Decía Ambroso Bierce en su asombroso "El diccionario del diablo" que el escritor que no tiene nada que decir "se lo cuenta lentamente al lector". Creo que, arriba o abajo, llevo cuarenta años en esa lenta encomienda sin futuro y, sin embargo, no se me ocurre ninguna razón para dejar de hacerlo. El hecho de que se lea esa perseverancia no me satisface más que el hecho mismo de alegrarme por la sutil maquinaria del azar, que me sigue instruyendo (ciego asombro) en el arte de engañarme a mí mismo sin delatar ni mi ignorancia ni mi impericia. Bien temprano, esta mañana me urgí a escribir y no se me ocurría nada. Acabo de zanjar esa incertidumbre.
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