4.12.11

El mal mirado sin alarmarnos


1
Es imposible rastrear el lugar en donde encontré esta fotografía, conocer el nombre del autor, saber si fue un montaje o una toma espontánea en algún pueblo de la América Profunda y desquiciada de la manera en que la desquicia el cine cuando filma moteles en carreteras secundaria y moscas arracimadas sobre una hamburguesa abandonada en el suelo. Leí una vez que a Estados Unidos no se va: siempre se regresa. Nunca se tiene una primera vez para ver Manhattan o Sausalito o esas autopistas infinitas que recorren la epidermis del país y la tachonan de fotografías ya conocidas. Ya hemos estado allí sin movernos de casa. La televisión por cable o el cine o los telediarios nos inoculan las imágenes desde que tenemos uso de razón o capacidad para dejarnos fascinar por esa iconografía poderosa, vírgen a veces, abrupta y homicida otras. Poseemos una marca natural, una especie de pack icónico de serie. Ahí están Monument Valley, las calles empinadas de San Francisco, Central Park, la RKO, el delta del Mississippi, las jam sessions en el Carnegie Hall, Poe muriendo en los callejones de la periferia, Bukowski bebiéndose la vida en un caravana de alquiler, Elm Street, las letras de Hollywood en la montaña, las palmeras en las avenidas de Malibú, Manhattan entero...Por todo eso la fotografía del vaquerito enarbolando su pistola es una estampa clásica, una de ésas que ya tenemos alojada en el cerebro. Así que ésta no nos sorprende. Todo lo que está lo suficientemente visto no asombra, declaró Vicente Aleixandre, que se pasó media vida acostado, buscando el verbo exacto y la métrica perfecta. El disco duro compartido, el acervo global, está colonizado por imágenes que nos parecen familiares, que nos afectan lo justo y que, en última instancia, generan una intimidad exculpatoria, como si alguien cercano medrase en el crimen y una parte de nosotros le mirara con condescendencia, con una brizna humana de ternura y le echara mansamente el brazo por el hombro, en señal de comprensión y de amnistia.

2
La ilusión carece de geometría: progresa sin orden (sin pudor) y adquiere su grado óptimo de revelación cuando el sujeto que la abraza percibe que la distorsión que fabrican los sentidos deja paso a una certeza tangible y durable. Entonces la ilusión se convierte en algo cotidiano y el fabulador, el que espera que la imaginación le cubra de placer y compense lo que la realidad no alcanza, busca obsesivamente otro deseo que pulir y al que entregarse con todo el ardor y la meticulosidad posible. América es una ilusión: uno no va, siempre se regresa. El imperialismo yankee es icónico y esa base visual es la plataforma de colonización posterior: cada día son menores los asuntos de consumo interno. Sólo hay que pensar en esta riada de films antibelicistas, que se posicionan contra la administración Bush u Obama bajo el manto protector (sospechosamente protector) de las majors de Hollywood, esas máquinas mercantiles de propaganda de un modo de vida. Por eso no hace falta ir a San Francisco para conocer su puente o sus calles empinadas. O visitar Nueva York. Conocemos las calles y los parques, la trasera de los chinos y los edificios suntuosos alrededor de Central Park y hasta quién vive en ellos. Por todo esto no nos asombra la fotografía: el vaquerito maligno con su aliño de tradición encima.

3
Se posee un sentido primario y connivente con lo violento. Se acepta lo que en principio debiera causar rechazo, espanto en ocasiones. Vemos al niño portando el arma y no caemos en la cuenta, por obligaciones del contrato tácito que firmamos con la ficción pura, de que existen otros niños que no están posando ni están siendo utilizados para que el usuario burgués, el que se sienta y observa el mundo a través de las fotografías o de los reportajes informativos, agite su conciencia, la saque a paseo por el mundo y contemple el vértigo y la fiebre, el desvarío de los países en sus guerras y de los mercaderes con sus mercados. Olvidamos o nos hacen olvidar que hay niños que se matan de verdad en calles olvidadas de Sudamérica o en campos africanos a los que casi nunca llega el ojo burgués, el que se sienta y observa las causas y los azares a través de agencias de prensa. No podrá ser de otro modo. No podemos acercarnos al mal y mirarlo de frente. O podemos y estamos quietos, escribiendo en una mañana de domingo, mientras afuera el mundo se agrieta un poco más. Nos inmuniza la ficción. Nos salva del caos (ojalá no nos salvara del todo) ese disco duro universal de fotografías compartidas, de experiencias mentidas y de tragedias falsamente familiares.

4 comentarios:

Isabel Huete dijo...

Acabar de levantarse en este domingo soleado madrileño y leerte (me ha costado, no creas, porque todavía mis neuronas están cubiertas de telarañas) me ha hecho recordar que mi tragedia falsamente compartida de hoy será poner el árbol de Navidad, y también será mi ilusión o mi sueño, o mi trampa, de que una vez que lo encienda habré abierto la puerta de entrada a un mundo feliz. ¡Feliz domingo preinvernal!

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Y la mía, justamente ésa, Isabel. Estoy en faena o a punto de estarlo. Falsamente amable, pero nuestra. El mundo es nuestro, aunque lo castiguen por ahí con las tropelías de costumbre. Es nuestro para montar el árbol y luego desmontarlo, para salir a la calle y respirar el domingo hondamente, apreciando el aire de domingo y el frío invernal. Es nuestro, a pesar del vértigo y de la fiebre, de las cosas malas y de las peores todavía, para escribirnos y desearnos felicidad, amiga. Estamos hoy sentimentales, estamos dominicalmente tiernos. Un beso.

Joselu dijo...

Cuando estuve en Nueva York (1981) tuve la impresión de que estaba en una ciudad archiconocida, por la que había paseado por sus calles infinidad de veces, que conocía a sus policías, sus taxis, sus bares, sus salones de billar… Era como pasear por un paisaje familiar. No fui a ver la estatua de la Libertad ni las Torres Gemelas, lo que ahora lamento. Me perdí por el Chinatown, la Little Italy, Wall Street, el Planetario, Central Park, Harlem, Brooklin… Nueva York forma parte de la educación sentimental de tantos y tantos espectadores del cine. Es como una ciudad aprendida en sueños que fuera nuestra. Hace poco vi una película ambientada en Nueva York de principios de siglo: La edad de la inocencia. Y la sentí igualmente mía. Creo que esta ciudad y muchas otras americanas son nuestros iconos imaginativos. Sueño con pasear por las calles de Nueva York en viajes oníricos. El mundo se agrieta un poco más, pero el cine persistirá. Y las imágenes de esas ciudades seguirá en nosotros.

También pondremos el árbol de navidad, otro icono americano, en estos días de este absurdo puente que viene.

Miguel Cobo dijo...

Hay días en que uno percibe el caos sin atisbo de salvación posible. Antes, la sensación de vacío diluye, desintegra, las imágenes interiorizadas como falsas metáforas, los fragmentos de celuloide guardados en una lata, todo el glamour de nuestros sueños... y desea que el domingo concluya sin pena ni gloria. Sin nada. Que arda en la cabina de Cinema Paradiso.

Mon ami