5.12.11

De renos, magos y papel de regalo...


No les tengo afecto a las invasiones. Ni siquiera a las que vienen de dentro. No soy especialmente sentimental en lo navideño ni tampoco paso por completo de las tradiciones que estas fiestas a punto de caernos encima (miren los escaparates, oigan el sonido de las calles, pongan el televisor) suelen traer bajo el brazo. Disfruto en lo razonable de los renos de Santa Claus y de los camellos de los Reyes Magos. Ni los unos ni los otros me hacen perder el sueño y no tengo definidas mis inclinaciones zoológicas en materia espiritual. Me da igual que mis regalos los patrocine un tío gordo con barba blanca, extranjero, invasor, una especie de alien entrañable, o tres magos de Oriente, extranjeros, invasores, aliens también de mi precaria formación mitológica en estos delicados asuntos. Me sigue importando la voluntad de los míos a la hora de no olvidarse de mí y dejar un símbolo de ese afecto o de amor compartido. Que se ofrezca bajo un árbol o en una mesa de madera de roble no es verdaderamente lo que importa. Ay, descreído, ay, violador de las costumbres, me dice mi amigo K. al oído mientras tecleo este arrebato un poco iconoclasta. Pero él sabe que en el fondo disfruto de los pequeños detalles y me emociona poner las bolitas en el verde de plástico chino que se alza en el recibidor de mi casa, contándole a las visitas que cumplimos amorosa y devotamente con las tradiciones.

El no vivir la fe al modo en que otros la viven en estos sensibles días me hace mirarlo todo con una distancia exquisita para involucrarme a capricho en las ventajas y en las desventajas de una y de otra manera de entender el casi surrealista entusiasmo de estos días del calendario. No son distintos a los que ocupan el estío o el crudo invierno. A veces uno piensa en que la navidad es un atentado a la salud gástrica. Uno de esos atentados consentidos, deliciosos y delicuentemente gratos. Época de bonanza emocional impostada, la navidad tiene como casi todo en este mundo detractores arrécimos y entusiastas insobornables. Lo bueno de estar a mitad de ambos es que puedes entender a los dos. Te pones tierno a ratos y encabronado en otros. Te preguntas el valor auténtico de esta escenificación de photoshop intelectual. No entiendes cómo las cosas se invierten después de un modo tan brusco. Ya no se saluda a nadie por la calle, ya no se les desea que sean felices, ya no se les sonríe con sincero afecto. Se les mira de reojo, se les dice un hola cansino, se enarcan un poco las cejas a modo de hola, qué haces, cómo estás, ya nos veremos, pero sin el concurso doméstico de las palabras, de los buenos deseos. De verdad que debieran durar más tiempo. En serio que no me importaría que durante todo el año lucieran farolillos en las calles y en el supermercado en donde compro suene Let it snow a tutiplén. Incluso en agosto. Tampoco está nevando ahora. Lo dice la canción que adoro (en mil versiones) pero casi nunca se cumple la letra. Pasa eso: no se cumple la letra de lo que cantan los niños en los portales. Que esta celebración de la alegría está limitada a unos cuantos días en la agenda de Merkel y Sarkozy. Luego vendrá la migraña, el parte de bajas laborales, en fin, todo lo que no está patrocinado por Santa Claus ni por los Tres Reyes Magos del Lejano (y ahora tumultuoso) Oriente.

4 comentarios:

José Antonio Écija dijo...

Es la misma vieja historia de si Halloween sí o no. La sacan cada poco tiempo los cristianos militantes, que ven atacadas sus costumbres por la invasión de las costumbres de afuera. Yo estoy de acuerdo con usted en eso de que nos invaden todos. Una invasión pacífica, lucrativa, en todo caso. Que se lo digan a los comercios. Mi hijo se gasta una pasta, que su padre suelta religiosamente, no creas, en atuendos conmemorativos de una festividad que no es nuestra. Está la economía para jueguecitos. Un saludo, y buen blog, muy bueno.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

No me importa que me vendan costumbres si no retiran de la estantería las conocidas, en todo caso, José Antonio. Convivirán, sin más. A gusto del consumidor. No hay uno solo por vivir en donde vivimos y mamar lo que hemos mamado. Me gusta la iconografía norteña y también la de aquí, que no quiero decir nuestra. Ayer sufrí un atentado musical en un súper, nuevamente. Toneladas de canciones navideñas de Frank Sinatra y de Bing Crosby. Me gustaron mucho, por supuesto. Un atentado consentido. Si hubiesen puesto villancicos flamencos, me habría largado inmediatamente. Habré nacido en Ohio y no me habré dado cuenta.

alex dijo...

Lo mío, si bien cercano a lo tuyo, va más por la beta emocional. La navidad siempre fue época de grandes promesas intuidas y pobres resultados. Evoca en mí una fuerte sensación de tiempo perdido que jamás podré recuperar. Las musas, siempre aliadas de la tristeza cómoda, vienen de su mano para quedarse unos días a tu lado. Y eso es bueno y deseado. Aunque no sean necesarias las guirnaldas para desatar tal efecto en mí. Ahora mismo, sin ir más lejos, con mi café a mi izquierda, mis manos tecleando sin parar desde la mañana, y la mansa lluvia que se derrama sin pausa sobre Pamplona, soy feliz porque soy un poco infeliz. La cercanía de los días plateados producen la dicotomía.

Abrazos.

Isabel Huete dijo...

Me gustaba más la Navidad de antes, cuando no había restricción del gasto municipal ni diseñadores de luminotecnia que se cargaran los adornos de siempre, con angelitos, campanitas y hojas de muérdago. Antes las luces eran amarillas e iluminaban los árboles como si hubiesen florecido miles de estrellas que convertían las avenidas en algo mágico. Ahora son color hielo, de un azulón hortera que no ilusiona ni a la vista. Así que he optado por encerrarme con mi propia Navidad dentro de las fronteras de mi casa, como si la hubiese comprado en IKEA. No me produce sentimentalismo alguno, ni siquiera añoro mis sueños infantiles, tan sólo me gusta mirar las luces del árbol o ese pueblo en miniatura que es el nacimiento y con el que tanto disfruto al crearlo. Me encantan los colores, los destellos y las miniaturas, así que es éste el momento propicio para recrearme en ellos. La cosa familiar me horroriza y las cenas festivas las supero inyectándome algo de buen vino en vena para transformar la desidia en éxtasis. Creo que algún año me iré yo sola a pasear por Quebec en Navidad porque allí las luces y los adornos son de verdad y la ciudad se transforma en un cuento viviente. No, si en el fondo sigo siendo una niña.
Besotes navidulces.