Hoy escucharé a alguien desear felicidad a otro que pase cerca. Se lo dirá sin entusiasmo, como el que vaticina que habrá lluvia por la tarde o que pronto hará frío. No pillaré (no podré) el antes y el después de ese obsequio sintáctico: "Que seas feliz". Tal vez sea su cumpleaños o salga a un viaje maravilloso o acabe de casarse o de separarse. Quien lo pronuncie (que seas feliz) no tendrá mayor conocimiento de quien escucha. Será cualquiera. No se precisará otro requerimiento que la coincidencia en una acera o en un ascensor. Tan solo emitirá un deseo y esperará que otro se lo restituya a él para que claudique la tristeza en el mundo.
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