14.4.10

Beber, vivir, amar



Eso de ataviarse en plan regional para ponerse ciego de cerveza me suena a coartada cultural. Uno se despoja del yo rutinario, se emperifolla a la usanza más castiza y se castiga el cuerpo a base de productos de la tierra. He visto gente precipitada al desquicio etílico en la creencia de estar ejerciendo algún tipo de rito ancestral. El cuerpo es una máquina obediente a la que no debemos maltratar: si le damos placeres, los pide más tarde. Fieramente. Si lo encerramos en una cárcel y le privamos de esos placeres el cuerpo tarda bien poco en olvidarlos. Ésta es la obediencia. El vértigo es la traición. Por eso nunca he ido al Oktoberfest en Alemania. Temo engancharme. Temo asemejarme al pobre perro de Pavlov y buscar en cada camarero de los bares que frecuento a la hembra bávara de la fotografía que ilustra este escrito. Y encima adoro la cerveza. Lo que no me cuadra es el desafecto de la juventud de ahora por un buen atrezzo. La ingesta masiva de cerveza es la cara vista del botellón, que es un oktoberfest semanal sin cristal ni rubias jaquetonas.
El mocetón que se pone tibio de birra en un reservado que la Concejalía de Cultura o la de Festejos o la de Urbanismo le procura para que satisfaga a gusto no percibe el alcance metafísico de la cogorza. A Charles Baudelaire, un bebedor insigne, le ofendería este uso agreste de las moléculas del alcohol. Le daría grima el desparpajo con el que los jóvenes se acuertelan en las traseras de sus coches y vacían litros de turbios elixires de garrafón. Le produciría ardores intelectuales que malgastaran el tiempo en esos festejos paganos, inverosímiles (beber hasta aturdirse, sin razonar los motivos del desquiciamiento y conducir la ebriedad a cierto estado de inspiración artística, digamos).
Lo que inquieta de este rebaje en el glamour es que se esté gestando una sociedad bruta, ciega y sorda a la que no le interesa lo más mínimo adornar la ebriedad, embrumarse de palabras y alcanzar una especie de nirvana perfecto del que luego poder bajar y al que en ningún caso se le debe peaje. He tenido y aún tengo buenos amigos a los que los perdió la bebida. Alguno no lo contó. Pero ninguno de ellos se precipita a las afueras y se engolfa el hígado con brebajes infames. No son ricos ni se procuran licores caros, pero le dan carta de estilo al acto sencillo de beber. Se engalanan casi. Se colocan en esa posición cómoda desde donde disfrutar sin que el exceso enturbie ese disfrute. Es francamente complicado no querer ir más allá. Mi amigo Curro no supo manejar la felicidad brevísima y fantasmal de un gintonic oyendo blues en la barra de un bar y murió sin dejar ni siquiera, pese a su edad, un cadáver perfecto como querían los puristas del negocio de los tóxicos. Al menos disfrutó del éter venereo de sus vicios en buena compañia, abrigado en invierno, fresco en verano, consciente del riesgo, orgulloso de gobernalo a antojo, decidido (al cabo, a mi desgracia como amigo) a mirar el abismo y permitir que el abismo también lo vea. Y todo sin traje regional. Sin alemana reventona. Sin coartada cultural que valga. Se le echa, no obstante, mucho en falta.

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6 comentarios:

Rafa dijo...

Más razón que un santo, Emilio. Además la juventud de hoy no respeta el gusto por beber, no bebe con cabeza y bebe a lo bestia sin tiento ninguno. Yo bebo lo mio y lo del vecino pero sé frenar, eso decimos todos, ya sé. Los que beben en botellones son producto cultural de este tiempo idiota que vivimos. No sé quien tiene la culpa si es que hay alguien que tenga la culpa de que los jóvenes se embrutezcan en descampados por ahí, bebiendo hasta no poder más, oyendo gamberradas acústica, como dice un amigo que está últimamente preocupado con que se le echen encima en su calle un botellódromso de estos. No tenemos remedio. Lo del amigo que se te fue, pues lo siento, no se puede decir otra cosa.

Anónimo dijo...

Completo a la par que sentimental, como siempre, emilio, un abrazo grande. Fernando.

Ramón Besonías dijo...

Me alegra tu regreso a ese garito virtual de palabras compartidas, donde es imposible embriagarse de otro hidromiel que no sea el que destilan a destajo nuestras letras.

Al leerte me sale una sonrisa a medio hacer. Quizá sea el efecto de la edad sobre nuestra memoria, pero qué pronto olvidamos que nuestra adolescencia estuvo, igual que la de ahora, ausente de razones para beber o de detector natural que limitase nuestro deseo.

Cambian las razones, las edades de iniciación, los lugares, quizá la compañía, los centímetros cúbicos de alcohol en sangre,... Pero, ¿ha cambiado algo?

La única impronta que preside esta generacón de imberbes bebedores es el hecho de que no soportan beber solos. Emborracharse es un acto social, un rito tribal, una excusa para huir del adocemamiento familiar y escolar, la falta de horizontes laborales, aquello que les espera cuando esa dama remilgada y mentirosa llamada adultez les toque la voluntad y les envenene de fría sensatez y autocomplacencia. Antes que sea así, que no digan que no viví, aunque no recuerde con quién ni dónde.

Este nihilismo anhela a gritos respuestas, conflictos por los que merezca mantenerse sobrio. Hasta entonces, otra copa, por favor.

Casiano dijo...

Alegría de tu vuelta tras un descanso. Qué mejor motivo para una copa que encierra en su fondo algo más que el líquido que flota a la espera de una garganta ávida de nuevas sensaciones. Y sí, en el trayecto hemos dejado a muchos amigos de farra en la cuneta. Es ley de vida, y la vida siempre se las cobra...
Un abrazo.

Teniente Bebido ! dijo...

Impagable documento gráfico, sr. Emilio. Se requiere mucho temple para no derramar la cerveza viendo al vecino, a la vecina, mejor dicho, tomarse una de esas dimensiones. Todo en la foto tiene dimensiones. Alemania es un país de mnuchas dimensiones. Habrá que ir a Munich en Octubre, no crees?. Lo otro que cuentas, más luctuoso, no tiene cabida en este comentario alegre. Sentirlo, ya está. Y a seguir bebiendo. Brindemos, brindemos, brindemos. 3 copas por los que no están.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Se bebe a sabiendas de lo que significa beber. Incluso cuando hay exceso. La juventud de ahora, coincidimos todos, se pierde en la ingesta sin razones. Para todo, incluso para el exceso, debe haber un argumentario. Es viernes. Se entiende.