21.12.12

Un cuento de Navidad / Su Majestad de la Terminal 4




Álex, Mycroft y yo llevamos unos años escribiendo cuentos de Navidad. Es una de las mejores cosas que este rincón de la blogosfera me ha traído. No sé si alguna vez rescindiremos esta celebración de las palabras, pero todavía acudimos a la cita. En pocos días, Álex publicará en su blog los cuentos de este año. La familia ha crecido en esta ocasión. Somos cuatro. Para escribir el cuento de 2012, releí el de 2011, que es este que hoy cuelgo en mi Espejo. No me gustan ninguno de los dos, pero los aprecio por lo que significan y por la devoción compartida que secretamente tutelan.



  Para Juan Carlos Estepa, que padeció mi stress literario en un par de barras de bar antes de que le metiera mano al cuento y ya no fuese mío.

Everyday is like Sunday.
Every day is silent and grey.
Morrissey

1
Era uno de esos domingos de café en la terraza con invitados levemente achispados y Kenny G. sonando en los Bose de quinientos euros que Laura compró en Tokyo cuando yo todavía le miraba las piernas y ella me cogía las manos al pasear por los parques. Los hombres somos más de piernas y las mujeres, a pesar de que alguna pueda contrariar este hecho, son más de manos en los parques. De los tres, de los Bose, de Kenny G. y de mi esposa, me quedo con los Bose y su impecable entrega de bajos en los pasajes complicados. A Kenny G. no lo soporto. Me produce migraña esa dulzura de mentira. De Laura, mi mujer, no soporto los domingos de café en las terraza con invitados achispados y sin achispar, cuando se pone ocurrente o cuando recuerda los años de novios.
2
Laura era de un colegio de monjas. De uno de esos colegios de monjas elevado a una potencia escandalosa, aunque de apariencia noble y maneras educadas. Adentro vivía el diablo. A Laura el diablo le cayó bien desde el principio. Congeniaron nada más cruzarse en un pasillo, entre la clase de matemáticas y el rezo de antes del almuerzo. Sé poco del diablo, aunque oportunidades he tenido. De Laura lo sé todo. Ojalá supiera contarlo.
3
Yo soy de un barrio de las afueras. De uno de esos de barrios de las afueras con los suficientes indicios urbanos como para mantenerse en las afueras toda la vida. A pesar del estrago arquitectónico y del abandono municipal, vivíamos bien. Los sábados le dábamos balonazos a la pared trasera de la iglesia. A veces Don Julián, el párroco viejo, ocupaba la portería dibujada a tiza en los ladrillos. Mi madre me previno: hay curas buenos y curas malos, pero tú por si acaso no te arrimes mucho a ninguno. Ninguno de estos consejos caló en mí. El tiempo me mostró que la bondad y la maldad no son materia que pueda ser comprimida en un consejo. Descreo de los consejos. Sigo pensando en que la vida se debe vivir siempre de primera mano. No vale la experiencia de nadie a no ser que uno la haya vivido también. Supongo que por eso nada de lo que ahora escriba sobre Laura y sobre mi descenso al infierno del tedio matrimonial, del hastío absoluto de convivir con ella, valdrá para nadie. Ni siquiera valió para mí, en cierto modo. A mi madre la borré pronto de mi círculo de cercanos. Se ve, a lo visto, que no tengo suerte con las mujeres.
4
No soy un ingenuo partidario del amor eterno, pero ojalá lo fuese. De haberlo sido no estaría contando esta historia. Mal puedo contarla si el amable lector no ha estado alguna vez enamorado. Mal podemos contar una historia si no sabemos escuchar las historias de los demás. Uno se va haciendo cargo de la gravedad de los problemas ajenos si les presta la atención que merecen. El problema de este mundo es que no nos paramos a escuchar. Pasamos por alto lo que nos cuentan. Son nuestras palabras las únicas en las que creemos.
5
Era uno de esos domingos de los que uno jamás podría sospechar que ocultaran algo extraordinario. Una borrosa sensación de bienestar recién rebelado al mundo amenizaba la tarde. Un invitado de mi mujer confesó sentirse vagamente de izquierdas en esos domingos en los que solo le distraía de su propio ombligo el bip bip del Smartphone al recibir un nuevo comentario en el twitter. El lunes, sin embargo, se encabronaba todo un poco. El titánico y homicida lunes del traje impecable, la corbata de marca con su nudo Windsor y el cerebro inyectado en sangre. Ahí está la sangre, yendo y viniendo a capricho, encendiendo y apagando las luces de la ira y las de la bendita calma que siempre acude, pero casi siempre muy tarde. El mundo baja las armas el viernes. Las deja en un sitio visible. Por si hay que echarles mano. Nunca se sabe. La televisión por cable programa una de esas películas de adolescentes salidos con un vampiro alojado en el fondo de sus almas o una de asesino en serie con un doctorado en antropología. A ninguna hago ascos. Me basta que ocupen dos horas en las que no necesite pensar en el nudo Windsor y en mi agenda de citas. Luego llega el domingo y llegan los invitados. Se ponen hasta arriba de canapés y de cerveza y exhiben el humor burdo con el que hacen las delicias de sus iguales. Yo soy distinto. Soy un infiltrado en la vida de mi mujer y en las tertulias en la terraza antes o después de que todos se embriaguen y truquen todas las barajas.
6
Hay quien frecuenta a solas las estaciones de tren, las paradas de autobús o las interminables y grises salas de embarque de los aeropuertos. Invitan a perderse al modo en que lo hacen las buenas novelas. Uno observa con afecto el caos. Quizá porque encuentra en ese desorden ajeno una evidencia del desorden interior. Porque se convierte en un ser insignificante, irrelevante, absolutamente anónimo, invisible. Nadie se fija en ti, aunque todos reparen en cómo vistes, qué periódico lees o si llevas una pinta peculiar de la que uno deba preocuparse. En esas salas de tránsito es en donde ejerzo mi derecho a sentirme hospitalario conmigo mismo. Me suelo sentar en un banco. No tengo ninguno favorito. Miro y dejo que me miren. No hay pudor en ninguna de esas dos actividades fantásticas. En ocasiones lo que hay incluso un morbo irrenunciable.
7
El tipo grande como un oso, torpe y casi bruto en su andar, glacial en la mirada, huraño en apariencia, desaliñado hasta lo indecible, movía una saca de un marrón imposible de sucio cuya previsible carga, pesada sin atisbo de duda, amenazaba en romperlo y en derramarse por el suelo de la estación. Entretenido en esas distracciones frívolas, no me fijé en lo verdaderamente importante. Suele pasar que miramos la apariencia sin recalar en lo que la apariencia oculta. La del tipo grande con la saca permitía la aventura de imaginar una vida más que austera, exenta de domingos compartidos con seres indeseables, alimentado egos catedralicios y vaciando caras botellas de licores. Pensé en lo maravilloso que sería disponer uno de todo su tiempo. No tener que rendir cuentas a nadie o que nadie le exija la rendición de cuenta alguna. Me sorprendí fascinado con la posibilidad de intercambiarme con él. Pillar yo la saca y ponerle al día de los desvaríos de Laura y de la costumbre de las visitas en domingo. De esa trama de mala novela me apartó la sensación de que nadie reparaba en él. Unas adolescentes con quienes casi se empotra no comentaron, cuchicheando, entre risas, su nariz extremadamente regordeta, rojiza, como apayasada. Solo yo advertía expresión huidiza como en desacoplo con una cara de buena persona intachable. De pronto empecé a comprender. Razoné el desquicio, pensé el desvarío. La locura, al contársela uno a sí mismo, adquiere proporciones épicas. Creída, convertida en una parte irrenunciable de lo que somos, la locura es una extensión fascinante de la personalidad. Supongo que sería mi cansancio extremo o mi hartura conyugal o una mezcla bien agitada de todo lo adverso y de todo lo triste que me ha venido ocurriendo en los últimos años, pero he allí a Santa Claus, frente a mí, portando una saca gigantesca, desgarbado y fondón, invisible a los ojos de los demás, mío en su entera brusquedad de hombre imposible, de personaje de mentira, del dueño sideral del viejo Rudolph, que ocupó una estantería en la cabecera de mi cama durante los años en que uno cree de verdad y no se le ha fracturado todavía el alma. Es entonces cuando Santa Claus desatiende su rutina y se fija en mí. Ahí es en donde Jaime desaparece de este cuento y nace otra cosa.
8
Escondí a Santa en el sótano. Le abrí el BMW y le dejé dormir en los asientos traseros. Guardé la saca en el maletero, le encendí el reproductor de discos compactos y dejé que Dean Martin, Frank Sinatra, Bing Crosby y Ella Fitzgerald le acunaran. Creo que antes de que apagara la luz y subiera arriba el hombretón estaba dormido. Lo que pasó después no sabría explicarlo. Posiblemente no haga falta explicación. Sé que entré en el salón y aticé el fuego en la chimenea. Uno de los invitados de mi mujer hablaba del genocidio del pueblo armenio. Bebía traguitos de un bourbon caro que compré para las ocasiones especiales. No recaló en que lo miraba. Tampoco Laura, entre hermética y accesible, ejerciendo el papel de diva como si el salón de casa fuese un escenario y representáramos una obra de teatro muy afectada. No entiendo cómo el Jaime que ahora no soy se enamoró de la Laura que sigue siendo Laura. El amor oscurece las zonas de luz del cerebro. Las entenebrece, las asfixia de sangre y no hay flujo de vida en todo ese bendito salto sináptico. El azar me trajo a Laura y será el azar quien la retire ya para siempre de mi vida. Se irán los domingos con invitados, las estúpidas conversaciones alargadas sin pudor ni mesura. Le dije a Laura que la dejaba. No ensayé la declaración. No compuse un texto creíble que la hiciera pensar en la conveniencia de la despedida ni pensé en las razones que me movían a dejar mi casa con sus Bose de quinientos euros, la bodega con los riojas de alcurnia y la colección de discos de clásica. Simplemente me iba. Despertaría al hombretón dormido en el BMW y le propondría acompañarlo por los aeropuertos. La saca se lleva mejor entre dos. Lo curioso es que Laura no me contestó. Ni siquiera me miró. Siguió a lo suyo, que últimamente era bien poco. Moví mi mano frente a sus ojos. La alcé y la bajé como recabando su atención. Me atreví a tocarla. Quizá la primera vez en meses que había un roce entre ambos. Fue una sensación increíble percatarme de que yo podía sentirla y de que ella no me sentía en absoluto a mí. Debe pasarnos a los que somos invisibles. Yo lo tomé con alivio. Respiré, bufé casi. Soy un fantasma, dije en voz alta. Soy un fantasma, Laura. Pero nadie me oyó. Subí al dormitorio de matrimonio, en el que increíblemente todavía compartíamos la cama, y preparé una maleta. Nada que ocupe demasiado espacio ni precise ahora demasiado tiempo. Cosas para ir tirando unos días. Ya habrá ocasión de renovar el vestuario. O de no renovarlo jamás. Fui descolgando las camisas, vaciando un par de cajones y sacando del zapatero calzado cómodo por si el amigo Santa Claus era de andar mucho y durante muchos días. Ignoraba si accedería a mi deseo, pero estaba dispuesto a convencerlo de la forma más convincente posible.
9
Acabo de entrar en casa un año después de dejarla. Laura vive con uno de sus invitados. Es un caballero a la medida inglesa, que viste con gusto exquisito y habla con aplomo sobre asuntos absolutamente nimios. Por el amor que le tuve, por el pudor que todavía tengo, no he fisgoneado en su dormitorio. He querido privarme de la certeza de saber si era inapetente únicamente conmigo o lleva su austeridad lúbrica a todas las parejas que la encaman. De Santa Claus he aprendido a manejarme con discreción. Lo de bajar por las chimeneas es un absurdo que no podemos permitirnos. Se gana peso en los meses sin trabajo. Estoy fondón y se me está enrojeciendo la nariz. He dejado que crezca mi barba y ella se ha puesto blanca a su antojo. No le tengo un afecto especial a los renos, pero los miro con cariño porque jamás he visto animales de más abnegado oficio. Jamás preguntan. Hay uno llamado Rudolph que se hace querer un poco más. Ni Santa ni yo consideramos la posibilidad de entablar un diálogo con las bestias. Todos cumplimos nuestro cometido. Tirar del trineo o leer millones de cartas. Ya saben de lo que hablo. Tenemos Santa y yo recursos para no dejar ninguna casa sin el regalo que merece. Casi nunca son cosas materiales. La saca no es la lámpara de Aladino. No se nos da bien mezclar cuentos. El nuestro es antiguo y de su puesta en escena depende la felicidad de muchísima gente. Laura nunca pidió nada. No es de pedir. Le bastaba sacar la visa y teclear cuatro dígitos en un terminal inalámbrico. De verdad que no soy un hombre rencoroso. Hablo de esta forma de quien fue mi mujer porque sufrí con ella o porque los dos, al vivir juntos, nos fuimos envenenando y terminamos maltratándonos sin rubor alguno. He visto a Laura tan bonita esta mañana que se me ha puesto el corazón de un tierno insoportable. Santa, que es un hombre comprensivo, ha sonreído y me acariciado la cara al modo en que un padre acaricia a un hijo. No me ha recriminado que llore y lo he hecho con la dignidad de quien se libera con el llanto. He visto a Laura tan bonita y la he querido de pronto tanto que he convertido todos los días en domingo. Supongo que eso la hará inmensamente feliz. Kenny G. sonará en el cuarto de baño mientras se aplica las cremas reductoras de vientre. Nunca faltará una buena botella de bourbon. La chimenea estará siempre encendida. Será eternamente navidad en mi casa. Alguna vez creo que pidió que las tardes en la terraza o a la lumbre del fuego durasen para siempre. Lo dijo sin doblez. Lo deseaba de verdad. Su alma entera pedía que los domingos no terminasen nunca.
10
En los aeropuertos Santa y yo disfrutamos como elfos rodando por una torrontera de nieve. De vez en cuando hay alguien que nos mira y a quien miramos. No es frecuente, pero todavía existe gente sensible que nos detecta. Gente invisible. Como nosotros. Cuando alguien desea con todas sus fuerzas venir con nosotros se nos agita el corazón, se encabrita pecho adentro. He ahí a uno de los nuestros, dice Santa con orgullo y desparpajo. Debemos ser cientos los que le seguimos allá donde van. Gente que ha renegado del mundo. Proscritos. Ángeles, en fin, que no han dejado de ser niños o  espíritus a los que la vida encalleció el alma y vagan por el cosmos con el hermoso contenido de hacer el bien que puedan. Yo me obstino en hacerlo lo mejor que sé. Espero que Laura nos acompañe pronto. Santa no ha puestos objeciones para que una mujer ingrese en el cuerpo de elfos de su Majestad de la terminal 4. Es liberal y sueña con un mundo en que la navidad dure todo el año. En Laura, al menos, se ha cumplido ese sueño.

3 comentarios:

Merche Cruz dijo...

Qué maravilla de cuento, Emilio. Enhorabuena. Estoy deseando de abrir el blog de Alex y ver los cuentos de este año. No sabía que teníais esa costumbre tan fantástica. El cuento de Jaime y de Laura, de los elfos y de la terminal del aeropuerto lo acabo de imprimir para guardarlo en la carpeta de cosas importantes. Empieza bien la Navidad. Gracias..

alex dijo...

Para mí fue el mejor cuento del pasado año. Legitimo es que uno se fustigue a sí mismo, pero injusto sería negar que pasé un formidable rato leyéndolo. Nuestra cita convoca a mucha gente. Fieles por un día que regresar a mi blog una vez al año desde México, Argentina, los States, Venezuela y cada punto cardinal de este país sadomasoquísta en el que vivimos. Si regresan es porque sienten un placer similar al nuestro participando de la fiesta. No les podemos fallar faltando a la cita...

Anónimo dijo...

Triste, en el fondo muy muy triste el cuento, que es de navidad pero no lo es del todo. La navidad es triste, pero yo la concibo siempre, como cristiana, como la celebración de los misterios de la fe. Estoy también un poco "harta" de Santa Claus, españoles como somos, empapados de cristiandad. Pero no veo cuentos sobre Reyes Magos. Perdone que no escriba lo que los demás, que el cuento es bueno y todo esas cosas.
No entro en ejercer de crítico.


Rafi Molinero