasta que se muere, y no estoy con la vista fija en el colapso financiero ni en los apuntes domésticos de mi cuenta de ahorros. Estamos en una pobreza inlevantable, una que jamás flaquea y te constriñe el alma hasta cuando, en apariencia, todo es júbilo y la alegría esplendorea en el aire.

Con el cuerpo uno debe envalentonarse a veces, decirle quién manda, doblegar su inclinación a lo pedestre, pero hay ocasiones en donde lo que fascina, en lo que se encuentra un placer absoluto, es abandonándose a su voluntad, dejándolo tomar decisiones, contemplando cómo se encabrita, enerva, levanta, constata brutalmente, sin retórica ni protocolos, el pulso animal de la sangre.Y ahí, en ese fiereza mineral y primaria, encontrar la razón perdida de las cosas, el reconocimiento de lo ilegible que tutelamos dentro.

5.10.12

Un amor supremo / Redux forzado



I
La música tiene una elocuencia absoluta: todo lo sabe decir y todo lo expresa de la forma más convicente. No hay emoción que no pueda ser contada por la música. Ninguna de las adquisiciones intelectuales a las que ha accedido el hombre escapa al dominio instrumental de la música. El poeta es siempre un músico disminuído, aunque el el músico precisa de la poesía para serlo completa y satisfactoriamente. El músico, a su modo, es también un arquitecto del aire. Este texto tendrá una forma músical que lo cuente al modo en que ahora las palabras lo hacen y tal vez incluso de una manera más contundente, rebajada de la distracción semántica, encomendando a las notas la restitución exacta de la belleza contenida en el pensamiento.

II
John Coltrane fue un músico con un don. Y fue adiestrando su talento a la sublimación de ese don al servicio del mensaje de su música. A love supreme es una suite hecha de jazz que John Coltrane grabó en una formidable noche con el pianista McCoy Tyner, el bajista Jimmy Garrison y el batería Elvin Jones. A su conclusión, cuando estos cuatro músicos superdotados guardaron los instrumentos y salieron del estudio de grabación, Coltrane confesó a su mujer que había llegado a una especie de extraño cénit de plenitud y de dominio absoluto del lenguaje del jazz. Los exégetas de ese jazz, los críticos inflamados de palabras y los hippies intoxicados con esas complejas tramas de saxofón que Coltrane soplaba hicieron que A love supreme ascendiera a un status totémico que transpiraba, al tiempo, amor cósmico, conciencia de una espiritualidad global. Era lo inexpresable expresado, todo lo inaprehensible que de pronto alcanza una dimensión tangible, un punto de fricción con la realidad en la que el oyente, extasiado, contempla una versión mundana de la trascendencia a la que la música propende cuando los que la ejecutan o los que la componen acceden a cierto estado de gracia. Coltrane era un sacerdote de esa espiritualidad, un hombre con un propósito: escribir la fe que lo consumía.

III
Escuché A love supreme encima de un barco, el achacoso Castilla, gloria del Tercio de Armada de la Infantería de Marina. Mi amigo K. lo descubrió en un pub que amenizaba tardes de lluvia enormes con un fondo basado en el blues y en el jazz. Me dijo que le asombró la consistencia del saxo de Coltrane, me dijo que le condujo directamente al interior de la música. Yo no sé si logré ese acceso místico, si mi ingreso en el meollo de la cuestión, en la verdad de la música, en su belleza. La cubierta del Castilla no era un escenario especialmente cómplice con el jazz. Guardo, sin embargo, un entrañable recuerdo (por una vez dejen que entrañable y recuerdo se alíen para expresar justamente lo que pretenden) de esa primera vez en la que abordé consciente, deliberada y hasta gozosamente la escucha íntegra de las cuatro piezas del disco de Coltrane. Recuerdo con extraña claridad (hace casi veinte años) la urgencia de la música, toda esa mantra de sonidos que fluían con una magia que me parecía una revelación. Yo era el iniciado, Coltrane era el dios rudimentario de aquella religión improvisada. La precaria cinta de cassette (TDK o Basf o Sony, esas marcas compraba) no era el soporte idoneo y mi sensibilidad estaba amodorrada, anestesiada, contagiada de la funesta mecánica de la vida militar. Coltrane, en el Castilla, en alta mar, de noche, en la cubierta vacía y fría de una noche cercana a la Navidad fue uno de esos extraños prodigios que algunas veces recibimos y de los que no deberíamos desprendernos jamás. Luego he escuchado A love supreme en condiciones idílicas y he leído la información de la que antes no disponía. He descubierto el carácter religioso del autor, he entrado en esa feliz feligresía de amantes del jazz que necesitan un extra libresco, un texto al que agarrarse para sentirse aún más cómplice del prodigio que la música crea de la nada. Al contarle todo esto a K. me confesó una sana envidia (dejen que sana y envidia se alíen para expresar justamente lo que pretenden) y me pidió que le prestara la cinta de marras. Debió quedarse en el Castilla o en cuartel del TEAR en San Fernando o en algún bar a los que iba para perderme en las brumas de la birra y en la soledad perfecta de mi walkman Aiwa, siempre bien alimentado de buena música. Lo que sí debe andar todavía por el cuartel es el vinilo del que hice yo mi cinta. Bendito gasto del Ministerio de Defensa, absurdo, en su fondo: la libertad absoluta de un creador frente a la clausura gris de un recinto consagrado a cohibirla.



 IV
Hoy, cerrado al sueño por un pequeño catarro, me he sentado a escuchar de nuevo (es tarde, mañana hay que cumplir con otras obligaciones) el maravilloso disco de Coltrane. He pensado que nunca he hablado de A love supreme con Rafael Roldán. Será una conversación densa, pero se nos escapará de las manos conforme vayamos entrando en honduras. No se puede entrar en honduras con esa obra magna, con esa catedral del jazz. Ahora estoy en la liturgia. Son las cuatro y diecisiete de la madrugada y estoy terminando la homilía. Seguro que mañana me levanto aliviado del catarro, inspirado y lírico, ufano de mis vicios, como siempre.