27.9.09

Cine, Madrid, nostalgia


Sigo pensando que el cine es una escuela de la vida. Lo pienso desde hace años y los años me hacen insistir en lo que pensé entonces. Uno puede confiar en que el cine le vaya enseñando cosas que la vida, en ocasiones, no alcanza a mostrar. Hay vidas incompletas que el cine va rellenando. No se trata únicamente de un distraimiento que ocupa las tardes vacías. Le encomendamos más cosas y, por lo general, esa confianza no suele fallar en exceso. Porque no hablamos de que haya películas mediocres, malas o deplorables. Ninguna de esas atrocidades merma el apasionamiento del que hablo. Ha habido tantos momentos memorables, tanta emoción contenida en un rollo de cinta, en un sala de cine o en el salón de casa, embutidos en el sillón favorito y bien pertrechados de ilusión, que no nos afecta el cine malo, el que no nos alcanza el corazón. Duele, sin embargo, que el cine tal como nos lo enseñaron esté muriendo en esta tempestad de lo digital, del advenimiento de un imperio regido casi exclusivamente por la sinfonía de las monedas al ir cayendo en la lata. En ese tránsito, en ese discurrir de los tiempos, el cine sobrevive, pero renuncia a salvar de la quema el glorioso, bendito y cálido útero en donde nació y al que acudimos para ingresar en esta hermandad de gente inteligente, sensible y, probablemente, un poco infantil todavía. Quien ha crecido viendo cine nunca deja de ser un poco niño cuando, ya talludito, bien entrado en la provecta edad, entra en una sala de cine. Hay cosas que te pasan dentro de una sala de cine que jamás podrían sucederte afuera. En cierto modo, entrando peligrosamente en cierta espiral de osadías semánticas, hay cosas que te suceden en la sala de cine que hasta es mejor que nunca te sucedan afuera. En ese sentido, el cine es el aditamento épico que contribuye a la formación íntegra del héroe que todos llevamos dentro. O si falla la épica o no viene a cuento su concurso podemos considerar muy seriamente la participación de la belleza o del talento. Le leí a Savater que toda la literatura estaba construida sobre el fabuloso pilar de los cuentos. Que no era posible el disfrute de la letra escrita si ésta no contaba algo. Daba igual qué o daba igual de qué manera. Lo que de verdad le importaba a Savater era que el texto ficcionara, permítame el lector este atropello semántico. Al cine le viene a pasar lo mismo. Hay películas hermosas o profundas que raramente desprenden literatura, es decir, fábula, el nunca quemado reinado del introito, del nudo y del desenlace. Habrá autores que rebajan de aquí y de allá y hagan del nudo el mismo desenlace o que omitan directamente la parte intermedia y vayan al grano casi desde el primer fotograma, descuidando deliberadamente el tal vez prosaico material del nudo, que a veces es pieza idónea para enrrollarse de mala manera, como diría (siempre tan preciso) mi buen amigo K. Pienso en todo esto hoy después de recordar (una vez más) un estupendo (y brevísimo) viaje que hice con unos amigos a Madrid hace un par de sábados. A esta hora en la que ahora escribo andaba yo recorriendo la Gran Vía, disfrutando del tumulto. Diré que soy urbano hasta el desmayo y que donde otros advierten belleza en una puesta de sol o en un bucólico paseo entre chopos u olivos yo descubro el temblor místico del asombro en una avenida reventona de tráfico, escoltada por edificios altísimos y en donde, por doquier, el género humano pugna por zafarse del prójimo para avanzar y alcanzar un paso de peatones, un escaparate o una esquina por la que perderse hacia aceras más despejadas. Un mundo en donde las historias (las que firma Carver, ¿verdad, José Antonio?) te piden atención porque están ahí, inadvertidas, mullidas, cómplices a tu voluntad de conducirlas a un refugio más duradero. Pensé (y recuerdo aquí, ahora) en la vida ganada y perdida en esa avenida fastuosa, en el trajín formidable, en todos esos teatros y cines (y oigo que fueron más y que ya no es la Gran Vía sombra de lo que fue, como se dice). Un mundo perfecto todavía en el que es posible inventar historias. Y cine y cines alrededor.

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4 comentarios:

Fermín Delgado dijo...

Se puede decir que has descubierto la gran vida urbana. Yo la descubrí de estudiante en Granada, y Granada es una mierdecilla, con perdón, con la capital, pero ahí es nada, de un pueblecillo de mierda (más perdones) a la ciudad completa a la que no le falta nada. No le falta. He vuelto a Granada y me ha decepcionado. Claro, ya ha viajado uno y todo eso. Madrid me dejó así como a ti hace veinte años largos y no he vuelto mucho. Viajes de trabajo y ahí no puedes tirarte a la gran vía y meterte en un teatro, que es lo que me gusta incluso más que el cine. En donde vivo, hay cine, no teatros. Ya me entiendes. Lo mejor es no obstante ir solo. Si quieres disfrutar de lo que te gusta no te busques compañía. Así recorrí Londres hace ya muuuuuuuuuuuuuuuuuuuchos veranos. Estuve una semana y fue un shock del que no acabo de salir a pesar del tiempo, tanto, que ha trascurrido. Me ha gustado mucho tu blog y prometo volver porque está escrito del carajo y los temas me son muy muy cercanos. Cine sobre todo. Y ah, jazz. De eso tenemos que escribir mucho. Un saludete de un pueblerino que te entiende.

Alex dijo...

Madrid, ya lo hablamos, te acoje como lo hace Nueva York o Londres. No le importa tu origen, tan sólo te pide que dejes guiar por tu instinto y tú lo hiciste bien.

Madrid y Suburbia son mi casa y a veces, lo sabemos todos, se odia lo que tienes a mano y lanzas tus pensamientos hacia lugares remotos. Aún te queda mucho por ver, Emilio. Sólo espero que lo disfrutes tanto como en esta ocasión.

Anónimo dijo...

Madrid acoge como una madre. Lo que te escribe Alex es verdad. A mi me acogió y me senti uno más. Siento eso que dices y lo entiendo como escrito por mí mismo. No soy muy de cine, Emilio, verás, es que soy demasiado nerviosa para estar sentada mucho rato y no brincar por ahí y ver gente y todo eso. No quita que vea pelis, claro. Vuelve a Madrid en cuanto puedas. Yo lo hago a ver amigos menos veces de las que quisiera y siempre disfruto mucho de ellos y de la ciudad en sí misma.
La Gran Vía no es, no creas, el mejor Madrid, pero eso no se puede descubrir en un "brevísimo" fin de semana como escribes.
Saludos, Irene

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

La conocía, Fermín. La gran vida urbana, digo. No en este grado, aunque la exposición fue mínima y a un ritmo trepidante.
Se tendrá que volver de otra manera.
Vivir una ciudad solo, como tú hiciste con Londres, es ideal. Así viví yo Cádiz, ciudad muy hermosa, muy laberíntica, hace años. La viví y la disfruté. Luego no he vuelto. No, al menos, así. Vuelve cuando desees.

Madrid es una casa grande. La sentí así. Era tan extraño como cualquiera. Tan nativo como cualquiera. Tengo que volver. Tenemos. Es una conversación familiar ya habitual, my friend. Me queda (nos queda) todo por ver.

El mejor Madrid, Irene, no sé dónde está. Vi unos cuantos. Todos me gustaron. Imágenes sueltas. Flashes. Sensaciones que las sientes igual. Días después. Un saludo.