15.8.22

227/365 Charles Dickens

 



"Fue el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, fue la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, fue la época de la fe, era la época de la incredulidad, era la estación de la Luz. Era la época de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotros, todos íbamos directo al cielo, todos íbamos directo al revés - en breve, el plazo era hasta el momento como el actual período, que algunas de sus más ruidosas autoridades insistieron en que fuera recibido, para bien o para mal, en el grado superlativo de comparación."


Charles Dickens, Historia de dos ciudades


Tengo algunas felices inclinaciones necrológicas de las que no podría extraerse la idea de que yo (paradójicamente) festeje la muerte, ni la saque a pasear a cuento de que haga un año o cien que muriera algún escritor que me apasione. Hay quien lee a alguien porque ha hecho tiempo que ha nacido o que ha muerto o que su libro entró en el parnaso de los grandes libros de los grandes escritores. Como son muchos de ellos los que me producen apasionamiento - y felicidad y zozobra y dolor a veces también - no puedo cumplir con todos, ni falta hace que tal cosa se produzca. Uno hace festiva la literatura que vive y la lleva dentro con orgullo, pero no la exhibe, no con exceso, no salvo que alguien te confíe el mismo ardor y te diga que Charles Dickens está en su mesita de noche y le rellena las noches y lo conduce al sueño. Leí Tiempos difíciles a la luz del flexo en el primer invierno de mi hija, hace de eso sus años. Me sedujo su literatura pulcra, el modo en que las palabras se iban hilvanando, sin que en ningún momento decayera la impresión de que todas las páginas contenían algo trascendente, alguna circunstancia remarcable, a la que después volver para cerrar una trama o finalizar la obra completa. Leído como se debe, qué petición más absurda, Dickens ha ejercido una influencia mayor - y más noble - que muchos de esos dignos premios que los estadistas dan a los que colaboran al sostenimiento de la paz. La literatura, la de la mesita de noche que nos escolta al sueño, tiene la virtud de hacernos mejores personas. Todos los buenos escritores contribuyen a que el mundo resplandezca. No hay motivo para ser pesimista todo el tiempo. Somos buenos, lo somos de verdad. Malogra esa bondad la mala educación o la mala cultura. 


De Charles Dickens me vale que me ayudara a entender mejor a mis convecinos. No ha sido el único. No hay día en que algo de lo que leo no me haga aprender. No se trata solo de que la literatura nos distraiga o nos haga sentirnos confortables en la belleza en la que nos sumerge. Leer - leer a Dickens - nos hace entendernos mejor. Hay personas que tiene ese don, el de comprender al género humano. No sé si podemos entender a cualquier animal que parezca en apariencia persona, pero igual la respuesta está en alguna entrega de las novelas de Dickens. No es nada descabellado, ni mucho menos. Todo está en Shakespeare, dicen, pero lo que el bardo de Avon no registró en sus obras debe andar en las de Dickens. Hay pocos escritores ungidos con este don. Se me ocurre García Márquez o Robert L. Stevenson. Es una literatura gozosa, como tantos, pero a la vez que el goce es a vivir a lo que invitan. No hay mucho trecho entre gozar y vivir, puede colegirse. Ambas disciplinas van juntas, se entienden juntas. Dickens fue un observador privilegiado del tiempo que le tocó vivir. Su literatura describe la sordidez (junta a ella la miseria y la injusticia) de la Inglaterra del siglo XIX. También retrató como nadie (mi memoria es endeble, mis alcances son cortos) la pobreza y la explotación laboral. Fue quien bajó a la mina a llenarse de hollín y después se acicaló para enseñar al mundo las penurias del minero. Su propia infancia fue pobre, injusta, sórdida, mísera. Pegó etiquetas en botes de betún diez horas al día. Los domingos, su único día libre, visitaba a su padre en la cárcel de Marshalsea. Le daba la mitad de su jornal. La otra iba a la dueña de la casa en la que era acogido. Fue un niño como tantos a los que luego convirtió en protagonistas. Fue Oliver Twist,; fue David Copperfield; fue Philip Pirrip, el Pip de la inconmensurable Grandes esperanzas. Su bagaje narrativo, esa colección de vivencias, vienen de los años duros en el Londres de los barrios bajos. Leo que fue Shakespeare el que lo empujó a escribir. No se consagró a sublimar el alma humana, aunque no estoy muy seguro de eso: prefirió la denuncia, el escrutinio de una sociedad sucia, en la que la opresión y las calamidades diezmaban a la población y donde los déspotas (Scrooge fue uno, un auténtico azote para sus obreros) tienen la chimenea encendida en el crudo invierno y los pobres tiritan de frío, cuando no de hambre. De ahí su legitimidad, de ahí su conocimiento. Con todo, Dickens es el inventor de la Navidad. Ha hecho que no haya ninguna en la que su figura no ocupe algún lugar de mis recuerdos. El fantasma de su cuento es la representación más pedagógica de esa construcción a veces impostada en la que todo debe rezumar bondad y las personas nos deseamos la más grande de las felicidades. Como si fuese el mejor de los tiempos, la estación de la luz que contba en el inmejorable comienzo de Historia de dos ciudades. La empecé anoche de nuevo. Llevo un ciento de páginas y estoy absolutamente deslumbrado. No sé si como entonces. En la vida solo son necesarias las realidades, sanciona el orador con el que Dickens abre la historia. Arrancad de raíz lo demás, añade: siempre se tuvo ese gesto hostil hacia la imaginación, no hay mejor medicina contra la fantasía que la extensión cartesiana de lo real. Afuera, en la libre asociación de ideas, en la creatividad, anida el virus del fracaso, venía a contar el maestro de escuela a sus alumnos. Son tiempos difíciles y difunden de continuo que lo serán más. Seguimos escondidos. Parece una novela de esas distópicas tan de mi gusto, pero la realidad supera a la ficción, no habrá quien lo dude ahora, quizá tampoco antes, antes del advenimiento de la enfermedad y de la sensación de fragilidad que toda enfermedad contrae. Contar esa enfermedad es el propósito de mucha de la mejor literatura que hemos recibido. Dickens la daba por entregas y el público celebraba esa morosidad. Como los capítulos de las series cuando no había streaming ni canales a la carta. Fue un ferviente defensor del noble arte de entretener. 


El escritor más leído de su época, el primer novelista profesional, murió de un ataque al corazón. De haber sido Dickens personaje de una de sus novelas, habría hecho desfilar por su lecho de muerte a todos cuanto le conocieron y sabríamos que darían más importancia al humor que a la tristeza. Dirían que era ocurrente o que todo el melodrama de sus obras (severo sin ambages) era una manera de que el país que amaba se viese ante un espejo. Alguno terciaría con su capacidad para extraer una historia de cualquier pequeño avatar, hasta el más pequeño, el más irrelevante. Se puede escribir una novela de cualquier cosa. Lo principal es no aburrir, imagino que diría Dickens en su cama póstuma. Si alguien se aburre, no hará nada provechoso en la vida. Hasta el mal puro proviene de un estado enfermizo del aburrimiento. Lo dickensiano, esto es, lo extremadamente pobre, atravesado por todas las inclemencias del infortunio. Si un autor sirve para que se formule un adjetivo es que ha llegado a un lugar absolutamente universal. Ahí está lo dantesco o lo kafkiano, eso se me ocurre ahora. Leo que Dickens no fue en lo privado el ser admirable que destilaba la forja de su obra: intentó encerrar a su esposa Catherine, tras veinte años largos de matrimonio y diez hijos, que no es poco, en una institución psiquiátrica en la perspectiva de que así podría cortejar (qué verbo más completo) a una joven (veinte años de diferencia se llevaban) que le había sorbido el seso. Para disculpar ese acto impropio de alguien de su talla pública, por no echar abajo su reputación, escribió una carta (conocida como "la carta violada") en la que se esmeró en airear la infelicidad de su matrimonio. Se las ingenió para que la prensa la difundiera sin que en modo alguno pareciera uno más de sus capítulos fasciculares. He aquí al Dickens misógino, al depravado, al enloquecido por el amor o por la ilusión del amor, qué sabe uno. Tampoco esa resuelta revelación de su vida privada deteriora la otra, la que depara la literatura. Es viejo ese asunto, ahora más al día, por la voracidad de los medios o por la escrupulosa nueva política de la intimidad que la globalidad digital está tendiendo como un cáncer. Dickens fue hijo de su tiempo y contendría, como cualquiera, su parte entenebrecida, su alma negra como un barreño de carbón. Chesterton declaró su amor y su deuda a Dickens. Su deliciosa colección de ensayos El espíritu de la navidad te puede hasta hacer que la ames y acabes por creer. La navidad es la pervivencia del pasado, escribió el gran Chesterton. Algunos alimentados de cine creemos que Frank Capra hizo la declaración navideña más popular, con permiso de Mariah Carey. La muerte de Dickens en 1870 hizo decir a una niña si las Navidades acabarían también. Ese era su poder entre el público. Se le reprocha que sus argumentos buscaran siempre el beneplácito de sus entusiastas y fieles lectores. La novela por entregas, de la que fue creador y maestro, no condescendía al sesgo autoral de quien tiene libertad para hacer y deshacer a su antojo. Se debía a ellos. Su compromiso era hacer que el mundo fuese un mundo mejor, aunque usase la penuria como argamasa de sus ficciones y el mal campase con severidad por las calles. 

14.8.22

226/ 365 Luis Felipe Vivanco

 


A veces se tarda en llegar. Se camina con un muerto. Nos interrumpe, como la mirada de un perro, como el hogar entrevisto a lo lejos con su humo antiguo que acaba de izar su canto nuevo. Hoy el poeta quiere cantar su amor sobre todas las cosas. Saber que le espera la raíz del hombre o el fuego de Dios. Saber bien lo que se quiere. Soñar un chopo de invierno, quién hace eso. Son un consuelo los árboles. Se dejan tocar, se dan en el silencio de su erguida propiedad sin nombre. Lo más hermoso que le puede pasar a un poeta es que no precise que se le lea sino que sus versos estén en el río o en el aire y nos cubran hasta que no haya nada más que versos. El campo en la crecida memoria acude con su niebla precursora. No hace falta que se le nombre. Ni el amor hay que nombrarlo. Vemos al poeta Vivanco en su casa de pueblo. Se resuelve que está ocioso. La paciencia ha evitado que manuscriba unos versos. "Un vaso con violetas / sobre el mantel bordado / por ti cuando eras novia". Sin que nadie más lo aprecie, la casa crece. Como los recuerdos. Toda ella es ventana desde la que "bajo un cielo desteñido,/el dulce cabeceo de los álamos, / los pinos rechinantes de chicharras, / las flores amarillas de los cardos / con un temblor de mariposas blancas". Qué felicidad pintar la luz. Con qué alegría se toma el café de la mañana con todos esos poemas en la mesa. No tener prisa. Ni nada que hablar siquiera. Apurar la taza. Que duelan las palabras que no se dicen. Que se olviden las convidadas al silencio. Tan solo dejarse ocupar por las horas. Dicen que era un poeta triste, taciturno, de fácil conversación, pero huidizo encuentro. Esta mañana de agosto un poco gris todavía me ha invitado a que toque la tierra y la huela. Ayer llovió. Trajo el cielo el olor primero del mundo. 

13.8.22

225/365 Franco Battiato

 



Para Francisco García Gasco. Una vez  (consta que en verano de 2012) me dijo que Franco Battiato era un dios italiano.


“Yo prefiero la ensalada / a Beethoven y Sinatra. / A Vivaldi, uvas pasas, que me dan más calorías”

F.B.

 


Fueron los cíngaros del desierto. Bailaban con candelabros encima. Los ángulos de la tranquilidad no siempre están al alcance. Ni en las nieblas del norte, ni en los tumultos civilizados. Los días que pasan no siempre traen paz. Ni siquiera puedes encontrar refugio en el crepúsculo. Tal vez sea al final del camino. Ahí ha llegado el gran Franco Battiato. Las almohadas de la tierra. La dimensión insondable. Las canciones egocéntricas. Un viento a treinta a grados bajo cero. La experiencia sensualísima de ver bailar flamenco. Los continentes perdidos. El animal que todos llevamos dentro. La espera al cónsul italiano en la casa antigua y noble. Hay quien se pone unas gafas de sol para tener más carisma y sintomático misterio. A veces un temporal no nos dejaba salir. La estación de los amores viene y va. En las calles era mayo y caminábamos juntos. Free jazz. Punkie inglés. Monserga africana. Over and over again. En la baja Padana, en verbenas de verano, la gente anciana danza viejos valses vieneses. Somos pasajeros anómalos en un viaje místico. Nos mira un monje birmano: tiene los ojos atravesados por una luz que no se va nunca. Pensar en cómo se ha malgastado el tiempo. Seguimos siempre en ruta en diagonal por la vía láctea. Un día por la perspectiva Nevski me encontré por azar a Igor Stravinski. Mi maestro me enseñó qué difícil es descubrir el alma dentro de las sombras. Se buscan por instinto las pistas de cometas como vanguardias de un nuevo sistema solar. . Había nieve en Berlín Este. Un viento a treinta grados bajo cero barría las desiertas avenidas y los campanarios. Los orinales bajo el lecho. Qué difícil es descubrir el alma dentro de las sombras. Over and over again. 


Battiato hablaba con los dioses griegos. Leía escritura cuneiforme. Soñaba imperios babilónicos. Amaba con ese afán de los primeros navegantes del Egeo, que es donde nació el primer aliento del hombre. Llevaba gafas de sol para tener más carisma y sintomático misterio. Componía versos sobre la pornografía grecorromana. Cuerpos que danzan al ritmo de siete octavas. El día en que murió el Etna llenó el cielo de Sicilia de una ceniza carmesí. Es de poetas hacer que la tierra se conmueva cuando parten. Battiato era de otro tiempo, aunque usara el pop para entonar su cántico universal. Pop sin las ataduras del pop. Pop hecho a la medida de un bardo eléctrico y tribal, religioso y clásico. Escribo a la vez que canto. Andará el gran Battiato buscando su centro de gravedad permanente. Hubo un tiempo en que mi banda sonora fueron sus canciones. Italiano y español. Español e italiano. El mal de África. La hermosura de perderse en un milagro. Qué más puedo recordar. Me vienen (atropelladas) las letras. Temo perderlas. Si las pierdo será cuando haya muerto definitivamente

12.8.22

 no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, y vamos al supermercado, antes de entrar arrojamos el plástico, las raspas del besugo, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construído un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, la leche, el suavizante, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórico, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en los paseos por san fernando cuando el mundo era frágil y veía pasar coches y buscaba y encontraba el amor en los bares, pienso en baudelaire, hace pocos días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo sledgehammer a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el cláxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, febrero es una fiebre de metales metafísicos, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir en este blog textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de ésos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida iluminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortazar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que les pasan de jesús divino, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabriamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en jesús divino, pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, k tiene voluntos buenos, de los de copiar y no olvidarlos, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de tu piel y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida dándote por el culo, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo tenía una mosca y la muy intrépida no se murió, danzaba como los esqueletos de saint-saens, como shakira en el carnegie hall, no sé si shakira ha estado en el carnegie hall, me imagino que importa que se llene, si la caja suena, las puertas se abren, el público aúlla, el público vibra, aullidos, vibraciones, cartas de amor, el caos, las tardes en casa, leyendo a baudelaire, pensando en ese retrato en el que da miedo, da miedo baudelaire

224/365 Bruce Chatwin

 



La patria es el reconocimiento íntimo de un paisaje, escribió Jorge L. Penabade en su inagotable Gabinete de curiosidades (Amarante, 2020). No he tenido yo tal vez otra propiedad de lo que quiera que sea la patria, salvo esa. La afino con embeleso a cada viaje y hasta en donde uno vive, en las calles que ocupa cuando se obliga a hacerse ver y formar parte de su rutina, pero lo que más echo en falta, esa sensación crecida a cada viaje, es visitar ciudades nuevas, paisajes nuevos. No hay mayor placer que el de extraviarse, desdecir la costumbre (permítanme) de creer que algo nos pertenece o que uno mismo pertenece a algo. Concedo a la memoria la tarea de regresar allá donde encontrara ese fulgor de lo inesperado. Me trae plazas de Praga y tascas de Santiago de Compostela, ríos de Polonia y cafés en Viena. Sigo allí. No he salido de ellos, aunque haya vuelto a casa. Es adentro en donde todas esas delicias de la evocación urden una trama dulce que me conforta cuando aprieta la patria, esto es, la intimidad de la perseverancia. Una de los festejos mayores que pueda un viajero adquirir para amenizar su eventual escasez de novedades es leer los libros que otros viajeros pensaron para que no se difuminara su disfrute o para que el lector ocasional o entusiasta encuentre el placer de la travesía sin tener que mover un pie. Se viaja a veces sin que intervenga el desplazamiento del cuerpo. Todo sucede en la cabeza, me dijo un amigo. Sé que ninguna remembranza del pasado aminorará el ansia de pertrecharse en distancias y alejarse mucho: renunciar a lo que somos, ser invariablemente otro mientras el camino ofrece su inventario de causas y de azares. El mejor escritor de viajes que he conocido es la del incansable nómada Bruce Chatwin. Pura fiebre de entusiasmo, dice de él Colin Thubron, otro viajero infatigable. Era capaz de cruzar un continente para ver la armadura de un mongol disecado o de andar días enteros para ver una puesta de sol en un remoto paraje de la Patagonia. Escribir después sobre lo que uno ha visto hace que viaje y literatura sean una sola y maravillosa cosa. No es sólo ir donde alguien no ha estado y tener esa plenitud colonizadora, sino estar solo incluso si una turbamulta de turistas te rodean y anulan. Se aprecia esa belleza de la naturaleza o de las ciudades sin que la logística ajena lo arruine, podríamos convenir. Basta ensimismar la mirada, concederse la propiedad del hallazgo, por más que alguien lo fotografíe al lado tuyo o un guía se explaye en retahílas sobre la maldición del lugar o la promiscua erosión del tiempo, que lo ha echado todo abajo y sólo quedan unas piedras, pero qué más da. Podemos fabular, especular, afincar en la piedra una historia y contárnosla despacio, para que se impregne. También existe el viajero falible, cierto tipo de individuo sin pretensiones, que no da mayor importancia a lo que ha visto, sino que anhela únicamente disponer de tiempo (no solo tiempo, me entienden) para ver más. No he estado en la Patagonia que Chatwin recorrió con inusitado brío y asombrosa didáctica, pero la conozco. Puedo sentir la fatiga de los pies después de recorrer las inmensas llanuras. Puedo abrir mucho los ojos al dar con todos esos fósiles y dinosaurios. Buscaba Chatwin un oso perezoso gigante que vivió hace 12.000 años. Podría haber sido cualquier otra excusa: un árbol a la vera de un río, la visión de un puñado heroico de ñandúes, una iglesia rudimentaria y pequeña en la que un poblado reza con los ojos cerrados y las manos en alto o una casa en la que muriera un poeta del que adorara cierto libro, alguno menor, como gustaba decir a Borges. No se medirá nuestra felicidad por las posesiones que hagamos. Tal vez se nos recuerde por los hijos que tuvimos o por el amor que dimos a quienes elegimos, pero estaría bien que se tuviera de nosotros esa romántica y épica idea de que viajamos mucho y estuvimos en un búnker de la resistencia polaca contra los nazis o en una capilla muy pequeña, románica sería, en una sierra perdida de la provincia de Lugo o en el Puente de San Carlos, que es el más bonito del mundo. Somos dueños de esos festejos del espíritu. Todo lo demás es maravilloso, no es preciso viajar para ser feliz, pero qué riqueza da moverse, no tener asiento, decía mi abuela. La existencia de gente como Bruce Chatwin hace que podamos viajar cuando no podemos hacerlo. Es mejor que comprar esas guías en las que has visto todo París en elocuentes fotografías y fastuosos textos. No hay corazón dentro, no hay nadie detrás que haya llorado al ver un cuadro en un museo o la cara de un Cristo en un altar. La literatura de Chatwin hacía eso: convertía lo lejano en íntimo, tenía la habilidad de conseguir que sintiéramos el olor del sudor, la fragancia de un bosque o la extraordinaria mirada de un oso que se interpone en nuestro camino y se pregunta qué hacemos en el suyo. 

Una lectura de "Oscuro vuelo", de César Rodríguez de Sepúlveda

 


EL LIBRO

He hecho escrutinio de los 33 poemas de Oscuro vuelo, de César Rodríguez de Sepúlveda. Osadía la mía. Me he licenciado en atrevimiento, pero qué placer discurrir por las palabras, ahondarme en los versos ajenos, dar conmigo mismo en lo que ha escrito otro, que es (al final) el destino de la buena literatura. 

Hay mucha poesía leída y sentida en la poesía de César Rodríguez de Sepúlveda. Se aprecia, más que el bagaje lector, que abruma, la delicadeza en el manejo de las palabras y el respeto al género. Es esa pulcritud o esa diligencia en lo rendido en los poemas la que exige una indagación lenta, un dejarse conmover (es lo esperado por quien lee, que lo perturben) por la labor orfebre del poeta, que pule hasta la sustancia más íntima, la de la niebla que trama su escritura emborronada o la del "leopardo herido por la nieve". 

A la belleza se la conoce por el esmero con el que se la apresa. En Oscuro vuelo hay una voluntad de clasicismo que no agota ni se embebece, tampoco abruma: adquiere el tono y el sentido conforme la lectura avanza y se apresta uno a sentir esa eclosión deseablemente morosa que consiste en irse desvaneciendo, en perderse en las palabras, en la cultura vivida que aloja. Se es entonces brújula y también mapa, alguien que ha encontrado en su poética, en el firmamento del lenguaje, el modo de aplicar el oído y la vista para que todo ese fulgor volátil no se arredre en darse y permita que el poeta, quién si no, las atrape, haga con ellas "lo mismo que el astrónomo, / armado insomne con su telescopio" (Nocturna montería).

Todo en Oscuro vuelo está atravesado de una caudalosa iridiscencia: no hay otra cosa que celebración de la luz y, juntamente con ella, otro festejo irrenunciable para quien ama el lenguaje y la boscosa y bendita cultura: la certeza de que es la misma poesía, en su más ancestral expresión, la que congrega a los asistentes al festejo y obra entonces el milagro de un misterio.

 No salimos con ningún significado cuando la lectura ha finalizado: no le incumbe al poeta la provisión de respuestas, solo la remisión de preguntas. Hay en el poemario las previstas, las que han expresado con formalidad clásica el sentir de lo más acendradamente humano, y también otras convocadas "en la luz del instante", ocupadas en combatir "la oscuridad y el frío" con las herramientas del fuego y de las palabras. Se acerca César Rodríguez de Sepúlveda al lector y parece contarle, confiarle una epifanía a la que se le ha concedido acceso (eso será el numen) y él ha dispuesto difundirla. 

LOS POEMAS

Oscuro vuelo

Son los estorninos los que toman lo que Borges encomendó a las piezas del tablero de ajedrez: buscan una senda, se alzan y expresan en su danza de "negras constelaciones" un mapa, una "laboriosa escritura celeste" que como un palimpsesto divino dispone en "el azul exacto de los cielos" un verso antiguo, un poema primordial, pero a qué ese trenzado, para quién su trazo o su verbo oscuro. También hay un dios por fuerza misterioso a cuyo centro aspiramos y del que no sabemos si se sentirá halagado por el latido del aire o refutará su milagro y recompondrá la música.

Mariposa de niebla

Al tigre, más de Borges, o al leopardo lo hiere la nieve. A la mariposa le corresponde resplandecer en su dorada estancia. Del vacío emerge una "vaga presencia, espíritu y fragancia". El paisaje se conmueve y anticipa otro paisaje. Todo es sueño o sublimación de un sueño. Misterio con la hondura de un cuerpo que está por formar y en "levísimo aleteo" se desdice continuamente, renuncia sin pudor a su condición de milagro. 

Predicación

Piet Mondrian está en la periferia de cualquier impureza. He aquí la disciplina del hombre, la voluptuosa rectitud de la mano que rige el fluir de la línea. Coherencia y solemnidad. "En el lugar preciso que un orden justo exige" la luz se descompone y se gusta en la desobediencia. No es solo un eclosionar de geometrías tabuladas y estrictas: es la misma alma la que se gobierna. "No pasión: intelecto, limpia visión, luz clara".

Derramarte

Pintar un cuadro es remedar el mundo. Está sin cerrar el rito, se produce con escrupulosa exactitud, se repite un afán. En la tela hay un volcado de luz y de sombras. "Pintar como quien cava / una fosa gimiente". Una vez que el pintor encuentra la manera de cerrar esa trama, pues es un contar lo pintado, "late aún el misterio, / habita aún el dios en los oscuros trazos". Pollock es el pintor de la ceniza, sí. Por ella se perciben las dimensiones del fuego.

Desnudo azul

De tan azul las palabras se engolosinan de cielo y de mar: un cuerpo con su quebrada arquitectura, con su intimidad emboscada en sílabas.

Vivir para ver

Elegir de los demás lo que les hace espléndidos. Acertar con el lugar y aprovisionarse de paciencia para que la imagen restituya la hondura del alma. Dar de uno cuanto convenga para que "herido por la luz del cine" podamos encontrar en la oscuridad la continuidad dulce de las días y la mansedumbre conmovida de las noches.

Ambistoma mexicanum

Tiene la zoología fantástica sus criaturas como la civil sus fantasmas. Ahora soy un axolotl, escribía Cortázar, pero hay algo de verdad en cada transmigración, en la opulencia de lo invisible, en la ofrecida presencia de lo anómalo, en todo lo que la belleza se arredra y no encuentra con qué cumplir su cometido. Son irrelevantes, cuenta el poeta: todos los monstruos son de una debilidad que conmueve. 

Muerte de Leandro

Los amantes son de la vigilia: en el sueño de uno de ellos, muere el otro, lo engulle el mar, no da con la llama que le guíe por las aguas duras. Mayor que la furia de las olas y de los rigores del abismo es el amor. "Desnudo combatí del mar la cólera". De haber ocupado el horizonte tu invocación, oh Hero mía, yo habría vencido a las sombras que se ciernen y malogran nuestro abrazo. 

Apolo y Marsias

Qué crueldad la de los dioses, con qué saña se esmeran en hacer valer su divina intendencia. El combate es desigual. También la derrota tiene su componenda. El sacrificado implora, pero nadie acude a socorrerlo. Apolo reconoce su debilidad: "cuán estéril, cuán mísero es mi arte", pero la piel es la del exvoto, el corazón censurado es el del sátiro que no pudo emular con oficio las artes de los dioses. 

Acteón

Ya Calímaco se complace en airear la osadía de quien se permite ver desnuda a quien jamás podría. Ni el precipitado en deseo ni el que por concurso del azar se fascina por el regalo hallado. Atenea o Artemisa, "gozoso sacrilegio", "en la ribera /secreta del placer" para que la carne del desavisado sea sacrificada y la historia escriba un episodio que no tocará el tiempo.

Lucifer 4 A.M.

"Era hermoso Luzbel entre los ángeles", pero, ah insubordinación, deseó ser, más que portador de la luz, sombra soberbia. Y el "aura/de su superioridad desconcertante / que a la hermosura añade la derrota", pero qué importa el fracaso si desafiaste al Altísimo, si toda la suerte de los hombres te tocó en prenda y caminas en los sueños como un imán de descarriados.

Paisaje con el juicio de Paris

El arrebol en la lontananza corona "los hermosos vergeles / y el rumoroso río que fluye por su entraña". Luego se producirá el prodigio de las palabras que glosen las hazañas cotidianas: la luz con su canto, "la tarde medieval y fría" en la que se distrae un pastor o un príncipe en la contemplación de la belleza. El hombre escoge a la más hermosa y los ejércitos afilan sus cuchillos. O todo fue una excusa para que Ovidio, Homero y Eurípides manuscribieran la tragedia y Pedro Pablo Rubens la pintara con arrebatadora intención de pecado. 

Excalibur

Puede el héroe descreer de su condición y reclamar no ser nadie y mirar el metal hundido en la piedra como el que se cruza con un animal herido del que no sabe si lo atacará o morirá en paz, ajeno a su presencia.

Soliloquio en la niebla

No saber si es ahora o fue antes o acontecerá más tarde, pero Avalon me espera y una tumba llevará mi nombre. El juglar entonará proezas. "Para qué preguntarse / si hubo un tiempo en que ardía / el fuego. La ceniza / es ceniza. El destino / del fuego es extinguirse". Yo me iré como se fue Ginebra en su sombra blanca con su Lancelot. Ella me velará cuando no esté. Merlín no triunfará. "Todo es olvido. Eres niebla. No existes". 

Muchacha leyendo

¿Cómo no prendarse de la muchacha que lee y una luz la atraviesa, dorando su frente, resbalando por su rostro ensimismado como un agasajo del cielo? ¿Cómo no dedicar el resto de la vida, con sus días ocupados de empresas y las noches convertidas en clausura, a pensar si la muchacha que lee recita un secreto que "tensa, firmes, las luminosas riendas de sus ojos". Será de amor el secreto. No acaba nunca lo leído. El misterio es a la vida como el agua a la convocatoria de un agradecido cauce. "El pincel de Vermeer la ha eternizado". El poeta ha restituido el primor de los colores y ha reclamado para sí el contenido de la carta. 

Para engañar al monstruo

Habla quien ha padecido la soledad y el rigor de la soledad cuando no se solicita y solo pide que la historia no acabe y una siga a otra hasta que todas parezcan la misma y el tiempo no avance. Es el monstruo, el que pide a Sherezade que haga lo que mejor sabe, pero el relato se ha contado mal: no es la cautiva la que sufre y alarga las penurias hasta que no le queda voz con la que entretener al que, embelesado, escucha, sino el carcelero, que está a su merced y no lo sabe.

Estatua de sal

Duelen las palabras que la muerte prevista va escribiendo en el aire. Festeja la cópula rota de los amantes a los que el ojo de Dios sorprendió en el oscuro vuelo de su ira. La historia se cuenta de otra manera, pero la vida es lo mejor que conozco, dice la mujer de Lot en el momento en que la fulmina la mentira y los ángeles esculpen lenguas de odio sobre su cuerpo derramado, obligado a correr y, en la carrera, a soñar. Mirar atrás después para comprobar que nadie contempla la fuga. En estas libaciones frívolas de la razón, en esta herida pura, encontrar el silencio como un bálsamo, dulce como labio que galopa y escarba y fecunda todo este entusiasmo, las tarde infinitas sin épica ni aliento en las que todavía poder conducirnos sin miedo por todos los venenos del mundo. 

Adriano recuerda a Antínoo

Adriano llora sin que nadie lo vea. Le habla a su amor, Antínoo. "Está tu efigie / en remotas provincias / que no veré jamás". Los dos habrán perdido la consolación por la belleza. Ella es la única herramienta con la que alimentar la memoria cuando la misma belleza se ha ido. El dolor es inconsolable, lo cuenta el poeta. El amante sabe lo que ha perdido. El dolor es una lágrima inmortal. 

De la levedad

Es ahora y es aquí. El sol ha salido y la noche se echará. Cuando oscurezca, el día será un imposible, pero clareará la mañana y las sombras ocuparán el olvido. "Cantan los pájaros, / afirmando su siempre, sin preguntas". Vivir es luz de un instante. No parece que ni podamos morir cuando abrimos el pecho y el aire lo atraviesa con su recado de eternidad.

Objetividad

Sentimos porque hemos sido instruidos en el arte de acunar milagros. Los apretamos contra el pecho. Les damos calor si concurre el frío. Los acariciamos si requieren afecto. Porque un milagro está siempre solo. La lluvia es un milagro del que no sabemos nada. Ignoramos si lloverá otra vez, aunque hayamos visto llover a diario. La misma "fragancia de los parques /, tardío florecer / de la luz " no se compromete en repetir su aprendida combinación de olores. El mismo fuego que arde sin que se le vea es más verdad que el fuego que nos quema si acercamos la mano.

Solsticio

El corazón no sabe que está latiendo ni que un día cesará el latido. El poema no sabe que es un corazón mientras se lee o cuando se piensa en él y las palabras ocupan la memoria como un regalo de la belleza. Quien ante el sol se inclina, antigua costumbre la de venerar su "inmensa antorcha", invoca la luz, las constelaciones, las mareas, el mar abovedado por su céfiro de astros, su presencia sin disfraz. "Ignora por completo que una noche, en diciembre / el moribundo anciano será un niño de nuevo". 

El extranjero

"Con fuego y con palabras se combaten / la oscuridad y el frío". El poeta es un dios para el que no recuerda cómo cae la noche y con qué dulzor se acurruca un cuerpo en otro y lo hace entera propiedad suya, pero el poeta es un demonio para los que tienen el corazón roto o han perdido el asombro. A veces acude alguna a la tribu y se le da la oportunidad de que cante. Cuando ha compuesto el poema y lo ha entregado a la concurrencia, se le sube a un risco y se le despeña. Luego se espera con impaciencia la llegada de otro poeta. Por vencer la oscuridad. Por tener de nuevo la ilusión de que todo está a punto de empezar y son los testigos de ese prodigio.

False start

Haz de cada verso que te agrade promesa de otro con el que festejar la absolución absoluta de la poesía. "Haz de la hoja / arrugada mortaja; dile adiós". Ten la seguridad que nunca escribirás un poema. Nadie lo ha hecho. Está en alguna remota residencia de ti mismo, pero no eres tú el que darás con él. Te conformarás con lo que otros precariamente urdan. Festejarás cada palabra cuando hayas entendido que no se avienen a tu capricho y tienen la singular ocurrencia de desoírte cuando invocas el milagro de su convocatoria.

Memoria de los ríos

Aprende la memoria del hombre a nombrar no las cosas, sino su cauce, su trasegar por los campos o por los valles, por la fronda del bosque o en meandros que precipitan su nervadura azul y horizontal en el ansioso mar. No estará la húmida ninfa Eco, la que desdeñó Narciso, la que en locura de amor se vierte en lágrimas al saber de que su amado ha muerto, ni su voz resonará por el caudal numeroso. No es a morir a lo que los ríos van al mar, contó un poeta. Hay un ciclo. Todo vuelve. La ninfa regresa a sus enamoriscamientos y la vanidad de Narciso la rechazará de nuevo. El deseo perdura. La música del agua perdura. "La voz del río, el ímpetu del niño".

Nocturna montería

Somos cartógrafos del alma, que es un cielo invertido. A ciegas, el poeta busca las palabras. No están. No hay noticia de que hayan estado. "Centellean / un breve instante y van a hundirse luego / de nuevo en la negrura". Son de las palabras las victorias y las derrotas, les pertenece la memoria y el olvido. "Lo mismo que el astrónomo / armado insomne con su telescopio / a la caza de estrellas en lo alto / de la noche se aplica", el que habla y el que escribe balbucean en la oscuridad: creen haber dado con la llave que las abre, pero se cierran de improviso las puertas. Están cerradas cuando deseamos franquearlas. Al poeta se le encomienda custodiar esas puertas. Algunos las franquean. Algunos dan con el poema. 

Lázaro

Volver para repetir una trama de niebla y de sangre. Al que resucita se le asigna un papel más entenebrecido que el del fantasma. Ha despertado después de un sueño. O es al revés: se ha dormido tras haber recorrido una vida en la vigilia. Se le ha ordenado que vaya. Dios le ha confiado la restitución del aire en los pulmones y del fuego en el corazón. La carne, sin embargo, se duele. "Alguien rasga ligero mi mortaja / para mostrar mi carne triste."

Sala de espera

Se lleva contra el miedo una alforja de lejanías. Como si uno no estuviera allí donde el miedo se ha hecho el encontradizo y ha pensado en cortejarnos. Cuenta la memoria con su inventario de atajos. Todo con tal de que no nos venzan los rigores de lo real. Todo para que el final, cuando suceda, nos pille prevenidos y tengamos a mano un recuerdo en el que refugiarnos y no dejar nada nuestro afuera. Ni un pedazo de piel. Ni una sombra de lo que fuimos. La vida es una sala de espera. Tiene su completo prontuario de males, pero sabemos que tenemos todo el futuro para que su estrago no nos lastime en demasía.

Nadie

Es del capitán Nemo todo el mar. Los fondos abisales. Las criaturas extraordinarias. El rumor del agua cuando el negro infinito de las secretas honduras la abraza. Julio Verne nos contó que el emperador del Nautilus murió de viejo, asqueado de todo. Se iría extinguiendo en su diván frente a un ojo de buey desde el que apreciaría una soledad siempre azul. "... debajo de la piel / aún navega el Nautilus"

Refugio

La nieve cegadora. El blanco puro como un destello. Alrededor, el poema. Adentro tú y yo. No sabemos qué somos ni qué es la nieve. Tampoco la razón por la que ciega si se la mira con atención. Si se la escucha. 

Regreso al futuro

Una vez el cuerpo se ha hecho a sí mismo y se ha dado con el modo de convivir con él y hasta cuidarlo, la permanencia de los recuerdos hace que rescindamos todo pacto anterior, cualquiera que el albur de los años haya facturado a modo de peaje. Fuimos algo que después no hemos vuelto a reconocer. No aparece en el espejo. No hay otro modo de invitarlo que acudir al álbum de fotografías, que es siempre una cosa ajena. Nada sabemos de lo que fuimos. Tenemos una impresión emborronada. Era uno "ancho de hombros, fuerte, desgarbado", pero el tiempo cobra su tasa sin que le tiemble el pulso al rubricar el pago. Estamos ahí. Se nos ha ocurrido que, en efecto, somos nosotros. 

Ítaca

Si no fuesen por los hexámetros rigurosos. Si no fuese por el mar griego. Si no fuese por el regreso.

Un cuento de fantasmas

El tiempo obra su capricho en las litografías. Ninguna voz es la misma cuando repite una palabra. Ninguna palabra. El tiempo, cuenta el poeta, es un intruso. Desasosiega, más que otra cosa. Esa perplejidad no es patrimonio de quien advierte su paso y anota los cambios o de quien sin empeño encuentra un matiz que recompone el paisaje o el poema o un rostro. 

Despedida

Qué incierto es eso de que al final te acabas muriendo. Sucede siempre y sin embargo... Visita la muerte a otros. Nunca está uno en esa lista de previsibles bajas. Nadie lo está. Se la espera con la incertidumbre de quien no tiene ni idea de cómo sucederá su visita. Si estará el cuerpo ya roto y poco manejable o si todavía podríamos hacer que se exceda y escalar la cumbre de los días, tan fatigosa en ocasiones. "Siempre he estado contigo", nos dice. "Es al revés: / aquí no separamos, hoy vengo a despedirme". 

EL AUTOR

César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1968) es catedrático de Lengua Castellana y Literatura en un IES de la Comunidad de Madrid. Compagina la docencia con la forja de la literatura. Ha publicado dos poemarios: Luz del instante (Ommpress, 2020) y Noticia del asedio (Ommpress, 2021). Ha colaborado en diversas revistas literarias (Cuadernos del Humo, Quimera, 142 Revista Cultural y Estación Poesía). Es asiduo en las redes sociales. Su muro de Facebook es un alarde de imaginación y de puro amor a la inteligencia y a la belleza. Es infatigable en el volcado de imágenes y de autores. Admirable también su faceta de traductor. Oscuro vuelo lo publica BajAmar Ediciones en 2022. 



Oscuro vuelo
César Rodríguez de Sepúlveda
Bajamar, 2022
56 páginas
10 €

11.8.22

223/365 Capitán Nemo


 


El imaginario de zoología fantástica tiene pocas criaturas que conciten la unánime opinión de que son de verdad fantásticas. La cualidad de lo extraordinario ocupa siempre todos los resquicios del asombro. Solo hay asombro: miedo primario, fascinación absoluta. Lo asombroso es que una de ellas no sea invención o abono de leyendas sino tangible y absolutamente real. Hay criaturas del mar mitológico que arruinan la vida de los navegantes. El profesor Aronnax y el arponero Ned Land se proponen capturar uno en la incomensurable 20.000 leguas de viaje submarino. Arrojados sobre él cuando le dan caza, comprueban que el lomo del la bestia "está hecho de planchas atornilladas". Nemo es el mismísimo Ahab y el narval, esa bestia inconcebible, mitad real y mitad indignada, es su Moby Dick enfebrecido y cruento. No sé si Lovecraft lo habrá traído para representar alguna presencia maligna, uno de esos monstruos ancestrales que pueblan el fondo del mar y perturban el sueño de los navegantes. En mi recuerdo de lecturas adolescentes, veo calamares gigantes, pulpos como demonios, krakens descomunales que izaban barcos enteros y los sumergían en un aterrador abrazo o veo al leviatán, monstruo emanado directamente de la mismísima divinidad, representado por una especie de ballena con hambre de hombres (excusad la redudancia fonética) y capaz de alojar en su vientre una flota de mercantes o un drakkar vikingo. Lo que no podré olvidar (aparece de vez en cuando, inevitablemente esas imágenes perduran con asombrosa nitidez) es al narval, al delicado (a pesar de todo) unicornio del mar. Julio Verne es el padre de todas las aventuras. El mar es el escenario de las más extraordinarias. 


Volví a ver anoche 20.000 leguas de viaje submarino, versión Richard Fleischer, 1.952, con Kirk Douglas, James Mason y un extrañamente normal Peter Lorre, alejado del turbio mequetrefe que el cine negro nos ha regalado esplendorosamente. Ha sido ver la película sobre la mítica novela de Julio Verne y tener claras algunas de las cosas que antes tenía por ingobernables por mi enclenque cerebro. El Capitán Nemo me ha parecido una especie de demiurgo inverso, un héroe deconstruído, una especie de mártir del pesimismo antropológico que ha decidido vivir en su Nautilus, bajo el mar, donde muere ya anciano, a salvo de la miseria y de la cochambre moral de sus convecinos terrestres, de su odiada Inglaterra, a pesar de que podría haber paliado del quebranto que sufre el mundo del que recela. En un momento de la película, pues la lectura del libro queda en un limbo muy anterior, el capitán Neón confiesa a uno de sus prisioneros (en este caso, el intelectual, el más ilustrado y humanista, el prestigioso biólogo marino Pierre Aronnax) que la raza humana dejará de ser mezquina, ruín y cainita cuando no exista el lucro y nada se reduzca al severo código del comercio, en el que todo se articula en torno a la ganancia o a la pérdida del dinero. Así que la cruzada que desarrolla el abnegado emperador del submundo marino es contra el capitalismo, al que ahora sesudos hombres trajeados están reflotando, reformulando o reseteando en todas partes del mundo con desigual fruto. Ninguna de las espontáneas combustiones de lucidez de las historiadas neuronas de los hombres de Estado planteará la defunción del sistema, la demolicióm completa del modo en que vivimos y de cómo hemos convertido la democracia en un juego de divisas consensuadas. Seguimos a bordo del desastre, pero vamos a coserle los rotos y a darle inyecciones de optimismo para que no termine muriendo por agotamiento, incapaz de cauterizar las heridas abiertas, parecen decir. El capitalismo será obsceno, o no será, parafraseando a Breton y su proclama a favor de la belleza. El capitalismo será, en el fondo, una bestia políglota y un veneno detestable, pero en cuanto se hunde unos centímetros en el fango de nuestros despropósitos o se va desagüe abajo por nuestra incompetencia en su gestión acudimos al rescate y lo elevamos de nuevo a su posición de dominio. Y en estos casos sí que ahombramos ingenio y le dedicamos tiempo y fondos reservados y líderes. Sé que al final, en 20.000 leguas de viaje submarino, el personal leal del Nautilus se inmola y los prisioneros huyen en una barcaza… 


Coda lúdica:

Permitidme: el capitalismo es un calamar asesino, amables lectores: uno del tipo que se encarama a la cubierta del Nautilus doméstico y que pone en apuros la mística de Nemo, sus veladas de placer abisal (estético, intelectual) mientras cachalotes retozones fatigan las aguas frente a sus ojos ya  insensibles. Menos mal (ay) que el arponero Ned Land (veamos: un vividor, un superviviente, un mercenario del instinto puro) abrió las tripas de la bestia y le extirpó (permítanme: con saña) el corazón pendenciero. 


Y Doré como ilustrador!

10.8.22

222 Gargantúa y Pantagruel



 

No sabe uno si es más de Pantagruel que de su padre Gargantúa. Los dos tiene con qué montar un santuario de excentricidades. A Gargantúa lo parió su sacrificada madre por una oreja de modo que al padre, que aliviaba la espera del alumbramiento bebiendo odres de vino, lo bautizó como la posteridad lo ha conocido por el tamaño descomunal que adquirió la madre al subirla de la tripa al pabellón auditivo. No dando abasto para alimentarlo, la criatura precisó un 17.913 vacas que se desfondaron en la provisión de leche que saciara el apetito del neonato. De Pantagruel consta que se animó a devorar una vaca viva en la infancia, sin completo éxito. Sin estar al tanto de estas y otras particularidades de estos dos personajes, lo primero que fascina en ambos es su contundencia fonética. Ya no hay nombres con esa vehemencia, no se estilan, serán exclusivo festín de aficionados a la novela francesa del siglo XVI y, con más atino literario, los que disfruten (hemos disfrutado) de Rabelais, creador de estas dos criaturas extraordinarias. Tampoco hay fabulaciones en las que se despeña la escritura y se hace zafia y grotesca, no al modo incivil en el que se menosprecia el lenguaje o se escatima la riqueza léxica, sino cuidando con esmero la construcción del relato, mimando a los personajes, dejándolos campar a sus anchas, convertirse en el arquetipo de lo que precisamente se desea zaherir, que es la moral de la época, su hipocresía, toda las convenciones puritanas de la sociedad en la que vive Rabelais, sabedor (como poco) de la importancia de la literatura como ariete inquisitivo, venenoso. También la utilidad como favorecedora de la risa. Mucha de esa literatura de clerici vagantes, hermosamente llamada goliardesca, recurría al humor para rebajar la carga de aflicción de lectores o escuchantes. 


No habiendo caído enteramente en el regocijo de los cinco libros (no todos disfrutados) de la saga pantagruélica (por decirlo con doble sentido) me quedo con la impresión que me produjo antaño (hace demasiado tiempo) la lectura de las aventuras (más son las desventuras) de este gigante bueno en el fondo, que arrambla con todo lo que se pone por delante y engulle con absoluta voracidad (en eso el autor es explícito y muy certero) las bondades de la carne y de los líquidos. Ahora no hay mucho gigante y los que se dejan ver o hasta los que se exhiben no gastan los rudimentos de los de antaño. Son personajes que dan miedo por circunstancias que no precisan del concurso del tamaño, ni del apetito voraz, tan ínocentes ellos. Son gigantes de otra pasta, de otro rango, por decirlo a la moderna manera: se creen dueños del mundo, lo son en muchos casos, pero sólo desean poder, esa cosa abstracta y abyecta a veces, eso que nos han dicho que corrompe, qué sabré yo. No quieren zamparse niños en la puerta de las escuelas (que es donde más daño hace la ingesta de los infantes a ojos del pueblo) sino impedir que crezcan o que se eduquen. Perpetúan así su reino, aseguran que su descendencia tendrá el mismo predicamento social. Ahora estoy escuchando de fondo (se oye la tele desde la cocina) cosas de gigantes, historias de lo que dicen y consecuencias de lo que hacen.


Y vuelvo a Doré y a Ramón Besonías, que me incita siempre. 



no sabemos qué vamos a hacer con la fiebre, no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, las botellas de cerveza vacía y las del tinto bueno y salimos a la calle, queremos ir al supermercado, pero antes es mejor dejar la basura en su sitio, arrojamos el plástico, las raspas del besugo, las latas de cerveza holandesa, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, frente al súper hay uno, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, sale uno a pasear por ahì y admira toda esa modernidad, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza o que una iglesia de cinco siglos a la que acude la feligresía con el entusiasmo de la fe, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construido un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo  que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, la leche, el detergente, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórica, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que poe con su cara de desahuaciado, lo que whitman, neruda, poe y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, toda esa literatura invisible,,el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, cartesiano y metalúrgico, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, lee los apuntes, la letra extraña, manzanas golden, yogures con bifidos activos, té con canela, la lista está escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, escribiendo sonetos con la yema de los dedos los dos como si afuera arreciera la barbarie, 
pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en baudelaire hace pocos días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en toñi yendo y viniendo por mi boca, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo sledgehammer a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el cláxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, marzo es una fiebre de metales metafísicos, abril el mes más cruel, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir en este blog textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de poe, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de ésos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida iluminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en un niño que esta mañana perseguía una minucia de perro, en joan crawford cuando Hollywood era el paraíso, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en antonio, en walter brennan, qué gran secundario brennan, en los días sin herrumbre, en los países metálicos de la infancia sin libros, en el ruido que sólo escucha el poeta, en nadal y sus problemas en las costillas, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, las noches con su fiebre, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortázar que el frío complica siempre las cosas, y en ese hilo es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro o debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que adoran a malthus, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabríamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en la derecha del padre o en la comunión de los santos , pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, de la barbarie, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, comemos chop suey de gambas en un chino al lado de casa, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de la piel del amor y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida en molestar al prójimo, al bienintencionado prójimo, la vida está llena de buenos prójimos, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo vi una en un cristal y pensé en machado, pensé en todas las moscas literarias que han pasado por mi cabeza, es mejor la mosca en el cristal, apabullando con su mezquina insidia que en la cabeza, comiéndote la moral, mordisqueando tu moral, haciendo trizas tu moral, como el tántalo aquél tan molesto también, que se obstinaba en perforar, en ahondar, en hacerte cóncavo, cuando tú solo quieres lo convexo, lo convexo sin fisuras, todo lo convexo bien argumentado, pero es tarde, se hace siempre tarde, el texto también se hace tarde, como un fluido, como el gran fluido de las palabras que no sabemos a qué lugar llega, si se queda, cuándo tiempo está a la vista, dispuesto, disponible, entrevisto, ofrecido, levemente mío, como si no lo hubiese alumbrado, como si de pronto se haya dispuesto un final para su existencia, quién decide esas cosas, quién pone el final al texto, qué cuesta añadir más, por otra parte, uno escribe, avanza, no piensa que haga daño a nadie, se alivia, encuentra consuelo, se trata de eso al cabo, escribir es encontrar consuelo, porque toca ir buscándolo, k. me dice que no haga estas cosas, que escriba pensando las cosas, no pensar no lleva a ningún sitio, escribir sin respirar, respirar sin escribir, no sé, no entiendo, no vale para nada escribir o no hacerlo, leer o no leer en absoluto, ordenar las ideas o tenerlas en un caos festivo y asomarse y ver cómo danzan, danzan desnudas las ideas, se abrazan y fornican, se abrazan y fornican, un día se fue para siempre nicanor parra, don nicanor, leí a parra mucho durante una época, luego dejé de hacerlo, no sabe tampoco uno el porqué de esas retiradas de confianza, se lee a un poeta y luego no volvemos a tocarlo, a decirle que estamos bien en su palabra, la palabra es un país, es una residencia, es un festín para quien lo sabe, no voy a tener otro hijo pero me da que no le hubiera puesto nicanor

9.8.22

221/365 Gustave Doré






Es posible que El paraíso perdido de Milton, la Biblia, la Divina Comedia de Dante, El Quijote de Cervantes, los cuentos de Poe o de Perrault o los dramas de Shakespeare no hubieran perdurado en el imaginario popular sin la sensibilidad y el talento de Gustavo Doré al ilustrarlos. Su maestría no desmerecía la enjundia de los textos. Es el mayor ilustrador de la historia de la literatura, sin que pueda ponerse a discurrir la injerencia de otro que se le acerque. La literatura  es un arte que no precisa de imágenes, pero la enriquecen y, en tiempos en los que la pintura era un entretenimiento de masas, creaba a su vera un todo singular, en el que el lector pensaba en Don Alonso Quijano o el cuervo de Poe con la expresión, la plasticidad y la transfiguración pictórica  que este genio urdiera en su visionario cabeza. La memoria colectiva, que es un constructo verosímil para entender el arte y la inteligencia en la cultura de masas, le debe un imaginario fiable de personajes mitológicos. Su amor por la iconografía medieval se advierte en todas sus obras. Hay en ellas un afán por crear un espacio caótico, ensombrecido, confiado a la elocuencia del gris como paleta primordial. Hizo más de diez mil ilustraciones y vivió con opulencia por su trabajo. Era requerido por doquier, aunque algunas de las libertades que se tomaba al ilustrar la Biblia despertaran el rechazo de muchas sensibilidades, que lo tachaban de pagano y lujuriosamente atrevido. Para grabar El Quijote viajó a La Mancha para adherirse del “perfume local” y era conocida su voracidad lectora. Quería leer toda la Gran Literatura, quería “ilustrarlo todo”. Su influencia en las artes plásticas es incuestionable. De Doré dijo el maravilloso creador de efectos especiales Ray Harryhausen que hubiese sido un espléndido director de fotografía: “Veía las cosas desde el punto de vista de una cámara”. Emily Zola dijo que tenía la virtud de reescribir los textos con los que trabajaba. No hay bibliófilo que no lo tenga en un altar, ni pinacoteca que no querría exponer su impresionante (por extensa, por sublime) obra. Si Cervantes lo hubiera conocido no le habría incomodado que su novela llevase en portada su nombre junto al suyo. Dibujaba febrilmente, arrasado por su querencia al romanticismo o al barroco. aunque todo Doré es romántico: prende la fantasía, cunde el amor a la subjetiva eclosión de un yo sublimado por la emoción. Eso es Doré: imaginario puro del fantástico medieval, irrupción de un mundo épico. Lo terrenal se encapricha de lo etéreo, lo religioso se convida de paganismo. Donde otros ilustradores son previsibles, Doré acoge la sorpresa como herramienta de su trabajo. Pintó las sucias calles del Londres victoriano, laberínticas y afantasmadas; se recreó en la España exótica, buscando siempre un cierto drama histórico. Doré entronca con el mesianismo de William Blake, que será más terrorífico, impulsado por un estado de ánimo más lúgubre. Pocos pintores han sabido comprender el tormento de sus personajes como Doré. Yo adoro la caída de Satán a la Tierra, una vez que fue expulsado del paraíso celestial. A veces da miedo su pulcritud, ese desafiante anhelo de verosimilitud, aunque todo esté comido de la fiebre de la metáfora, investido por la rara (y bendita) promiscuidad de lo imaginación. 


El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...