15.2.12

El gran Buster Keaton reclama su vaca desde el más allá



 1
A veces las caras de los cómicos son las más tristes. Quizá por eso sean los actores de más hondura dramática, los que de verdad alcanzan más nobles cotas en sus registros interpretativos. Aceptamos sin chistar que hacer reír  cuesta más que provocar el llanto. Curiosamente los grandes actores (y actrices, no se me agiten los puristas de la ortodoxia) suelen venir de la alta tragedia, de un Shakespeare sin rebaje léxico o de un método de estudio cincelado en el escenario de un teatro, alejado de las cámaras de cine. Al actor serio le cuesta más convertirse en cómico que al contrario. Análogamente, el poeta es capaz de hacer una novela (porque domina los registros de la lengua y sabe los mecanismos de su hálito interno) pero el novelista difícilmente escribirá un libro de poemas.

2
Quizá Buster Keaton no hubiese sido el actor impasible, el rostro granítico, si las bombas no le hubiesen dejado sordo de un oído en las postrimerías de la Primera Gran Guerra. Nunca sabemos qué hace que seamos lo que somos. De un modo absolutamente incomprensible, de escaso afecto a las leyes de la lógica, se nos etiqueta a poco que nos descuidemos. Se es un payaso a pesar de tener la cara de Buster Keaton. Es más: Buster Keaton es un obrero de la risa ajena por tener la cara que tiene. Porque el ingenio maquina adentra sus cosas y el rostro solo contribuye a la plasticidad de su ejecución, al torpe aliño de gestos que a veces se interpone entre la idea y su rendición al público.

 3
Tuve un amigo de fácil contento etílico que jamás pilló una cogorza y al que, sin embargo, bien a su pesar, siempre se le arrimó al más que innoble bando de los borrachos. Otros bebían como cosacos sin que se les trabucase el habla ni se torciera un centímetro su andar recto. Basta descocarse en una noche de farra para que se incruste en la memoria colectiva, ésa que se fragua con los rumores y que jamás decrece con el tiempo, la idea de que uno es un crápula, un juerguista, uno de esos amigos de la barra, un cierrabares, en fin, un individuo poco recomendable. Siempre sospecha uno que hay un momento en la historia personal, en la biografía privada, en el que una bomba te anula un oído y hace que el gesto se te agríe, aunque en el fondo del alma seas un cachondo y la jarana no falte allá donde andes. Todos tenemos nuestra bomba particular. Hay un Keaton en el interior que pugna por expresarse. La cara pétrea con la que saludamos al día (porque hay días que no merecen otra, ustedes entenderán) expresa una batalla enorme por plantar otra. Una alegre, distendida, que en absoluto enseñe la porción de alma atormentada que todos tenemos. Una que no sea en absoluto transparente. La de Keaton es un mapa despejado de nubes. Un libro abierto. Un alfabeto reconocible de penurias y de baches a lo largo del camino. Pero luego está el otro, el Keaton resuelto en gags, la providencia catártica de la risa imponiendo su fuerza sobre los ejércitos de la tristeza.

4
Uno es de Borges o del Madrid por alguna circunstancia imposible de argumentar, que apela al instinto o recurre al azar. Conozco gente de firmes creencias religiosas de las podríamos extraer también momentos sensibles que les hicieron inclinarse por la fe en lugar de ignorarla o darla abiertamente de lado. También a quienes otro de esos momentos trascendentes (inasequibles a la razón) les hizo ajeno a las enseñanzas de la pasión religiosa. El mismo amor también es presa de estos caprichos del azar. No hay quien lo explique. No existen prontuarios que muestren cómo domesticarlo, aprehenderlo, razonarlo al punto de entender las causas que lo mueven y las que lo arruinan. Inevitablemente somos la suma de instantes que no nos pertenecen. A Keaton una bomba le malogró un oído y quién sabe si le hizo perder el dominio de los miles de músculos que gobiernan la cara. Quizá sea ésa la causa (hoy es el post de las causas difíciles) por la que anduvo siempre con esa expresión granítica, de fondo avinagrado y adusto, como si le debieran la vida y solo fuese un mal zombi que reclama sus derechos. El pobre Keaton, del que ya nadie se acuerda, sin un Alberti que le componga junto a su vaca en un prado de libro de poemas. Keaton, el de piedra, reclamando su vaca surrealista desde el más allá. Sin decir ni mu. Mi vaca. Que me la den. Son ustedes muy desagradecidos. Después de todos los buenos ratos que les di. Pero qué público más incivil tengo.

5 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Hay que estar muy triste para hacer reír de esa manera. keaton es inolvidable, como lo son cada una de las circunstancias que han hecho de nosotros lo que somos. Por cierto, don Emilio, ¿Cuáles son las que hicieron de ti un prosista tan ameno como profundo? Saludos cinéfilos en esta mañana de hielo, de peso en los ojos.

Francisco Machuca dijo...

Buster Keaton era el actor cómico que se enfrentaba a un mundo hostil sin mostrar la menor emoción, y superaba las dificultades físicas con una serie de acrobacias deslumbrantes, pero fríamente calculadas. Tenía un asombroso sentido de lo visual, un gran dominio del ritmo y de la comicidad. Su negativa (o incapacidad) para reflejar emociones, nacía quizá de la creencia en que el triunfo y la tragedia se suceden inevitablemente, y que ni una cosa ni la otra merecen la más mínima excitación.

El gran Buster es modernismo, actual. Hoy nos encontramos viviendo, junto a él, situaciones, acontecimientos que nos llena de estupor que nos paraliza, nos petrifica, nos fija, nos inmoviliza, incapaces ya de reaccionar, tal como era él.

Un fuerte abrazo,amigo.

Ana dijo...

Mi bloguero favorito a día que pasa...

Juan Manuel Pozo dijo...

La vaca de Keaton, la falta de vacas en este mundo sin Keaton. Un saludo.

Ramón Besonías Román dijo...

Woody Allen decía que la comedia era tragedia más tiempo. Pues esto. El ritmo, la cadencia, el espacio de silencio que llena el plano de significado. La tragedia sostenida es imposible; no hay cuerpo que la aguante. Por eso, tras unos segundos de angustias, necesitamos ser rescatados. La risa es inteligencia, un mecanismo de defensa eficiente.

Buster Keaton es mi preferido. Chaplin es el arquetipo; Keaton, el rara avis.