9.7.10

Rewind II

Escribí un texto parecido a éste hace un tiempo y hoy alguien me ha referido una historia básicamente idéntica. Va por él.

Sería más o menos así:
Uno no nacería menguado e inerme, vacío en tamaño y en conciencia, ni iría después creciendo en juegos y en llantos, en dioses y en fábulas, probando, errando, cayendo, subiendo. Prescindiríamos del acné adolescente, de los amores platónicos y de las amistades eternas. Tampoco estarían la fatiga de los años escolares, las primeras erecciones rudas e incómodas o la rebeldía contra los padres, que es una forma de rebelarse contra uno mismo. Sobraría el pavor mitológico ante la sospecha de que Dios existe o de que no existe. Y no tendríamos que encarar con resignación la rutina de la edad adulta, la impertinencia de la vejez. Menos traumático o menos patético, sería nacer ya maduro, canoso, calvo o gordo, e ir más tarde, paulatina y generosamente ganando en aplomo, en tamaño, en conciencia, entre lecturas por el parque y paseos por la playa, bebiendo café en las terrazas con amigos, rejuveneciendo año a año. Buscar entonces esposa, procurarse unos hijos, un trabajo que nos plazca, dejar que el tiempo nos merme y, al final, cubierta la edad madura y la juventud, repasada la infancia, morirnos en una cuna, en un flato artero o en un patio de jardín de infancia. O mejor todavía: morir en el vientre materno, enamorados, enfermos, hospedados como reyes, como dioses. Los habría afortunados: aquéllos que tuvieron la dicha enorme de morir en un orgasmo paterno, aunque no sea el propio. Onanismo mortal.

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2 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

Cuando vi la película de Fincher sobre Benjamin Button (personaje inspirado por F. Scott Fitzgerald), me pareció entonces una metáfora sugerente sobre nuestra propia existencia.

Los seres humanos somos los únicos animales que no vivimos conformes con lo que marca nuestra naturaleza. Somos almas de mal asiento. Como Button, nacemos al revés. Desorientados al nacer; desbocados en la infancia; sobrehormonados en la adolescencia... Y cuando con los años nos llega la sensatez, descubrimos, en un acto de lucidez, lo desaprovechado que estuvo nuestro tiempo, las lagunas que merecería ahora, ya talludos, llenar. Por eso, en la madurez y hasta nuestra vejez vamos haciéndonos más niños, más allá del bien y del mal, mirando con cariño un mundo que sabemos sin remedio ni orden, un mundo que sólo merece una cosa: vivirlo.

Buen día, Emilio.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Es una distracción, cosas convenientes `para la ficción. De todas formas siempre volvemos a lo que dices, a ver que hemos perdido el tiempo. Unos más, otros menos. Eso no lo salvaríoa ni la historieta que cuento.
Que el Pulpo nos Bendiga, Ramón.