9.9.09

Poeta 2.0

Antes los poetas morían jóvenes y dejaban un poema perfecto en la boca de los elegidos. Morir en el esplendor de la carne, antes de que la mancille el tiempo y las horas manuscriban rimas de óxido y de alzheimer sobre el verbo limpio, morir en primavera, en todas las primaveras improvisadas, en la luz sin contaminar que el aire funda en el aire. Los poetas son los frikis de este infame aforo de parias. Eres poeta y te manumiten de entender el mundo. Te piden que registres las costuras de la belleza y cantes la verdad infinita del azul en el cielo y del dolor en el alma. Los que nunca han escrito un poema no saben qué parto tan terrible es encontrar el tono, el fondo visible de ese quebranto forrado de palabras. Luego hay poetas grises que no acuden a la convocatoria del numen y fabrican versos rutinarios, versos solemnes y vacíos que no iluminan. El poeta orfebre, sin embargo, hurga, escarba, se gasta el ojo y la uña y el sueño hasta que rescata del barro primitivo el verbo delincuente, el matrimonio perfecto de las palabras. A las palabras hay que temerles. No hay culto religioso que no las endiose: al principio fue la palabra, el verbo; luego las sílabas devienen carne. Todas las dictaduras del mundo han sido escrupulosamente respetuosas con los poetas. O los han contratado, untado de miedos y luego salvados de la pira, o los han sacrificado. No puedes tener a un poeta en tu contra si eres un dictador, un reyezuelo de un país que se hunde. Por eso los han fusilado. Esa es la razón por la que la literatura es siempre un arma cargada de futuro, como quería el poeta.
Hoy los poetas mueren de viejos, comidos por la fiebre de los años, que nunca perdonan. Los poetas de la sociedad del bienestar mueren como Benedetti o como José Hierro y su fuga de los vivos ocupa editoriales y crónicas en los dominicales. Son estos tiempos febriles en donde hasta la poesía vende y todo el mundo tiene un poeta favorito. Vende por decreto, porque la publicidad te dice que ha muerto un poeta uruguayo formidable del que muchos famosos de la farándula y de la inteligencia se dicen devotos incorregibles. Y entonces se activa la maquinaria fantástica de la adulación. Necesitamos un referente, un músico del que sentirnos siempre orgullosos, un poeta del que poder recitar un verso increíble a la caída de la tarde, en esa reunión de amigos donde alguno se descuelga contando con qué devoto arrobo leyó a Kavafis o con qué fervor rayano en lo místico descubrió la palabra escondida de José Ángel Valente. Yo a estas alturas de la historia siempre me acuerdo de un viejo amigo, al que por suerte o por desgracia últimamente no veo, que se jactaba de tener montones de discos de jazz en sus estanterías. Por si un amigo viene a casa a cenar y quiere escuchar jazz. Hay que tener de todo, Emilio. Yo le pedí a Charlie Parker y me obsequió con uno de sus discos que más aprecio, uno con una orquestita de cuerdas de fondo, recitando standards. Él ni le prestaba atención, pero me miraba de reojo, rebuscando gestos, comprobando que estaba disfrutando y que él era el artífice de mi júbilo. Y así andamos: apilando libros, discos, nombres, versos. Sin dejarnos las uñas, los ojos, el alma, el sueño en el milagro allí abierto. Y los poetas ya no mueren jóvenes. Cuando cumplen cierta edad se preparan unas oposiciones al Estado o se encoñan con una señorita con posibles que le asegura fornicio y un piso en Benalmádena para ocupar las siestas del estío. Los versos se pueden dejar para la vejez, para cuando el alma esté más curtida y se advierta los estragos del tiempo en sus sílabas.

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5 comentarios:

Olga B. dijo...

Hombre, lo único que faltaba es que hubiera que pedirles que se murieran todos jóvenes;-)
Me consta, sin embargo, que alguno hace lo que puede.
Ironías aparte, un placer leerle.
Saludos.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

No, claro, no vamos a pedir tal cosa, Olga. Todo queda como una especie de salida por la tangente, poética, por supuesto. Ironías, como dices tú.
Saludos...

Alex dijo...

Mueren adocenados o aburguesados, que es peor, como Fante. Los poetas, como los toreros y los boxeadores díscolos, deben morir jóvenes para erigir una nueva leyenda. No es políticamente correcto afirmar algo así, menos hoy día, lo sé.

La poesía es alimento para una minoría, Emilio. En España no se lee poesía. En el resto del mundo se leer poco. Ergo, los poeta dejaron de ser necesarios hace eones.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Bien leído, bien contado. El poeta es un ser en continua alerta, el poeta es un gobernador de su propio infierno, el poeta es un atormentado: lo que le quebranta el espíritu es la realidad, y debe transfigurarla (me estoy poniendo fatal de los nervios) debe buscarle la hechura invisible. No sé si me ha quedado claro a mí mismo, pero eso es lo que ahora se me ha ocurrido. No estoy (circunstancias atenuantes) en plenitud de mis condiciones. Ya te contaré. Piruetas de feria doméstica...

Jorge Naranjo Quezada dijo...

“Mueren jóvenes”, y habrá que admirarles a caso? Por sus obras o por su muerte? Lo que seguro no morirá es la poesía en su esencia misma, porque vive, permanece y –a lo largo de los siglos– se apodera de los pocos transeúntes que levantan la cara para mirarle fijo a los ojos, y descubrir en ellos lo que otros imperfectos ni siquiera logran ver…

Un gusto enorme el haber pasado por aquí.

Un abrazo
J.N.Q.